LAS 'COMMODITIES' SE HUNDEN

La deflación acecha por el desplome de las materias primas

El coronavirus ha hundido todos los mercados. También los de materias primas, que sufren un desplome generalizado por el parón en la actividad económica. No solo cae el petróleo

Foto: Caídas en los mercados. (iStock)
Caídas en los mercados. (iStock)
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Cuando Europa aún no se ha recuperado de los efectos de la Gran Recesión en términos de inflación —el BCE seguía esforzándose hasta la crisis del coronavirus en situar el IPC en el entorno del 2%—, una nueva amenaza asoma en el horizonte: la deflación.

Fundamentalmente, por dos razones: la caída del consumo que se producirá en los próximos meses a consecuencia de una recesión que ya se da por hecho, y, sobre todo, por el desplome de las materias primas, cuyos precios están sufriendo descensos históricos. En muchos casos, superiores al 30% en apenas 30 días, y que, necesariamente, se trasladarán en los próximos meses a los precios industriales..

Algunos datos lo ponen de manifiesto. El petróleo Brent ha caído en el último mes un 52% (hasta los 28,5 dólares/barril); el platino, un 39%; la plata, un 34%; el algodón, un 21%; el azúcar (clave para algunas economías latinoamericanas, como Brasil), un 20%; el cobre, un 16%, y hasta el oro, históricamente considerado un activo refugio, cerca de un 10%. El plomo, el níquel o el gas natural también han sufrido fuertes pérdidas de dos dígitos, lo que revela el seísmo que castiga al mercado de las materias primas. Tan solo el café se ha encarecido en el último mes alrededor de un 8%, lo que parece ser una señal de que su demanda es inmune al coronavirus.

Uno de los casos más llamativos es el del cobre, utilizado principalmente en el sector de la construcción y en la fabricación de electrodomésticos, que ha alcanzado el mínimo en cuatro años, pero que está cayendo en picado a la vista de que las fábricas de EEUU y Europa están paradas. Aunque también, y esto afecta al resto de materias primas denominadas en dólares, porque el billete verde sigue apreciándose con fuerza (1,06 dólares por euro), lo que hace que cada vez sea más caro comprar metales con los que fabricar productos que finalmente llegan al consumidor.

La caída de la demanda explica el hundimiento de los precios. No en vano, la producción manufacturera de China, el gran consumidor de materias primas, se ha hundido nada menos que un 15,7% en los dos primeros meses del año respecto del año anterior. Y hoy China registra su crecimiento más lento desde 1976, el año en que murió Mao Zedong y comenzó la era de las liberalizaciones.

Desempleo

En Alemania, la industria del automóvil está parada. Volkswagen, la compañía industrial más grande de Europa, ha anunciado que congela la producción de vehículos en todo el continente, mientras que en EEUU los cierres se han extendido más allá de los tres viejos fabricantes de Detroit, con Hyundai, Honda y Toyota anunciando cierres temporales. Y más desempleo significa menos poder adquisitivo y, por lo tanto, presiones a la baja en los precios.

Línea de montaje de Volkswagen. (Reuters)
Línea de montaje de Volkswagen. (Reuters)

Ya este jueves se conoció que las peticiones iniciales de subsidio por desempleo presentadas en EEUU durante la semana pasada (todavía no se recogen los datos más recientes, que son mucho más críticos) alcanzaron las 281.000 solicitudes, la cifra más elevada desde septiembre de 2017 y que representa un incremento de 70.000 reclamaciones de subsidio respecto de la semana precedente, según los datos del Departamento de Trabajo.

Crisis social

Como este jueves puso de relieve el Fondo Monetario Internacional (FMI), no solo las regiones ricas sufren, sino también los productores de materias primas. Y, en particular, Latinoamérica, que, en medio de una profunda crisis social en algunos países productores de 'commodities', se enfrenta a menores ingresos por exportaciones, tanto por la caída en los precios de los productos básicos como por la reducción en los volúmenes de exportación, especialmente a China, Europa y EEUU, que son socios comerciales fundamentales.

La fuerte caída de los precios del crudo, igualmente, afectará de forma especialmente negativa a los exportadores de petróleo, que, tradicionalmente, son quienes adquieren bienes de consumo fabricados en Europa o China. Además de contratar cuantiosas inversiones.

Este panorama macroeconómico es el que explica la amenaza de deflación, como ya sucedió en la anterior crisis económica. La OCDE rozó una caída generalizada de precios en el segundo semestre de 2009 (en octubre, la tasa de variación anual se hundió hasta el 0,1%), pero, en el caso español, ese año el IPC acabó ocho meses en negativo. Hasta situarse en un histórico -1.4% interanual en julio de 2009, lo que significa que la economía coqueteó con la deflación durante buena parte de la anterior recesión..

Ese hundimiento de los precios -también eliminando los componentes más erráticos como son la energía y los alimentos no elaborados, fue compensado con los descomunales programas de liquidez que lanzaron los bancos centrales tras la caída de Lehman Brothers, pero sin que fueran suficientes para situar la inflación dentro de una senda de estabilidad, que el BCE ha situado “cerca, pero por debajo del 2%”.

Es decir, la inflación apenas reaccionó de forma significativa, ni siquiera cuando la economía europea crecía de forma robusta. Aunque tampoco hay que olvidar causas estructurales, como los avances tecnológicos, la competencia o, incluso, el envejecimiento, que reduce la propensión al consumo, y, por lo tanto, tienden en su conjunto a deprimir los precios.

No parece que la artillería monetaria sacada este miércoles a pasear por el BCE pueda hacerlo ahora si se cumplen las negras previsiones de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), que ha estimado que la actual crisis puede generar hasta 25 millones de parados.

Si las empresas venden menos, porque hay más desempleo, tenderán a desprenderse de parte de sus activos al precio que sea, y eso puede poner en problemas al sistema financiero si, al mismo tiempo, crece la morosidad. Pero también a las familias si llegara el caso de que el préstamo hipotecario, como sucedió en la Gran Recesión cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria, fuera superior al valor de mercado de la vivienda.

Un círculo vicioso -nadie invierte si tiene la seguridad de que pasado un tiempo la compra será más barata- que justifica que la deflación de activos sea, incluso, más difícil de combatir que la propia inflación, que, en última instancia, es consecuencia de la liquidez. Es, incluso, negativa para la recaudación, ya que si bajan precios y salarios, sin aumentar la productividad, las bases imponibles también se resienten.

Como se sabe, el Tratado de la Unión Europea establece como objetivo primordial del BCE mantener la estabilidad de precios. Un principio que se refiere tanto a evitar elevadas inflaciones como una deflación prolongada en el tiempo que suponga una caída general del valor de los activos, que es lo que sucedió tras el ‘crash’ del 29.

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