¿Tus hijos no ven el fútbol y eligen distraerse con el móvil? Tranquilo, no estás solo
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La generación Z se desconecta del juego

¿Tus hijos no ven el fútbol y eligen distraerse con el móvil? Tranquilo, no estás solo

Precios abusivos, atomización de las audiencias, maltrato al hincha, infinitas posibilidades de ocio, estadios cerrados y balompié de menor calidad. Los jóvenes se alejan del deporte rey

placeholder Foto: Una exposición de videojuegos en Londres. (EFE)
Una exposición de videojuegos en Londres. (EFE)

"El fútbol, como la vida y las personas, tiene que adaptarse a los tiempos en que vivimos. El 40% de los jóvenes entre 16-20 años ya no tiene interés por este deporte", Florentino Pérez diagnósticó la noche del lunes en El Chiringuito la desconexión de la generación Z en relación a un deporte que se enfrenta a la transformación sísmica más importante desde la aparición de la Ley Bosman, en diciembre de 1995. Una contundente y preocupante afirmación que entronca con la de otro de los principales cerebros de la Superliga, Andrea Agnelli. El propietario de la Juventus de Turín alzó la voz en marzo y aseguró que "el sistema actual no está hecho para la afición moderna. Las investigaciones muestran que muchas suposiciones tradicionales sobre los fans deben cambiar. La generación Z no tiene ningún interés en el fútbol". Puede sonar catastrofista. Incluso formar parte de un discurso interesado que refuerza su postura. Sin embargo, la realidad es que el fútbol está ahuyentando a los más jóvenes a pasos agigantados.

placeholder Leo Messi estrella un balón en el poste durante un Clásico. (Reuters)
Leo Messi estrella un balón en el poste durante un Clásico. (Reuters)

Debajo de la superficie, no solo se esconde una guerra económica y política. Esto es una lucha cultural ininterrumpida. Una carrera contrarreloj destinada a pugnar por la audiencia. Según un estudio de 'Sport Business Daily', solo un 41% de la generación Z, la primera compuesta de verdaderos nativos digitales, sigue su deporte favorito por la televisión tradicional, frente a un 75% de los 'baby boomers'. El deporte ya no es solo un juego, si es que alguna vez lo fue, ahora es un entretenimiento obligado a espectacularizarse para captar a más clientes potenciales.

Hasta se cataloga a los espectadores de los partidos entre 'consumidores' y 'fans'. El léxico no está escogido descuidadamente, sino que tiene una razón de ser tras de sí calculada al milímetro. La atomización del ocio ha provocado que LaLiga haya pasado de competir por la atención del joven futbolero con la Serie A, la Bundesliga y la Premier League a hacerlo con Twitch, HBO, Netflix, los 'e-sports', Amazon Prime o YouTube. "Se ha multiplicado la oferta. Antes el fútbol era la única vía de entretenimiento que existía, pero ahora el fútbol compite con plataformas digitales muy potentes en las que se ofrece muy buen contenido y se entiende al joven", destaca el economista experto en balompié Marc Ciria.

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Los 'e-sports' se han comido parte de la tarta que antes se zampaba a solas el deporte tradicional. (EFE)

"La oferta se ha incrementado espectacularmente a partir de esas plataformas y, por tanto, la gente se puede enganchar a cosas que no sean un deporte", remarca el profesor de Economía de la Universidad de Oviedo y director de la Fundación Observatorio Económico del Deporte, Plácido Rodríguez. "Hace 30 años, la gente veía la televisión, salía a dar un paso, iba al cine, a misa y al estadio; ahora, todo esto ha cambiado. Con la pandemia, la gente se ha conectado a través de las redes sociales y los móviles y ha reafirmado su tendencia anterior", apunta.

Precios abusivos

"Pero se nos olvida una cosa. El acceso al fútbol es caro. Comprarte una camiseta de tu equipo es caro. Ir al estadio es caro. Contratar las diferentes plataformas que ofrecen el fútbol es caro. Los jóvenes tienen unos recursos limitados y, además, se encuentran que ver el fútbol es costoso frente a otro tipo de entretenimiento más barato, rápido y dinámico", añade Ciria. Uno podría argumentar que los jóvenes priorizan ver 'Lupin' al Eibar-Alavés porque lo primero es muchísimo más divertido que lo segundo. Y aunque el incesante juego de balones áereos peinados y centros laterales de los de José Luis Mendilibar pueda no ser tan entretenido como una superproducción de 76 millones de euros (aquí habrá disparidad de opiniones), la comparación es injusta, odiosa y demagógica.

Foto: Carteles de aficionados en Turquía (Reuters)

Contratar el paquete televisivo de Movistar Plus que tan solo incluye LaLiga y LaLiga SmartBank ya se eleva a los 45 euros mensuales. ¿Quieres ver la Champions League, el fútbol internacional y la Europa League? Son 57,50 euros, señor. Por poner un ejemplo. Si alguien se abonase a Netflix hoy mismo, pagaría 16 euros al mes por su oferta prémium, la que permite visionar los productos en cuatro pantallas distintas. "Para ver YouTube, solo necesitas internet, para ver un partido en directo, pagar a estas plataformas un precio muy alto. La gente paga Netflix porque tiene paquetes mucho más baratos. Si en mi casa a nadie le gusta el fútbol, no lo van a contratar para mí solo", explica Albert Muro, estudiante de Periodismo.

Una diferencia palmaria para el bolsillo, y eso que aún no hemos entrado a valorar la variedad y la calidad del producto. LaLiga es la competición con menos goles por partido de las cinco grandes (1,20 tantos por encuentro), según el portal de datos FBRef, y WhoScored muestra que tan solo el Barça se encuentra en el 'top 10' de los mayores regateadores de esas competiciones (13,4 regates por duelo) gracias a la presencia de Leo Messi. Un deporte cada vez más encorsetado, donde se castigan el fallo y el atrevimiento desde categorías inferiores y cuando se llega a la élite se topa con entrenadores que priorizan especular y conservar la portería a cero ante el miedo a ser despedidos. "LaLiga española me aburre soberanamente", comenta Joel González, estudiante de 22 años.

Foto: Leo Messi regatea a Uros Racic en el Barça-Valencia de este curso. (Reuters)

Contábamos que el desapego de los jóvenes, con los estadios cerrados, empieza desde el momento en que se fomenta su inaccesibilidad. Sin poder ver el fútbol en abierto, todos están obligados a pasar por caja si quieren seguir la actualidad competitiva de su equipo. Y, sin embargo, esto tan solo representa la punta del iceberg. "Siempre hay que pagar para ver el fútbol. Si fuese en abierto, vería partidos que 'a priori' no me interesan, igual que veo un Uruguay-Costa Rica del Mundial. Eso generaría que estuviese más atento a LaLiga en general", destaca Álvaro Fernández, de 24 años.

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Los aficionados del Betis se juntan en un bar de la ciudad para vivir el derbi de Sevilla. (EFE)

El joven, ingeniero de profesión y seguidor del Barça desde pequeño, se ha desligado de este deporte con el paso del tiempo y la pandemia se ha encargado de acelerarlo. "A ello hay que sumarle que, además de no ofrecer partidos de forma gratuita, los bares están cerrados a las horas de emisión. Una parte importante de mi ocio, basado en socializar con mis amigos mientras lo veíamos, ya no existe". Una teoría, la de reunirse con el fútbol de excusa y las cervezas presidiendo la mesa, que ha calado entre los jóvenes. Víctor Álvarez, estudiante de Administración y Dirección de Empresas de 23 años, lo respalda: "Al no poder ir a un bar con mis amigos, he dejado de seguirlo. No ayuda que mi equipo no esté en el mejor momento posible, pero la situación actual ha hecho que invierta mi tiempo en otras opciones".

El enemigo en casa

¿Qué sucedía cuando los estadios estaban abiertos de par en par? Pues que también suponía un esfuerzo considerable para el bolsillo y constituía una barrera para quienes sufren la incertidumbre laboral o aún no se han incorporado al mercado. Entradas —las más baratas— a precios abusivos (¡pagar 15-20 euros incluso para ver partidos de Segunda División B!), 50 euros en el Coliseum Alfonso Pérez, 70 euros en el Santiago Bernabéu, maltrato al hincha visitante que viaja a acompañar a su equipo colocándolo en tribunas donde los futbolistas no se vislumbran más de lo que se vería una hormiga (el Estadio de la Cerámica en Villarreal o el Camp Nou serían dos ejemplos acertados).

El broche de oro a una bunkerización del jugador. Entrenamientos cerrados al público, interacción nula con los aficionados, futbolistas metidos en sus burbujas de las que no salieron hasta que la pandemia les hizo darse de bruces con un mundo estupefacto por el covid-19. Carreras a la salida de Valdebebas para poder hacerse un selfi borroso con tu ídolo. Escoja su propia aventura.

La transmisión entre generaciones estuvo en peligro desde el momento en que la inflación no dejaba de aumentar y el fútbol, con esos aires de nuevo rico, amenazaba con convertirse en un producto masivo que ha priorizado los fans televisivos a la experiencia que uno puede vivir en el estadio. Esa liturgia marcada en rojo en el calendario que transcurría los fines de semana se ha evaporado en muchos casos. Construyendo obstáculos, barrando el paso. Rompiendo el vínculo que sellaba una unión familiar en la grada y cuya recuerdo perduraba para siempre. "La situación donde el abuelo llevaba al nieto al estadio ha desaparecido. Ese nieto con cuatro y cinco años lo hacía, pero el que tiene entre 12 y 13 años invierte el tiempo en otra actividad que no sea el fútbol. Prefieren realizar una acción activa que una pasiva", confiesa Plácido Rodríguez.

En 2019, la Premier League fijó el coste de las entradas visitantes en 34 euros. ¿Qué ha hecho Javier Tebas para reducir el precio de las entradas? Pasar de cobrar 348.123 euros al rebajar el sueldo anterior del presidente de LaLiga, José Luis Astiazarán, al considerarlo excesivo, a percibir 3,44 millones de euros entre salario fijo y variable en menos de una década. Sí, LaLiga ha aumentado sus ingresos por derechos televisivos durante este lapso de tiempo, pero mientras la diferencia entre el primer y el último clasificado de LaLiga 2019-20 fue de 121,4 millones de euros, en la Premier fue de 80,2 millones de euros. No es necesario apuntar que es mucho más competitiva (al margen de los logros europeos de sus equipos). Los dirigentes del fútbol patrio han sido incapaces de explotar a los mejores Madrid y Barça en décadas, la presencia de Messi, Neymar y Cristiano, el nacimiento del Atlético de Simeone y la superioridad del Sevilla en Europa League.

En esa codicia intrínseca de propietarios, dirigentes y mandatarios, se ha estrujado el fútbol hasta el máximo. Partidos los viernes, los sábados, los domingos y los lunes. Adiós a la exclusividad que generaba estar toda la semana esperando con ansias el choque del fin de semana. Partidos a la 13:00, las 16:00 y las 18:15 de la tarde para satisfacer el mercado asiático porque daba más dinero aunque eso supusiera sovacar a los aficionados locales. Una saturación del calendario en busca de más dinero que ha engrosado las estadísticas de lesionados (que se lo comenten al Real Madrid, con 54 esta temporada).

placeholder Barça y Real Madrid disputaron el primer Clásico de la temporada a las 16:15. (EFE)
Barça y Real Madrid disputaron el primer Clásico de la temporada a las 16:15. (EFE)

"No creo que a los jóvenes no les interese el fútbol, sino que lo siguen de manera diferente; que no lo sigas por televisión no significa que no lo hagas. Ellos lo hacen a través de las redes sociales. Sí es cierto que van menos al estadio y que los partidos de noche impiden a las familias acudir", revela el experto en patrocinio deportivo y CEO de SPSG Consulting, Carlos Cantó. "Los jóvenes no ven un partido completo, pero ni de fútbol, ni de tenis ni de nada. La capacidad de atención ha menguado; prefieren ver retos, resúmenes, 'highlights', entrevistas y los mejores goles", cierra Cantó.

Una razón sociológica

"Esta desconexión no solo tiene que ver con el fútbol, sino con el modelo deportivo imperante en el sistema oficial del deporte", matiza el doctor en Sociología y profesor titular del Departamento de Sociología de la Universidad de Córdoba, David Moscoso. A menudo se opina que los niños ya no juegan en la calle. Moscoso va un paso más allá y utiliza el bisturí para analizar las causas. "Las familias tienen inseguridad ante prácticas que previamente eran habituales. Es decir, prefieren que los niños estén jugando con la PlayStation en casa antes que salgan a la calle a jugar porque les da miedo. Se desautoriza a los chicos".

En este sentido, el experto destaca un patrón en la arquitectura de las ciudades que dificulta la práctica del deporte rey. "Es habitual salir a cualquier plaza de cualquier pueblo y encontrar un cartel que reza 'prohibido jugar al fútbol'; no es el factor más determinante, pero también cuenta".

El sociólogo va al grano: "El modelo deportivo es un formato de espectáculos de altos eventos que transmiten la perfección social. La gente que no cumple esas expectativas del modelo se autoexcluye. Por eso los deportes asociados al disfrute o la búsqueda de la salud han ido aumentando progresivamente sus licencias federativas, mientras otros, como el fútbol, se han atascado". Para muchos, el primer contacto con el balompié no fue acudir a un estadio. Ni siquiera un partido por televisión. Fueron las horas y horas jugando en parques, calles sin salida, garajes o plazas rodeados de enjambres de piernas de niños que aún no eran conscientes de la magnitud de este deporte. Solo jugaban. Luego se desataron la pasión (insuflada por familiares, en algunos casos, y por amigos en otros) y la fidelidad inquebrantable a un equipo.

La Superliga, ¿la solución?

"Los jóvenes dicen que los partidos son muy largos, prefieren ver Netflix. Muchos, además, solo ven los últimos 10 minutos de partido; así que tenemos dos opciones: o recortamos los partidos o los hacemos más atractivos con los mejores, y no solo por dos meses, toda la temporada", barruntaba Florentino Pérez en 'El Chiringuito'. De momento, se ha escogido la segunda opción. Hay que salvar el fútbol, ya saben.

Pero ¿hasta qué punto merece la pena desnaturalizar un deporte y arrancarle su componente más característico (perder, ganar, éxitos en base a esfuerzos competitivos) a consecuencia de una liga cerrada de 15 equipos más una serie de invitados? "Los jóvenes se van a donde pueden encontrar ese espectáculo que busca sensación de competitividad. Si baja la competitividad y se resiente la calidad de los partidos, se pierde el interés. Y si no hay jóvenes que vean fútbol, no habrá nuevos aficionados... ni fútbol", matiza Ciria.

placeholder Aficionados jóvenes de Logroño animan a su equipo en un 'play-off' de ascenso. (EFE)
Aficionados jóvenes de Logroño animan a su equipo en un 'play-off' de ascenso. (EFE)

"El fútbol tiene que evolucionar. No solo desde el punto de vista del negocio, sino de la competición en sí, como todos los deportes: o te renuevas o mueres. Hay que buscar formas para dinamizar las competiciones", desliza Cantó. "Antes, los test de críquet duraban cinco días, eso es incomible. Pues se creó el críquet T20, que dura tres horas y fue un éxito brutal. El rugby tiene un sistema de puntuación diferente al resto de deportes, mientras que la NBA creó una opción en la que podías seleccionar pagar los últimos 15 minutos y ya nadie ve tres horas un partido de tenis", cierra el experto en 'marketing' y economía.

Quizás el futuro del fútbol no pase por un destino infestado de 'superpartidos'. Quizás el fútbol no perdure inalterable en el tiempo. Quizás el fútbol, amenazado por la fragmentación absoluta de las posibilidades de ocio y la volatilidad de las nuevas generaciones, vaya a cambiar para siempre. Quizás el deporte rey, tal y como lo habíamos conocido desde que empezamos a tener una cierta consciencia de la felicidad y entusiasmo que nos producía el balón, haya tomado una decisión que no tenga vuelta atrás. Y, sin embargo, el balompié nunca desaparecerá.

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