de marruecos a qatar, crece la influencia rusa

El 'paseo de la victoria' de Putin: Rusia ocupa el espacio que deja EEUU en Oriente Medio

Desde hace cinco años, el interés del Kremlin por la región se ha disparado, desde la firma de acuerdos energéticos a la venta de armamentos, pasando por la intervención directa

Foto: Vladímir Putin y el ministro de Defensa ruso Serguéi Shoigu ven el desfile de tropas rusas en la base de Hmeymim, en Siria, el 11 de diciembre de 2017. (Reuters)
Vladímir Putin y el ministro de Defensa ruso Serguéi Shoigu ven el desfile de tropas rusas en la base de Hmeymim, en Siria, el 11 de diciembre de 2017. (Reuters)

Algunos medios lo han definido, con cierta ironía, como “la gira de la victoria” de Vladímir Putin en Oriente Medio. El viaje oficial del presidente ruso a Egipto y Turquía, acompañado de su visita sorpresa a la base aérea de Hmeymim, en Siria, ha conseguido atraer el foco mediático y subrayar la tendencia que muchos expertos vienen observando desde hace media década: el creciente interés de Rusia por la región, donde ha conseguido posicionarse como un actor clave.

En Hmeymim, Putin ordenó al ministro de defensa Serguéi Shoigu que inicie “la retirada de varios contingentes de tropas rusas” de Siria tras el cumplimiento de su misión. “Habéis vencido y regresáis a casa con vuestras familias”, les dijo a las tropas destacadas allí: “La patria os espera, amigos míos. Os agradezco vuestro servicio”. Aunque a nadie le ha pasado desapercibido el carácter electoralista de esta declaración de victoria, después de que Putin haya anunciado su candidatura a la reelección en marzo de 2018, esta retirada se produce porque el ejército ruso ha logrado sin asomo de duda los objetivos por los que intervino en Siria en 2015: asegurar la supervivencia del régimen de Bashar Al Assad. Moscú, además, parece haber apuntalado sus intereses en el país: en enero firmó un acuerdo que extendía sus derechos sobre la base naval de Tartús durante otros 49 años, y en julio hizo lo mismo con la base aérea de Hmeymim.

Son solo los dos ejemplos más previsibles entre la miríada de acuerdos firmados por Rusia con países de África del Norte y Oriente Medio en los últimos años, y que van desde la cooperación energética -tanto en hidrocarburos como en materia nuclear- hasta la venta de armamento de última generación, pasando por el uso de instalaciones militares conjuntas con las fuerzas armadas locales en al menos cuatro países. Este lunes, la delegación rusa en Egipto formalizó el plan para la construcción de la primera central nuclear de este estado norteafricano; en noviembre, Rusia e Irán sellaron una batería de acuerdos energéticos “estratégicos” por valor de 30.000 millones de dólares; y en los últimos meses, la decisión de Turquía de adquirir misiles avanzados S-400 (difícilmente compatibles con los sistemas de la OTAN a la que pertenece) ha hecho correr ríos de tinta, por mencionar tres casos recientes.

Pero la 'ofensiva diplomática' rusa en la región se remonta a los últimos cinco años, con una intensidad creciente hasta la actualidad. En 2015 y 2016, Putin recibió a veinticinco líderes y altos cargos de países árabes, cinco veces más que Barack Obama en el mismo período. Y en muchos sentidos, Rusia parece querer ocupar el espacio que dejan unos Estados Unidos que preferirían centrar sus esfuerzos en la región de Asia-Pacífico.

Un blindado ruso patrulla el centro de Aleppo, en febrero de 2017. (Reuters)
Un blindado ruso patrulla el centro de Aleppo, en febrero de 2017. (Reuters)

Petróleo y armas

“El Mediterráneo es importante para Rusia (y hoy, para todo el mundo) porque necesita ejercer cierto liderazgo mundial”, opina María José Pérez del Pozo, profesora de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense y de Política Exterior de Rusia en el Máster en Política Internacional del mismo centro. “Pero su área prioritaria sigue siendo el espacio postsoviético. Oriente Medio y norte de África son áreas instrumentales para recuperar, y mostrar, una posición de fuerza, como ejemplo para otras áreas geográficas, el liderazgo regional, ocupar el espacio dejado por EEUU y nuevos mercados de armamentos e hidrocarburos donde compensar las pérdidas sufridas por las sanciones de EEUU y la UE, tras el conflicto de Ucrania”, dice a El Confidencial.

El suministro de petróleo, sin duda, parece uno de los motivos del renovado interés de Rusia por la región, como demuestran las negociaciones entre la empresa estatal rusa Rosneft y el Gobierno Regional del Kurdistán, que se saldaron con un acuerdo por valor de 400 millones de dólares a mediados de octubre, poco antes del referéndum de independencia de las regiones kurdas del norte de Irak. “Consideren cuánto petróleo fluye desde el Golfo Pérsico y los desiertos de Arabia hasta Occidente; para Rusia, solo eso convierte a los países de la región o bien en sus rivales o en sus socios, siendo el petróleo el único recurso plausible para las esperanzas de Putin de restaurar el estatus de Rusia como un poder global capaz de desafíar a Estados Unidos”, escribía recientemente Vali Nasr, de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Johns Hopkins, en un artículo de opinión en el New York Times.

“La huella de Rusia en Oriente Medio se produce sobre todo en el ámbito de la seguridad. Rusia vende sistemas de armamento por valor de miles de millones de dólares, pero tiene poco comercio o inversión en áreas no militares. Ha intentado convertirse en el suministrador de armas al que acudir en segundo lugar, vendiendo a países como Egipto y Argelia cuando EEUU ha rechazado hacerlo”, señala Jon B. Alterman, director del Programa de Oriente Medio del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington. Es lo que sucedió, por ejemplo, en 2013, tras el golpe de estado en Egipto: cuando Washington se negó a seguir proporcionando armamento a la junta militar ante el temor de que fuese utilizado para reprimir a la disidencia interna, Moscú se apresuró a cubrir el vacío.

Algo similar sucede con países como los Emiratos Árabes Unidos -que este año ha comprado misiles antitanque rusos por valor de más de 700 millones de dólares- o Marruecos, que a pesar de ser un estrecho aliado de EEUU en África del Norte se ha mostrado determinado a diversificar sus suministradores. Moscú, además, puede vender cosas que otros estados no están dispuestos a proporcionar: desde el año pasado, por ejemplo, el reino alauí estudia adquirir un submarino de la clase Amur. Y recientemente, Rusia le vendió a Argelia un satélite para monitorizar la situación de sus fronteras con los países del Sahel. Las fuerzas armadas argelinas, por lo demás, dependen en gran medida de los viejos sistemas de armamento ruso heredados del pasado socialista de ambos países.

Vladímir Putin y el presidente de Egipto, Abdelfatah Al Sisi durante la visita de este último a Sochi, el 12 de agosto del 2014. (EFE)
Vladímir Putin y el presidente de Egipto, Abdelfatah Al Sisi durante la visita de este último a Sochi, el 12 de agosto del 2014. (EFE)

Un nuevo escenario mundial

“Esto no significa que Rusia esté actuando en Oriente Medio solo para oponerse a Estados Unidos”, dice Alterman, “pero hay otra dinámica importante en funcionamiento. Rusia parece ver las relaciones internacionales como un juego de suma cero. Visto desde ese prisma, cuanto más beneficio logra EEUU peor es para Rusia, y cuanta mayor hostilidad hay hacia Estados Unidos, mejor para Rusia”.

No obstante, a diferencia de otros expertos, Pérez considera que la situación es diferente a la de antaño, cuando las dos grandes superpotencias percibían el mundo como un tablero global a dividir en áreas de influencia. “Yo no veo paralelismos entre la situación actual y la Guerra Fría, salvo que son los mismos países, con las variaciones territoriales producidas en Rusia, y las evoluciones diferentes que han vivido cada uno de ellos. Y tanto Rusia como EEUU aplican nuevas lógicas en sus políticas exteriores. Aplicamos o comparamos la situación actual con la Guerra Fría porque es el referente histórico más inmediato que tenemos, el que mejor conocemos y el que nos crea menos incertidumbre. Pero estamos ante un nuevo modelo, menos previsible, más complejo en una región totalmente volatil, con potencias regionales que no actúan con el rígido esquema bipolar de otros tiempos”, comenta.

Eso explica, por ejemplo, que Egipto se disponga a permitir que cazas militares rusos utilicen su espacio aéreo y sus bases tras un acuerdo preliminar en este sentido firmado a finales de noviembre, pese a la ingente ayuda económica y militar que EEUU proporciona al país, más de 70.000 millones de dólares desde 1973, el año en el que el régimen de Anwar El Sadat expulsó a los soviéticos del país. Un pacto que se suma a las informaciones de la agencia Reuters, no confirmadas de forma independiente, de que Rusia desplegó en marzo a 22 miembros de las fuerzas especiales en la base de Sidi Barrani, cerca de la frontera con Libia, con el propósito de introducirlos en el país en apoyo de las fuerzas del general rebelde Halifa Haftar, el bando que Moscú parece preferir en el actual conflicto libio. Mercenarios rusos han combatido junto a Haftar, tal y como reconoció el propietario de la firma de seguridad que los envió, si bien se negó a desvelar quién era el cliente que les había contratado.

Muchos analistas consideran que las cantidades que recibe Egipto, una media de más de 1.300 millones de dólares anuales, garantizan que esta nación jamás saldrá de la órbita estadounidense. Pero otros no están tan seguros. “El poder aborrece el vacío, y cuando Estados Unidos se retira no podemos mantener la impresión de que el mundo se vaya a parar y esperarnos. El peligro, y la realidad, es que otros países aprovecharán la oportunidad que se presenta cuando EEUU se retira”, declaró recientemente Matthew Spence, un antiguo experto en política de Oriente Medio en la Administración Obama, al New York Times.

La "oportunidad rusa"

Es lo que sucede, por ejemplo, con las milicias kurdas de Siria: pese a haberse convertido en el aliado más estrecho de Washington sobre el terreno, los kurdos llevan meses flirteando con Moscú ante la perspectiva creciente de que su actual valedor acabe cediendo a las presiones turcas para que les retire su apoyo. Tropas rusas se han desplegado en el cantón kurdo de Afrin como garantes de un alto el fuego vigente, pero sobre todo con el propósito de que Turquía se lo piense dos veces antes de lanzar una ofensiva militar contra el área. Y en la provincia oriental de Deir Az Zor, los combatientes kurdos han proporcionado protección a la presencia de enviados rusos, al tiempo que la aviación rusa ha dado cobertura aérea a los milicianos en sus últimos enfrentamientos con miembros del Estado Islámico. Los representantes kurdos, además, aseguran que participarán en el próximo Congreso por el Diálogo Nacional Sirio, la conferencia de paz que Rusia prepara en la localidad de Sochi el próximo febrero.

El general ruso Yevgeny Poplavsky durante su encuentro con las milicias kurdas YPG en Deir Az Zor, el pasado 3 de diciembre
El general ruso Yevgeny Poplavsky durante su encuentro con las milicias kurdas YPG en Deir Az Zor, el pasado 3 de diciembre

Eso no significa que las relaciones de Rusia con el principal enemigo de los kurdos, Turquía, sean malas. Al contrario: durante su visita a Ankara esta semana, Putin le ha dado un importante espaldarazo al presidente turco Recep Tayyip Erdogan, al apoyar su rechazo al reconocimiento por parte de Donald Trump de Jerusalén como capital de Israel. Ambos países parecen haber olvidado definitivamente el desencuentro que mantuvieron a finales de 2015, tras el derribo de un caza ruso que había penetrado brevemente en el espacio aéreo turco. El Kremlin es consciente de que una Turquía aliada le resulta más útil que una enemiga, y los turcos han aceptado que, en el teatro sirio, Assad está allí para quedarse, y prefieren centrar sus esfuerzos en impedir la creación de una entidad estatal kurda en su frontera meridional.

Un caso especial es el de Irán, un país con el que Rusia comparte numerosos intereses estratégicos. Los especialistas en seguridad occidentales se alarmaron cuando, en agosto de 2016, la aviación rusa bombardeó a la insurgencia siria desde territorio iraní por primera vez, señalando una alianza militar directa mucho más estrecha que hasta el momento. Sin embargo, la realidad es otra: a los iraníes les molestó sobremanera la publicitación que los rusos hicieron de esa misión, por lo que no han vuelto a permitir ninguna operación de este tipo. El Kremlin, además, está jugando su propio juego, en ocasiones muy distinto del que desearía Irán.

"El liderazgo ruso, deliberadamente o no, ha encontrado contrapesos para distanciarse del Irán chií", sostiene Anton Mardasov, experto en conflictos de Oriente Medio del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales (RIAC). "Un acuerdo ruso-israelí permite a la fuerza aérea israelí un considerable margen de maniobra al atacar a Hezbollah en Siria, lo que sin duda ha provocado la ira de Teherán. El segundo contrapeso es probablemente los intentos de Moscú de cultivar relaciones con las monarquías árabes del Golfo a través de una serie de políticas de palo y zanahoria en un intento de sacar ventaja de la indecisión de la Administración del ex presidente estadounidense Barack Obama, especialmente en el periodo previo a su salida del poder", escribe en la publicación. Al Monitor.

¿Se trata de una mera situación coyuntural, o el deseo ruso de expandir aquí su influencia es duradero? "Yo creo que la región sigue teniendo una importancia secundaria para Rusia, aunque es susceptible de ganar más protagonismo en la política exterior rusa porque su posición negociadora es muy privilegiada. Pero Rusia, desde mi punto de vista, carece de un plan sólido y realista para la región. No es tampoco un referente político o cultural. Es un aliado también instrumental para el mundo árabe que equilibra y ejerce el contrapeso de EEUU, con un componente económico como centro de intereses", opina Pérez.

"En general, Rusia es vista más bien como una oportunidad. No es ni una amenaza, ni un aliado incondicional, en mi opinión. Hay oportunismo y mucho pragmatismo por parte de todos", señala esta experta. Lo contrario, tal vez, de lo que han promovido en la práctica unos Estados Unidos cada vez menos relevantes en este rincón del mundo.

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