¿Le regaló el oro de 1995 Miguel a Abraham?

Induráin, Olano y los pulmones ardientes: se cumplen 25 años del Mundial de Duitama

Se cumple un cuarto de siglo del primer Mundial de Ciclismo ganado por España. Una gesta fabulosa que rememoramos el fin de semana que la selección disputa el Mundial de Imola

Foto: Induráin y Olano posan con las medallas de oro y plata del Mundial. (Reuters)
Induráin y Olano posan con las medallas de oro y plata del Mundial. (Reuters)

Se cumple un cuarto de siglo. Justo. Hasta entonces la selección española nunca había ganado el Mundial de Ciclismo, y la ocasión se presentaba inmejorable. Un recorrido durísimo en Colombia y el líder más fiable que se puede tener. Solo que a veces las cosas salen bien, pero de la forma menos esperada. Lo dijo un día José Miguel Echavarri. "Veo a Miguel de todos los colores". De todos. Y no hay maillot con más que el arcoíris, claro.

Miguel es Miguel Induráin, como a estas alturas ya habrán supuesto ustedes. Y el maillot arcoíris, aclaración para no iniciados, lo porta durante todo un año quien ganó el Campeonato del Mundo. Carrera sacra, una de esas que aparece por el palmarés de cualquier gran campeón que usted se eche a la cara. Lo ganó Coppi subiendo La Crespera, antes de salir en los periódicos con su amante bajo el título 'Fausto y esposa'. Lo ganó Hinault en Sallanches, tirando casi desde el principio, rivales que caen como uvas del racimo. Lo ganaron Bobet y Van Looy, Maertens y Lemond. Lo ganó, claro, Eddy Merckx. Tres veces, y otra como aficionado, porque hasta en esto tenía que amasar más que nadie. Les acepto lo de Bartali (siete participaciones, agua), y Anquetil (Catorce, una medalla de plata), pero nada más. Y luego estaba él.

El maillot que faltaba

Para octubre de 1995 Miguel Induráin es, ya, una leyenda. Primero ganando cinco Tours seguidos, ya ven. Más dos Giros de Italia. Otras menudencias aquí y allá. De todos los colores. Hombre, por faltar falta el amarillo de la Vuelta (antes no había maillot rojo, aunque si hubo un maillot butano, que somos la hostia de originales) pero de esos ya tenía cuatro Miguel en su casa de Villava. Año 1985, cuando era un chavalín con el arrebol subido y algunos kilitos de más en las caderas, con lo que cuesta quitarlos. Además, que la Vuelta me cae fatal por fechas, hostias ya, dejad de volverme loco con ella, veremos en el 96 si va todo bien... Y eso, que solo ausente lo del Mundial (bueno, y un Monumento, por pedir que no quede), y llevaba unos años rondándolo. Tercero en 1991, segundo en 1993, grupo de cabeza llegando a Benidorm, ausencia incomprensible por Sicilia, que debemos preparar el record de la hora, no veas tú qué estrés, todo el día dando vueltas al velódromo, vaya mareo, menudo coñazo.

Así que... todo al rojo. Y al negro. Azul, amarillo, verde. Pero qué camisola más bonita, pardiez. Miguel Induráin, su camarilla de confianza y todo el equipo Banesto lo tienen decidido. Hemos ganado el quinto Tour, hemos triturado las rutas de Francia como nunca antes... ahora a por el Mundial. Ocasión propicia, pocas veces existió recorrido tan duro. Perfecto para que gane el mejor, por mucho que el mejor no tenga, quizá, demasiada picardía para moverse en "terreno clásica". Por decirlo de forma suave. Demasiada, ustedes me entienden. Pero es que ese puerto. Ese puerto. Y las condiciones. Va a ser una carnicería.

Miguel Induráin durante el Mundial de 1995.
Miguel Induráin durante el Mundial de 1995.

Polémica con el lugar

Designación polémica. Vale, Colombia, no está mal. Tienen tradición, tienen infraestructura y te garantizas un éxito de público acojonante. ¿Problemas? El recorrido se ubica en el Departamento de Boyacá. Altiplano. La prueba en ruta es un circuito con el punto más bajo a 2491 metros y el culminante superando los 2800. La contrarreloj, por su parte, bien puede ser vista como cronoescalada. Sale de Paipa, 2500 metros, y llega a Tunja, superando otra vez los 2800. O, dicho de otra forma, la altitud, ese monstruo invisible que derrotó a Coppi, a Koblet. ¿Cómo podemos competir ahí? No es humano. Que corran ellos solos, si tantas ganas tienen de hacerlo. Colombia… bien, pero con más lejos del cielo. La selección suiza, incluso, llega a amenazar con un plante, muy neutrales ellos. Demasiado duro, un infierno, luego llegarán los lamentos.

Porque, además, los organizadores no iban a escatimar cuestas. Para una vez que vienen ustedes dejen que les mostremos cómo se corre acá. Quince vueltas a un bucle de 17,5 kilómetros, 262 en total. La gracia esta en el Alto de El Cogollo, puerto durísimo, más de 4 kilómetros de longitud y uno completo por encima del diez por ciento. Y la bajada, que se las trae. La prueba más exigente desde que hay Mundiales. Primera edición en 1927, imaginen. Más inhumana, sí, que Sallanches. Nadie sabe realmente qué puede pasar. Nadie quiere pensarlo…

Menos oxígeno, aire más fino, pulmones que arden, dolor de cabeza...

Los meses anteriores son un cúmulo de susurros. Dudas, miedos expresados en voz cada vez más alta. La opinión generalizada es que hay que acudir a Colombia, al altiplano, al menos tres semanas antes para hacer adaptación adecuada. Menos oxígeno, aire más fino, pulmones que arden, dolor de cabeza, vómitos. Sí, tres semanas, quizá un mes. Algo más. Para una prueba que, además, no favorece a los clásicos en este tipo de clásicas. No hombres fuertes, No tipos adaptados para carreras de un día. ¿Flandiers? Nada que hacer. ¿Los italianos que brillan en San Remo, los de Lieja? Que se queden en casa. Aquí solo valen escaladores, tipos con fondo. Vueltómanos, incluso. Y luego estaba lo otro. Lo otro. Lo que apenas se comenta, lo que se esboza en voz muy bajita, por no ofender, por no parecer desconfiado. El miedo. ¿Cómo van a poder garantizar nuestra seguridad estos colombianos si ni siquiera pueden hablar bien de la suya? No, yo tengo miedo, miedo de ir. Europa, continente lejano, no entiende de geografías, de conflictos, zonas y departamentos. Para ellos todo es un continuo tiroteo, un espacio de sangre y peligro. Y eso que en aquel entonces las teleseries no habían convertido a delincuentes en iconos pop...

Así que… incógnitas. Pendiendo de un hilo hasta el último instante, podríamos decir. Cuando restan solo 207 días para el evento los periódicos cafeteros hablan de que todo está, aún, por hacer. No hay recursos. Que en Boyacá habrían de adecuarse vías, instalar equipos eléctricos, mejorar los aeropuertos de Paipa y Sogamoso, preparar al sector servicios para atender a los visitantes por llegar, llevar todo el equipo necesario para garantizar la retransmisión televisiva. También pavimentar cinco kilómetros, hacer trabajos de señalización, incluso retirar de la vía "todo tipo de animales, como ovejas, perros o vacas". Parecía imposible que se llegase a tiempo. Pero se llegó, y con creces. Al final la imagen que ofreció Colombia al mundo fue inmejorable.

Rumbo a Estados Unidos

Desde Colorado no puedes ver Colombia. Cinco mil kilómetros separan, en línea recta, Boulder de Duitama. Más o menos lo mismo que hay de Madrid hasta Nur-sultán, que antes se llamaba Astaná y es ciudad muy ciclista. Por hacernos una idea, vaya. Pero ambos sitios (las Rocosas, el Altiplano) tienen algo en común... están altos. Muy altos.

Así que para Estados Unidos que se fue Induráin. Por lo de adaptarse a la falta de oxígeno, a ese morirse a cada paso, ese pensar espeso, como sopa de guisantes. Soroche o puna, le dicen por Colombia, y a veces hasta te hace ver fantasmas. Fantasmas. Brujas malas que convierten a sus amantes en cucarrones verdes. Señores con sombreros llenos de filos metálicos. Sueños que no son.

Claro que si hay alguien con los pies en el suelo para esto de las bicis ese es don Miguel Induráin Larraya. Dicen que una vez se le acercó Javier Mínguez cuando aun era, solo, promesa en ciernes. Que le ofreció cien millones de pesetas al año. Miguel lo miró tranquilamente. "Mucho dinero es eso, ¿no?", cuentan que contestó. Ese tono.

En Boyacá iba a ganar el más fuerte, y cuando eso ocurre normalmente se apellida Induráin...

En Colorado a Miguel le hace de cicerone Andrew Hampsten, un americano cuyos mejores años pertenecían al pasado (ganador en el Giro del Gavia, etapas en Tour, victorias menores) y que aquella temporada corría para Banesto ejerciendo una (bastante anónima) labor de 'equipier'. También acompañaron al navarro otros. Guardia pretoriana. "Para allá se fue todo el equipo de confianza de Induráin. Sus directores, su hermano, Santi Blanco, el Chava Jiménez, su médico... Unos cuantos", nos dice Javier Mínguez, que tras muchos requiebros del destino había terminado dirigiendo al de Villava en Banesto. "Toda aquella preparación milimétrica se programó dentro del equipo, el resto del 'staff' viajó para Bogotá justo antes de la semana grande". Muchos días lejos de casa para alguien tan de casa, seguramente. Los hay que malicionan. Allí empezó a resquebrajarse la relación entre escuadra y as. Pero eso fue futuro. En aquel entonces el desafío parecía merecer la pena. En Boyacá iba a ganar el más fuerte, y cuando eso ocurre normalmente se apellida "Induráin...".

La gracia, además, es que pintaba a doblete. Porque antes de la ruta (eso que todos llamamos el Mundial sin más, el de toda la vida, el de Binda y Saronni y Moser y van Steenbergen) llegaba la prueba contra el crono. Invento joven, sin solera, nacido tras la desaparición del Gran Premio de las Naciones, que era algo bien arraigado en el imaginario ciclista, con su distancia entre 90 y 100 kilómetros. Pero la modernidad lo llevó al olvido, como hizo con los 'mullets' (ahí acertó la modernidad) y esto del Mundial contrarreloj vino a sustituir. Primera edición un año antes. Catania, con Chris Boardman vencedor, un desconocido Chiurato como segundo y tercero cierto chavalín alemán de 20 años, pelirrojo y con pendiente. Jan Ullrich, se llama.

Un comienzo dantesco, pero exitoso

Pues eso, que empieza la prueba en Paipa, expectación no demasiado alta. Mucho menos que en la actualidad, claro. Induráin, unánime favorito, sale con bicicleta normal, unos acoples de cabra añadidos. Recorrido durísimo, mejor hacemos pruebas con el material otro día, subiendo Erro, ¿vale?

Las imágenes son dantescas. Cuando Miguel se imponga lo hará con más de 55 minutos en un recorrido de 42 kilómetros. La subida final hasta la Plaza de Simón Bolívar en Tunja deja fotografías para el recuerdo. Ciclistas ahogados, incapaces de encontrar oxígeno en sus pulmones, reptando penosamente. Induráin es uno de los pocos que la supera con cierta dignidad. Su 'equipier' Abraham Olano, segundo, también. Aunque nadie salió detrás de él, Miguel no será el último en cruzar la línea de meta. Ha doblado al italiano Maurizio Fondriest. Se queda a 18 segundos de hacer lo propio con Erik Breukink, que partió cuatro minutos antes…

Erik Breukink. (Wikipedia)
Erik Breukink. (Wikipedia)

Bien, primera parte del trabajo terminada. Con éxito absoluto, además. Oro y plata para los españoles. Tercero es un alemán, Uwe Peschel, buen especialista. Cuarto la gran sorpresa del día. Dubán Alberto Ramírez Rodríguez. Colombiano, corredor modesto del equipo Aguardiente Antioqueño-Lotería de Medellín. Cuando se retire, años más tarde, dos etapas de la Vuelta a Colombia y dos del Clásico RCN serán las joyas en su palmarés. Pero allí, entre Paipa y Tunja, se regala la gran actuación de su carrera. No habrá mejor clasificación de un cafetero en el Mundial.

Primero y segundo, dijimos. Detrás de Induráin, Abraham. ¿Recuerdan lo de Miguel? ¿El mesuco que se tiró en Colorado, aislado del mundo, entrenando y descansando, viendo "La Ruleta de la Fortuna" en inglés? Pues Olano lleva preparación distinta. La Vuelta a España, nada menos, que terminó apenas diez días antes. Ya ven. Allí, en Madrid, también hizo segundo, porque Jalabert era inabordable, la ONCE era inabordable y Manolo Saiz no se iba a dejar abordar. Pero, en fin... buen resultado. Gana las tres cronos, sube al pódium, parece mostrarse sólido. El gran salto. ¿Y Colombia? Quizá rasque algo en la prueba contrarreloj. Luego, a trabajar. Si hasta pensó volverse a casa después de la plata, según ha declarado después. Ya ven, qué cosas tiene la vida.

"En realidad Abraham tenía que haber ganado la crono y Miguel la prueba de ruta, así todos hubiesen quedado contentos", nos dice Peio Ruíz Cabestany. Peio cubrió aquella semana como enviado especial para un periódico español y protagonizó una anécdota imperdible al día siguiente de la prueba en línea, cuando recibió cierta llamada telefónica desde España. Era el director de su diario. "Tienes que entrevistar al ganador, como sea". Pero cómo voy a hacerlo, si ya están en el aeropuerto, si cogen ahora el avión. "No me importa, tienes que hacerlo". Así que Peio pidió un taxi e hizo lo que tantas veces había visto en las pelis. "Le pago el doble si me lleva al Aeropuerto El Dorado en la mitad de tiempo que un viaje normal". Cinturón y a rezar, porque no estaba la cosa para ir despreciando cualquier tipo de ayuda. Chirrido de ruedas, bocinazos, un par de veces pisando la cuneta o rozando retrovisores. Llegaron, claro. Problema... la selección ya ha pasado a la zona de embarque, y allí no entra nadie sin billete... salvo Peio. "Saqué una acreditación que guardaba del año pasado. Televisión Española. Se la ponía delante a cada policía o miembro de seguridad que me cruzaba, sin dejarla mucho rato, no fueran a mirar las fechas. Funcionó. Abraham se descojonaba, pero logré la entrevista". Ya ven, otros tiempos.

El sufrimiento de los ciclistas fue brutal.
El sufrimiento de los ciclistas fue brutal.

Una auténtica carnicería

La carrera fue, en pocas palabras, una carnicería. Selección española controlando desde el principio. Cada paso por El Cogollo se descuelgan ciclistas del pelotón como si fuesen cuentas de un rosario gastado. Allí aguanta casi hasta el final Oliverio Rincón, gran esperanza cafetera. Finalmente hará octavo, un minuto justo hasta los metales. Muchos se preguntaron entonces si los escarabajos no se habían sobreestimado a sí mismos haciendo un mundial tan largo y exigente… El terror era tan grande que solo salieron 98 tíos. A meta llegan veinte. Último fue un viejo conocido de nuestro relato. Andrew Hampsten. Perdió 37 minutos y 55 segundos con el vencedor…

¿Candidato unánime? Induráin, claro. "Después de la crono era indiscutible", dice Javier, "tenías duda en la altitud, que siempre introduce incertidumbres, pero por lo demás... indiscutible. Yo creo que era el más fuerte". Peio es de la misma opinión, como lo son todos. Salvo uno. Un día antes de lo de Duitama a Olano lo entrevistan para el diario 'ABC'. "Si me preguntas por un favorito, soy yo". Sin medias tintas. No eran palabras de gregario, desde luego. Como mucho segundo espada...

Cada subida a El Cogollo se hace más dura que la anterior. Los europeos conocen Colombia y las caras parecen de Lieja-Bastoña-Lieja

La cosa parece perfectamente controlada por la selección española. Escartín, Chava Jiménez, Santi Blanco, Mauleón. Todos cumplen, en distintos momentos, con su trabajo. También está ahí, escondido, Abraham Olano. Otra bala. Un por si acaso. "Creo que se le puede hacer largo al final", decía de él Induráin antes de la prueba.

Lluvia y barro. Cada subida a El Cogollo se hace más dura que la anterior. Los europeos conocen Colombia y las caras parecen de Lieja-Bastoña-Lieja (al menos de las Liejas ochenteras, antes del cambio climático, vaya). Penúltima vuelta y el grupo menudeando a cada kilómetro. Ya solo cuentan un puñado de hombres. Allí está, claro, Induráin. Que se deja caer, poco a poco, comiendo, como quien no quiere la cosa, a mí no me miréis, qué voy a ir pinchado.

Pero sí. Brazo en alto, cambio rápido de bicicleta. Los suizos aprovechan para acelerar en ese preciso instante, porque antes no había tanta (falsa) caballerosidad, y además los suizos siempre han tenido fama de robaperas en esto de las bicis. Igual a Miguel eso le picó, porque él era más campesino que ciclista y en los pueblos hay ciertos comportamientos poco hidalgos que no se permiten... El caso es que enlaza en un tramo picando hacia abajo... y no se detiene, sino que adelanta a todos. Es el ataque definitivo, el de ganar todo un Mundial. Solo que... a su rueda sale Dmitri Konyshev, que ganó una etapa del Tour como soviético, es ahora ruso y tiene, entre sus aficiones más destacadas, el lanzamiento de enanos (actividad bastante popular, al parecer, en burdeles postsoviéticos durante la época). Vamos, que resulta complicado pillarle por sorpresa, porque está acostumbrado a vigilar sus espaldas. Rueda delantera pegada a la trasera del navarro, ojitos, nervios. Todos los demás van llegando. Induráin mira a Konyshev, que mira a Pantani, que mira a...

Y entonces ocurre

Abraham Olano ataca por la derecha, la cabeza bien pegada al manillar, moviendo un poco la bici a ambos lados. Huele a salto bueno desde el principio.
Ustedes, que son seres maliciosos y gustan de la sangre, han venido hasta aquí solo por esto. ¿Traicionó Abraham la confianza de Induráin? La carrera estaba dispuesta para que gane el navarro y ahora esto. Javier Mínguez lo tiene muy claro. "Aquella situación la provoca Miguel y a Miguel lo vigilaban". Ruíz Cabestany apunta en la misma dirección. "Olano tenía que trabajar para Induráin, y es lo que hizo, en ningún momento fue desleal. Miguel se portó como un gran ciclista. El movimiento fue un abc de este deporte. Nada que reprochar". De acuerdo, pero... ¿Otros campeones actuarían como lo hizo Induráin? Centrando la pregunta en un ejemplo... ¿Creen que Bernard Hinault hubiese cubierto las espaldas de su equipier en esa misma situación? ¿O saldría a relucir su mala hostia?

Ambos reflexionan. "Es que Hinault cuando tuvo que hacer esto llegó solo", dice Mínguez, "y además Miguel nunca fue un corredor ambicioso como él, de ganar y ganar. Miguel era distinto, y eso también le hace ser como es", añade. Peio duda antes de responder, porque corrió codo con codo junto a Le Blaireau. Después piensa en voz alta. "Yo creo que sí hubiese intentado algo Hinault. No muy descarado, claro, pero un ataque para ver si se iba solo... Sí...".

Induráin y Olano en el podio final.
Induráin y Olano en el podio final.

De allí al final, imágenes que todo el mundo conoce. Induráin secando a sus rivales, cruzando con ellos miradas amenazadoras. Más imponente que en cualquier victoria propia. Paradoja... Jamás fue tan agresivo Miguel, tan psicológicamente dominador, como aquella tarde en Colombia, cuando hizo ganar a un compañero. Jamás. Por delante Olano que va decidido, desatado, que incluso llega a pinchar. No cambia la rueda, no se fía. Entra en meta sin poder alzar más que una mano, por miedo a caerse. Unos treinta segundos después Induráin vence en el sprint a Marco Pantani (más calvo que nunca) y Mauro Gianetti. Puño al aire, como si hubiese ganado. Doblete.

¿Estaba Miguel satisfecho con el resultado? Vuelve a tomar la palabra Javier Mínguez. "Yo a Miguel no lo vi descontento. Descontentos estaban los de Induráin. El equipo Banesto había ido allí para ganar el Mundial con Miguel, no para que lo ganase otro ciclista". Muchos entendieron que Induráin regaló el oro. O, al menos, que no arrasó sin compasión como hubiesen hecho otros en su lugar. Eso, sumada a la desastrosa intentona para Récord de la Hora que intentó el navarro más tarde, empezó a erosionar la relación con sus mentores. Dicen. Cuentan. Pero es, seguramente, otra historia.

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