la última guerra, con el sevilla

A Luis Rubiales le va la marcha: 53 días a la gresca como presidente de la Federación

Luis Rubiales desembarcó en la máxima institución del fútbol español con la idea de ponerlo patas arriba. Ha demostrado que no evita el enfrentamiento, es parte de su manera de ver el mundo

Foto: Luis Rubiales, en la RFEF. (EFE)
Luis Rubiales, en la RFEF. (EFE)

Volvieron de golpe los 90 con una de esas discusiones radiofónicas que se creían extintas. A un lado del ring, Pepe Castro; al otro, Luis Rubiales. El problema, el de esa noche, la Supercopa, que la federación ha decidido que se juegue en Tánger y el mandatario sevillista, al menos públicamente, ha criticado abiertamente. En los micrófonos de la Cope entra primero Rubiales, luego Castro y, finalmente, los dos, en uno de esos épicos choques conversacionales en los que ambos se acusan de mentir y de hacer daño. El Sevilla cree que el presidente de la federación ha sido servil con el Barcelona; Rubiales contraataca acusando a Castro de engañar y amenaza con "sacar los whatsapps" de estos días en los que, según esta versión, el dirigente sevillista le aceptaba el partido en Tánger pero le invitaba a ser él quien lo anunciaba, pues por cuestiones internas de su club él aceptándolo sin más quedaba a los pies de los caballos. Lo único que no cuadraba con aquellas refriegas moderadas por García era la novísima tecnología en la que se mensajean, todo lo demás, vieja escuela y sabor añejo.

Luis Rubiales concluye en la radio y a voces su día 53 de mandato. Lo ha empezado unas cuantas horas antes, al inicio de la mañana, reuniéndose con José Francisco Molina para cerrar su contratación como director deportivo. También ha designado a Luis Enrique como seleccionador y ha sobrevivido a una junta directiva en la que ha logrado poner de acuerdo al sindicato de futbolistas y a La Liga, algo que no ocurrirá con frecuencia de ahora en adelante. Ha comparecido en público dos veces, ha entrado en radios y sorprende que tenga energía para llegar a la madrugada con ganas de gresca. La tiene, es evidente, tanto como que los tiempos han cambiado.

En menos de dos meses Rubiales ha salido más en los medios que su antecesor, Ángel Villar, en 28 años. El choque de estilos es radical, se ha pasado de un silencio casi reverencial -que también escondía su buena cantidad de turbiedad- a un bisbiseo constante en el que el presidente va a actuar, a hablar, a gritar si es necesario, a soliviantar a muchos. ¿En defensa del fútbol español? Es de esperar que sí, aunque sus decisiones puedan ser más o menos acertadas. Más allá del fondo, en todo caso, estarán las formas. El gusto por la polémica es compartido con quien será su enemigo más frecuente, con quien no comparte más que las formas: Javier Tebas.

Tampoco se le puede acusar de inactividad. En 53 días España ha perdido un Mundial, ha tenido tres seleccionadores, ha cambiado casi toda la estructura del fútbol nacional, la federación de arriba abajo, han entrado perfiles nuevos y diferentes entre los ejecutivos y ha tenido un buen porrón de guerras más o menos interesantes. Rubiales, en su primera noche, anunció la destiución fulminante de Sánchez Arminio, el longevo presidente del arbitraje. Le cruzaron en la 'Ser' con Larrea, su competidor, y el vasco contestó con amargura y distancia, porque no le gustaba ni las decisión ni, especialmente, la forma en la que el nuevo presidente llegaba sacando el rifle.

El viaje y los nombramientos

Con Larrea, que tiene más de Villar que de Tebas, fue aún capaz de tener otra enganchada más. Unos días después de llegar a su oficina de Las Rozas, antes de que comenzase el Mundial de Rusia -y de todo el sainete anexo- el presidente federativo acusó a sus predecesores de prodigalidad. Aquel viaje, para directivos, patrocinadores y familiares de jugadores, era especialmente caro, con viaje por el Báltico incluido. También, dicen fuentes conocedoras del caso, era casi obligatorio para tener contentos a los anunciantes, que al final son los que pagan el grueso de esta fiesta. No le importó demasiado a Rubiales ese detalle y soliviantó así a los jugadores y empresas que apoyan a la institución. A cambio, eso sí, de una imagen pública en la que se vende como un prócer contra la corrupción. De los 28 años previos no se sabe demasiado, porque no se ha dicho demasiado, es de esperar que haya una auditoría interna que de luz al secretismo reinante en los años de Villar.

El gusto de Rubiales por la confrontación se ve en los hechos y también en las personas de su equipo. Marisa González es una muy eficiente profesional de la comunicación, pero su pasado en la política madrileña apunta a que está acostumbrada a la tensión más que al relajo. El deporte no es la política, por más que a veces lo parezca, y por lo general el ambiente es más tranquilo que ese en el que ha desempeñado su carrera González. La simple elección de un perfil así augura un modo de hacer las cosas.

No es el único nombramiento en esa línea. Ana Muñoz, a la que se ha entregado el área de transparencia, es una gestora condecorada y estable, pero en los últimos años ha destacado también por su mala relación con Miguel Cardenal, antiguo secretario de Estado, y Javier Tebas, el perejil de todas las salsas. Ni Tebas ni Rubiales han gastado energías en ser conciliadores el uno con el otro, pero si hubiese alguna duda en sus declaraciones también marcan la distancia con la gente que llevan en sus equipos.

La relación con el madridismo

Un poco más, porque el estilo muchas veces es la respuesta. Luis Enrique es un gran entrenador, un campeón de Europa de prestigio evidente. Tan reconocible es por sus títulos como por su capacidad para enredarse con la Prensa, con alguna afición y con unos cuantos de sus jugadores. Contratar al asturiano supone saber que vas a enfadar a parte de la afición del equipo más grande de España, a muchos informadores que se las han visto con él y a una plantilla que no se fía. Lo deportivo pasa por delante de lo anímico, pero también porque esto último no se ve con malos ojos, hay cierto fomento de las situaciones crispadas desde el propio despacho presidencial ¿por qué no también en el banquillo?

Todo esto sin entrar en el mayor conflicto de la corta presidencia de Rubiales, que da para un libro de muchas páginas a pesar de su brevedad. Lleva ya tres seleccionadores y dos directores deportivos, que no es un cómputo pequeño. Es cierto que el inicio de este conflicto no corresponde directamente a Rubiales, que una mañana se encontró con que Lopetegui le anunciaba su salida tras el Mundial. El directivo convirtió esa decisión en una destitución, para gran enojo de Florentino Pérez que, en la presentación de su nuevo técnico, no dudó en cargar contra él. Y azuzar a sus periodistas de cabecera para conseguir que una parte del madridismo no vaya a perdonarle nunca nada más al nuevo mandatario.

Y todo esto en un recorrido que no ha llegado a dos meses. Es cierto que el tiempo juega en contra de Rubiales, que se enfrentará en solo dos años a las elecciones. Por si había alguna duda antes de las elecciones, no dejará a nadie indiferente. No va a cortarse de decidir, ni de elegir, ni de comunicar si lo ve necesario y, a tenor de lo observado en estas semanas, lo ve necesario prácticamente siempre.

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