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"Hubiera sido saludable que el PSOE perdiera las elecciones de 1993, la última legislatura sobró"
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ENTREVISTA CON IGNACIO VARELA

"Hubiera sido saludable que el PSOE perdiera las elecciones de 1993, la última legislatura sobró"

Cuarenta años no son nada o son una eternidad. Pero lo que es seguro es que en las últimas cuatro décadas España ha dado un salto adelante impensable a la salida del franquismo

Foto: Entrevista a Ignacio Varela. (Isabel Blanco)
Entrevista a Ignacio Varela. (Isabel Blanco)

Ignacio Varela (Madrid, 1954) ha sido cocinero antes que fraile. Vivió de cerca los tiempos en que el PSOE era poco más que un grupúsculo —la mayoría de las veces mal avenido—, pero también aquellos años en que el partido socialista acabó siendo un formidable ejército que ganaba elecciones y ocupaba todos los resquicios del poder. También los tiempos de la derrota y de la amargura. Ha escrito un libro: Por el cambio, 1972-1982: Cómo Felipe González refundó el PSOE y lo llevó al poder, que no es para nada un texto de memorias. Es, sobre todo, la visión de un analista curioso pegado a los fogones en los que se cocinan las grandes decisiones (también las pequeñas). No es indulgente con nada ni con nadie. Probablemente, porque el tiempo quita y da razones, pero, sobre todo, porque las telarañas de la historia ayudan a comprender cuatro décadas decisivas en la vida política de España.

PREGUNTA. Recuerdo que al poco tiempo de que Felipe González ganara las elecciones del 82 me metí en un tugurio de una barriada de Huelva, donde vivía por entonces, en el que se vendía cerveza, entre otras cosas, y allí, detrás de la precaria barra, había pegado con celofán el célebre cartel al que usted hace referencia al comienzo del libro: el candidato socialista mirando al futuro con un cielo azul infinito. Inimaginable hoy ver hasta dónde llegó la fuerza de aquel primer Gobierno socialista.

RESPUESTA. Aquel triunfo fue universal y atravesó todos los estratos de la sociedad española. Fue un plebiscito, solo había una elección. No se eligió entre dos o tres gobiernos posibles, sino que se trataba de medir el apoyo del único gobierno posible para España. Se había producido un fenómeno irrepetible, como que el partido que entonces había gobernado se había evaporado. En el año 74, cuando se celebra el famoso Congreso de Suresnes, el partido socialista y la UGT, que entonces eran la misma cosa, tenían unos 3.500 afiliados...

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Foto: I. B.

P. En concreto, 3.597 militantes…

R. …Y eran organizaciones perfectamente anónimas para el 95% de los españoles. Tres años después, aquello fue una explosión. Sorprendió a todos, porque en aquel momento lo que se pensaba era que el PCE dominaría la política en el ámbito de la izquierda porque había protagonizado la lucha contra el franquismo. El momento clave fue la primera entrevista a Felipe González en TVE, en 1976, y se la hizo Eduardo Sotillos. Se emitió un sábado y tuvo una audiencia supermillonaria. El otro elemento fue la capacidad del partido socialista de montar un aparato organizativo de una eficiencia admirable: moderno y profesional, que iba por delante al resto de sus rivales. Los veteranos te hablarán, además, de otro factor importante, como fue la memoria histórica. En todos los pueblos de España había gente que había tenido en sus familias a alguien que había sido socialista, y en el momento en que llegó la libertad todo aquello emergió de nuevo.

R. Por cierto, se dijo que en las elecciones anteriores, las de 1979, se le habían retocado las patillas a Felipe González para que pareciera mayor y dar mayor confianza.

R. Se lo aclaro. Sucedió exactamente al revés. Él tenía una canosidad muy incipiente y los carteles en aquella campaña tenían un gris muy oscuro. Cuando nos los trajeron, las patillas se notaban mucho más de lo que eran, y el publicitario que trabajaba con nosotros, Gabriel Jiménez, estaba desolado, hasta el punto de que quería repetir la sesión fotográfica porque decía que el cartel le avejentaba. Aquella campaña no le gustó a Felipe González, estaba incómodo y de mal humor, y fue Alfonso Guerra quien dijo: "No está el candidato de humor para meterlo otra tarde en una sesión fotográfica, así que se queda así". Fue justo al revés.

P. ¿Acabó la Transición con la victoria de Felipe González?

R. Esa es una discusión hasta cierto punto bizantina. Creo que la Transición se define por dos objetivos. Uno era cambiar el régimen, pasar de una dictadura a una democracia y provocar un ejercicio constituyente sin que hubiera previamente otro destituyente. Fue Suárez quien por primera vez desde un gobierno heredero del franquismo se reconoció que la soberanía popular era la única fuente de legitimidad del poder. El segundo objetivo fue un método: el consenso, que dura entre aquellas primeras palabras de Suárez hasta que se aprueba la Constitución. A partir de entonces, reaparece la competición política y la lucha por el poder. La Transición, por lo tanto, en términos rigurosos, dura entre el primer discurso de Suárez y la Constitución, pero es verdad que se podría hablar de que las elecciones del 82 abren la segunda fase de la Transición. En la primera fase España se refunda desde el punto de vista político, pero la segunda es la de la modernización del país. Se hizo todo lo que se había aplazado con anterioridad.

"El PSOE de 1982 y el de 2022 son dos criaturas políticas sustancialmente distintas amparadas por las mismas siglas"

P. En ese paso hacia la modernidad, en qué medida pudo influir el llamado por algunos "error Mitterrand", que había llegado al poder en Francia un año antes con un programa muy radical —nacionalizaciones— que pronto tuvo que rectificar.

R. La experiencia de Mitterand fue evidentemente una vacuna para los socialistas españoles. Felipe González siempre fue muy reticente a crear una especie de alianza de los países del sur de Europa, que era la idea de Mitterrand. Él siempre miró hacia la socialdemocracia del centro y el norte de Europa. Siempre ha sido muy reticente a pactar con los comunistas, que es lo que quiso e hizo Mitterrand, y aquello fue un desastre. Entre otras cosas, porque Georges Marchais [el secretario general del PCF], aunque estaba en el eurocomunismo, nunca creyó en ello. González y Guerra, al revés, luchaban por disputar la hegemonía al PCE. Había otra gran diferencia, mientras que los comunistas franceses reconocían las tendencias internas, ni Guerra ni Felipe lo querían. Los referentes de González siempre han sido, Willy Brandt, Olof Palme, Bruno Kreski [canciller austríaco] y no Mário Soares o Craxi o Mitterand, con quien sólo se establece una relación verdaderamente fluida ya estando en el Gobierno y me atrevería a decir cuando González consiguió el apoyo de Francia en la lucha contra ETA. Su modelo ha sido siempre el nórdico, un gran partido socialdemócrata con una pata sindical.

P. Eso es verdad, pero no me dirá que la famosa enmienda republicana en el debate constitucional o la España plurinacional que salió del Congreso de Suresnes no iba en sentido contrario… El PSOE, de hecho, en la Transición jugó en muchas ocasiones a situarse a la izquierda del PCE y luego cuando llegó al poder se comportó como un partido socialdemócrata de libro.

R. Hasta el año 79, el partido socialista tenía muchos años, pero una esquizofrenia difícil de entender. Hay mucha diferencia entre sus textos, sus declaraciones, su retórica y su práctica política. De hecho, en el núcleo dirigente, los sevillanos eran la extrema izquierda y ellos fueron los que redactaron los textos. Eran de un nivel de agresividad revolucionaria sorprendente. Los textos eran incendiarios: sociedad sin clases, exterminar a la burguesía…, pero al mismo tiempo se negociaba la Transición con el Gobierno, y al poco tiempo la Constitución. Esta esquizofrenia se terminó con el famoso Congreso sobre el marxismo del año 79.

P. A eso se refiere cuando habla de que González es rígido en lo estratégico y flexible en lo táctico. ¿Existe hoy, en la política española, esa visión de la política?

R. Sí. Ha pasado a la historia que Felipe era un accidentalista de la política, un tipo ultra-pragmático que se adapta a cualquier circunstancia. Es verdad que él siempre ha rechazado una concepción teológica de la ideología. Es decir, cómo los creyentes se relacionan con su fe. Sin embargo, siempre ha sido inflexible en la estrategia, en los objetivos a medio y largo plazo. Nunca le he visto hacer la menor concesión, ni dentro del Gobierno ni fuera. De hecho, casi todos los conflictos posteriores con Guerra siempre fueron porque él nunca permitió la menor desviación, lo que acompañó siempre con una extrema flexibilidad. En lo que él consideraba instrumental, y aquí muchas veces incluía a las personas, era completamente accidentalista. Ahora, en lo esencial no cedía.

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Foto: I. B.

P. Por qué la izquierda, digamos clásica, no ha sabido enfrentarse a los nuevos movimientos que han cuestionado cómo fue la Transición sin ningún rigor analítico, ni siquiera histórico.

R. Probablemente, por un fenómeno de abdicación. Por la misma razón que la derecha democrática no está siendo capaz de enfrentarse en la batalla ideológica a la extrema derecha populista. Hay un fenómeno claro de abdicación. ¿Y por qué? Porque en el fondo existen dudas sobre la vigencia histórica del proyecto político que se generó en Europa después de la II Guerra Mundial que, como todo el mundo sabe, es un pacto histórico entre la socialdemocracia y los partidos de la democracia cristiana. Creo que es un caso de debilidad ideológica por inseguridad sobre el modelo que has defendido hasta ahora. Los partidos centrales del sistema, no los centristas, en vez de plantar la batalla a sus respectivas terminales extremistas lo que hacen es impregnarse de sus discursos y de sus valores. El caso británico es tremendo. El UKIP [el partido pro-Brexit] ha desaparecido porque ya estaba el partido conservador haciendo su política.

P. En el libro es muy duro con Enrique Tierno Galván, y hace suyas unas palabras de Pablo Castellano que lo llamó "víbora con cataratas''. Fíjese que para muchos es una especie de santo laico.

R. Se trata de un personaje muy paradójico. De todos los políticos que he conocido, y he conocido muchos, es en quien se da una diferencia más aguda entre su imagen pública, que él cuidó con mucho esmero, y la realidad. Aquella imagen de apacible, bondadoso… no se correspondía con su práctica política. Si usted coge a todos los dirigentes socialistas de la época, González, Redondo, Castellano, Rodolfo Llopis… todos se pelearon entre sí y se enemistaron, pero todos tenían algo en común: detestaban a Enrique Tierno. Era un personaje con muchas dobleces y completamente impostado. Es verdad que con una gran talla intelectual. Su relación con el partido socialista siempre fue tormentosa y complicada porque él siempre aspiró a quedarse con la franquicia. Lo que sucedió es que sorprendentemente encontró su lugar en la alcaldía de Madrid y ahí triunfó por todo lo alto. Sintonizó con los madrileños. El día de su entierro yo estaba en Moncloa y me ofrecí voluntario para quedarme de guardia y así no tener que ir.

"Hemos pasado del liderazgo democrático al caudillismo. Lo que tenemos hoy es un exceso de jefaturas con pretensiones caudillistas"

P. Hablando de corrientes dentro del partido, usted habla de Izquierda Socialista como el sindicato de perdedores de Suresnes, pero no me dirá que el PSOE, como otros partidos, no necesita más pluralidad. La uniformidad, ¿no está matando la vida dentro de los partidos?

R. Son dos cosas distintas. El tener corrientes organizadas, es decir, partidos dentro de los partidos, es una cosa que los socialistas han rechazado siempre. Creo que destruye los partidos.

P. También desaparecieron en los sindicatos, por ejemplo en CCOO.

R. Incluso el partido socialista llegó a montar una corriente organizada dentro de la UGT, que eran los famosos grupos sindicales socialistas. Pero González y Guerra siempre se opusieron. Lo que digo en el libro es que aquella Izquierda Socialista salió totalmente derrotada de Suresnes, aunque habría que decir, que lo fueron los dirigentes madrileños: Castellano, Bustelo, Gómez Llorente… Castellano, antes de Suresnes, era claramente el ala derecha del partido en contraste con los sevillanos, que eran los más radicales. Esto demuestra que hay más razones biográficas y personales que otra cosa.

P. Lo cierto es que hoy los grandes partidos carecen de una verdadera discusión interna.

R. La desaparición del pluralismo en los grandes partidos actuales deriva de dos cosas. En primer lugar, del método de selección de los dirigentes. Creo que la sustitución del principio representativo por el principio plebiscitario a través de las primarias es el camino seguro hacia los partidos cesaristas y caudillistas. En el mismo momento en que tú depositas el 100% de la legitimidad en una persona, esa persona termina ejerciendo el 100% del poder. Precisamente, porque su legitimidad de origen es superior a todos los demás dirigentes, con lo cual sólo existe uno que manda y los demás son subalternos. No son dirigentes, son colaboradores, ayudantes, lo que quieras. Antes, todos los cargos, desde el secretario general hasta los miembros de una ejecutiva, tenían la misma legitimidad y por eso no se les podía cesar. Había una mayor colegiación de la dirección. La segunda razón es que con el nuevo sistema se vacía de contenido todo el entramado orgánico de una organización, como son los mecanismos de debate, de control, de elaboración colectiva… Hemos pasado del liderazgo democrático al caudillismo. Lo que tenemos hoy en la política española es un exceso de jefaturas con pretensiones caudillistas y un déficit de liderazgos.

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Foto: I. B.

P. Alfonso Guerra no representó ninguna corriente organizada, pero no me dirá que el guerrismo fue algo parecido. Cómo vivió en Moncloa aquel divorcio tan tormentoso. Habla en el libro, y cito textualmente, de "duelo con fuego real y a tumba abierta'' entre Felipe González y Alfonso Guerra en 1993.

R. Fueron años terribles porque durante muchísimos años para el 99% de los militantes socialistas la diferencia entre uno y otro era, simplemente, inexistente. El guerrismo, si me apuras, era el felipismo de uniforme. Pero a lo largo del paso del tiempo esa comunión se fue desgastando, entre otras cosas porque son personalidades muy distintas. Yo lo llamo la teoría del triángulo. Creo que Felipe González sospechaba que Guerra quería convertir al partido socialista en una especie de fortaleza con exclusión de otros. Por el contrario, Guerra sospechaba que González quería entregar el partido a poderes externos y eso acabó por producir una quiebra insondable entre ellos, y que solo ambos podrán explicar. Aquello culminó con la salida de Guerra, que fue tremenda. Entre otras cosas, porque lo cesó por carta.

P. Aún así, el PSOE ganó las elecciones de 1993, aunque fuera por la mínima.

R. Aquellas fueron las elecciones más extrañas que he conocido. Había dos comités electorales. Uno el oficial, el del partido, que dirigía Alfonso Guerra en la calle Gobelas, a las afueras de Madrid, y otro que se ocupaba de la campaña de Felipe González y que se improvisó en la Moncloa. El personaje central de aquello era José María Maravall. Los dos comités, incluso, se saboteaban entre sí en la misma campaña electoral. A veces se le pedía a González que arbitrara, y él decía que para arbitrar eran necesario dos rivales, y él sólo veía uno. Aquello le dolió mucho a Guerra. La elección de Solchaga, enemigo mortal de Guerra, como portavoz del PSOE en el Congreso, fue definitiva. Guerra dijo en la comisión ejecutiva que el nombramiento se haría por encima de su cadáver, y antes de la votación fue cuando González dijo que si no salía su candidato habría que buscar otro candidato para la investidura, que todavía no se había celebrado, porque él no se presentaría. Sabiendo eso, Guerra aceptó el desafío, provocó la votación y ganó Felipe González por un voto.

P. Esa sí que es poner a la organización al límite, como en el debate sobre el marxismo.

R. Es una práctica muy habitual en Felipe González. Echó muchos órdagos al partido, en el marxismo, en la OTAN, en el enfrentamiento con la UGT, en la disputa con Guerra... Y siempre lo hizo porque él consideraba que se trataba de cuestiones estratégicas nucleares.

"El guerrismo era el felipismo de uniforme. Pero esa comunión se fue desgastando, entre otras cosas porque son personalidades muy distintas"

P. ¿Cuál es esa teoría del triángulo de la que habla?

R. El triángulo es una elaboración mía ex post que nació redactando este libro. En el partido socialista, durante muchos años, ha habido tres polos, que eran González, Guerra y Nicolás Redondo, y en torno a uno de los tres orbitábamos todos los demás. Participábamos de sus encuentros, de sus desencuentros, de sus recelos... Lo que pasó es que a partir de 1982 quien está en el vértice es Felipe González, que tiene su propia misión histórica, tiene voluntad de trascender. Eso es lo que le hace tener una especie de pulsión emancipadora y necesita dotarse de un universo propio. Esa es la génesis de los enfrentamientos posteriores. El debate sobre el marxismo no fue ideológico, tal como lo planteó Felipe, sino estratégico. Fue el momento en que Felipe González interpreta que hasta ahí les había dado para ser el primer partido de la izquierda, pero no para ser el primer partido del país. Para ello tenía que aunar teoría y práctica, y todo ello con la sociedad. González siempre quiso liderar el partido socialista con una alianza previa con la sociedad. El propio Guerra ha reconocido que González quería gobernar el partido desde la sociedad, y no la sociedad desde el partido. Y tenía razón.

P. Fue precisamente la sociedad quién lo expulsó del poder después de tantos casos de corrupción económica y política. Ahí están los GAL. Fue un final casi dramático.

R. Eso es verdad, pero hay que recordar que en 1996, después de trece años y medio de Gobierno y tras esos casos de corrupción que comenta, perdió las elecciones por poco más de 200.000 votos. Yo sostengo que en 1982 Felipe González le propuso a la sociedad española un proyecto sobre cuatro patas: consolidar la democracia, liberarla de amenazas golpistas, modernizar España entrando en Europa y sentar las bases de un Estado de bienestar como el que existía en las democracias avanzadas. Ese proyecto pudo estar culminado en el año 92, aunque los proyectos nunca se terminaron del todo. Los casos de corrupción no se generaron en el 93, sino antes al calor de la impunidad que te da la hegemonía política y social. Creo que lo más saludable hubiera sido perder las elecciones de 1993, aquella última legislatura sobró.

"Después de 13 años y medio de Gobierno y tras esos casos de corrupción que comenta, perdió las elecciones por poco más de 200.000 votos"

P. Supongo que en aquel triunfo también tuvo algo que ver que Aznar llevaba poco tiempo como líder del PP.

R. La derecha española todavía no estaba madura. Y esto fue así porque jamás tuvo ni necesitó un partido político porque históricamente había depositado la defensa de sus intereses en el aparato del Estado. Fraga tampoco fue capaz de hacerlo. El único que se da cuenta de que para competir en democracia hay que montar un partido político de verdad es Aznar. Lo más importante que hizo Aznar en su carrera política no lo hizo en el Gobierno, sino dotar a la derecha española de un instrumento político para competir en democracia. Pero en el 93 aquella estaba todavía inmaduro.

P. ¿En qué se parece el PSOE de 1982 al de 2022?

R. En que son dos criaturas políticas sustancialmente distintas amparadas por la misma sigla. Yo tengo una posición que no es compartida por los veteranos del partido, y es que lo que ha existido es una sigla con 150 años de vida bajo la cual han coexistido criaturas políticas sustancialmente distintas. Y lo que se ha producido en estos últimos cinco años es una mutación genética de la esencia del partido socialista que lo ha transformado en una especie de consorcio neopopulista. Hay proyectos políticos que nunca llegarán al poder, hay poderes que están al servicio de proyectos políticos, que es el de Felipe González, y hay poderes cuyo proyecto político es el poder mismo. Y esa es una diferencia que afecta a la esencia del ser. Y creo que en los últimos años se ha producido una alteración en la esencia del ser.

Ignacio Varela (Madrid, 1954) ha sido cocinero antes que fraile. Vivió de cerca los tiempos en que el PSOE era poco más que un grupúsculo —la mayoría de las veces mal avenido—, pero también aquellos años en que el partido socialista acabó siendo un formidable ejército que ganaba elecciones y ocupaba todos los resquicios del poder. También los tiempos de la derrota y de la amargura. Ha escrito un libro: Por el cambio, 1972-1982: Cómo Felipe González refundó el PSOE y lo llevó al poder, que no es para nada un texto de memorias. Es, sobre todo, la visión de un analista curioso pegado a los fogones en los que se cocinan las grandes decisiones (también las pequeñas). No es indulgente con nada ni con nadie. Probablemente, porque el tiempo quita y da razones, pero, sobre todo, porque las telarañas de la historia ayudan a comprender cuatro décadas decisivas en la vida política de España.

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