REVÉS EN EL PROCESO DE CONSOLIDACIÓN

O2, un palo en las ruedas de Telefónica y una 'pájara' para las telecos en Europa

El veto de Bruselas a la venta de O2 por Telefónica supone un jarro de agua fría que echa por tierra la agenda de consolidación de las telecos en toda la Unión Europea

Foto: Sede de Telefónica O2 en Praga. (EFE)
Sede de Telefónica O2 en Praga. (EFE)

La política del ‘so y arre’, o lo que es igual, la esquizofrenia de Europa para avanzar una agenda económica común, está a punto de escribir el enésimo capítulo de despropósitos en el sector de las telecomunicaciones, probablemente una de las actividades que mejor explican la sinrazón y los vaivenes de muchas de las decisiones que tienen lugar en Bruselas y aledaños. Después de casi año y medio perdiendo el tiempo con los burócratas comunitarios, Telefónica espera pacientemente el veredicto contrario de la Comisión Europea a la venta de O2, una decisión influenciada por criterios políticos, para no molestar al Reino Unido en el momento decisivo del 'brexit', pero que va a suponer un referente demoledor para la estrategia de consolidación de un mercado a punto de ser colonizado por el imperio 'online' de la grandes multinacionales yanquis.

Si algo tenía claro César Alierta en Telefónica era la necesidad de hacer buenas migas con Angela Merkel como garantía para moldear a su antojo la voluble capacidad ejecutiva de los funcionarios de Bruselas. El cuerpo administrativo instalado en la capital belga se mueve a instancias del dictado alemán cuando no hay otras razones de causa mayor que obliguen a tomar partido por alguno de los muchos intereses creados en el Viejo Continente. Incluyendo entre estos últimos el despliegue de una alfombra roja para que las poderosas plataformas tecnológicas estadounidenses se metan hasta la cocina de ese hormiguero que es hoy en día el sector de las telecomunicaciones en Europa.

Los motores de búsqueda, los sistemas operativos y las redes sociales que hacen las delicias de los consumidores de la Unión están controlados por las grandes marcas estadounidenses. Los Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft y demás nombres ilustres de la economía digital campan a sus anchas con plataformas cerradas y poco interoperables, basadas en estándares que cuentan con escasa contribución de la industria europea. Las autoridades comunitarias buscan de reojo, mientras tanto, en los manuales de las leyes antimonopolio algún resquicio por el que meter mano a tan distinguidos proveedores de servicios. Una lucha realmente desigual donde los mejores atletas de la carrera tecnológica avanzan a zancadas como fugitivos inalcanzables para unos reguladores que se mueven a paso de tortuga.

La doctrina comunitaria consiste en impedir cualquier fusión que reduzca a menos de cuatro el número de operadores en un mercado local

Después de cinco años de tanteo, la Comisión Europea ha decidido subirse al 'ring' para iniciar el combate con la todopoderosa Google, a la que acusa de vulnerar las leyes antimonopolio y abusar de su posición dominante. Unos cargos que serían motivos de las mayores sanciones administrativas pero que previsiblemente serán saldados con una fuerte multa económica, será por dinero, que permitirá a los gobernantes de Bruselas sacudirse el polvo de las sandalias en una especie de justicia poética digna de ese espíritu de apaciguamiento y buen talante que predomina en la política comunitaria. Las antiguas trifulcas con Microsoft demuestran que la sangre nunca llega al río cuando se trata de poner las peras al cuarto a los pesos pesados llegados del otro lado del Atlántico.

Con independencia del número de onzas que elija la comisaria de Competencia, Margrethe Vestager, a la hora de calzarse los guantes contra los flamantes abanderados del Tío Sam, la estrategia de la Unión Europea en el sector de las telecomunicaciones necesita una vocación mucho más ofensiva para construir un modelo de negocio que permita crear empresas autóctonas capaces de mirar de tú a tú a sus rivales anglosajonas. La política de poner puertas al campo evidencia una vocación demasiado defensiva y poco eficaz para los tiempos que corren, sobre todo teniendo en cuenta el atomizado mapa de un sector que necesita mucha menos regulación y bastante más consolidación si quiere realmente superar la prueba de fuego que supone el fenómeno de Internet.

La comisaria europea de Competencia, Margrethe Vestager. (EFE)
La comisaria europea de Competencia, Margrethe Vestager. (EFE)

Europa necesita saber a qué juega en el vertiginoso mundo de las nuevas tecnologías de la información y eso implica antes que nada desentrañar el sudoku que representan 27 marcos legislativos diferentes donde conviven cerca de 350 operadores con más de 50 redes móviles desplegadas por todo el continente. La comparación resulta patética si se observa que Estados Unidos juega con tan solo nueve empresas y China lo hace con tan solo tres. Una cifra esta última que se ha convertido en un tabú para los funcionarios de Bruselas para quienes todo lo que sea bajar de cuatro franquicias es una garantía de oligopolio que solo puede conducir a concertación de precios en detrimento del consumidor final.

Esta filosofía ha impregnado a los responsables políticos del actual Colegio de Comisarios que preside Jean-Claude Juncker, dando lugar a una paralización evidente de los planes de fusión que se preveían desde hace un par de años en el mercado de las telecomunicaciones. El más reciente ha sido la fallida boda de Orange con Bouygues Telecom, desbaratada a principios de abril con la complicidad de la Comisión Europea y del Gobierno de Hollande, que tampoco estaba dispuesto a ceder su posición de control en la marca comercial de la estatal France Télécom. Sea como fuere, la decepción de los inversores ha echado un extraordinario jarro de agua fría sobre las expectativas de un sector que ha perdido un tercio de su valor de capitalización en los últimos diez años.

Los máximos responsables de la Comisión Europea lo reconocen en privado: “En Bruselas, en estos momentos, todo está parado a expensas del Brexit”

En la industria europea de las telecomunicaciones llueve realmente sobre mojado porque la misma política de restricciones inspirada desde Bruselas se ha cebado anteriormente con otras operaciones que parecían no menos trascendentales en el momento en que fueron anunciadas. En Dinamarca, a finales de 2015, TeliaSonera y Telenor se vieron obligadas a capitular de su pretendida integración ante el aviso a navegantes lanzado por las autoridades comunitarias. Magrethe Vestager, danesa para más señas, se ha terminado gustando en su papel como celosa guardiana de la sagrada competencia que, a su entender, consiste en vetar los procesos de fusión que supongan un recorte en el número de jugadores que operan dentro del mercado.

Las siguientes muescas en el ‘revólver’ de la comisaria supondrán el bloqueo del acuerdo entre la china Hutchinson y la rusa Vimpelcom para crear el fallido líder por número de clientes en Italia, así como también y principalmente el rechazo directo del proyecto presentado por Telefónica para vender su filial inglesa O2 a la citada firma asiática del magnate de Hong Kong, Li Ka-Shing. Dos operaciones que están valoradas conjuntamente en casi 35.000 millones de euros pero que producen un enorme escalofrío a los funcionarios de Bruselas precisamente ahora que a muchos de ellos no les llega la camisa al cuello como consecuencia del temido referéndum sobre el 'brexit' anunciado para el próximo 23 de junio.

La proyección de una teleco procedente de la antigua colonia británica es lo último que puede consentir Europa si no quiere dar alas a la tropa que encabeza el alcalde de Londres, Boris Johnson, como paladín de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. El hambre se ha juntado con las ganas de comer en perjuicio de cualquier intento de consolidación sectorial en Europa; una situación que  favorece claramente el predominio de los gigantes anglosajones sobre las empresas herederas de los antiguos monopolios continentales. Las viejas PTT, abrigadas hasta hace poco con el título de National Champions, tienen contados sus días de gloria si no son capaces de hacer valer su fuerza corporativa en las instancias cada vez más politizadas de Bruselas. Quizá la Comisión Europea se esté disparando un tiro en el pie, pero como reconocía un alto cargo del Gobierno Juncker hace unos días, “en este momento todo está paralizado a expensas de lo que puede ocurrir con el 'brexit'”

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