La precampaña se eterniza en Cataluña: durará año y medio tras anularse el 14-F
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Sin fecha para los comicios

La precampaña se eterniza en Cataluña: durará año y medio tras anularse el 14-F

La Generalitat puede alegar que el pecado original se encuentra en esas elecciones vascas y gallegas que se suspendieron con total alegría sin calibrar el precedente que se sentaba

placeholder Foto: El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonés; el presidente del Parlament, Roger Torrent; y los consellers, Meritxell Budó y de Interior, Miquel Samper. (EFE)
El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonés; el presidente del Parlament, Roger Torrent; y los consellers, Meritxell Budó y de Interior, Miquel Samper. (EFE)

Hay malas películas con buenos títulos. Es el caso de la ya hoy olvidada 'El penalti más largo del mundo' (2005). Pues Cataluña es igual, solo que en su caso la cinta de mala calidad podría llamarse 'La precampaña más larga del mundo'. La comunidad entró en precampaña el 29 de enero de 2020 cuando Quim Torra dio la legislatura por acabada. Hace casi un año y el fin de dicha precampaña ni se avista después del nuevo aplazamiento electoral. Esta precampaña perpetua obliga a los partidos a dejar de lado la gestión y centrarse en jugadas de dudosa efectividad, ante un votante que ya ha renunciado a entender ninguna lógica interna. No hay estrategia, no hay proyecto. Y la degradación institucional se acentúa, ahora ya con el Parlament disuelto.

El espectáculo de ayer en el Parlament y en la Generalitat resultó penoso. Hay que desconfiar cuando la reunión clave para preservar la democracia y la vida se celebra a puerta cerrada, como pasó ayer en la cámara catalana, cuando Pere Aragonès llevó su propuesta de elecciones para el día 30 de mayo. Opción aceptada por todos menos por el PSC. O cuando el anuncio del decreto se hace en una comparecencia en Palau sin admitir preguntas. Es lo que tiene el coronavirus, ha habilitado a los españoles a una clase política que defiende la salud pública de la manera más opaca posible. Y el PSC tampoco estuvo a la altura, el día anterior, ofreciendo su trato para "no dar la imagen de quedarse solo", según apuntan fuentes del partido. Aceptamos la fecha pero no el cambio de las reglas de juego. No entendieron que, aunque fuese en la Cataluña de los consensos impostados, hay más dignidad en la soledad de Gary Cooper que en la abigarrada pandilla de los salteadores mexicanos.

Foto: El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonés (c), el presidente del Parlament, Roger Torrent (i), y el conseller de Exteriores, Bernat Solé (d). (EFE)

Oriol Junqueras y Laura Borràs hicieron declaraciones calcadas cuando se votó en las generales de 2019, el pasado mes de abril: “Los catalanes nunca tenemos miedo a las urnas”. Pues debe ser a algunas urnas, porque otras les provocan muchas reservas. En especial cuando los 'tracking' electorales resultan adversos o cuando las primeras no salen como se habían planeado. Desde aquel 29 de enero Cataluña no parece otra cosa que una clase política en pleno buscando excusa tras excusa para no convocar elecciones autonómicas. Primero fueron los Presupuestos de la Generalitat en 2020, que parió Pere Aragonès y que ya nacieron muertos por los efectos del coronavirus. Con las cuentas aprobadas, Torra quiso convocar, pero Carles Puigdemont pensó que los augurios electorales serían mejores en febrero. Torra se doblegó y la mayoría de los grupos parlamentarios callaron. De los silencios cómplices de entonces vienen las miserias tácticas de esta semana.

Se obligó a Torra a renunciar a la mayor potestad que tenía como presidente de la Generalitat, que era convocar elecciones. Se degradó la presidencia como institución y total ¿para qué? Puigdemont apenas ganó un puñado de votos y una lista que no quería, con personajes de los que no se fía, como es el caso de Laura Borràs y Joan Canadell. Con memoria de pez, ahora los parlamentarios y la Generalitat repiten la jugada. Un nuevo aplazamiento a fuerza de forzar la ley y de socavar los derechos electorales de los partidos, aunque ni tienen garantías de que los resultados sean mejores dentro de unos meses ni de que la pandemia ofrezca una tregua. No es raro que Laura Borràs haya sido la única independentista que ha insistido en pedir que se celebren las elecciones. Sabe que la dilación es una excusa de Waterloo para librarse de una candidata que les incomoda, por muchos votos que pueda traerles.

"Catalunya no té president", repite como un mantra siempre que puede el presidente en funciones, Pere Aragonès. Como muchos mantras independentistas, no solo no es verdad porque quien lo dice ejerce de presidente en funciones. Es que si lo fuera se convertiría en el principal argumento para que se celebrasen los comicios. En plena emergencia sanitaria y económica, que Cataluña tenga 'president' debería ser una prioridad, no algo que se pueda ir aplazando de manera indefinida.

Pecado original

Cataluña puede alegar que el pecado original se encuentra en esas elecciones vascas y gallegas que se suspendieron con total alegría sin calibrar el precedente que se sentaba con dicha iniciativa. Y tendrá razón. Pero también Cataluña se ha acostumbrado a una democracia de pin y pon o de quita y pon. Ahora quita, ahora pongo. Como esos diputados que prefieren cobrar dos tercios de su salario por no trabajar que jugársela en una nueva llamada a las urnas. O esos otros que visto el panorama de inactividad que se cierne pretenden forzar el reglamento de la Diputación Permanente de la Cámara para simular una actividad política que en realidad resulta inexistente.

Cataluña ha pasado del "president posi las urnas" a buscar excusas para no votar


"President, posi las urnas", clamó en su día la hoy encarcelada Carme Forcadell. ¿Dónde están ahora esas masas supuestamente enfervorizadas y borrachas de democracia? Esa misma Generalitat que ha suspendido las elecciones ha permitido las manifestaciones independentistas durante el año que llevamos de pandemia por tratarse de un derecho fundamental, en palabras de Meritxell Budó. Pero en Cataluña hay derechos fundamentales de primera y de segunda, como hay manifestaciones de primera y de segunda. ¿Qué pasaría si un aplazamiento electoral como este lo hubiese decidido Bolsonaro o Maduro? ¿Qué pensarían muchos votantes de JxCAT? ¿O incluso de ERC?

Salvar vidas

Se alega que se salvarán vidas por no convocar estas elecciones. Y seguro que es verdad. Tanto como que los epidemiólogos no se presentan a ellas y que por eso son los políticos los que han de tomar las decisiones. También salvaríamos muchas vidas si no fuésemos al supermercado o dejásemos de ir a trabajar. Pero lo seguimos haciendo porque pura y simplemente no nos los podemos permitir, ni como sociedad ni como individuos. En cambio, esta semana la Generalitat y diversos grupos políticos han decidido que Cataluña puede permitirse suspender unas elecciones. Ojalá no se equivoquen, ni en lo general ni en el tacticismo más ramplón.

Porque si el tacticismo más pegado al terreno yerra de nuevo podemos ver al final de esta precampaña catalana, la más larga del mundo, unos votantes que acudirán a las urnas tal vez con un mejor índice de contagio, pero con una economía que habrá hecho más estragos, con los bolsillos más vacíos y el voto más cabreado. Si a esto sumamos una mayor abstención provocada justo por este largo periodo de interinidad y confusión, los nuevos cálculos de Pitagorín pueden llevar a que partidos como Vox doblen sus perspectivas electorales sin ni siquiera bajar del autobús. Es lo que pasa cuando los que deciden autodenominarse 'spin doctors' no pasan de simples aprendices de brujo. Así se mueren las democracias, no por maldad de pocos sino por estupidez de muchos.

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