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No, el cortoplacismo capitalista no está destruyendo el planeta
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No, el cortoplacismo capitalista no está destruyendo el planeta

Un libro recién publicado por Mark Roe argumenta de forma convincente que presionar a las compañías para que generen beneficios a corto plazo no causa el daño que dicen los críticos

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El cortoplacismo bursátil es ese raro enemigo que une a la izquierda y a la derecha, a los directivos y a los empleados, y a algunos de los mayores gestores de fondos y consultores del mundo. Para la izquierda, el "capitalismo trimestral" es la abreviatura de ejecutivos corruptos y accionistas codiciosos que abusan de los trabajadores y del medio ambiente en busca de beneficios insostenibles. En la derecha, los críticos temen que los accionistas orientados al corto plazo presionen a los directivos para que tomen decisiones tontas, deprimiendo la inversión y la economía.

Ninguna de las dos cosas es correcta, como muestra un breve y convincente libro del profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, Mark Roe. Y esto es importante para las políticas públicas, los legisladores y la narrativa dominante en la gestión de las empresas estadounidenses. Eso no quiere decir que no haya muchos problemas, pero los que hay necesitan soluciones diferentes.

Empecemos por la crítica de la izquierda, ya que es la más fácil de desacreditar. Está claro que el pensamiento a corto plazo no es la causa del cambio climático, la contaminación o un maltrato al personal. De hecho, a menudo es exactamente lo contrario: las compañías petroleras tienen que planificar con décadas de antelación antes de construir una nueva y costosa refinería o perforar costosos pozos en alta mar. DuPont contaminó el río Ohio, en Virginia Occidental, a pesar de las advertencias internas al respecto, no por el deseo de obtener beneficios a corto plazo, sino porque no esperaba que la pillaran. Consiguió ocultar el problema durante muchos años, lo que no deja de ser un objetivo a largo plazo.

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Lo mismo ocurre con el tratamiento de los trabajadores por parte de las empresas. Pagar solo el salario mínimo no es una estrategia a corto plazo, pero fue perfectamente sostenible durante décadas para muchos trabajos poco cualificados, al menos hasta el reciente 'boom' económico. Cualquiera que sea su opinión sobre lo mucho que los sindicatos pueden perjudicar a los accionistas, oponerse a ellos no es definitivamente un enfoque cortoplacista. Amazon luchó con éxito contra las campañas de sindicalización durante casi un cuarto de siglo antes de que este mes se produjera la primera votación de un sindicato de la compañía.

Existen verdaderos problemas, pero estos se deben a que las empresas pueden traspasar los costes —contaminación, calentamiento global, dificultades sociales— en otros, no al cortoplacismo. Los incentivos para ese traspaso necesitan ser corregidos, y apuntar al pensamiento a corto plazo será, como dice el título del libro del profesor Roe, "errar el tiro".

La crítica más difícil de rebatir es que el pensamiento a corto plazo lleva a las empresas a invertir menos de lo que deberían en proyectos a largo plazo y en investigación y desarrollo, y a priorizar los dividendos y las recompras en su lugar. Si esta práctica se generaliza, la economía se resiente.

Sin embargo, los datos no respaldan la idea de un daño generalizado a la economía. Es cierto que la inversión de las empresas estadounidenses en fábricas, equipos y similares es mucho menor, en proporción al producto interior bruto, que en su punto máximo poco antes de la recesión de 1980. Pero lo mismo ocurre con las empresas de los países en los que los accionistas tienen menos influencia, y las empresas estadounidenses en realidad recortan menos la inversión.

Foto: El presidente de la Fed, Jerome Powell. (Reuters/Pool/Tom Williams) Opinión

El argumento de que la I+D es menor es simplemente erróneo. El gasto en I+D de EEUU alcanzó en 2020 un máximo después de la Segunda Guerra Mundial, en proporción al PIB. Las empresas están gastando el doble que en 1980. Si hay un problema de I+D, se encuentra en el sector público, donde se ha recortado la I+D, no en el sector privado.

Las recompras de acciones se han convertido en un objetivo político popular, pero tampoco hay pruebas de que causen problemas en toda la economía. Las recompras se dispararon en los últimos 20 años, pero en general no drenaron el efectivo de las empresas porque se financiaron con deuda, como muestra el profesor Roe. Los tipos de interés más bajos hacen que la deuda sea más atractiva, y las empresas se aprovecharon de ello reajustando su estructura de capital. A su vez, los accionistas reasignaron gran parte del dinero de las grandes empresas a otras nuevas que necesitaban los fondos.

Puede acabar demostrándose que las empresas han cometido un terrible error si el coste de estos préstamos se dispara y no pueden hacer frente a los pagos de intereses, pero esto ha sido una tendencia a largo plazo, no una concesión a corto plazo a los accionistas. En general, las empresas no se han visto privadas de dinero que podrían haber invertido en otros lugares, en contra de lo que afirman los políticos.

Sin embargo, es cierto que los propios ejecutivos se declaran culpables del peor tipo de cortoplacismo. El profesor Roe revisa la prueba más convincente: un estudio ampliamente citado de John Graham, Campbell Harvey y Shiva Rajgopal, que descubrió que casi el 80% de los ejecutivos estaban dispuestos a aceptar un coste a largo plazo para mantener los beneficios a corto plazo. Pero si uno profundiza en el estudio, resulta que solo el 2% sacrificaría una gran cantidad de valor para suavizar los beneficios, y el 23% un sacrificio moderado.

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Después de examinar otros 60 estudios en ambos lados del debate académico, el profesor Roe concluye que no hay pruebas convincentes de que el cortoplacismo sea más que un pequeño problema y solo para algunas empresas.

Si ese es el caso, el mercado puede haber solucionado el problema por sí mismo. Las empresas que renuncian a proyectos rentables se enfrentan a competidores más ágiles, deseosos de intervenir, o pueden iniciar ellas mismas el proyecto más tarde. Eso podría explicar la falta de evidencia de problemas en toda la economía, si los proyectos que añaden valor acaban saliendo adelante.

Estoy a favor de algunas pequeñas soluciones que pueden hacerse con un coste bajo o nulo, como que las empresas dejen de publicar estimaciones de los beneficios trimestrales. Pero los políticos deberían centrarse en otra cosa, en lugar de tratar de resolver un problema que en su mayor parte no existe, sobre todo porque muchas de las supuestas soluciones darían más poder a los ejecutivos, creando otros problemas.

No estoy seguro de que haya una solución, así que puede que esta sea una de las muchas imperfecciones del capitalismo

El libro es una lectura obligada para cualquier persona interesada en los mercados y la política, y ofrece también una gran visión general de lo que nos dicen las evidencias sobre este tema. Pero no aborda una preocupación vinculada que siempre me ha molestado, que los mercados son inconstantes en su compromiso con el largo plazo, con consecuencias perjudiciales.

A veces, los inversores piensan demasiado a largo plazo, y suben las acciones de las puntocom a finales de los años 90; animan a las mineras a gastar miles de millones en nuevos agujeros en el terreno, como ocurrió a principios de 2010; o, como a principios del año pasado, impulsan hasta niveles ridículos las cotizaciones de empresas en pérdidas, con planes de negocio especulativos y a veces hasta sin ingresos. Otras veces, piensan demasiado a corto plazo, como cuando los inversores, temerosos, exigieron a las empresas que reforzaran los balances ante el miedo de que la crisis financiera de 2008 se repitiera, en lugar de invertir para crecer.

No estoy seguro de que haya una solución para este tipo de caprichos de los inversores, así que puede que esta sea una de las muchas imperfecciones del capitalismo con las que tenemos que convivir.

Contenido con licencia de 'The Wall Street Journal'

El cortoplacismo bursátil es ese raro enemigo que une a la izquierda y a la derecha, a los directivos y a los empleados, y a algunos de los mayores gestores de fondos y consultores del mundo. Para la izquierda, el "capitalismo trimestral" es la abreviatura de ejecutivos corruptos y accionistas codiciosos que abusan de los trabajadores y del medio ambiente en busca de beneficios insostenibles. En la derecha, los críticos temen que los accionistas orientados al corto plazo presionen a los directivos para que tomen decisiones tontas, deprimiendo la inversión y la economía.

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