de libia al golfo, un área en el ojo del huracán

Oriente Medio en 2018: así está ahora la región más inestable del planeta

El 'Califato' ha desaparecido, pero los nuevos mapas muestran la complicada realidad que se abre sobre el terreno. El año que arranca será decisivo para el futuro de la zona

Foto: Un tanque del Ejército Nacional Libio durante un combate en Bengasi, el 10 de noviembre de 2017. (Reuters)
Un tanque del Ejército Nacional Libio durante un combate en Bengasi, el 10 de noviembre de 2017. (Reuters)

Para aquellos que no hayan seguido al detalle la campaña contra el ISIS, el primer vistazo al mapa es sorprendente. Los territorios controlados por los yihadistas en Siria e Irak se han reducido a apenas unas motas aquí y allá: nada que ver con la gran mancha negra del 'Califato' de hace apenas dos años, que amenazaba con cubrir casi toda la extensión de ambos países y extenderse hacia sus vecinos. Es solo uno de los grandes cambios sufridos por la región de Oriente Medio y África del Norte, que arranca el año con un aspecto muy diferente al del período anterior.

El panorama en Siria e Irak ha cambiado radicalmente. Dos incidentes acaecidos el pasado diciembre han alterado significativamente la situación en Yemen y Libia: el asesinato del expresidente Alí Abdulá Saleh a manos de sus hasta entonces aliados, los insurgentes huthíes, y la declaración del general rebelde libio Halifa Haftar sobre la nulidad del Acuerdo Político Libio respaldado por la ONU. Ambos episodios han complicado aún más las perspectivas de normalización de sus respectivos países, acelerando la dinámica de ambos conflictos, que garantizan un cambio casi constante en las líneas del frente. Y la pugna cada vez más intensa entre Arabia Saudí e Irán y, desde hace medio año, también Qatar, hacen que 2018 vaya a ser con seguridad un año decisivo para la zona.

El Estado Islámico entendido como ejército regular ha sido derrotado militarmente: a principios diciembre, el primer ministro iraquí Haidar Al Abadi proclamó la victoria sobre el grupo. Y esto puede ser cierto en un sentido convencional, pero la organización ha vuelto a una estrategia de guerra de guerrillas como la mantenida durante la pasada década, con sangrientos atentados y emboscadas en Siria e Irak. A finales de diciembre, varios miembros del ISIS se disfrazaron de milicianos progubernamentales y montaron un falso control de carretera en el área de Hawiya, al sur de Kirkuk, donde mataron a un jefe de la policía local y a su hijo, así como a un líder tribal y a su esposa. Pocos días después, emboscaron a una patrulla del ejército iraquí muy cerca de allí, matando a dos soldados.

La coalición internacional contra el ISIS liderada por EEUU estima que quedan “menos de tres mil terroristas, la mayoría de los cuales están siendo abatidos en las regiones desérticas de Siria”. Sin embargo, sus analistas de inteligencia creen que “a medida que pierden territorio, influencia, fuentes de financiación y capacidades convencionales, esperamos que vuelvan a sus raíces terroristas llevando a cabo ataques de alto perfil contra civiles indefensos”. No obstante, el gran temor de las autoridades occidentales, que el desplome del Califato y la oleada de retornados se traduzca en una gran ofensiva terrorista en Europa y EEUU, no se ha materializado. De momento, sirios e iraquíes siguen siendo las principales víctimas.

En Siria, el régimen de Bashar Al Assad y sus aliados han recuperado ya el control de casi dos tercios del territorio, al tiempo que las milicias kurdas, la punta de lanza de las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF) apoyadas por Estados Unidos, dominan gran parte del norte y este del país. Los otros grupos rebeldes se han visto confinados a pequeñas bolsas de territorio en el noroeste y sur de Siria, y a algunos enclaves en el centro. Muchos combatientes de Hezbollah han sido desmovilizados y están regresando al Líbano, lo que ha incrementado los temores de Israel ante la experiencia bélica de estos militantes y sus nuevas capacidades militares.

“Es evidente que el final de la guerra está más cerca que nunca. No solo por la derrota del Daesh, sino porque los grupos rebeldes están cada vez más aislados. 2018 será el año de las ofensivas contra los territorios que todavía conservan en Idlib, en Deraa y en bolsas alrededor de la capital”, explica Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y Coordinador de Oriente Medio y Magreb en la Fundación Alternativas. “Probablemente las fuerzas de Assad irán paso a paso, ofreciendo a los rebeldes la evacuación hacia otras zonas, como han hecho en Homs o Aleppo. Poco a poco van a ir afianzando sus conquistas, recuperando el terreno perdido, al tiempo que los rebeldes van a ver cómo son abandonados por sus patrocinadores de los últimos años”, dice a El Confidencial.

El primer ministro iraquí Haidar Al Abadi durante una ceremonia en Nayaf, el 7 de enero de 2018. (Reuters)
El primer ministro iraquí Haidar Al Abadi durante una ceremonia en Nayaf, el 7 de enero de 2018. (Reuters)

Un Irak fuerte y elecciones norteafricanas

En cierto sentido, la situación es similar a la del vecino Irak, donde Bagdad también va camino de recuperar el control casi absoluto dentro de sus fronteras. “Irak ha avanzado hacia la estabilidad. El Gobierno central es más fuerte de lo que ha sido en muchos años: ha conseguido derrotar y expulsar al ISIS, así como frenar el intento independentista kurdo, así que se siente reforzado”, indica Álvarez-Ossorio.

“El año 2018 será testigo de la resurgencia del poder estatal árabe. Desde 2011, el declive del estado árabe ha alterado el balance de poder desde las elites políticas y militares hacia actores armados no estatales, que han emergido para convertirse en los polos de autoridad predominantes”, escribe Ranj Alaaldin, analista de la Institución Brookings, en un análisis colectivo sobre la región en 2018. “El estado árabe se reafirmará en 2018 en gran parte porque el sistema internacional no tiene apetito para conferir soberanía a los aspirantes a entidades estatales -como los kurdos- o modificar las dinámicas de la soberanía internacional, como han descubierto los grupos de oposición anti-Assad”, asegura.

Álvarez-Ossorio cree que, pese a que aparentemente se mantienen muchas de las condiciones que hicieron de caldo de cultivo para el surgimiento del Daesh, es improbable que se repita una experiencia similar a corto plazo. “Hay una diferencia clave, y es que el Gobierno de Abadi es mucho menos sectario que el de Nuri Al Maliki. Es de esperar que haga gestos hacia las zonas suníes, hay que ver si les tiende la mano o vuelve a cometer los mismos errores que en el pasado, algo dudoso dados los precedentes y el alto coste que tendría el volverle la espalda a la comunidad suní. Creo que esas lecciones han sido aprendidas, y Bagdad enviará ayuda y se esforzará en la reconstrucción, porque hay zonas muy dañadas, todas las áreas que ocupaba el ISIS y sobre todo Mosul”, opina.

Egipto y Libia celebrarán elecciones en 2018. Pero si las primeras prometen pocas sorpresas -ante la inexistencia de una oposición verdadera en los comicios, el presidente Albelfatah Al Sisi será abrumadoramente reelegido casi con certeza-, las segundas podrían ser problemáticas. El general Haftar aseguró ayer que Libia no está preparada para la democracia, y que si las elecciones “llevan a un nuevo callejón sin salida”, usará sus células durmientes en las áreas que no están directamente bajo su control “para tomar el país entero”.

“No está claro que Haftar pueda extender su control más allá de las zonas que domina. A corto plazo no parece que las tentativas de formar un gobierno de coalición sean viables: los señores de la guerra quieren mantener el 'statu quo', que les permite controlar los pozos petrolíferos y las rutas migratorias. Y sin eso, no parece que la inestabilidad en la que está Libia vaya a resolverse”, comenta Álvarez-Ossorio, quien también menciona la candidatura del hijo del derrocado dictador Muamar Al Gaddafi, Saif Al Islam, en los comicios de este año. “No veo muy factible la jugada que está intentando, va a encontrar mucha resistencia por parte de todos los actores políticos libios, que no están dispuestos a ver a un Gaddafi otra vez al frente del país”, asegura.

Para este experto, una de las principales preocupaciones para los líderes libios debería ser el regreso potencial del ISIS: “El gran problema es, quizá, la posibilidad de que, después de haber sido golpeado y expulsado en Siria e Irak, intente reforzarse en el Sahel y Libia, donde cuenta con grupos afines, y repetir la misma estrategia de lograr el control de hidrocarburos para autofinanciarse y provocar un efecto llamada”, sostiene.

Combatientes yemeníes leales al Gobierno respaldado por Arabia Saudí avanzan contra posiciones huthíes en la región de Nihem, al este de Sanaa, el 24 de diciembre de 2017. (Reuters)
Combatientes yemeníes leales al Gobierno respaldado por Arabia Saudí avanzan contra posiciones huthíes en la región de Nihem, al este de Sanaa, el 24 de diciembre de 2017. (Reuters)

¿Una tercera intifada?

Uno de los puntos a vigilar es Israel y Palestina, donde la decisión de Donald Trump de mover la embajada estadounidense a Jerusalén ha vuelto a inflamar los ánimos. “El presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbás ha declarado que Estados Unidos ya no puede servir como intermediario en las negociaciones de paz. ¿Pondrá Trump aún así un plan de paz sobre la mesa en estas circunstancias? Predecir lo que hará este presidente nunca es fácil, pero sospecho que seguirá adelante con un plan. Hacer otra cosa podría parecer una validación de sus críticos que aseguraban que la decisión sobre Jerusalén minará las perspectivas de paz”, afirma Jake Walles, académico del Programa de Oriente Medio del Fondo Carnegie para la Paz Internacional. “Y si hay un plan, en primer lugar estudiaremos cómo enfrenta las cuestiones de estatus permanente, especialmente Jerusalén. A menos que la administración esté dispuesta a hacer una declaración firme sobre un estado palestino con su capital en Jerusalén este -un paso improbable-, los palestinos no volverán a participar y el plan no irá a ninguna parte”, comenta.

“Las posibilidades de una tercera intifada están siempre presentes, y el famoso plan de paz, que Trump tiene en mente pero que no se ha hecho público, podría ser el desencadenante en caso de que replantee los principios de los Acuerdos de Oslo y la solución de los dos estados, en caso de que pretendan prolongar el 'statu quo' y llamar 'estado palestino' a lo que hay ahora, cuando es una entidad sin soberanía real”, comenta Álvarez-Ossorio. “Hay que estar atentos a ver si Trump da ese paso, anunciar un plan de paz e imponerlo a los palestinos. Ya está intentando presionarles, con Jerusalén y retirando la ayuda a las agencias de la ONU para los refugiados palestinos. Está intentando asfixiarles, colocando a la ANP en una situación muy complicada para que acepte ese plan de mínimos. Si se aleja del concepto de los dos estados y del principio de 'tierra a cambio de paz', provocará una movilización muy fuerte en la sociedad palestina y tal vez el estallido de una nueva intifada”, afirma.

El enfrentamiento saudí-catarí ha sacudido el delicado equilibrio regional, obligando a los demás actores a reposicionarse. Y no parece que ambos estados vayan a reconciliarse en un futuro inmediato. “Arabia Saudí mantiene las condiciones que fijó en un momento dado, y Qatar no está dispuesto a aceptarlas porque sería renunciar a su soberanía. Qatar ha resistido, ha tenido que pagar un precio pero cuenta con un colchón muy grande para hacer frente a ese asedio. Es el país con mayor renta per cápita del mundo y posee la tercera bolsa de gas mundial, es decir, cuenta con los recursos suficientes para sobrevivir en un escenario de mantenimiento del embargo”, opina Álvarez-Ossorio. “Arabia Saudí tampoco aquí creo que vaya a modificar su política, es una de las prioridades del príncipe heredero Mohamed Bin Salman, intentar que Qatar vuelva al redil, bajo su tutela como en el pasado. Otra cosa son las sorpresas que puedan venir de Arabia Saudí. Si el intento reformador va a perdurar en el tiempo, se va a encontrar con resistencias dentro del propio reino, especialmente por parte del clero wahabí y de algunos miembros de la Casa Saud, que son los dos actores que más podrían perder si las reformas avanzaran”.

“El precio del crudo va a ser muy relevante, tanto para la política exterior saudí como para Irán”, dice este profesor. Especialmente si la Administración Trump consigue hacer saltar por los aires el acuerdo nuclear firmado por sus predecesores y añadir nuevas sanciones a las ya existentes: en ese caso, solo una subida estable de los precios de los hidrocarburos permitiría tanto subvencionar productos básicos como financiar las operaciones iraníes en el extranjero, que han cobrado una relevancia tal que el Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU lo considera una de las siete historias a vigilar en el mundo en 2018. Ambas cuestiones, el aventurerismo militar y la frustración ante el estado de la economía, son preocupaciones centrales de los iraníes de a pie que estos últimos días se echaron a la calle para protestar contra el Gobierno de Hasan Rohaní. De momento, en Irán no hay una revolución en marcha, pero los factores de descontento siguen ahí.

Y en la guerra fría entre Irán y Arabia Saudí, el destino de Yemen está en juego: Teherán respalda a los rebeldes huthíes contra la expedición militar de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos en suelo yemení, en la que colaboran EEUU y el Reino Unido con armamento e información de inteligencia. A pesar de que la guerra ha provocado la mayor catástrofe humanitaria de nuestra época y que la intervención, lejos de ser el paseo militar que Riad esperaba, va camino de convertirse en 'el Vietnam saudí', nadie vislumbra una solución negociada cercana. “En Yemen se mantendrá el pulso, no vamos a ver la victoria de unos ni la derrota de otros”, analiza Álvarez-Ossorio. “Ni Arabia Saudí ni los Emiratos están dispuestos a replantear sus políticas ni a hacer una evaluación crítica del alto coste de esta intervención, en términos humanos o militares. Los dos príncipes soberanos lo consideran una cuestión clave en su política exterior y son poco dados a la autocrítica. Al revés, están reforzando incluso la campaña militar, de modo que no hay en el horizonte cercano una salida a la crisis yemení”, dice.

Y sin embargo, la guerra de Yemen tiene potencial para desestabilizar toda la región e implicar a las grandes potencias en combates directos. “Con sus propias ciudades bajo constante bombardeo aéreo, los huthíes están disparando misiles a Riad y Abu Dabi, con asistencia tecnológica de Teherán. La guerra le cuesta a Teherán unos pocos millones de dólares al mes, mientras que a Riad le cuesta 6.000 millones de dólares mensuales”, señala Bruce Riedel, analista de la Institución Brookings, en un reciente análisis sobre la insurgencia huthí. “Naturalmente, Teherán y los huthíes están jugando con fuego. Si un misil alcanza Riad, Yedda o Abu Dabi y mata a decenas de personas o más, la presión a favor de represalias contra Irán será significativa. Y la Administración Trump está muy mal equipada para proporcionar consejos que enfríen los ánimos”, resalta. En ese caso, una gran guerra regional de consecuencias globales se convertiría en una posibilidad real.

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