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La puerta abierta de Barcelona a ser una ciudad federal
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La puerta abierta de Barcelona a ser una ciudad federal

La defensa del patrimonio y el uso de una pedagogía urbana para amar y aprehender más lo pisado no son recursos de relleno, más bien más armas para sumar a la implicación

Foto: Vista aérea de Barcelona. (iStock)
Vista aérea de Barcelona. (iStock)

El ruido en torno a Barcelona es enorme, tanto como para descuidar su tejido interior mientras no paran de llenarse páginas y más páginas sobre cuestiones analizadas al dedillo desde todos los puntos de vista menos, curiosamente, el ciudadano.

En este sentido no deja de sorprender cómo se ha olvidado el quinquenio de Jordi Hereu en la alcaldía, quizá por la paradoja de ser tan valiente como para organizar el fallido referéndum para la reforma de la Diagonal en mayo de 2010. Este fiasco oculta cómo fue un impulsor de políticas basadas en criterios de accesibilidad, seguridad y sostenibilidad.

Foto: Una simulación del tranvía por la ciudad de Barcelona. (ATM)

Esta última palabra no solo está de moda, sino que es necesaria para entender las urbes del siglo XXI. Hereu, último mohicano de la larga singladura socialista en la cúpula municipal, apostó por mejorar el transporte público, reducir la velocidad del tráfico motorizado, propiciar áreas de aparcamiento cercanas a los domicilios, medida premiada en 2007 por la UE, y defender una Barcelona para el peatón.

Todo este bagaje precursor se complementó con otra medida brillante, si bien vacía de contenido. El 13 de diciembre de 2006, el pleno municipal, con los votos de PSC e ICV, aprobó la división de la capital catalana en setenta y tres barrios, un cambio radical con relación a su tradicional división en distritos, la última efectuada en 1984 desde una serie de premisas bastante absurdas a nivel geográfico, tanto como para no cuajar para nada en el absoluto colectivo, en especial por no atender a la pluralidad identitaria de los territorios englobados en el núcleo urbano.

El olvido a los barrios

Para alguien ajeno a Barcelona lo explicado en estas líneas quizá sea difícil de comprender, cuando en realidad es una tentativa de ir más allá de modelos caducos para generar una ciudad útil para su ciudadanía.

La mayor ciudad del Principado tiene una Historia demasiado poco contada, incluso intramuros. Ello conlleva una mayor manipulación de una misma y dar alas al actual catálogo turístico, sustentado entre visitas de ricos con afán de consumir en el parque temático de passeig de Gràcia, cruceristas de paso y un potenciamiento del 'low cost', quizá menguado por la pandemia y el continuo vaivén de los ejes de atracción de un mercado exigente, donde resulta muy complicado mantenerse en el mismo lugar durante decenios desde las lógicas mutaciones geopolíticas del panorama internacional.

placeholder Paseo de Gracia.
Paseo de Gracia.

A causa de esta preferencia por lo foráneo, los sucesivos ayuntamientos democráticos no se han preocupado siquiera por un mínimo esfuerzo en pos de activar una pedagogía urbana para dar a conocer a sus representados la diversidad de Barcelonas existentes en una, como si fuera inútil abrazar ejemplos europeos, de París a Londres, de Roma a Berlín, repletos de referencias en este sentido. Ilustrar la Historia con placas de todo tipo no solo en el centro haría del acto de pasear un vehículo educativo de primerísima magnitud para quien así lo quisiera.

La gran hechicera, así rebautizada por el poeta Joan Maragall, sufrió una primera refundación en 1854, cuando, con permiso del gobierno del Estado, pudo emprender el ansiado derribo de sus murallas, clave para extenderse en sí misma con la creación del Eixample, obra genial del ingeniero Ildefons Cerdà. Esto propició la paulatina cercanía con los pueblos del Llano, agregándolos mediante un Real Decreto el 20 de abril de 1897. De este modo, localidades como Gràcia, por aquel entonces la novena ciudad española, Sant Andreu, Les Corts, Sant Gervasi, Sants y el inmenso San Martí de Provençals, cuya superficie constituye casi la mitad de la Ciudad Condal, devinieron barrios. En 1904 Horta engrosó la nómina de anexiones, seguida en 1921 por Sarrià y completada durante la posguerra con las barriadas periféricas de Baró de Viver y el Bon Pastor.

No bastaba ser la primera ciudad industrial del país ni haber organizado, con dificultades, un evento como la Exposición Internacional de 1888

Las motivaciones de 1897 eran económicas e idóneas para dar rienda suelta a esa ambición para la que no bastaba ser la primera ciudad industrial del país ni haber organizado, con sumas dificultades, un gran evento como la Exposición Internacional de 1888. Sin embargo, toda esta ganancia ha permanecido desde algo intangible en muchos papeles porque cada uno de sus barrios ha conservado contra viento y marea una identidad propia, reforzándola durante los años 70 de la pasada centuria por las luchas vecinales, menguadas durante los últimos decenios, cuando la marca ha ganado la partida a mejorar el gobierno intramuros.

Ello no debe extrañarnos. Los barrios son los grandes actores invisibles de la función. Bastaría elaborar un mapa de Barcelona sin la Rambla, El Eixample, Montjuic y Gràcia para descubrir otra bien diferente. Baix Guinardó, Camp de l’Arpa, La Bordeta, El Carmel, Verneda, La Salut, Vallcarca, La Guineueta, La Clota, Font de la Guatlla, Bonanova y muchos otros existen, pese a sufrir un desprecio permanente, fruto de la ignorancia de sus gobernantes. Muchos de ellos jamás han pisado estos enclaves, y no solo hablamos de los reunidos en la plaça de Sant Jaume.

Foto: La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)

Todos estos barrios acumulan quejas de muy distinto pelaje. Para los más adinerados, como los del Distrito de Sarrià-Sant Gervasi, escandaliza la división de la ciudad entre aquella con una estación de metro a la vera y otra con el modernizado, aunque vetusto, sistema de los ferrocarriles catalanes. Para los más precarios el lamento podría surgir de la desatención con el pavimento de las calles, la suciedad imperante, remediada en los últimas semanas con un plan de acción algo aleatorio, o una gentrificación impuesta por la tendencia a homologar todas y cada una de las capas urbanas, factor clave para comprender cómo los índices de riqueza engañan, pues si en los últimos años el Distrito de Nou Barris se presenta como más próspero a nivel de renta per cápita es por la expulsión de muchos barceloneses del centro.

La desnaturalización de la comunidad se solventa con el reclamo de novedosas ofertas edilicias en los márgenes, impidiéndose así una mayor fortaleza en la defensa de su idiosincrasia. El barcelonés suele ser perezoso para desplazarse lejos de su domicilio, mientras los guiris aprovechan mejor la red de transporte público. Para ellos, la Sagrera, donde desde hace años se espera una gran estación para la LAV Madrid-Barcelona-Francia, no es el culo del mundo, más bien la opción de abaratar costes, alquilar un apartamento de Airbnb y llegar en menos de quince minutos a la Sagrada Familia.

Reformular el gobierno para mejorar la vida ciudadana

¿He escrito quince minutos? Recapitulemos. Tenemos una administración municipal centralizada, salvo por sus diez distritos, muchos de ellos incapaces de conocer lo acaecido en sus jurisdicciones burocráticas. Visto así, resulta quimérico proponer una mayor división administrativa para generar una ciudad federal mediante el conferir poder a los setenta y tres barrios, dotándolos de sus respectivas sedes para mejorar las políticas de proximidad y cambiar los mecanismos de gobierno.

Ello conllevaría el surgimiento de una ciudad federal mucho más efectiva a través de la gestión de espacios mucho más específicos y coherentes en su tamaño, ganándolos para la causa a través de reconocer su identidad específica en el entramado urbano, favoreciéndose el despliegue de la pluralidad y una forma de gobierno mucho más eficaz desde lo pequeño. Problemáticas cotidianas como la urgencia de un banco en una calle, la ausencia de contenedores para un vecindario o el mal estado de plazas y parques se transmitiría del Barrio al Distrito, agilizándose la burocracia desde su descentralización, y de este a la Casa Grande de la plaça de Sant Jaume.

Esta Barcelona Federal cumpliría el axioma del famoso cuarto de hora donde desarrollar la vida, reduciéndolo en algunos casos

Esta Barcelona Federal cumpliría el axioma del famoso cuarto de hora donde desarrollar la vida, reduciéndolo en algunos casos al estar ya bien afianzado en los barrios. Sin ir más lejos, en gran parte de la geografía del Guinardó es sencillo localizar en menos de cinco minutos de paseo un bar, un quiosco, un estanco, varios supermercados, una librería, una escuela, una mercería, el mercado y una panadería. La asunción de estas realidades, hasta ahora desprovistas de cualquier tipo de atributo, quizá cancelaría la negligencia municipal para sus gobernados, si bien, según nos comentó un miembro de Barcelona en Comú, plasmar este plan se juzga inviable al ser demasiado caro. En este sentido la ceguera es tremenda, pues el federalismo barcelonés sería la antesala para traspasarlo a toda el área metropolitana, algo acorde a la senda trazada en muchas otras ciudades europeas, donde las AM van camino de ser un conglomerado casi independiente de las demás regiones, en sintonía con la diferencia de mentalidades entre mundos cada vez más distantes por el enfrentamiento entre una visión cosmopolita y otra mucho más cerrada, símbolo de la discusión de nuestro tiempo entre progreso e incomprensión hacia un mundo de fronteras porosas.

¿Tan oneroso sería ejercer el servicio público con una remodelación del gobierno interior para enmendar la distancia entre los representantes y sus votantes? A estos no les basta leer carteles donde se les denomina ilustres para animarles a la participación. La crítica reciente a Barcelona, bien fundamentada en algunos aspectos y no tanto desde una vulgar crítica sin aporte de datos y observación, ha obviado las vidas minúsculas de su interior, craso error cuando no todo sirve en la idea de excepción catalana, como si los barrios de aquí no corrieran el peligro de buscar alternativas más hacia los extremos por el desdén con el que han sido tratados a lo largo de este siglo, como se vislumbró en las elecciones catalanas de 2017, cuando Ciudadanos triunfó en el otrora cinturón rojo y ganó, algo insólito en la Historia, tanto en Sarrià como en Nou Barris.

La pluralidad desde el patrimonio

Los barrios del viejo pueblo de Sant Martí de Provençals tenían carácter agrícola, luego metamorfoseado en industrial. Solemos elogiar la labor del alcalde Maragall, cuando fue el inventor de la marca BCN y, de acuerdo con los cánones de su época, apuntaló el proceso de desguace del mundo fabril para dar más alas si cabe al sector inmobiliario en la periferia en ese preludio de convertir al ciudadano en consumidor con la inevitable obligación de pagar un alquiler o una hipoteca. El techo devino axioma, ya sin ninguna protección empresarial para sufragarlo.

La barriada de Navas, partida por la Meridiana, conllevaría un suspenso si hiciéramos un examen a la mayoría de barceloneses. La demolición de su identidad se acompasa con la de su patrimonio, algo disimulado, desde el triunfalismo de la publicidad, por la erección de tres hoteles para liberar al centro de tanta carga turística. Las prioridades de arriba discrepan de las de abajo.

Foto: Foto: EFE

El lado montaña de la Meridiana, en Barcelona los ciudadanos se orientan entre ríos y la direccionalidad hacia las colinas o el Mediterráneo, está en obras para medio ajardinar una avenida con mala fama por ser un nido brutal de polución. Esta reforma, con apenas metros para los peatones, nos conduce a unas casitas perfectas para mostrar el actual estado de la cuestión de las identidades mediante los vestigios históricos. En Barcelona, para favorecer la especulación, no se renueva el escaso catálogo patrimonial desde 1987. Si su futura actualización no fuera anecdótica, sino una tarea continuada barrio a barrio se evitarían absurdos como depender del Plan General Metropolitano de 1976, usado desde el libre albedrío por el Consistorio capitaneado por Ada Colau, modificándolo cuando les interesa y excusándose por derribos de edificios emblemáticos cuando así les conviene para vender la moto de la vivienda social, que nunca es gratuita ni accesible a todos los habitantes.

En la sede del ICO en Madrid puede visitarse hasta el 16 de enero de 2002 la Exposición dedicada al estudio de los arquitectos Lacaton&Vassal, quienes esgrimen como destruir es una aberración porque preservar es mucho más cabal. Arriba la Meridiana, en el hermoso carrer de Trinxant, aún pueden admirarse unas casitas de 1870, condenadas por el célebre PGM de 1976. Durante cuatro decenios, aún están habitadas, las autoridades, de acuerdo con asociaciones vecinales, nada reivindicativas, han dejado que su interior empeorara a la espera de emplear la piqueta y edificar pisos de protección oficial, sin considerar siquiera cómo las casitas del Ochocientos son fuente de identidad, motor sostenible por sus materiales, a restaurar, y una magnífica posibilidad para exhibir nuevos usos en construcciones antiguas.

Foto: Un persona yace en el suelo durante un botellón en la Ciudad Condal. (Joan Mateu Parra)
Barcelona, en tierra de nadie
Jordi Corominas i Julián Juan Soto Ivars Fotografía: Joan Mateu Parra

El patrimonio no debería ser sólo la calificación de inmuebles históricos. Conjuntos urbanísticos, detalles sentimentales, elementos naturales, caminos antiguos, negocios de barrio o tabernas emblemáticas son esencias del mismo. Las tiendas y los bares ya han recibido en Barcelona cierta protección para conferir vida a la vida. La tragedia es no reflexionar sobre cómo resucitar a muertos por las ganas de enterrarlos e ingresar dinero en la caja, sin cavilar ni una décima de segundo en la belleza de una ciudad accesible a sus ciudadanos en la conjunción de pasado, presente y futuro.

Si esto apenas se vislumbra es por una pésima gestión del patrimonio en todos y cada uno de los Ayuntamientos barceloneses, con el actual luciéndose a lo grande este verano en muchos barrios, donde hicieron oídos sordos a peticiones vecinales para dar rienda suelta a las excavadoras. En Horta se terminó con unas fincas centenarias de la Baixada de Can Mateu. En el Coll se demolió el estudio Balet y Blay, piedra inaugural de la animación española con Garbancito de la Mancha. En Sant Andreu una farmacia con decoración modernista fue borrada con premeditación y alevosía durante las vacaciones estivales. Por último, en el anónimo y precioso barrio de la Satàlia, en las estribaciones de Montjuic, los trabajadores de una obra, según fuentes municipales sin licencia para la misma, se cargaron muros de la época romana en el passatge del camí Antic de València. Cada uno de estos llantos será reemplazado con asepsia contemporánea y amnesia de lo que fueron estos rincones. Una ciudad sin memoria se deshace de sus raíces sin conciencia alguna de culpa, más ahora con tanta sobredosis de información y olvido sistemático de la misma.

¿Se hubiera evitado todo esto con el modelo de la Ciudad Federal? La defensa del patrimonio urbano y el uso de una pedagogía urbana para amar y aprehender más lo pisado no son recursos de relleno, más bien más armas para sumar a la implicación del ciudadano con el emplazamiento donde transcurre su existencia, no engañándolo con consultar participativas de escaso éxito porcentual. Si se quiere privilegiar a Barcelona por encima de su marca la cercanía es un imperativo categórico para ir de lo minúsculo a una dimensión insólita. En ella, el barrio sería la cadena de conexión para establecer áreas metropolitanas coherentes con su interior, engarzado por pequeños puntos hasta configurar un todo más eficaz al gobernarse más con suelas gastadas y mucho menos desde un despacho donde la realidad suele ser una hoja de Excel.

El ruido en torno a Barcelona es enorme, tanto como para descuidar su tejido interior mientras no paran de llenarse páginas y más páginas sobre cuestiones analizadas al dedillo desde todos los puntos de vista menos, curiosamente, el ciudadano.

Passeig de Gràcia de Barcelona Barcelona
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