SU VALORACIÓN, CADA VEZ MÁS NEGATIVA

Dos años para olvidar: por qué Arabia Saudí necesita limpiar su imagen

El reino saudí está inmerso en una campaña internacional de imagen, tras constatar que en los países occidentales es cada vez mayor el coste político de hacer negocios con Riad

Foto: El ministro de Exteriores saudí Ahmed Al Jubeir se dirige a la Asamblea Nacional de la ONU, el 23 de septiembre de 2017. (Reuters)
El ministro de Exteriores saudí Ahmed Al Jubeir se dirige a la Asamblea Nacional de la ONU, el 23 de septiembre de 2017. (Reuters)
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El recrudecimiento del conflicto en Yemen, el boicot contra Qatar y el auge de los atentados yihadistas en Europa están elevando el coste político de hacer negocios y justificar las acciones de Arabia Saudí en Oriente Medio. La población de las principales potencias occidentales cada vez mira con más desconfianza al reino suní. En Estados Unidos, sólo tiene una visión favorable el 37% de los encuestados, en Francia y Alemania la cifra apenas supera el 25% y en Reino Unido el 39% la considera antes un enemigo que un aliado.

Según Gallup, los estadounidenses que valoran negativamente a Arabia Saudí han pasado del 55% al 65% en un año y las cifras de febrero de 2017 son peores que las de febrero de 2002, sólo unos meses después de los atentados del 11S. “La opinión pública occidental está cada vez más en contra de Arabia Saudí y esto es muy peligroso para ellos, porque podría complicar las relaciones políticas con sus aliados y hacer más difíciles las ventas de armas”, afirma Eckart Woertz, coordinador de investigación y experto en el Golfo Pérsico del think tank CIDOB.

Quizás España sea un ejemplo. El viaje de los reyes a la potencia suní se encontró con pocas resistencias parlamentarias –la de Podemos esencialmente– en enero de 2016. Sólo diez meses después, un viaje similar de los reyes esta vez sí levantó ampollas y puso contra las cuerdas al PP y al PSOE, que lo justificaron. Los grupos más progresistas lo criticaron con dureza y Ciudadanos pidió que el monarca aprovechara la visita para “denunciar la falta de derechos” humanos delante de los emires. El clima político reflejaba una nueva sensibilidad social.

En paralelo, las exportaciones españolas de material de defensa y doble uso a Arabia Saudí en 2016 se desplomaron tanto en porcentaje como en millones de euros según las cifras del Ministerio de Economía y Competitividad. Concretamente, pasaron de 293 millones de euros en 2014 a 546 millones en 2015 y 116 millones en 2016. Sobre el total, estas ventas representaron, respectivamente, el 9,1% en 2014, el 14,7% en 2015 y el 2,9% en 2016.

En los últimos dos años, la última vez el pasado 13 de septiembre, el Parlamento Europeo ha exigido en dos ocasiones la imposición de un embargo sobre las exportaciones de armas a Arabia Saudí. Al mismo tiempo, un grupo de activistas ha denunciado al Gobierno británico asegurando que las armas que vendía a los saudíes estaban utilizándose para matar a civiles en Yemen. En julio perdieron el juicio, pero han conseguido que la oposición, las ONG y la sociedad presten una atención especial a los más de 3.000 millones de euros en armas que su país le ha vendido al reino desde 2015.

Un cambista saudí exhibe billetes en una casa de cambio en Riad, el 27 de julio de 2017. (Reuters)
Un cambista saudí exhibe billetes en una casa de cambio en Riad, el 27 de julio de 2017. (Reuters)

Campaña de relaciones públicas

Así las cosas, la impopularidad del régimen suní es lo suficientemente preocupante como para que, según el Financial Times, hayan decidido lanzar una ambiciosa campaña internacional de relaciones públicas para mejorar la percepción del reino. También intentan contrarrestar la propaganda que Qatar ha lanzado contra ellos desde que los saudíes les impusieron en junio un boicot diplomático y comercial en junio. Riad instalará centrales de relaciones públicas este mismo mes en Londres, París, Berlín y Moscú, y esperan abrir otras el año que viene en Bombay, Pekín y Tokio.

¿Y Estados Unidos? En los últimos meses, la potencia suní ha incorporado seis lobbies nuevos a su nutrida cartera de grupos de presión en Washington. A uno de ellos, Sonoran Policy Group, lo ha reclutado por la astronómica suma de 5,4 millones de dólares. Su presidente era Stuart Jolly, ex director político de una plataforma de Donald Trump que consiguió para su campaña electoral 28 millones de dólares. Hay una curiosa competición entre los saudíes y los cataríes por contratar a lobistas con acceso directo a la Casa Blanca.

Arabia Saudí no puede permitirse el lujo de perder ni un gramo del apoyo de sus aliados en estos momentos. Mohammed bin Salman está consolidando su poder después de desplazar a su primo como príncipe heredero en junio. Dieciséis de los aliados de su rival han sido detenidos y algunos colectivos de activistas afirman que los arrestados pueden llegar hasta la treintena. Las autoridades confiscaron sus papeles, sus móviles y sus ordenadores.

Ignacio Gutiérrez de Terán, profesor titular y experto en procesos de transición árabes en la Universidad Autónoma de Madrid, recuerda que “existe una fuerte división dentro del régimen entre tradicionalistas y reformistas moderados”. Los reformistas moderados, según él, “están liderados por el nuevo príncipe heredero y creen que el país se tiene que parecer cada vez más a los Emiratos Árabes Unidos”.

En principio, aspiran a replicar la diversificación de sus economías –la saudí depende casi totalmente del petróleo–, a reformar el esquema de subvenciones, a reducir el peso de la administración mientras ceden protagonismo al sector privado y a avanzar en la incorporación de la mujer al mercado de trabajo. De hecho, ésas eran algunas de las metas que prometió el Plan de Transformación Nacional que presentó el equipo de bin Salman el año pasado. Las acompañaba una dotación de más de 70.000 millones de dólares que se invertirían durante la implementación del plan, es decir, hasta 2020. Sin embargo, el pasado mes de julio, sólo un mes después de desplazar a su primo como heredero, empezó la ‘actualización’ del documento, algunos de cuyos objetivos van a aplazarse entre cinco y diez años según el Financial Times.

Mujeres saudíes hablan por teléfono en Riad, el 27 de septiembre de 2017. (Reuters)
Mujeres saudíes hablan por teléfono en Riad, el 27 de septiembre de 2017. (Reuters)

"Un plan que no podía cumplir"

Jesús Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria, cree que “el nuevo príncipe heredero presentó un plan que sabía que no podía cumplir”. Es verdad, reconoce, que “necesita reformar la economía para mitigar las consecuencias del desplome de los precios del crudo, pero eso no quiere decir que vaya a modernizar las instituciones más allá de lo estrictamente necesario para que el régimen se mantenga”. De lo contrario, tendría que enfrentarse al poderosísimo estamento religioso, a miles de funcionarios que cobran sin trabajar y a una parte de su propio clan. Es decir, tendría que poner en riesgo su reinado para intentar modernizar realmente el país.

El experto del CIBOB, Eckart Woertz, ironiza sobre la promesa de incorporar a las mujeres: “Para que puedan trabajar, primero tendrán que poder coger un coche”. Justamente, la casa real acaba de autorizar expresamente la emisión de estos permisos de conducir a partir de 2018, algo que muchos analistas consideran esencialmente simbólico porque, como advierte Woertz, “la sociedad es todavía más conservadora que su Gobierno”. Las reformas, la autorización regia entre ellas, tendrían que torcer la voluntad no sólo de los burócratas que retrasarán su aplicación, sino también de las familias y, en muchos hogares tradicionalistas, incluso de las propias mujeres.

Pero el príncipe heredero no sólo es un “reformista moderado” en un mundo con mayoría ultraconservadora. Para Núñez Villaverde, es al mismo tiempo un halcón que ha contribuido a impulsar “la guerra de Yemen, llena de atrocidades humanitarias, el bloqueo comercial y diplomático de Qatar y un acercamiento con Donald Trump para que arrincone a Irán”. Teme el poder de la potencia chií y asume que la intervención de Estados Unidos en la región se está reduciendo. En consecuencia, ha empezado a defender agresiva y unilateralmente sus propios intereses y ya no sólo económicamente como antes, sino también con el peso de su ejército.

Gutiérrez de Terán matiza que esa nueva agresividad también se explica como una manera de camuflar una situación económica nacional “con cifras reales de paro que pueden ascender al 20% y grandes bolsas de miseria”. A todos los quebraderos de cabeza de Mohammed bin Salman, hay que añadir unos precios del petróleo, la principal fuente de ingresos de su país con diferencia, que parecen anclados en los 55 dólares el barril a largo plazo. El desplome de estos ingresos reduce la cantidad a repartir entre las élites que sostienen el régimen y espolea unas reformas sociales que podrían minar su legitimidad.

No es el mejor momento para que Arabia Saudí pierda apoyos y ventas de armas entre sus aliados tradicionales. Es verdad que los tres analistas consultados dudan mucho que los vaya a perder a pesar de su pésima imagen entre la opinión pública occidental, pero el régimen ni siquiera se puede permitir el lujo de correr ese riesgo. Ni ante su población ni ante sus vecinos ni, por supuesto, ante Irán.

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