"No he vuelto a ser el que era antes de marzo, y no soy el único". ¿Qué nos pasa?
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UNA PREGUNTA, TRES RESPUESTAS

"No he vuelto a ser el que era antes de marzo, y no soy el único". ¿Qué nos pasa?

Síntomas como la pérdida de memoria, la desorientación temporal o la irritabilidad nos impiden volver a vivir de forma normal. Buscamos respuestas con tres expertos

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Foto: Reuters/Javier Barbancho.

Me di cuenta en plena cena. Mientras contaba alguna anécdota que probablemente ya había contado a la hora de la comida, me quedé en blanco a mitad de frase, incapaz de seguir. ¿Qué quería decir? No lo supe. Sigo sin saberlo. Volví a darme cuenta cuando un entrevistado me escribió para avisarme de que había escrito mal su nombre varias veces en un artículo. No fue la última vez. Tengo pocas virtudes, pero una de ellas es (era) revisar concienzudamente los textos para que salgan sin errores. Ahora soy incapaz de ver una errata aunque la tenga delante. Desde hace meses, no soy capaz de librarme de una mezcla de falta de concentración, agotamiento y la sensación de que todo me supone un gran esfuerzo.

Más: ¿por qué no me hace ilusión que llegue el fin de semana? ¿Por qué no se me ocurre nada? ¿Por qué cuando me meto en redes sociales y leo una entrevista con alguien que no dice lo que pienso me enfado, publico un tuit cargado de mala leche y me arrepiento un par de horas después? ¿Tiene la culpa Margarita del Val de mi irritabilidad? No estoy solo en prácticamente nada de eso. La gente está más enfadada, ansiosa, triste, desconcentrada y desmotivada. Podría resumirlo todo con el término 'fatiga pandémica' y olvidarme. Pero va un poco más allá. La gente tiene la sensación de que ya no es ella misma. Así que voy a buscar ayuda.

PREGUNTA. Me enfado, me desconcentro y me canso. ¿Es normal?

LUIS MUIÑO. Como ya te comenté en abril, en un parón vital, el problema es la fatiga. Al principio es una experiencia extraordinaria y como tal, aunque sea negativa, haces descubrimientos, te pones retos, lo vives como algo nuevo. Ahora no deja de ser la misma rutina, pero peor, con más limitaciones.

"Me estoy acordando mucho de los campos de refugiados en Kosovo, porque nos está pasando algo parecido: la rutina, la fatiga mental"

P. ¿Pero es normal que, por ejemplo, deje una frase a medias?

L.M. Sí, sí, claro. Muchos de nuestros procesos mentales dependen de las cosas de la vida cotidiana que no apreciamos. La memoria, por ejemplo, depende de la motivación. Si la conversación te motiva, es decir, si por ejemplo estáis hablando del hotel que vais a reservar para iros de viaje, te vas a acordar, porque hay una motivación subyacente. ¿Qué ocurre en una época como esta? Que nada importa, porque se lo puedes contar mañana, al día siguiente o simplemente no contarlo y no pasaría nada.

Recurro a Muiño porque siempre tiene la palabra adecuada para describir complejas realidades psicológicas. Además de haber colaborado en El Confidencial, es psicoterapeuta, divulgador y acaba de publicar ‘La mente del futuro’ (RBA). Su subtítulo, ‘Psicología para después de una cuarentena’, lo dice todo: es un análisis y una propuesta para replantearnos el futuro durante la crisis del covid. Mientras hablamos, se encuentra con un amigo en la calle, que vuelve a casa porque su hija se ha dejado la mochila allí. “¿Ves?”, me dice. “Estamos todos igual, los chavales también están fuera de ritmo”. Y de repente se acuerda de Kosovo: “Últimamente, estoy pensando mucho en mi experiencia allí. Llegué a Kosovo al final de la guerra. Era un confinamiento: dos campos de refugiados en mitad de Macedonia. Los albano-kosovares no podían salir. No había colegio, no había trabajo. Era muy parecido a lo que estamos viviendo ahora, una rutina que se había hecho cansina, fatigosa, especialmente el cansancio mental. Y se acabó mientras yo estaba allí, así que también acompañé a toda esa gente en su retorno a la vida cotidiana”.

placeholder Campo de refugiados sirios Qab Elias en el valle de Bekaa, al este de Líbano. (EFE)
Campo de refugiados sirios Qab Elias en el valle de Bekaa, al este de Líbano. (EFE)

En el libro, Muiño realiza una interesante distinción entre las sociedades individualistas, las colectivistas y las personalistas, en las que se “respetan nuestras decisiones individuales, pero también nos animan a juntarnos con otras personas si nos resultan nutritivas”. Un equilibrio ideal entre solidaridad y libertad que estalló durante el confinamiento, lo que nos hizo llevarlo mucho mejor.

P. ¿No nos está pasando que estamos perdiendo ese ánimo personalista y hemos vuelto al individualismo, sin las recompensas asociadas a este?

L.M. El individualismo produce esto. Si solo te miras tu propio ombligo, tiene que ser un ombligo muy interesante para que te aporte algo. No es el caso. Estamos en la fase del 'sálvese quien pueda'. Cuando llegué al campo de refugiados, vi que este era uno de los problemas. No había razones para no juntarse, pero organizábamos reuniones en la plaza y nadie venía, cada uno estaba dándose a la parte negativa del individualismo, una libertad total a cambio de un vacío total. Ahora mismo, estamos en eso. Sobrevivir y punto. Es inevitable. Podríamos decir que es por el miedo al coronavirus, pero es producto de esta situación.

P. ¿Qué hago?

L.M. Para mí, la clave es ataraxia, y te lo dice un antiataráxico en sus motivaciones vitales. Es un poco lo que buscaban los estoicos, casi el budismo. La idea de no tener anhelos más allá de los deseos, centrarte en el presente y buscar la serenidad, la tranquilidad, que las cosas no tengan altibajos. Un estado lechuga que te permita no sufrir, no tener ansiedad, que es el peor demonio ahora mismo. ¿Con eso qué conseguiríamos? Estar serenos y no acordarnos de lo que no tenemos. Para mí, esa es la técnica. Seguir así hasta que esto acabe.

Síntomas colectivos

Mientras le doy vueltas a lo que me pasa, recopilo mensajes de amigos y conocidos publicados en redes sociales. “¿Sientes una ansiedad inespecífica, una sensación opresiva que no sabes muy bien a qué se debe?” es uno de ellos. “Llevo meses con dolores de cabeza y problemas digestivos e intestinales, y yo ya no sé si es que he pasado el covid-19 y esta es su forma de colear o que todo esto, la vida más sedentaria, la incertidumbre, el miedo, tiene que salir por algún lado” es otro. Algunos son menos articulados: “Frustración, desmotivación y vacío, un resumen sencillo de cómo me siento”. “¿Soy el único al que esta situación le está llevando a la irascibilidad absoluta? No me soporto ni a mí mismo”. “Me cuesta muchísimo lidiar con mi ansiedad, es una mierda”.

"Todos los días son parecidos, no hay cortes, y eso genera una sobrecarga mental sostenida basada en la falta de estimulación"

Poco a poco, comenzamos a tener pistas académicas del brutal experimento psicológico colectivo que estamos viviendo de forma global. El profesor de Psicología Gordon J.G. Admundson realizó un estudio longitudinal entre marzo y julio para intentar captar la magnitud del tsunami de salud mental que estamos viviendo: más de un 50% de los consultados mostraba estrés negativo relacionado con la pandemia. En España, otro estudio longitudinal publicado en ‘Journal of Affective Disorders’ muestra que entre finales de abril y mediados de mayo los síntomas de depresión, ansiedad y estrés aumentaron.

Otro estudio muestra a partir del análisis de las redes sociales que se han disparado los términos relacionados con el estrés, la depresión y la ansiedad, pero también los mensajes de apoyo y los informativos. Es el caso del siguiente hilo de Twitter, publicado por la psicóloga y escritora Alexis Rockley, que resume ese sentimiento "disperso" ('all over the place'):

Recurro entonces a Javier Prado Abril, psicólogo clínico en Zaragoza y vocal de Anpir (Asociación Nacional de Psicólogos Clínicos y Residentes), a quien le someto a un sencillo test: ¿qué respuesta tiene para cada una de las cosas que nos están ocurriendo a un nivel más cotidiano?

PREGUNTA. ¿Por qué se nos olvidan las cosas?

JAVIER PRADO ABRIL. El término cuando no encuentras las palabras que buscas es anomia. Es bastante frecuente en una situación así. Es una especie de deterioro cognitivo probablemente natural, no patológico y, por lo tanto, que no tendría que preocuparnos. Probablemente, tenga que ver con la sobrecarga cognitiva por la falta de estimulación social, aunque suene paradójico. La vida de un varón medio de tu edad probablemente se basaba en pasar el día en el trabajo, no estar muchas horas en casa, ir al gimnasio… Esa riqueza relacional hace que funcionemos de una forma adecuada. Cuando lo perdemos, estamos sometidos a un tiempo lineal donde no hay marcadores claros sobre la percepción temporal. Todos los días son parecidos, no hay cortes, las actividades que se hacían en distintos espacios se hacen ahora en el mismo, y eso genera una sobrecarga mental sostenida basada en la falta de estimulación, que hace que no estemos tan despiertos o tengamos fallos de memoria.

P. ¿Por qué me enfado y publico impulsivamente mensajes de los que me arrepiento en cuestión de minutos?

J.P.A. Tiene que ver con una situación muy prolongada que se podría considerar crónica, desagradable y estresante, que requiere un gran esfuerzo, al mismo tiempo que no se reconoce el valor inherente al esfuerzo que está haciendo la sociedad civil. Con frecuencia, pensamos cada vez más en lo que no podemos hacer y en lo que nos gustaría hacer. Nos cansamos, relajamos medidas, comenzamos a pensar en cómo hacer alguna trampa, y eso genera malestar, irritabilidad, mala leche y que en momentos puntuales se disparen respuestas así por nuestra relación constante con los ordenadores o los móviles. Respuestas que en otras circunstancias habrían quedado en una palabra un poco más alta tomando una cerveza con los amigos.

"Lo que acabamos haciendo es cubrir ese vacío con mucho trabajo o mucho ocio, pero de un solo tipo y concentrado en un solo espacio"

P. Conozco casos de gente que está dejando el trabajo o los estudios por desmotivación. Algo muy paradójico en un momento de crisis.

J.P.A. La ausencia de estimulación hace que parezca que el tiempo es más lento, todo es más monótono, y al no haber eventos sociales que hagan un corte, no podemos tener un horizonte claro sobre el pasado y un futuro que no vemos claro. Eso se puede traducir en indiferencia y toma de decisiones basadas en el abandono de tareas. Tiene que ver con el ‘burnout’ laboral, que provoca que la gente se deje ir. No nos permite tener claro que hay que seguir construyendo el día a día, valorando que esto pasará y volveremos a cierta continuidad biográfica y temporal. La sucesión de nuevas medidas puede provocar que entremos en un estado de indefensión que nos lleve a tomar malas decisiones influidas por nuestro estado emocional y basadas en nuestra ausencia de esperanza.

P. ¿Por qué tengo la sensación de que es imposible que falte un mes para Navidad?

J.P.A. No es que el tiempo se haya parado, es que se ha vuelto lineal. Los que hemos parado somos nosotros. Al final, lo que acabamos haciendo es cubrir ese vacío con mucho trabajo o mucho ocio, pero de un solo tipo y concentrado en un solo espacio. Por ejemplo, los puentes en los que salíamos ver a nuestras familia se vuelven irrelevantes, así como las cosas que funcionaban como motivadores de la vida cotidiana: aprieto en el trabajo pero el fin de semana hago este viaje, me junto con esta gente... Ahora las relaciones, si tienes alguna, suelen ser con la misma burbuja. Quitando quizás el verano, cuando hubo cierta apertura que nos permitió tomar aire. La sensación es que tenemos pocos marcadores, y eso genera desorientación y experiencias de extrañeza subjetiva. Imagínate la sensación de irrealidad si pasamos la Navidad a febrero o marzo. A mí me pasó en primavera: sentí que me la habían quitado.

Foto: Foto: Reuters.

P. Terminemos con el sentimiento de culpa que siente mucha gente por estar mal sin haber perdido a ningún ser querido.

J.P.A. Se parece mucho a la culpa del superviviente, que sienten aquellos que sobreviven a una catástrofe, que les lleva a sentirse mal, preguntarse por qué ellos sí y otros no o a verse obligados a hacer algo valioso para compensar. La presión que recibimos tan mediática y sistemática puede generar fenómenos de culpa, sentirse mal por salir adelante. Sentirse mal por sentirse bien y sentirse mal por pensar que no tienes derecho a hacerlo genera una contradicción que también tiene que ver con los mensajes de la industria de la felicidad o los de 'al menos tienes trabajo', pero todo el mundo tiene sus malestares y hay que validarlos.

¿Y si soy un egoísta?

La última explicación me ha hecho volver a pensar en todos aquellos que tienen motivos externos para estar peor y, sin embargo, han quedado orillados entre el cansancio colectivo y el retorno del individualismo. Los médicos ya no son héroes y las víctimas parecen un recuerdo incómodo. Recurro a María Paz García-Vera, psicóloga especializada en las consecuencias psicopatológicas de los atentados terroristas y catedrática de psicología de la UCM. Fue una de las 50 profesionales que durante el confinamiento atendieron el teléfono de asistencia psicológica por el covid del Ministerio de Sanidad, como parte del Consejo General de la Psicología. Había dejado el puesto de delegada del gobierno en Madrid apenas unos meses antes. Precisamente, el COP acaba de publicar un estudio llamado ‘Malestar psicológico por el covid-19 en la segunda ola’ que a partir de los datos recogidos en las últimas semanas muestra que uno de cada cuatro españoles muestra síntomas graves de depresión y uno de cada tres, de ansiedad.

"Es como en los atentados: la mayoría de la gente está bien a los tres meses, pero el que lo ha vivido de cerca se queda enquistado en el malestar"

PREGUNTA. ¿No hemos vuelto a ser los mismos?

RESPUESTA. La gente está cansada, triste y tiene un poco de miedo. Pero es fundamental que diferenciemos entre cómo se siente la gente y cómo lo hacen los grupos de riesgo. Hacemos un flaco favor a la sociedad si abordamos este tema como algo general que afecta a todo el mundo. Es como cuando hay un atentado y se ve que la gente tiene más ansiedad o incluso una especie de estrés postraumático. La diferencia es que la mayoría de la gente a los tres meses está bien y en un año ni se acuerda, pero el que ha vivido el atentado se queda enquistado en el malestar.

La tristeza es la emoción de la pérdida, no tenemos que patologizarla. Día a día, vamos descubriendo que hemos perdido nuestra sensación de seguridad, nuestra posibilidad de abrazarnos unos a otros, de disfrutar de la gente, de besarnos, todo lo que podíamos hacer y no hacemos. Pero la tristeza es la emoción de la reflexión: la pandemia ha hecho que veamos que muchos problemas se están volviendo contra nosotros, estamos atentos a muchos canales de información, pero reflexionamos menos. Necesitamos esta tristeza para saber a qué queremos dedicar el tiempo, para sacar algo bueno. La pandemia pasará y lo importante es que nos haga mejorar. No pasa nada por tener un poco de miedo y ansiedad. No hay que hacer patología de la fatiga pandémica, sino aceptar que podemos tener un poco de ansiedad, estar un poco tristes, porque no tenemos razones para estar desesperanzados.

P. Hablemos de los grupos de riesgo.

R. El problema que tenemos es que las víctimas van a ser muchísimas y estamos en un sistema sanitario con muchos déficits en el que no hay suficientes psicólogos para atender todas las consecuencias psicológicas. Los que han sufrido la enfermedad, los sanitarios, los que han tenido contacto con el virus, los que han perdido algún familiar pueden ser un grupo pequeño en comparación con 47 millones de españoles, pero hay que protegerlos. Hay otro grupo mucho mayor, que son todos los que están perdiendo sus recursos como consecuencia de la pandemia. O las personas con problemas psicológicos previos o que a causa de la situación han agravado sus problemas de convivencia, algo que hemos visto de cerca en el teléfono. Tenemos demasiada gente afectada por estresores derivados de la pandemia.

P. ¿Cómo fue atender constantemente el teléfono de atención psicológica durante los meses más duros?

R. Desde el 27 de marzo hasta el 26 de mayo, tuvimos unas 15.170 llamadas. Al día, atendíamos unas 300, menos cuando salimos en 'El objetivo', que aumentaron a 1.000. Hicimos unas 11.140 intervenciones en total y nos encontramos personas con síntomas de ansiedad, depresión y problemas de convivencia. Teníamos tres teléfonos: población general, intervinientes y familiares. Un 58% eran familiares que habían perdido a un ser querido, con problemas de tristeza, a veces de culpa. Los intervinientes tenían sobre todo problemas de estrés. Y entre la población general, muchas personas que habían visto agravados sus síntomas anteriores. La media de duración de la llamada era de unos 24 minutos, un indicador de que hicimos terapia por teléfono.

placeholder El teléfono funcionaba desde las ocho de la mañana hasta la hora de los aplausos. (EFE)
El teléfono funcionaba desde las ocho de la mañana hasta la hora de los aplausos. (EFE)

P. ¿Fue duro?

R. Ser psicólogo te hace ser más consciente de que la vida es maravillosa pero se puede perder en cualquier momento, y que a la gente le pasan cosas duras, como perder a un ser querido. Pero poder ayudar genera esa ambivalencia, por un lado, estás más triste, pero, por otro, estás más satisfecha por ser de ayuda. El mejor protector es creerte lo que haces. Seligman mostraba que quien vive por un fin por encima de sí mismo suele vivir más feliz y más tiempo. Estábamos allí de ocho de la mañana a las ocho de la tarde, a la hora de los aplausos, y todo lo que sacamos fue bueno. Lo que comprobábamos era esa ambivalencia: estábamos tristes, pero felices de ayudar.

Vuelvo a recurrir a Luis para terminar, porque no he podido dejar de darle vueltas a sus andaduras en los Balcanes.

P. ¿Qué pasó cuando sus refugiados pudieron abandonar el campo? ¿Qué nos pasará a nosotros?

L.M. Cuando llegamos a Kosovo, como psicólogos, abrimos muchos talleres para la reentrada en la vida cotidiana, para que recuperasen motivación, estructura mental, horarios, planes de vida, objetivos… Pero nos desbordaron. La gente no venía porque estaba de fiesta, y si estás de fiesta, qué te voy a enseñar para recuperar la motivación. Los años veinte del siglo pasado también empezaron después de una pandemia y una guerra mundial, y han sido la mayor explosión de creatividad de la historia. El hedonismo, las sufragistas, Coco Chanel acaba con el corsé, comienza el jazz y las vanguardias. Tiene sentido. Espero unos locos años veinte.

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