"Nadie nos informa de la verdad"

En primera persona: "Me siento como si estuviera en el matadero"

Testimonio de Marcos, seudónimo de un hombre de 70 años que ocupa la habitación y la angustia en una de las mayores residencias de España: la Reina Sofía de Las Rozas

Foto: Fotografía de archivo del acceso a la residencia de ancianos Reina Sofía, situada en el municipio madrileño de Las Rozas.
Fotografía de archivo del acceso a la residencia de ancianos Reina Sofía, situada en el municipio madrileño de Las Rozas.

Nadie se muere en la víspera. Es lo que se decía en mi pueblo como una manera de conjurar la muerte, una superstición, pero aquí la muerte está muy cerca, en la víspera y en el día después. Me siento como si estuviera en un matadero.

Permanecemos aislados en nuestras habitaciones. Vivimos angustiados. O morimos angustiados. Nadie nos informa de la verdad, pero terminamos enterándonos entre todos. Por la televisión. Por la radio. Por los móviles, aunque el mío se me ha estropeado y a veces me lo presta mi compañero de habitación.

Han muerto cinco personas a las que conocía, entre ellas Manolo Navarro, el torero albaceteño. Hablábamos mucho. Conversábamos en los jardines y en el comedor. Este era un lugar maravilloso. Casi no he tenido tiempo de disfrutarlo. Llevo poco tiempo, aunque el tiempo ahora me resulta aterrador, porque es como determinar para nosotros la cuenta atrás.

Me parece increíble que no se hayan tomado medidas antes. Aquí somos unas 500 personas. Y hasta hace 10 o 12 días podíamos salir, comíamos y cenábamos juntos en el comedor. No se tomaron medidas hasta que empezaron a amontonarse los cadáveres.

"Me parece increíble que no se hayan tomado medidas antes. Aquí somos unas 500 personas. Y hasta hace 10 o 12 días podíamos salir"

Primero cinco, luego 10, más tarde 50. ¿Y ahora 100? Nos esconden la verdad. O la disimulan. Muertes por neumonía o por un ataque al corazón. Claro: el corazón se para y te mueres.

En primera persona: "Me siento como si estuviera en el matadero"

Podían haberse evitado muchas de ellas. Ni siquiera se toman precauciones ahora. Tengo la impresión de que formamos parte de las personas a las que se puede sacrificar: los viejos. A mí nadie me ha hecho un test del coronavirus ni tampoco a las personas que más conozco.

Se han tomado tan pocas precauciones que hace dos semanas hubo residentes que se marcharon a Madrid y luego volvieron, como si no pasara nada. O como si no fuera evidente que el pabellón de abajo, donde se encuentra la clínica, estuviera abarrotado de enfermos terminales.

Nada tengo ue reprochar al personal que me atiende. Se desviven. Se juegan la vida. Se contagian. De repente, desaparecen. O ves caras nuevas. Hacen lo que pueden. Todavía hay enfermeras y celadores que no llevan mascarillas. Tampoco las tenemos nosotros. He visto a los sanitarios trabajar con una bolsa de plástico para cubrirse la nariz y la boca.

En primera persona: "Me siento como si estuviera en el matadero"

La precariedad es desesperante. La desazón nos afecta muchísimo, como si esta residencia fuera un barco a la deriva llena de infectados y lejos de la sociedad. Tenemos la sensación todos de encontrarnos a un paso del cementerio. Esta epidemia es un desafío a la salud psicológica, a la mental. Te vas familiarizando con la posibilidad de morirte, pero al mismo tiempo te sientes impotente y vulnerable.

Pasan las horas despacio, muy despacio. Nuestra rutina es la de un presidiario. No salimos nunca de la habitación. Aquí desayunamos. Aquí comemos. Aquí cenamos. Aquí esperamos. Esperamos lo peor.

Es difícil sobreponerse al desánimo, al dolor. Trato de leer. Hablo desde el teléfono fijo. Mi mayor compañía es la radio, pero no siempre escucho los programas informativos, porque compruebo entonces que estoy en la zona cero. No hay lugar más crítico que la residencia en la que me encuentro. Es muy jodido estar en el epicentro de la erupción del volcán.

Aquí somos todos carne de cañón. Somos personas mayores, frágiles en muchos casos. Los niveles de contagio son altísimos. Las posibilidades de supervivencia son pequeñísimas. Descontamos los días. Nos hacemos la ilusión de que lo peor ha pasado, pero el trasiego de los coches fúnebres nos desmiente.

Y no me encuentro mal. Tengo 70 años. Todavía no se han manifestado síntomas que te preparan al pabellón de abajo. A veces toso sugestionado. Y me entra un poco el pánico, pero todavía conservo las ganas de vivir y las de salir hacia adelante, aunque vivimos escenas muy difíciles.

"Somos personas mayores, frágiles en muchos casos. Los niveles de contagio son altísimos. Las posibilidades de supervivencia son pequeñísimas"

El otro día vinieron los militares. Fumigaron mi habitación y las contiguas. Era una imagen muy poderosa, pero me tranquilizó al mismo tiempo que se estuvieran adoptando medias concretas.

No he visto muchas otras más. Es muy angustioso plantar cara a un enemigo tan invisible y tan letal, por mucho que te laves las manos y por mucho que tomes todas las precauciones con las que estás concienciado.

"Aquí hay dos clases de personas. Las que se han muerto y las que estamos muertas de miedo"

Diría mi nombre completo. La habitación que ocupo. Prefiero no hacerlo. Temo que me echen o que me represalien. No quiero escandalizar por escandalizar. Aquí hay dos clases de personas. Las que se han muerto y las que estamos muertas de miedo.

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