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La congelación de los salarios neutraliza la pérdida de competitividad de España
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Pierden poder adquisitivo

La congelación de los salarios neutraliza la pérdida de competitividad de España

La inflación está disparada y genera un sobrecoste para las empresas superior al del resto de Europa. Sin embargo, la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores contrarresta este efecto

Foto: Panorámica de Madrid. (iStock)
Panorámica de Madrid. (iStock)

Uno de los grandes males que vivió España durante toda la génesis de la burbuja inmobiliaria fue la pérdida de competitividad. Mientras los salarios se disparaban y el crédito inflaba la demanda interna, las empresas sufrieron una brusca caída de su competitividad, lo que lastró las exportaciones y favoreció el crecimiento de las importaciones con una balanza por cuenta corriente enormemente deficitaria. En esos años, entre 2005 y 2007, los precios subían a tasas anuales que llegaron a superar el 4% mientras que la mayor parte de la eurozona tenía la inflación controlada en el 2%. Esto implicaba una pérdida de competitividad-precio para el país de casi el 2% anual.

En ese momento los diferenciales de inflación importaban poco, pero a medio plazo terminaron provocando tal crisis que ahora el Gobierno hace un seguimiento mensual de la competitividad de España. La señal de alerta ha vuelto a activarse en los últimos meses, ya que la inflación de España está muy por encima del máximo que se registró durante la burbuja, con un IPC que escala a ritmos del 6% anual. Esto está provocando una pérdida de competitividad-precio como la vivida durante la burbuja.

Foto: Imagen de un trabajador en Valladolid. (EFE/Nacho Gallego)

Sin embargo, en esta ocasión las causas son muy diferentes y también las consecuencias para las empresas y para el conjunto del país. La escalada de la inflación no se debe al rápido crecimiento de la demanda interna, de hecho, el consumo en España lleva meses defraudando. El IPC tan alto es consecuencia de la escalada de los precios energéticos (y del particular cálculo que hace el INE de la electricidad).

Esta subida de precios supone un encarecimiento de los costes de producción para las empresas. Sin embargo, la contención de los salarios está provocando que una buena parte de los costes los estén asumiendo directamente los trabajadores, contrarrestando así la pérdida de competitividad de las empresas. Según los últimos datos de costes laborales en Europa publicados por Eurostat, correspondientes al tercer trimestre de 2021, en el último año los costes salariales (incluyendo cotizaciones sociales) apenas han subido un 0,9% en el último año. Esto es, la segunda menor subida de toda la eurozona, solo superior a la de Grecia e idéntica a la de Bélgica. Por el contrario, en Alemania o Italia los salarios están subiendo más de un 2% y en Países Bajos, el alza supera el 4%.

En el conjunto de la eurozona, las empresas soportan un incremento de costes laborales del 2,4% y en la Unión Europea asciende al 2,9%, el triple que en España. Esto significa que, si bien las empresas españolas están soportando unos costes muy elevados de la energía, la caída de los salarios en términos reales (suben menos que la inflación) está derivando a los trabajadores una buena parte de esos costes. España está ganando competitividad de costes salariales, lo que permite contrarrestar el efecto del diferencial de inflación.

La negociación colectiva entre empresas y sindicatos mantuvo la moderación salarial durante todo el año 2021. La revalorización por convenio fue inferior al 1,5% y el año 2022 ha comenzado con una subida algo superior, del 2%, pero igualmente lejos del IPC, que ha comenzado el ejercicio con una escalada del 6%. De esta forma, los trabajadores están asumiendo una parte de esta subida de la inflación perdiendo poder adquisitivo.

Las empresas ya hicieron un importante esfuerzo durante el año 2020 y la primera mitad de 2021, pero no por la vía de los salarios, sino por la del empleo. Durante los peores meses de la pandemia, las empresas evitaron los despidos gracias a los ERTE, pero esto también suponía ciertos costes para las empresas que asumieron para evitar los despidos. Esto supuso un rápido deterioro de los márgenes de beneficios y fuertes pérdidas en algunos sectores.

Foto: Varias personas pasan ante un escaparate en Madrid. (EFE/Mariscal)

Cuando comenzó la recuperación, tras el final del estado de alarma, las empresas siguieron recortando sus márgenes recuperando rápidamente a los trabajadores en ERTE o a los despedidos. Lo hicieron antes de que se recuperara la demanda, lo que generó una brecha entre el empleo y el PIB que sorprendió a todos los economistas durante el año 2021. La recuperación del empleo se observa en un dato: la masa salarial de 2021 fue la misma que la de 2019, el último año de la pandemia. Sin embargo, la recuperación del beneficio bruto del capital fue mucho más lenta y la suma de todo el año 2021 fue todavía un 7% inferior a la de 2019.

Sin embargo, si se observan las tasas trimestrales, se observa un rápido crecimiento de los beneficios al final de 2021 y es previsible que esta tendencia se extienda durante el año 2022. Lo que está ocurriendo es precisamente que las empresas están subiendo los precios de sus productos pero no los salarios. Esto es, están elevando sus márgenes, reequilibrando así la relación entre salarios y beneficios.

Durante los peores meses de la pandemia, los salarios llegaron a tener un peso sobre el PIB superior al 50%, una cifra nunca vista en la historia reciente. Esta proporción se redujo rápidamente en la segunda mitad de 2021 con la contención salarial y la subida de precios, hasta llevar los salarios al 46,5%, una cifra ya próxima al promedio de las últimas décadas. Por su parte, la recuperación del margen bruto no solo es importante para que las empresas puedan compensar las pérdidas de la pandemia, también para que tengan recursos para invertir en renovación de sus equipos y en nuevo capital productivo, fundamental para la creación de empleo y la ganancia de productividad.

Uno de los grandes males que vivió España durante toda la génesis de la burbuja inmobiliaria fue la pérdida de competitividad. Mientras los salarios se disparaban y el crédito inflaba la demanda interna, las empresas sufrieron una brusca caída de su competitividad, lo que lastró las exportaciones y favoreció el crecimiento de las importaciones con una balanza por cuenta corriente enormemente deficitaria. En esos años, entre 2005 y 2007, los precios subían a tasas anuales que llegaron a superar el 4% mientras que la mayor parte de la eurozona tenía la inflación controlada en el 2%. Esto implicaba una pérdida de competitividad-precio para el país de casi el 2% anual.

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