umtiti se recuperará en qatar

El desgarro de Valverde, un entrenador que gana pero no enamora

Ernesto Valverde está crispado, lleva tiempo incómodo en el banquillo del Barcelona, aunque los resultados no terminan de ser malos. Otros antes pasaron por el mismo proceso

Foto: Ernesto Valverde, en una rueda de prensa. (Reuters)
Ernesto Valverde, en una rueda de prensa. (Reuters)

Se tarda una vida entera en parecer un hombre tranquilo y no más de unos minutos en pasar por uno crispado. Ernesto Valverde es educado y tiene fama de afable, pero en las últimas semanas, por motivos diversos, se le está agriando el carácter. Cada vez son más duras las ruedas de prensa, los micrófonos que antes afrontaba con naturalidad -dentro de lo poco que gustan en general a los profeisonales del fútbol- ahora le turban y le plantean dudas. El Barcelona está en buena posición tanto en la Liga como en Europa, pero no termína de carburar y la relación de Valverde con el club, con los jugadores, con los medios, con el entorno en general, se va desgarrando poco a poco.

No ha estallado todavía, pero lucha por controlarse. Después del partido contra el PSV, una victoria, las palabras salían tristes y casi ansiosas de su boca. Porque habían ganado, sí,, pero las sensaciones futbolísticas no fueron del todo buena, como tampoco lo fueron el fin de semana previo, en el empate prostrero contra el Atlético. Un buen resultado, sí, pero con la sensación de que un viento fuerte puede llevarse por delante este castillo de naipes.

"Posiblemente hemos concedido demasiado. Ha sido un partido demasiado abierto. Las ocasiones han llegado en situaciones extrañas, en las que ellos han ido alimentando las ocasiones, pero también se veía que transmitíamos peligro", explicaba el extremeño al finalizar el encuentro con los holandeses. Su análisis relataba un encuentro algo loco, poco controlado, y es que ese es uno de los problemas fundamentales de los azulgrana en lo que va de temporada, la incapacidad de estar 90 minutos con el partido bajo control. Siempre parece que la revuelta está a punto de cruzar la calle y que el trabajo puede saltar por los aires en cualquier momento.

Valverde tiene algunos síntomas que bien conocen otros, como Luis Enrique o Guardiola. Terminan mal. No sin títulos, porque todos ellos tienen buenos historiales para presumir en su tiempo en el Barcelona. El problema no está en los resultados, o no necesariamente, sino en el desgaste que supone sentarse cada semana en el banquillo del Camp Nou. La sucesión, en los casos previos, fue similar, éxito, muchas flores, la posibilidad de renovar si querían para después no hacerlo por agotamiento. Tanto Guardiola como Luis Enrique podrían haber extendido su tiempo en el Barça si así lo hubiesen querido. No quisieron, era demasiada carga.

Llegan las flechas desde muchos lados, desde el purismo y la ilusión, con el juego y los jugadores concretos. A Valverde se le acusa de haber vulgarizado al Barcelona, de depender más que nunca de Messi, de haber perdido el juego de toque que debe ser la etiqueta del equipo. Se le pide que mire más a la cantera pero también se le exige que convierta a Dembélé en una estrella. A los entrenadores, en algunos proyectos, se le piden muchas cosas, a veces incluso contradictorias entre sí. Y hacer un equipo ganador y conjugarlo con los deseos de los aficionados, la directiva y demás no siempre es sencillo.

A vueltas con la cantera

"Miro donde creo que debo mirar". La respuesta es de una ambigüedad calculada ante un reproche recurrente: que no le hace mucho caso a los que vienen desde abajo. El Barcelona se ha pasado una década presumiendo de ser la mejor cantera del mundo, hasta el límite de llegar a decir, cuando les llegó la sanción de la FIFA, que a ellos no se les podía imponer la misma normativa que al resto por la excelencia de sus sistemas. Motivos había, porque salían muchos y muy buenos. Claro que, con tantos años en la lucha, es fácil saber que las canteras son cíclicas. Porque no es que el Barcelona tenga la receta, la fórmula secreta; es que se dieron en su momento todos los condicionantes, y la suerte, de encontrar un talento enorme y desarrollarlo bien. Los recursos son similares a los de otros grandes y el sistema también es parecido. Está todo inventado, si no salen suele ser porque no tiran la puerta.

Se habla de Aleñá o de Riqui Puig, como se hablaba en su momento de Rafinha o Denis. A veces se trata de muy buenos jugadores, pero no del porte suficiente para hacerse con las riendas de un equipo en el que la exigencia es siempre extrema. Messi o Iniesta lo encontraron, y quizá los que llegan de frente también lo hagan, pero considerar el éxito como una rutina no puede ser más que un error.

Está el ambiente enrarecido, que es lo que suele ocurrir cuando las victorias o no llegan o son accidentadas. Hay lesiones, cosa que pasa en todas partes, pero que se magnifica con los malos resultados. Hay algunos roces, como el de Rakitic y Lenglet, que tienen escasa explicación pero también se destacan en momentos de zozobra. Y casos como el de Dembélé, que no por contado deja de resultar chocante. Como lo de Umtiti, que lleva tiempo debatiéndose entre operarse o no para, al final, considerar que la mejor opción es una aproximación conservadora ¡en Qatar! Y seguro que hay expertos magníficos en Doha, pero cabe preguntarse si no hay no ya en Barcelona, en Europa, nadie que esté a la altura.

Con todo eso juega Valverde, que si conoce el Barcelona sabe que solo un descalabro puede llegar a echarle, que lo común es que tenga la oferta de renovación para seguir ligado al club. De él dependerá si la toma o la deja, pues lo que ha aprendido en carne propia es que el peso del club es poderoso.

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