CARMENA DESTITUYE AL CONCEJAL DE HACIENDA

Sánchez Mato: el hereje que ninguneó a Montoro

La destitución de Sánchez Mato revela una lucha por el poder dentro de la mayoría que apoya a Carmena. El exconcejal ha querido romper moldes y se ha enfrentado con todos.

Foto: El exconcejal de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, Carlos Sánchez Mato. (EFE)
El exconcejal de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, Carlos Sánchez Mato. (EFE)

Ser comunista en estos tiempos no debe ser fácil. Y menos aún si eres, además, economista. Esto hace que Carlos Sánchez Mato (Madrid, 1970) sea un político singular. Sin duda, porque intentar aplicar herramientas marxistas al análisis económico en el siglo XXI le ha hecho ganar muchos adversarios políticos. Pero también fama de heterodoxo. Y en realidad lo es. De hecho, su enfrentamiento con Montoro -y ahora con Carmena- a cuenta de la regla de gasto, no es más que una metáfora de su vida, siempre a contracorriente del pensamiento mayoritario.

Él lo sabe, y por eso explota hasta la saciedad su otra forma de ver el mundo. Hasta el extremo de hacer cosas -como incumplir las órdenes del ministro de Hacienda- que necesariamente le iban a llevar a la destitución . No en vano, ha hecho piña en la concejalía de Hacienda con Eduardo Garzón, el hermano de Alberto, que, como Sánchez Mato, tiene una visión 'alternativa' de la economía (otros lo califican de radical), pero alternativa al fin y al cabo y con fundamentos teóricos sólidos. El propio Sánchez Mato no es ningún advenedizo en economía.

Ambos forman parte del núcleo duro de Izquierda Unida, y, en realidad, esa es la cuestión de fondo. Lo que está detrás de la destitución de Sánchez Mato es un ajuste de cuentas entre Pablo Iglesias y la alcaldesa Manuela Carmena -su compañera de viaje hasta que deje de ser electoralmente útil-, y el viejo PCE, que se resiste a morir. Y que tiene a Sánchez Mato, que se declara comunista y cristiano, como su santo y seña, además de los 'garzones'.

Imagen de archivo del 15 de noviembre de 2017 de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el hasta hoy concejal de Economía y Hacienda. (EFE)
Imagen de archivo del 15 de noviembre de 2017 de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el hasta hoy concejal de Economía y Hacienda. (EFE)

El hecho de ser comunista es lo que puede explicar que lo que más le gusta a Sánchez Mato sea discutir de política, con quien sea y hasta el agotamiento. Hasta el extremo de que hace algunos días sugería a este periódico un enfrentamiento dialéctico con Montoro -en el terreno que fuera- para discutir la regla de gasto.

No lo consiguió. Entre otras cosas, porque estos tiempos son de pensamiento único y su capacidad de influencia es muy limitada. De hecho, el ya exconcejal de Hacienda recuerda a esos publicistas marxistas del primer tercio del siglo XX que intentaban llevar el debate intelectual no sólo a los círculos obreros, sino también a a la universidad, símbolo del sancta sanctorum del pensamiento convencional.

Un sinfonía electrónica

Su interés por participar en la cosa pública es tal que hablar con él es lo más parecido a escuchar una sinfonía de sonidos electrónicos que emite su móvil con una frecuencia extraordinaria. Sin duda, porque a Sánchez Mato le gusta como a pocos estar en misa y repicando, siempre polemizando y no eludiendo ningún conflicto. Incluso, los que sabe que va a perder, al contrario que muchos camaradas suyos que desde las distintas concejalías acatan disciplinadamente las órdenes de Hacienda.

Mato, al contrario, ha querido ser pepito grillo. En poco más de dos años y medio en el ayuntamiento no se ha cansado de pisar callos a diestro (que es lo lógico) y siniestro (menos previsible), lo que en el fondo revela una forma de hacer política al límite de la tragedia. O lo que es lo mismo, de la destitución.

Sánchez Mato jugó con una ruleta rusa porque sabía que en pocas ocasiones se le iba a presentar a la izquierda que él representa la oportunidad de gestionar un presupuesto milmillonario, como es el del ayuntamiento de Madrid, lo que explica que haya querido seguir siendo un heterodoxo, pero con mando en plaza, porque como buen marxista sabe que desde el poder es más fácil transformar la realidad que desde la oposición romántica.

Lo malo es que le ha tocado vivir en tiempos de alianzas políticas débiles marcadas por circunstancias electorales. Y esa es un variable que al marxismo nunca le preocupó más allá de las alianzas de clase. Y su clase ha sido, precisamente, la que le ha entregado el finiquito, y que él firmará de forma disciplinada (o no).

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