Minorías, petróleo y fronteras conflictivas: por qué Irán es un polvorín. Noticias de Mundo
más de 10 grupos étnicos y 5 GRANDES religiones

Minorías, petróleo y fronteras conflictivas: por qué Irán es un polvorín

La República Islámica está considerada una de las naciones más estables de Oriente Medio, pero su importancia geopolítica y su complejidad son tales que mantenerla así requiere un esfuerzo colosal

Foto: Iraníes exiliados protestan contra el régimen presidido por Hasan Rohaní frente a la embajada de Irán en Londres, el 2 de enero de 2018. (Reuters)
Iraníes exiliados protestan contra el régimen presidido por Hasan Rohaní frente a la embajada de Irán en Londres, el 2 de enero de 2018. (Reuters)

“Los enemigos de Irán están desplegando todos los medios a su alcance, incluyendo dinero, armas y apoyo político y de inteligencia para coordinar la creación de problemas para el sistema islámico”, afirmaba ayer el Ayatolá Supremo Alí Jameneí, advirtiendo sobre la existencia de una “mano extranjera” en las protestas que estos días sacuden Irán. La declaración no ha sorprendido a nadie: la obsesión por las conspiraciones enemigas está muy arraigada en la sociedad iraní. Y por buenos motivos: el país fue objeto de una bien conocida en 1953, la llamada Operación Ajax, coordinada por la CIA y el servicio de inteligencia británico, para derrocar al líder nacionalista Mohamed Mossadegh y poner en su lugar al Sha Mohamed Reza Pahleví como monarca absoluto del país. Otros complots posteriores han pasado bastante más desapercibidos fuera de las fronteras de Irán.

Eso no quiere decir que Jameneí esté necesariamente en lo cierto: el ‘enemigo exterior’ siempre ha sido un conveniente espantajo para los regímenes autoritarios a la hora de reprimir la disidencia interna. Pero un país de la importancia geopolítica y energética de Irán, con una política exterior que le ha generado numerosos enemigos tanto en Occidente como en la propia región, es necesariamente objeto de interés de las principales potencias internacionales. Teherán lo sabe y, consciente de sus vulnerabilidades, hace lo que puede por prevenirlas.

Irán es uno de los países más heterogéneos, al tiempo que estables, de la región. No obstante, esa estabilidad llega a costa del mantenimiento de un enorme aparato de seguridad que garantice que el descontento no se traduzca en un desafío serio. El país cuenta con más de una decena de minorías étnicas, que habitan alrededor del 70% del territorio iraní y a las que pertenecen alrededor de la mitad de sus casi 80 millones de habitantes. Además, pese a ser una República Islámica -la cuarta del mundo, y la única de credo chií-, aloja cinco religiones importantes: cristianismo, judaísmo, zoroastrismo y la fe baha'i (esta última perseguida por las autoridades), sin contar con que una parte importante de la población, especialmente en Teherán y otras grandes ciudades, sigue siendo secular pese a las imposiciones religiosas oficiales. Como señala Alessandro Bruno, analista de Geopolitical Monitor, "Irán no fue evolucionando hacia una república islámica chií, sino que llegó allí mediante una revolución, de hecho la segunda después de la rusa en cuanto a impacto en el siglo XX". El potencial para el conflicto, en suma, está ahí.

La principal minoría de Irán es la azerí, que cuenta con al menos 18 millones de habitantes. La mayoría de estos se consideran bien integrados en la sociedad: sus miembros componen una parte importante del clero, empezando por el propio Jameneí. Existe un movimiento nacionalista que aboga por la autodeterminación de los azeríes de Irán y la unión de este pueblo "a ambos lados del río Aras", que marca la frontera con Azerbaiyán, pero su arraigo es escaso y, para gran parte de esta comunidad, su fe chií parece ser un elemento más importante que su origen étnico. A pesar de ello, algunas tensiones permanecen.

Un francotirador de la Guardia Revolucionaria custodia el aterrizaje de un helicóptero durante unas maniobras en el oeste de Irán, en septiembre de 2004. (Reuters)
Un francotirador de la Guardia Revolucionaria custodia el aterrizaje de un helicóptero durante unas maniobras en el oeste de Irán, en septiembre de 2004. (Reuters)

Numerosas insurgencias

Kurdos, baluchis o árabes, en cambio, es otro cantar. Es principalmente a ellos a quien se refiere la Organización de Naciones y Pueblos No Representados (UNPO), con sede en Bruselas, cuando afirma: "El uso de los lenguages minoritarios en espacios públicos está prohibido, las minorías están infrarrepresentadas en los altos niveles educativos, no hay libertad de expresión o libertad de religión, y las ejecuciones de prisioneros políticos pertenecientes a minorías son frecuentes". Aunque la Constitución de Irán garantiza la diversidad cultural y se permiten las lenguas regionales en determinadas esferas, la mayoría de los observadores coincide en que la discriminación es una realidad. "El Gobierno central de Irán ha temido de forma persistente la explotación de las minorías iraníes por los poderes extranjeros, incluyendo Gran Bretaña, Estados Unidos, Israel e incluso Arabia Saudí. La República Islámica, como la monarquía Pahleví, se ha implicado en la violenta supresión de los derechos de las minorías", afirma Alireza Nader, analista de la Corporación RAND, en un artículo en Foreign Policy sobre esta cuestión.

Numerosos miembros de la minoría kurda (unos cuatro millones de personas, el 7% de la población iraní) simpatizan con las ideas separatistas -los kurdos iraníes han gozado de su propia entidad estatal en dos breves ocasiones, en 1946 y tras la revolución iraní de 1979-, lo que genera un ambiente favorable a varias formaciones nacionalistas, como el Partido Democrático Kurdo de Irán o Komalah (de orientación comunista), todas ellas ilegales. Pero el grupo más destacable es el llamado Partido para una Vida Libre en el Kurdistán (PJAK, por sus siglas en kurdo), la rama iraní de la guerrilla del PKK, creada en 2004 y responsable de frecuentes emboscadas contra las fuerzas de seguridad en las regiones occidentales del país. Según señala un informe del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) de Washington, se cree que Israel coopera con algunos grupos kurdos iraníes para recoger información de inteligencia en el Kurdistán iraní.

Aún más violenta es la insurgencia activa en el Baluchistán iraní, una de las regiones menos desarrolladas del país: allí opera el grupo yihadista suní Jundallah ("Soldados de Dios"), responsable de numerosos atentados tanto contra representantes de la autoridad como contra civiles. La organización resultó muy debilitada tras la captura y ejecución de su líder, Abdelmalek Rigi, en 2010, pero eso no ha supuesto el final del conflicto baluchi; otros grupos han tomado el testigo y redoblado sus esfuerzos. De forma similar, la región de Juzestán, en la frontera iraquí, de mayoría árabe, es escenario de forma intermitente de revueltas y pequeñas acciones armadas contra miembros del aparato de seguridad.

Este caldo de cultivo, de hecho, ha sido aprovechado por los servicios de inteligencia occidentales. En una serie de reportajes publicados en The New Yorker entre 2006 y 2008, el veterano periodista de investigación Seymour Hersh reveló la existencia de vínculos de la CIA tanto con el PJAK como con Jundallah como con el grupo Mujahideen-e Khalq (MEK), una organización considerada terrorista por la Unión Europea si bien asegura haber renunciado a la violencia en los últimos años. El plan, según Hersh, era utilizar a estos grupos como aliados locales en caso de una guerra con Irán que algunos miembros del Gobierno de George W. Bush, especialmente el vicepresidente Dick Cheney, están dispuestos a lanzar a toda costa, y probablemente lo habrían logrado de no ser por el desastre resultante de la invasión de Irak.

Un hombre pasa delante de un mural antiestadounidense en Teherán, en octubre de 2017. (Reuters)
Un hombre pasa delante de un mural antiestadounidense en Teherán, en octubre de 2017. (Reuters)

La economía, el gran talón de Aquiles

El complicado vecindario también crea dificultades para Irán. Los conflictos en Afganistán e Irak llevan décadas llenando el país de refugiados, y la explosión de la heroína afgana ha generado no solo un enorme problema de crimen organizado transfronterizo, sino también de adicción en el propio territorio iraní, donde el número de heroinómanos se ha duplicado en los últimos seis años. Turquía se ha convertido en una importante competidora regional, y aunque ambos países tienen un interés común en controlar su frontera (donde lanzaron una importante ofensiva conjunta contra el PJAK en 2014), rivalizan en la guerra de Siria, donde apoyan a bandos rivales. Por el momento, Ankara y Teherán han optado por cooperar en materias como energía y defensa, pero ambas capitales son conscientes de que la situación puede alterarse en cualquier momento.

Al país le sigue perjudicando el régimen de sanciones, pese al levantamiento parcial de algunas de ellas tras el acuerdo nuclear de 2015. La compleja arquitectura de las sanciones, que permite el veto de cualquier miembro del Consejo de Seguridad de la ONU a cualquier modificación -y con una nueva administración estadounidense abiertamente hostil-, garantiza que al menos una parte de ellas puedan permanecer vigentes hasta 2015. Además, se mantienen o han sido impuestas otras, relacionadas con el programa balístico iraní o el apoyo a grupos armados como Hezbollah, considerados terroristas por Washington. El mes pasado, el Pentágono aseguró tener pruebas formales del apoyo armamentístico de Teherán a los rebeldes huthíes en Yemen, y la Casa Blanca ha endurecido su retórica contra el régimen de los Ayatolás. Esto garantiza que la inversión extranjera se mantenga en gran medida alejada de Irán, por temor a ser sancionada por realizar transacciones con empresas o bancos relacionados con el Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica (IRGC), los Pasdaran o "Guardianes de la Revolución".

Así, la situación económica continúa siendo uno de las principales talones de Aquiles del sistema iraní, al que le ha afectado profundamente la caída de los precios de los hidrocarburos de los últimos años. Irán tiene las segundas reservas naturales conocidas de gas del mundo y las cuartas de petróleo, que suponen el 23% del PIB y el 50% de sus exportaciones. Desde el levantamiento parcial de las sanciones a principios de 2016 ha incrementado la producción de crudo en casi un 20%, hasta alcanzar los 3,8 millones de barriles al día, pero sigue sin ser suficiente para paliar el desajuste en la balanza de pagos derivado de la baja cotización petrolífera. El desempleo, hoy, ronda el 13%, especialmente entre los jóvenes, en un país en el que la edad media de sus habitantes es de 30 años. A su vez, una gran parte de la economía está vinculada a negocios de las instituciones de seguridad o poderosos individuos bien relacionados con el régimen, que evitan pagar impuestos, lo que se traduce en un enorme agujero económico. El propio Gobierno iraní cifra en un 40% el sector de la economía exento de tasación.

Pero la principal amenaza a largo plazo para el régimen sigue siendo el desencanto de una parte importante de la población con su modelo político. A pesar de que Irán celebra elecciones parlamentarias y presidenciales, los candidatos deben ser aprobados por el Consejo de Guardianes, cuyos 12 miembros son elegidos a su vez de forma o indirecta por el Ayatolá Supremo. La autoridad indiscutida de éste -la llamada doctrina del 'velayat-e faqih'- acaba generando tensiones entre el 'establishment' religioso y el poder civil, especialmente cuando éste es detentado por un reformista, como es el actual presidente Hasan Rohaní. La ola de protestas actual, de hecho, parece haber sido iniciada por elementos conservadores del régimen en un intento de debilitar al Gobierno, si bien ha sido replicada de forma espontánea en otras partes del país.

"La aplicación del dogma del velayat-e faqih en la vida diaria ha llevado a conflictos y a enormes problemas políticos y sociales. El silencio y el orden aparente en las calles son engañosos. Como en el mundo árabe, cualquier chispa podría desencadenar protestas masivas sociales revolucionarias. Las manifestaciones masivas de 2009 después de unas elecciones presidenciales amañadas (el llamado "Movimiento Verde") mostró la profundidad de la frustración de los ciudadanos iraníes", afirmaba un informe de la Fundación Bertelsmann publicado en 2016. "Hay un potencial considerable para futuras revueltas", indicaba. Poco más de un año después, los acontecimientos le han dado la razón.

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