El otro virus que acecha la recuperación del turismo español: la inflación
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Preocupación creciente

El otro virus que acecha la recuperación del turismo español: la inflación

Aunque los expertos lo consideran poco probable, una de las consecuencias de un repunte inflacionista sería una menor renta disponible para los consumidores

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Entrada de un hotel en Barcelona. (EFE)

El sector turístico español ha vivido a lo largo de la última semana unos días de esperanza como hacía tiempo que no se recordaban. El torrente de reservas de turistas británicos desencadenado por el anuncio del primer ministro del país, Boris Johnson, de que a partir del 17 de mayo estarán permitidos los vuelos internacionales ha dado un nuevo aliento a los pronósticos de que la industria podrá disfrutar de un verano de cierta normalidad con el que empezar a restañar las heridas generadas por el coronavirus.

Se trata, qué duda cabe, de una perspectiva a la que aún le tambalean sus bases más esenciales. Las dificultades del proceso de vacunación o la propagación de nuevas variantes del virus más resistentes a los inyectables existentes en el mercado se mantienen como serios obstáculos que podrían fácilmente hacer descarrilar los relatos más optimistas.

En esta difícil coyuntura para un sector que ya el año pasado vio esfumarse 72.000 millones de euros provenientes de los turistas internacionales, ha emergido en las últimas semanas un factor que amenaza con hacer mucho más complejo el camino del sector hacia la recuperación: la inflación.

Foto: Supermercado. (EFE)

Este viernes, los rendimientos del bono español a 10 años abrieron la jornada por encima del 0,5%, en sus niveles más elevados desde el pasado junio, tras escalar alrededor de 50 puntos básicos desde inicios de año. Desde una perspectiva histórica representa un nivel llamativamente bajo, pero en el contexto actual no deja de suponer el reflejo de una creciente preocupación que se extiende entre los inversores ante la perspectiva de que la recuperación económica, una vez contenida la pandemia, desencadene unos niveles de inflación como hace años no tienen lugar en la eurozona.

Cuando se plantean estas cuestiones, resulta ineludible llevar la mirada a los mercados de deuda y a los bancos centrales. La teoría dice que cualquier dinámica inflacionaria resulta positiva para los deudores, ya que conlleva una depreciación en términos reales de las cantidades adeudadas. Desde este punto de vista, las perspectivas de unos precios al alza podrían observarse como una buena nueva para la economía española, que cerró 2020 con unos niveles de deuda pública superiores a los 1,3 billones de euros, equivalentes al 117,1% del PIB.

Sin embargo, la lectura a día de hoy resulta mucho más compleja, dado el escenario extraordinario propiciado por la actuación de los bancos centrales, que ha permitido mantener en niveles artificialmente bajos el coste de financiación de los países en el mercado. El temor a que un proceso de inflación sostenida motivara al BCE a reducir sus estímulos e incluso elevar los tipos conllevaría probablemente un incremento súbito de los costes de la deuda que podría situar las finanzas públicas en una posición difícilmente sostenible.

Bank of America ha elevado su pronóstico de inflación en la eurozona en 0,5 puntos

Este peligroso escenario, en cualquier caso, parece lejos de representar el marco más probable, en opinión de los expertos, que sugieren por un lado que las presiones inflacionarias serán pasajeros y por otro que el BCE actuará con cautela, tal y como ya ha dejado entrever, sin tratar de poner coto a estos movimientos al alza en los precios. "Consideramos que el repunte actual de la inflación no será persistente, dado que se sustenta en una serie de factores que poco a poco se irán diluyendo", explica Ricard Murillo, economista en la unidad de Mercados Financieros de CaixaBank Research.

Murillo reconoce, no obstante, que algunos de estos factores estarán presentes hasta finales de año, propiciando unas lecturas de la inflación general ostensiblemente superiores a las que se estimaban hace unos meses. Los analistas de Bank of America han elevado esta misma semana su pronóstico de inflación en la eurozona en 2021 en 0,5 puntos porcentuales, hasta el 1,2%.

El encarecimiento de los productos básicos, con el petróleo a la cabeza, o el encarecimiento de determinados productos por cuestiones de escasez de oferta (derivada de los recortes de producción a causa de la crisis) son algunos de los principales factores en los que se basan las expectativas de unos precios más elevados, al menos durante varios trimestres, y que previsiblemente coincidirán con el momento de la reapertura de las actividades.

placeholder Hamacas amontonadas en la Playa del Inglés (Gran Canaria) durante la crisis del covid. (EFE)
Hamacas amontonadas en la Playa del Inglés (Gran Canaria) durante la crisis del covid. (EFE)

La manera en que estas presiones de los precios pueden llegar a afectar a la actividad económica española son múltiples, dispares y difusas, ya que dependen de factores muy diversos, desde el desencadenante principal de la inflación a la intensidad de la misma, pasando por la respuesta de la política monetaria. "Que la economía española esté o no preparada para hacer frente a un repunte de los precios depende, en última instancia, de los factores que impulsen las presiones inflacionistas y del momento en que se produzcan, así como de la reacción del BCE ante estos posibles cambios", corrobora Alvise Lennkh, director de calificaciones soberanas de Scope Ratings.

Murillo sugiere que una de las consecuencias básicas de un repunte de la inflación, aunque sea puntual, sería una menor renta disponible para los consumidores, dado que estos tendrían que asumir mayores costes en cuestiones clave como el combustible: desde el inicio de 2021, los precios de la gasolina y el gasoil en España se han elevado más de un 7%.

Pero si el traslado de este coste al bolsillo de los consumidores suele ser casi automático, no siempre sucede así. Como observa Miguel Cardoso, economista jefe para España de BBVA Research, las empresas españolas han evidenciado, en términos generales, en los últimos años, ciertas dificultades para trasladar cualquier impacto en sus costes –derivados, por ejemplo, de subidas de determinadas figuras impositivas– a los consumidores, asumiendo por lo tanto un golpe en sus márgenes.

Foto: La playa de Benidorm cerrada durante el confinamiento. (EFE)

Aunque el panorama es muy diferente por sectores, la feroz competencia en que se hallan inmersas industrias como la de la distribución, el textil o las telecomunicaciones ha dificultado a las compañías abordar las presiones en sus costes a través del encarecimiento de sus productos o servicios. El turismo también se englobaría, en las circunstancias actuales, entre los que más difícil podrían tener pasar estas cargas adicionales a sus clientes, según Cardoso.

Al fin y al cabo, el sector se mueve casi desde los inicios de la pandemia bajo el temor de que la reanudación de la actividad podría ir acompañada de una guerra de precios entre los distintos establecimientos para captar una demanda que se prevé que durante un tiempo prolongado se mantenga claramente por debajo de los niveles previos a la crisis. Y tampoco puede obviarse que ya antes de la crisis el sector venía sufriendo por la competencia de otros mercados mediterráneos pujantes, de precios mucho más reducidos.

Precios a la baja

Desde junio, el índice de precios hoteleros (IPH), que publica el INE, se mueve persistentemente en tasas negativas, con un recorte del 11,1% en el mes de enero; mientras que la tarifa media por habitación ocupada se sitúa, según la última referencia, casi un 25% por debajo de los precios de hace un año.

En esas circunstancias, Raquel García Revilla, doctora en Turismo y profesora de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), considera que un repunte amplio de la inflación conducido por cuestiones como el encarecimiento de la energía puede acabar resultando un problema adicional a los que ya se enfrenta el sector.

En cualquier caso, para un sector en el que hoy por hoy la demanda resulta prácticamente inexistente y las perspectivas de recuperación siguen resultando tan inciertas, el de la inflación debe ser entendido como un problema secundario, un añadido que puede resultar manejable si, como se estima, se origina como resultado de una fuerte recuperación de la actividad. "La inflación no tiene por qué ser una mala noticia si viene acompañada de mayor crecimiento. La subida de los precios impulsada por una mayor demanda sería más bien una buena noticia", indica en términos generales Andreu García Baquero, consultor del área de Análisis Económico y de Mercados de AFI.

Los expertos prevén que el sector asumirá el impacto para asegurar la reactivación

En opinión de Santiago Carbó, catedrático de Economía de la Universidad de Granada, este debería ser también un problema manejable para un sector que "ya tendrá bastante con salvar el verano". Según defiende Carbó, el sector turístico habitualmente ha trabajado con unos márgenes relativamente elevados, por lo que podría permitirse momentáneamente sacrificar rentabilidad con tal de alentar la reactivación del negocio tras el parón que ha supuesto la crisis del coronavirus.

A esto se añadiría el hecho de que las compañías turísticas, como en mayor o menor medida casi todos los negocios, han abordado desde el inicio de la pandemia un intenso proceso de mejora de su eficiencia tendente a mejorar la rentabilidad de sus servicios, lo que debería ofrecer un mayor margen para capear presiones temporales por el lado del precio de sus suministros.

"El turismo se configura como una actividad con gran capacidad de reconversión y adaptación, por lo que cabe considerar que en un futuro vuelva a recuperar sus cifras de bonanza habituales, con los beneficios que ello traerá para la generación de actividad económica", sentencia García Revilla.

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