Es noticia
Los sucesores que no llegan a suceder: Abraham Olano y el Tour de Francia de 1997
  1. Deportes
  2. Ciclismo
Marcos Pereda

Por

Los sucesores que no llegan a suceder: Abraham Olano y el Tour de Francia de 1997

Abraham Olano no lo tenía todo para ser uno de los ciclistas que marcaran una época... aunque fue más en las ganas del aficionado que en los resultados finales conseguidos

Foto: Abraham Olano nunca llegó al nivel de Indurain. (Getty Images)
Abraham Olano nunca llegó al nivel de Indurain. (Getty Images)

"Uyyyy, vamos a ver, vamos a ver... No he visto a Olano, no he visto a Olano en ese grupo. (...) Yo no he visto a Abraham Olano, no digo que no esté, digo que no lo he visto en ese paso rápido que ha hecho la cámara". Ganar el Tour era una cosa muy fácil en los noventa. A principios de los noventa, vaya. Estaba Miguel Indurain y dile tú a Miguel Indurain nada sobre ganar la Grande Boucle. Yo creo que algún año llegó a París casi sin transpiración, con el maillot para darle un agua. Es todo ficticio, por supuesto, porque anda que no se sacrificaba Miguel (en julio y antes, sobre todo antes), pero es que lo hacía todo tan facilón... Yo a Indurain lo vi ganar una etapa de la Vuelta a Cantabria. En El Astillero, repecho durillo, y allí veías al paisano generando más potencia que Garona, los tobillos morenísimos, el cuerpo tallado por Bernini, todo estética y armonía, todo músculos y tranquilidad.

Y, luego, vaya cambio. A ver, las orfandades son duras. Las orfandades son duras y aquella lo fue mogollón, porque Indurain era páter lejano-pero-cercano, ese que llega tarde del curro pero trae cachaza, abracines y un punto de 'contigo siempre estaré en el hogar'. A Indurain le habían buscado cosquillas gente como Ugrumov, o Chiappucci, o hasta Berzin, que mostró humanidad en una primavera de inhumanidades. Pero eran errores, tropiezos chicos, notas al pie en una obra grandísima. Confianza absoluta, tranquilidad que pasma. Volver a las siete un domingo, medio embolingado, y saber que tienes en casa magdalenas y café. Eso era Miguelón. Y luego...

Foto: Vingegaard y Pogacar, frente a frente. (Reuters/Stephane Mahe)

Igual por eso fue tan doloroso lo del 96. Les Arcs, Hautacam, aquel infierno camino de Pamplona que no terminaba nunca, que duró desde la hora de tomarse el vermú. Mira, ahí gana la Vuelta, porque Miguel solo hubiese penado durante diez kilometrines, más o menos, tan cortas son las etapas. Pero, a lo que íbamos... horrible. Les Arcs fue como cuando a tu padre le quitan una piedra del riñón, que lo ves ahí, en la cama del hospital y te das cuenta de que no existen inmortales. Un despertar, una sacudida eléctrica. Y luego Pirineos, con el calvo aquel y su vena palpitante (la vena de Riis, la vena que tenía Riis en la frente, era gruesa cual apéndice interinguinal de Fernando VII y daba parecido miedo), con Indurain clavado en las cuestas de Larrau. Qué importa todo, entonces. Crecimos.

Pero no demasiado. Hoy lo miras, lo analizas, lo ponderas y aquel Tour de 1996 fue... en fin, fue como fue. Dentro y fuera del asfalto, que tuvo episodios en los hoteles como para tres temporadas de Lost. Pulularon aquel julio asaltadiligencias de pelaje particular, tipos a los que no puedes dejar el bote cuando sales de rondas. Luttenberger (un Pantani de Hacendado, uno de esos recién nacidos con cara de ancianos, Winston Churchill en bici), Laurent Dufaux (ejem), Leblanc (como las maracas de Machín), Ugrumov (oficial del ejército soviético, contemporáneo de Mijaíl Kutúzov, aproximadamente). Raro. Y el desarrollo, igual. Alpes trantranescos, la pájara horrible de Miguel, minietapita al día siguiente porque hubo invierno en verano. Media montaña con poca montaña y muchas medias, unipuerto pasando Lourdes, cien kilómetros llanos hasta Pamplona. Raro. Sin patrón, con Berzin en plan asustaviejas, con Riis en plan jefazo de Spectre, con Ullrich delgado (Ullrich delgado, ya les dije que era todo rarísimo). Así que se crearon sinergias anómalas, se sacaron conclusiones falsas. Que quien iba segundo antes del Marie Blanque pudo haber trincado el amarillo. Que era posible. Que solo fue un ratito pesadillesco, que al año siguiente volverán las oscuras golondrinas. Etcétera.

placeholder Olano y Ullrich, un duelo más que dispar. (Getty Images)
Olano y Ullrich, un duelo más que dispar. (Getty Images)

Que había sucesor. A ver, visto hoy nos parece locura manifiesta, casi herética, pero es que analizada a posteriori la taxonomía sexual del bos taurus es fácil concluir su género masculino (esto mi viejo lo decía más graciosamente). Pero entonces... pintaba fenómeno. No el bos taurus, oigan, no... pintaba fenómeno Abraham... Señales, señales.

Primero es lo de la apariencia física. La mímesis, el dídimo, la similitud en el morfos. Miren, otra vez debemos ser claros... estaba todo amañado, nos jugueteaban con el Photoshop, poníamos de nuestra parte, como cuando tienes un hijo y te parece el más guapo del mundo, pese a los orejones, la cara de Benny Hill y el defecar constante. Pues igual. Vale, un airecillo, pero nos vinimos arriba. Porque luego veías a Olano y a Indurain encima de la bici y... como ñandú y milano. Nada que ver. En crono era mucho mejor Abraham (la postura de Abraham, digo, la aerodinámica de Abraham... Abraham hubiese sido más recordelahorabeable que Indurain con las patas de Indurain). Y para arriba... en fin. Miren a Miguel. Qué elegancia, qué fuerza desprende, qué majestuosidad. Miguel Indurain es una de las cosas que me hacen dudar sobre la existencia de un demiurgo inteligente (los tigretones y el birle de Tete Rodríguez desde media bolera vienen justo después), pero con Olano tengo la certeza de que somos azar diabólico del cosmos. Porque iba encogido, porque se abría el maillot (Indurain nunca se abría el maillot, las vulgaridades no iban con él), porque no pillaba posturita, porque ahora bailando, ahora atrancado, porque... En fin, porque mira qué culo, joder, mira qué culo, ya te vale, equipo Banesto, en no ponerle el coulotte del 90, macho, que mira qué culo, un culo a lo Greg Lemond, un culo a lo se le escapa el pódium, menudo culo. No compares, macho, no compares.

Indurain me hace dudar sobre la existencia de un demiurgo inteligente, pero con Olano tengo la certeza de que somos azar diabólico del cosmos

Pero vale... lo otro. Más apuntes, más apuntes. Campeón del Mundo por Duitama, compartiendo cajones (que no galones) con Miguel. Quedó bonito, Duitama, con Gonzalo Fernández de Córdoba cubriendo espaldas del muchacho recién llegao. Quedó bonito, sí, aunque tuviese menos clímax que Médico de Familia, aunque fuese una actuación rara dentro del gotha. Ponles tú a Merckx o Hinault un Olano de Duitama y ya verás qué risas. Sí, sí, qué risas. Aún lo buscan por el Magdalena...

Claro que Miguel era Miguel, y aquello ayudó para que le viesen sucesor. Blanco estaba verde (mis disculpas), de José María Jiménez se comentaban cosas, Escartín enamoraba menos que Olano (júrolo... hubo un tiempo en que Escartín enamoraba menos que Olano), el resto no existen. Así que príncipe. Con el arcoíris. Y resultados, en ese fatídico 96. Podio en Giro, maglia rosa hasta más arriba de Mazzo. Una de esas veces que las tablas cuentan números pero omiten historias. A Olano le perdonan pellejo durante tres semanas transalpinas, porque a Tonkov (y al grupo de chiflados que iban detrás de Tonkov), Olano... cero miedos. Así que se descuelga locamente en el Monte Sirino (relean), salva muebles en Izoard (relean), mantiene esperanzas en Pratonevoso (relean), no atiza con fuerza contra el reloj (ídem) y aprovecha la petada anual que tenía Pavel en Fedaia (casi acabando la recta de Malga Ciapella, antes de las herraduras... allí dejaba de mover los pedales Tonkov con regularidad metronómica).

placeholder Olano sí era un gran contrarrelojista. (Getty Images)
Olano sí era un gran contrarrelojista. (Getty Images)

Así que tercero, a un de Ugrumov (el viejo que dijimos antes, el que fue al cole con Pushkin) y a otro de Gotti, electrón libérrimo en aquellos años. Pero podio, sí. Hay relevo, hay relevo. Luego llega el Tour, el Tour que disputaron en 1996. Cuentan que disputaron, oigan, porque yo nada recuerdo, yo nada quiero que me recuerden. ¿Larrau? Ni idea. ¿Les Arcs? Váyase usted a tomar vientos, buen hombre. El Tour, digo, y Olano tan cerquita de la gloria, tan maquillada (de nuevo) su entrada en Wikipedia. Sin montañas hasta Hautacam (Riis, plato gordo, vena gorda, enchufada gorda), todos cantando Verano Azul. Y luego a Pamplona hemos de ir, con desnivel para darle parraques a Unipublic y cien kilómetros de llanura final. Cuenta la leyenda que Squinzi, patrón de Mapei, impuso a sus ciclistas jugarse todo a una carta. No quiero cajones, quiero coj*** (traducción libre). Así que entre Rominger y Olano montan ataque sestrierescos y terminan haciendo eses por Soudet.

Nota 1: Todo esto del zafarrancho y la llamada de Squinzi... meh. Repasen la etapa, que está por ahí el video... Lo más gordo fue una intentona de Etxabe por Marie Blanque. Después... desbordadísimos. Que no les cuenten milongas, Rominger y Olano no intentaron nada heroico, porque iban con más ganchos que un pescador de Santoña.

Nota 2: Aquel día Riis subió a Indurain al pódium, para que le aplaudiese su pueblo. Fue una humillación, claro, solo que Riis igual ni se dio cuenta, porque para darse cuenta tendría que saber ganar y no sé yo si Riis sabía ganar.

¡Que a Olano lo ficha Banesto! Sí, el Reynolds de antes. Echavarri y Unzué. La maniobra del feo final que tuvieron con Indurain

Pero, vale... muy cerquita del podio en el Tour, podio en el Giro (el resultadismo sin análisis es como el sueño de la razón), y ahora, incluso, idénticos colores. Que nos lo ha fichado Banesto, colegas. Sí, el Reynolds de antes. Echavarri y Unzué, por si no sitúan. La maniobra del feo final que tuvieron con Indurain. Estaba el hombre agonizante en su tálamo (ojo, metáfora, que nadie grite) y se presentó allí la mujer con amante (tenía cierto aire, su amante, encima). Qué mal despedir a alguien que todo lo hizo bien, colega...

Pero, en fin, la vida sigue, pasas dos semanas malas y luego vuelves a salir, tres machacaos, cuatro caciquecolas y ya estás otra vez cantando el Agila, que tiene cuatro temas gordísimos para empezar. Vamos, que no hay dolor, que nos ilusionamos fácil. Y con Olano... lo mismo.

Ayudaba la prensa, oigan (la prensa siempre debe recibir), que estaba con Abraham como una adolescente con los actores de Al Salir de Clase (bueno, salvo con Carlos Sobera). Entrevistas, reportajes largos, sesiones de fotos mientras se entrenaba en Tourmalet o Glandon, un seguimiento bien bruto en las carreras que iban acercando julio. Todo perfecto, todo guay, todos confiantes. Miren, miren Dauphiné... vale, no ha ganado nuestro ídolo, pero es que se cayó mogollón de veces, y así no hay quien gane. Que, ok, se cayó porque iba como Sete Gibernau en las curvas, recuperando todo lo perdido por pendientes, pero... A mí no me engañas, está ganadísimo. Si hasta el Marca lo tiene claro, y el Marca no falla nunca.

placeholder Olano, con el maillot de campeón del mundo. (Getty Images)
Olano, con el maillot de campeón del mundo. (Getty Images)

Su Tourno, tituló, con acertado juego de palabras. ¿Lo entienden? Su Tourno, su turno. En realidad fue Su Tour no, ni de coña, qué va a ser su Tour, déjate de paparruchas, qué Tour ni qué Tour, lava los platos, que me tienes hasta las narices con tus mierdas de bicis, pero entonces no lo sabíamos. Unos visionarios, los del Marca...

Y eso, que todo en preparación para que Olano masacrase aquella Grande Boucle. Cinco de Miguel, intermedio tristón, primero de Abraham. Campeones, campeones, oe, oe, oe. Hasta que pasamos el desvío a Super Baréges y Pedro González dice aquello de "uyyyy... vamos a ver, vamos a ver". Fin de partida, game over. A ver, aun nos quisieron vender motos, oigan. El Tourmalet y La Madeleine son los peores puertos del Tour para Abraham, decían por la tele. Es un sufridor, ahí está, baja mejor que nadie, qué donosura, qué presteza. Olano enlaza por la fuente de Campan, sigue haciendo gomas como un obrero de la Michelin, pierde solo un minutuco, salva el día, salva el día, está ganado, ganado, qué emoción. Oye, parece fuerte el Ullrich ese... Está ganado. Igual no fácil, pero ganado.

Etapa siguiente, subiendo Envalira, Olano vuelve a quedarse. De un grupo... en fin, de un grupo donde aguantan ciento catorce Festinas, ochenta y cuatro Telekoms, tres esprínters del Buckler, dos gregarios del Puertas Mavisa, Eros Poli y Dario Pieri. Creo, eh, estoy tirando de memoria. Luego volvió a jugarse la vida en dirección Andorra (como hacen ahora los descerebrados con sus ferraris), pero la cosa estaba clarísima.

Todo en preparación para que Olano masacrase aquella Grande Boucle. Cinco de Miguel, parón triste, primero de Abraham. Hasta Super Baréges

Abraham Olano terminó aquel Tour en una meritoria cuarta plaza. Cerquita del podio, oigan (bueno, no muy cerquita, pero se me entiende), porque ganó la última contrarreloj y porque Pantani salió aquel día relajado, pero... Miren, si ustedes observan aquella Grande Boucle, si se fijan más allá del frío dato, de la miserable hoja de excel... Había como diez tíos escalando mejor que él. Como diez tíos. Pasa que de él... pasa que de él pasaban, que no inquietaba a nadie, que daba el mismo miedo que Pablo Motos en Wrestlemania. Fue cuarto porque no quisieron quedarse con sus calzoncillos en Pirineos o Alpes. Ay.

Ahí se terminó el romance. A Olano ya no le veíamos tanto aire con Miguel, nos parecía un poco gordo, hablaba menos (como si Miguel hablase mucho), caía peor. Qué vamos a hacerle, son volubles los amores. Luego llegó la Vuelta, y aquello del Mirador de la Cabra Montés, y no puedes retirarte, oigan, en un sitio que se llama Mirador de la Cabra Montés. Bobet dejó un Tour en Iseran, a Merckx le dieron puñetazo en Puy-de-Dôme. El Mirador de la Cabra Montés... Luego llegarían Aubisque y su descenso, la Vuelta del 98 (con Neila, con Chava, con Beltrán, con recorrido más capado que el Google en un colegio de curas), el paso a la ONCE, Anglirus, ese otro Giro tan raro donde fue segundo. Pero nunca, nunca, volveríamos a verlo con un hombre-Tour, como un dominador. Pedazo palmarés, el de Olano... pero no le miren currículum por julio.

Se nos rompió el afecto de tanto usarlo, aunque fueran unos meses. Se nos rompió así. Con un sustito antes de comer, con niebla y un paisano que no aparece. Con ese sucesor que nunca terminó sucediendo.

"Uyyyy, vamos a ver, vamos a ver... No he visto a Olano, no he visto a Olano en ese grupo. (...) Yo no he visto a Abraham Olano, no digo que no esté, digo que no lo he visto en ese paso rápido que ha hecho la cámara". Ganar el Tour era una cosa muy fácil en los noventa. A principios de los noventa, vaya. Estaba Miguel Indurain y dile tú a Miguel Indurain nada sobre ganar la Grande Boucle. Yo creo que algún año llegó a París casi sin transpiración, con el maillot para darle un agua. Es todo ficticio, por supuesto, porque anda que no se sacrificaba Miguel (en julio y antes, sobre todo antes), pero es que lo hacía todo tan facilón... Yo a Indurain lo vi ganar una etapa de la Vuelta a Cantabria. En El Astillero, repecho durillo, y allí veías al paisano generando más potencia que Garona, los tobillos morenísimos, el cuerpo tallado por Bernini, todo estética y armonía, todo músculos y tranquilidad.

El Confidencial
El redactor recomienda