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De la España vacía a la maltratada: cómo la dejadez y el caos urbanístico lastran nuestros paisajes
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Otro modelo constructivo es posible

De la España vacía a la maltratada: cómo la dejadez y el caos urbanístico lastran nuestros paisajes

El periodista y escritor Andrés Rubio abre en su ensayo "España fea" un necesario debate sobre otra lacerante realidad española, el ofensivo trato al litoral y al patrimonio, y la abundancia de mala arquitectura

Foto: Cubillo de Ojeda (Palencia). (EFE/A. Álvarez)
Cubillo de Ojeda (Palencia). (EFE/A. Álvarez)

El covid es lo que tiene: igual que te roba un viaje, te regala otro. Así, hace unos días me vi trasportada al Périgord, una región de la Francia interior, de la que alguna vez supe que existía, pero tenía completamente olvidada. El regalo era en el Perigord noir —ni rojo, ni amarillo, ni verde—: el negro, el de la trufa y las nogueras. El atravesado por un majestuoso río, La Dordoña, jalonado por más de un centenar de castillos y pueblos de postal… en un paisaje idílico. Todo está en su sitio y en su labor, como enseña cada tarde de julio el gran spot publicitario que es el Tour. Los cables se disimulan, los contenedores de la basura se ocultan entre arbustos, los conjuntos urbanos son eso, conjuntos armoniosos, y hasta los cobertizos agrícolas tienen su encanto. Un tratamiento del paisaje y patrimonio que lleva a preguntarte cómo en España no somos capaces de mimar así nuestro entorno. Es cruzar la frontera de vuelta a casa y toparse de nuevo con construcciones ofensivas, maquinaria abandonada y contenedores desbordados, impropios de un país que tiene en el turismo una importante fuente del PIB.

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A esta contradicción ha tratado de dar respuesta el periodista Andrés Rubio en 'España fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia', un libro que llama la atención sobre el maltrato a nuestro paisaje y a nuestro patrimonio y que, como hizo 'La España vacía' de Sergio del Molino hace 6 años con la despoblación, abre los ojos a un debate más que necesario.

Lo que afeaba las fotos

Rubio inició este viaje ensayístico tras años coordinando un suplemento de viajes en el que constantemente tenía que encuadrar las fotos de lugares de España para eliminar elementos que afeaban los lugares, cosa que con Francia no sucedía. Así descubrió que no es por casualidad. "En los años setenta —explica—, la destrucción de Les Halles y la construcción de la torre de Montparnasse de 209 metros en París provocó una reacción social que llevó al presidente de la República, Valerie Giscard d’ Estaing, a impulsar una cruzada contra el afeamiento de Francia. En 1975, crea el Conservatorio del Litoral para rescatar las costas francesas y hacer con los terrenos, en palabras del propio Giscard, 'naturalmente, nada'. Hoy suman más de 200.000 hectáreas, como la Isla de Re o el monte de Saint Michel, a lo largo de 1.600 km; es un 15% del litoral, que quieren llegar al 25% en 2050, con una inversión de 55 millones de euros/año".

Además, cuenta Rubio, Giscard lanza un plan de Estado de conservación del patrimonio arquitectónico y natural. Cuenta con el Cuerpo de Arquitectos y Urbanistas del Estado, que hoy suma 450 funcionarios desplegados en Patrimonio arquitectónico, urbano y paisajístico (Cultura) y Planificación y desarrollo urbano (Transición Ecológica). Por un lado, se cuida cada elemento arquitectónico y paisajístico, y se discute y decide hasta la paleta de color de las fachadas de cada zona; se considera que, si están en un lugar público, afecta a todos y no solo al propietario. Por otro, se planifica ordenadamente. "Aunque Francia sufre hoy la crisis de las periferias y el vaciamiento interior —señala Rubio—, no ceja en su intento de tener un país equilibrado y respetuoso con su pasado. Empezó Giscard con la creación de una red de 8 ciudades, que hoy son 22. Es una política que mantienen los presidentes hasta hoy, con el proyecto de Macron para reforzar 222 ciudades medias".

Foto: Un cartel de la ayuda de EEUU en Alemania Occidental.

En nuestro país, tuvimos el gran cambio urbano en los años cincuenta. "Coincidió con la llegada de las bases norteamericanas, explica Rubio. Y fue el urbanismo americano, teorizado por Suzannah Lessard como 'La mano ausente', el que inspira dejar el desarrollo en manos de la iniciativa privada. Cuando llega la democracia, en vez de retomar el racionalismo de la República, continua el ventajismo del franquismo y los estraperlistas de antaño se convierten en los promotores de hoy. Estando Francia tan cerca, miramos a EEUU. Dice Henry Lefebvre que 'la ciencia del fenómeno urbano asombra por su complejidad'; pues bien, parece que ningún presidente de la democracia española la ha tenido entre sus prioridades. Así, la Constitución cede el urbanismo a las Comunidades Autónomas y tenemos 17 legislaciones, que suman 100.000 normas en tres niveles: estatal, autonómico y municipal. No hay un cuerpo estatal vigilante como el francés y sí la visión de la construcción como fuente de empleo y del urbanismo, como vía de ingresos para los Ayuntamientos".

Recuperar el litoral

Cataluña acaba de crear su Conservatorio del Litoral, a imagen y semejanza de Francia. En España, el Estado ha impulsado hechos aislados de restitución, como el club Med en el Cabo de Creus, donde derribó 450 edificaciones en 90 ha y recuperó 1,5 kilómetros de costa, pero no lo tiene como política sistémica. "No se explica que solo lo impulse Cataluña —dice Rubio—. El 98% de los 27 km de la costa de Marbella tiene urbanizados los 100 primeros metros. Por no hablar de los miles de atropellos que salpican nuestras playas. Es una iniciativa que precisa todo el país, e incluso de Europa. Hay que atajar los riesgos del cambio climático y actuar en toda la costa mediterránea y en tantos espacios desindustrializados. Para ello, necesitamos organismos que velen por la mejora de nuestro entorno y que recuperen la estética y belleza como categorías que mejoran nuestras vidas. Si algo tiene belleza, proporciona bienestar. En Estocolmo hay una Comisión de la belleza, con capacidad de veto".

"Vivimos —dice Rubio— una catástrofe cultural sin precedentes, pero pueden cambiar las cosas. Los arquitectos deberían hacer el juramento de Vitrubio: 'Belleza, firmeza y utilidad' y las administraciones, aplicarse. No tener muchas normas y cumplir las que necesitemos. La gente quiere hacerlo bien y lo que debemos es decir cómo. En España hay buenos ejemplos, como la Barcelona olímpica de Oriol Bohigas, o la Compostela de la etapa en la alcaldía del arquitecto Xerardo Estévez y su máxima para defenderla del feísmo gallego: 'Esto es indigno de Santiago'. También son ejemplares pequeños núcleos como Albarracín, Pedraza o Vejer".

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"Pero, lamentablemente, como conjunto, en nuestro país, la falta de instrumentos estatales de defensa comunitaria en la valoración del territorio aboca a la España vacía a acoger iniciativas como las de grandes empresas eléctricas, que siembran parques eólicos en montañas o enclaves naturales que no deberían ser tocados, en vez de situarlos, pues la tecnología permite aprovechar cada vez mejor el viento, en lugares menos invasivos".

Y es laxa en sus exigencias. España tiene 105 pueblos en la red de los más bonitos; los admite de hasta 5.000 habitantes o más, si sus cascos urbanos lo merecen. En Francia suman 164 pueblos que deben tener menos de 2.000 habitantes y al menos 2 monumentos y, desde 1991, cada seis años, se examinan de 27 criterios. Entre ellos destaca la 'covisibilidad': eso es, no se admiten funcionando por fragmentos, sino enmarcados en el entorno, sin almacenes con tejado de chapa o edificios de viviendas en pisos, condición que no se exige en España.

Albarracín, pueblo ejemplar

Antonio Jiménez, gerente de la Fundación Santa María de Albarracín (Teruel), uno de los pueblos milagro de España, sostiene que maltrato y abandono del patrimonio son señas nuestras de identidad, como a veces obviar la normativa. "A los políticos nos les gusta prohibir, pero Albarracín es fruto de décadas de normas, con las positivas consecuencias que todos conocemos. Por eso es muy importante la concienciación y la pedagogía: que se sepa que cuidar el paisaje y el patrimonio, aunque no se trate de parques nacionales ni monumentos, funciona".

La Fundación que dirige desde hace 26 años gestiona 13 infraestructuras culturales con un equipo de 24 personas; ha realizado 32 restauraciones arquitectónicas, con una inversión total de apenas 7 millones de euros, más la recuperación de cientos de bienes muebles y de actividades culturales. Una tarea ímproba, en un pueblo de un millar de vecinos. "El maltrato al paisaje y al patrimonio —señala— va de la mano de la despoblación. Necesitamos revertir la imagen de los pueblos y que sean lugares óptimos para vivir y trabajar, no solo turísticos, y que a nuestros jóvenes nadie les diga que en el pueblo no hay futuro".

placeholder Calles del pueblo de Albarracín. (Cedido)
Calles del pueblo de Albarracín. (Cedido)

La misma tesis sostiene Alberto Sánchez, joven arquitecto residente en Used (Zaragoza), de 300 habitantes, desde donde defiende la arquitectura tradicional española. La aplica en la casa solariega de los Ibáñez de Bernabé, que adquirió en 2017 con todos sus enseres y cuya restauración integral puede ser tarea para toda una vida. Allí ofrece talleres de oficios tradicionales como empedrado, cal, esgrafiado… y todo lo divulga a través de cuenta de Instagram (@casadepueblo).

Alberto, como Antonio, se ha reconocido en el espíritu del libro de Rubio. "Hace falta esa llamada de atención, esa provocación, para que reflexionemos sobre la falta de cultura social y política ante el paisaje urbano y natural. Aquí es que no cuidamos ni lo monumental". De hecho, en la vecina Molina de Aragón construyeron un edificio de 10 plantas, que rompe la vista de la población, y están haciendo un parador de nueva construcción sobre un cerro, cuando hay decenas de casas solariegas abandonadas, donde habría hecho función patrimonial y pedagógica.

"Hace falta esa provocación para que reflexionemos sobre la falta de cultura social y política ante el paisaje urbano y natural"

Sánchez, que hizo su máster de restauración en Nueva York con una beca Fullbright, reclama un ente superior que rescate el litoral e impulse el respeto a la arquitectura tradicional española con medidas como el soterramiento de los cables, la uniformidad en los tejados y que los arquitectos municipales tengan autoridad para evitar atropellos. También, la apuesta por los oficios. "Un pueblo no es solo agricultura y PAC".

Marisancho Menjón, directora general de Patrimonio del Gobierno de Aragón, ratifica la ingente tarea que hay por delante, empezando por entender y respetar el patrimonio rural. "Para actuar, muchas veces nos encontramos con que las casas llevan décadas vacías, son herencias compartidas y están en cascos históricos con muchas limitaciones: eso dificulta la recuperación. Estamos viviendo un nuevo éxodo de los cascos históricos que exige traer al presente la legislación y crear incentivos para que los particulares acepten el reto de recuperar casas antiguas en vez de irse a los extrarradios". Menjón está impulsando los Paisajes Culturales, más amplios que los Parques culturales, para ver la interrelación del hombre con la naturaleza. Han diseñado un prototipo en torno al Moncayo, que suma naturaleza (parque natural), arquitectura (Monasterio de Veruela, Tarazona y otros) y literatura, con la huella de los Bécquer.

La ansiedad de vivir el fin del paisaje

"En Francia —explica de nuevo Andrés Rubio— la idea de patria remite al territorio, no a intangibles, y se abren debates como el actual, de estar sufriendo la ansiedad de vivir el fin del paisaje. Desde luego, en España, no sentimos nada parecido, aunque todos tenemos ya paisajes perdidos y cunde la convicción de que España, como gran parte de Europa, está sobreconstruida. Incluso hay arquitectos que hacen su propio juramento de Vitrubio prometiéndose no levantar nada nuevo. Y, ante el paisaje, vivirlo como un gran jardín que nos duele intensamente cuando se quema, como este verano, con 200.000 hectáreas en llamas, y pone en evidencia cuanto trabajo tenemos por hacer".

El covid es lo que tiene: igual que te roba un viaje, te regala otro. Así, hace unos días me vi trasportada al Périgord, una región de la Francia interior, de la que alguna vez supe que existía, pero tenía completamente olvidada. El regalo era en el Perigord noir —ni rojo, ni amarillo, ni verde—: el negro, el de la trufa y las nogueras. El atravesado por un majestuoso río, La Dordoña, jalonado por más de un centenar de castillos y pueblos de postal… en un paisaje idílico. Todo está en su sitio y en su labor, como enseña cada tarde de julio el gran spot publicitario que es el Tour. Los cables se disimulan, los contenedores de la basura se ocultan entre arbustos, los conjuntos urbanos son eso, conjuntos armoniosos, y hasta los cobertizos agrícolas tienen su encanto. Un tratamiento del paisaje y patrimonio que lleva a preguntarte cómo en España no somos capaces de mimar así nuestro entorno. Es cruzar la frontera de vuelta a casa y toparse de nuevo con construcciones ofensivas, maquinaria abandonada y contenedores desbordados, impropios de un país que tiene en el turismo una importante fuente del PIB.

Andrés Rubio Arquitectos
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