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Ni Castilla ni León: el enigma histórico de una comunidad dividida
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¿Una identidad castellana?

Ni Castilla ni León: el enigma histórico de una comunidad dividida

Castilla es España, pero León no es Castilla, y Segovia y Salamanca y Ávila son también España, pero no son Castilla y León: parece un trabalenguas, pero es una realidad

Foto: Óleo de Manuel Pícolo López que muestra la rendición de los líderes comuneros (1887, Palacio del Marqués de Salamanca).
Óleo de Manuel Pícolo López que muestra la rendición de los líderes comuneros (1887, Palacio del Marqués de Salamanca).

Algunos años antes de que en Cataluña se empezara a conmemorar la Diada de forma oficial —es decir, la derrota en 1714 de los partidarios catalanes del archiduque Carlos de Austria frente al Borbón Felipe V—, en Castilla, cientos de miles de personas se concentraban en el escenario de otra batalla perdida, la de Villalar en 1521, como símbolo de la identidad y libertad del pueblo castellano frente a la voracidad de la monarquía y el centralismo.

Si la Diada se convirtió en el día de Cataluña en 1980, ya en 1977 las concentraciones en el campo de Villalar —Valladolid— eran sencillamente impresionantes. Sin embargo, más que unir a los castellanos, acabó dividiéndolos: primero entre una izquierda muy favorable a esa representación regionalista-romántica y una derecha poco entusiasta, y después entre las propias provincias que, como León, no se sentían especialmente vinculadas ni al hecho histórico de Villalar ni a su interpretación —Manuel Esteban de Vega 'La Creación simbólica de la Comunidad de Castilla y León' (Universidad de Salamanca)—.

Foto: Juan de Padilla, comunero, en el patíbulo.

Nadie parece querer acordarse demasiado de ese origen salvo en el caso de algunos leoneses, zamoranos y salmantinos que han hecho ahora de la identidad histórica el motivo esencial de la campaña para las elecciones autonómicas de este domingo y que reniegan precisamente de todo lo que tenga que ver con Villalar, incluida la Fundación con el mismo nombre que desde hace más de una década ha articulado el mayor esfuerzo por crear ese regionalismo castellanoleonés sin ningún éxito.

Tampoco la última reforma del estatuto de 2006 había hecho más al respecto. Apenas cuatro apuntes evitando la palabra identidad, es decir, poco más que castillos en la arena. Así, Castilla es España, pero León no es Castilla, y Segovia y Salamanca y Ávila son también España, pero no son Castilla y León. Parece un trabalenguas al estilo de Mariano Rajoy, pero es una realidad tal y como vienen reflejando las encuestas, no ya de los últimos días, sino de los últimos veinte años: la identidad castellana, como ya apuntó el historiador Claudio Sánchez-Albornoz, es un enigma histórico. Tanto, que no es casual que esas provincias se sientan tan desligadas unas de otras.

"La demanda de UPL de segregar tres provincias de CyL ha evidenciado que no existe una identidad castellanoleonesa"

Según una encuesta de la SER, un 35% de los castellanoleoneses, la mayoría, opinaba que lo preferible sería un estado único sin autonomías. En otra de 2005 de la Fundación CajaDuero, recogida por Manuel Esteban de Vega, el resultado era prácticamente idéntico: el 34,5% se definía únicamente como español.

Se debe en parte a que la propia esencia del municipalismo en toda España, del autogobierno de la unidad más pequeña del Estado, surgió en la propia Castilla. De las Comunidades de Villa y Tierra de la época medieval en adelante, si algo ha pesado en Castilla siempre, ha sido la defensa de la Villa dentro de la consecución de un destino común: el origen en efecto en el Reino de Castilla de la Monarquía Hispánica y también el de las "comunidades", más de cinco siglos antes de las CCAA.

Antes incluso de la formación definitiva de las provincias en 1833, con la división administrativa de Javier de Burgos, el desarrollo de esa idea municipal de autogobierno y de los intereses particulares en Castilla han jugado un papel importante, a pesar de que se haya exagerado en ocasiones, ya que durante el Antiguo Régimen el municipalismo estaba casi totalmente intervenido por la monarquía.

Despoblación

Curiosamente, esa identidad de la villa castellana es fruto precisamente de una de las demandas que han protagonizado también la campaña ahora: la despoblación de la región. Tal y como explica el historiador Enrique de Orduña, no en vano, los primitivos 'Concilium', que precederían a su vez a las comunidades de Villa y Tierra, surgen del llamado 'Desierto del Duero', una zona despoblada por motivo de la guerra con los árabes, de la Reconquista, y de donde salieron las primeras expresiones de ese autogobierno de los poblados, promovidos precisamente desde el Reino de León para ayudar a su repoblación.

"En estos tiempos en que tanto se habla de derechos históricos, hemos de recordar que los fueros municipales son la manifestación escrita de los privilegios concedidos por el rey o el señor a los municipios, y que en ellos se encontraban las bases del derecho local y de la misma autonomía municipal. En principio, aquellos municipios que se habían regido por las costumbres encontraron en los fueros el código de sus derechos y de su actuación", señala Orduña. Fueros que del siglo XI al XIII se extendieron por toda la península con especial incidencia en Castilla, que es su origen.

placeholder Los Comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el Patíbulo, Antonio Gisbert, 1860.
Los Comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el Patíbulo, Antonio Gisbert, 1860.

De esta forma, el mito que tenía que servir como elemento fundacional de la comunidad autónoma en la Transición, tal y como promovió otro medievalista de renombre entonces, Julio Valdeón Baruque, era precisamente el de las 'comunidades', el de los comuneros castellanos encabezados por Bravo, Padilla y Maldonado frente a los excesos del poder central y de la monarquía.

Una herencia de esas comunidades de Villa y Tierra y que no dejaba de ser otra representación romántica e interpretación dudosa de un hecho histórico remoto, al igual que lo ha sido machaconamente el sitio de Barcelona de 1714, que cimentó la ofensiva separatista iniciada justo en 2014 cuando se cumplían los 300 años.

Es decir, aunque parezca mentira, al igual que en Cataluña, se proponía la idea del pueblo frente al estado central en el contexto de un neorromanticismo como resultado del ocaso de la dictadura. Más aún, era resultado de contrarrestar la interpretación monocroma de una Castilla imperial indisoluble del centralismo y de la idea de España propias de la etapa franquista.

La visión comunera es anacrónica, pero apunta al escaso sentimiento de unidad entre castellanos

La visión comunera, aunque anacrónica, no dejaba de evidenciar una realidad histórica muy concreta, que de alguna forma ha pervivido en Castilla y que explica también el escaso sentimiento de unidad entre castellanos en el aspecto identitario.

La demanda ahora del partido Unión del Pueblo Leonés de segregar tres provincias de Castilla y León —Salamanca, Zamora y la propia León— para formar su propia autonomía, basada en la región histórica del Reino de León, no ha hecho más que demostrar que efectivamente no existe una identidad castellanoleonesa, por mucho que se haya intentado, pero que tampoco existe la leonesa a secas. Es lo que dicen los datos de las encuestas y lo que llevan diciendo desde hace décadas.

No es de extrañar. Castilla y León fue una de esas comunidades que se crearon por la vía llamada 'lenta' de la Constitución: a través del artículo 146 y que jamás ha podido conformar una identidad clara, a pesar de que en los comienzos de la Transición el influjo romántico de los Comuneros y de la batalla de Villalar concentran a más personas que la Diada en Barcelona. Lo explica el experto Manuel Esteban de Vega en su obra 'La Creación simbólica de la Comunidad de Castilla y León' (Universidad de Salamanca).

Castilla y León fue una comunidad que se creó por la vía llamada 'lenta' de la Constitución

Fue por la vía lenta, sin un estatuto y con limitaciones en las atribuciones, porque habría sido imposible cumplir los requisitos de entonces de una mayoría absoluta: Castilla es tan antigua que la comunidad autónoma y el estatuto eran demasiado modernos.

Otra cuestión es la "españolidad" de Castilla, que sin duda es una de sus características. Aunque no es lo mismo historiografía que historia, lo cierto es que la identificación, ya en tiempos de los Reyes Católicos, de la unidad de los reinos hispánicos —que no nación española— con Castilla fue un hecho por razones evidentes.

Foto: Catedral de León. (Pxhere) Opinión

El Reino de Castilla tras esa primera unificación en la Edad Media de los reinos cristianos fue el motor principal de la monarquía hispánica, hecho discutidísimo a partir del siglo XIX respecto a la corona de Aragón y especialmente denunciado por historiadores como Vicente Balaguer o Borja de Riquer. Ya en el siglo XIX dejó de existir como tal, sin ir más lejos la monumental 'Historia de España' de Modesto Lafuente —editada en varios volúmenes entre 1850 y 1866— no se podía calificar de castellanizante de ninguna forma (J. Álvarez Junco, 'El relato nacional: Historia de la Historia de España').

Claro está que la simplificación del castellano —que da nombre a la lengua común de todo el estado— como forjador de España es incompleta y hasta errónea, pero también que su peso en la identidad española a lo largo de los siglos y debido, en parte, también al centralismo que quedó ligado a Castilla, es innegable. No es de extrañar, por tanto, que los castellanoleoneses o castellanos y leoneses, separados y no revueltos, se sientan esencialmente españoles y que no tengan una especial vinculación regionalista, en cambio, entre provincias. Segoviano y español, vaya.

Algunos años antes de que en Cataluña se empezara a conmemorar la Diada de forma oficial —es decir, la derrota en 1714 de los partidarios catalanes del archiduque Carlos de Austria frente al Borbón Felipe V—, en Castilla, cientos de miles de personas se concentraban en el escenario de otra batalla perdida, la de Villalar en 1521, como símbolo de la identidad y libertad del pueblo castellano frente a la voracidad de la monarquía y el centralismo.

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