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Un retrato ecuánime de Felipe II, martillo de herejes
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Reeditado por Gadir

Un retrato ecuánime de Felipe II, martillo de herejes

El historiador Rafael Altamira construyó hace casi un siglo un perfil inaudito sobre este rey a la luz de la España actual

Foto: Retrato de Felipe II, por Sofonisba Anguissola.
Retrato de Felipe II, por Sofonisba Anguissola.

Hablar de figuras olvidadas en España es casi una muletilla. Y no porque este país tenga una clara tendencia a la desmemoria. Al contrario. La historia —y sus protagonistas— se ha convertido desde hace tiempo en un arma arrojadiza que se disputan tirios y troyanos, como si se pudiera cambiar el mundo a toro pasado.

Esta es la ventaja —y habría que decir también la desgracia— de Rafael Altamira (Alicante, 1866- México DF, 1951), a quien pocos recuerdan. De ahí la desmemoria. Cuando publicó su ensayo sobre Felipe II en México, en 1950, donde se encontraba exiliado, pudo zafarse de tanto rencor revanchista y anacrónico, que es justo lo contrario a la labor sosegada de un historiador que maneja todas las piezas de un puzle. ¡Qué otra cosa es saber lo que pasó hace 400 o 500 años! En el caso de Altamira, quien introdujo la metodología científica en la historiografía moderna: no solo se trata de un investigador ajeno a todas las polémicas de su tiempo, sino un reconocido jurista laureado en las mejores universidades europeas y latinoamericanas.

placeholder 'Felipe II, hombre de Estado', de Rafael Altamira.
'Felipe II, hombre de Estado', de Rafael Altamira.

Su 'Felipe II, hombre de Estado' bebe, precisamente, de esa distancia que da el tiempo, lo que le permitió construir un texto corto, preciso y sin ambages, editado de forma primorosa por Gadir, el sello de Javier Santillán. Sin ornamentos y sin farfolla lingüística, lo que hace más solvente el retrato de la figura del rey prudente, de quien se ha dicho que representó como nadie el valor de 'lo español'. Es decir, estrechez y rigidez en los sentimientos religiosos, indiferencia por los sufrimientos humanos producidos en la ejecución de un proyecto o la finalización de una actividad querida, y hasta fatalismo de tipo oriental, en palabras de Martin A. S. Hume.

El libro, en realidad, nació en 1925, cuando una editorial francesa de prestigio, Desclèe de Brouer, le encargó una colaboración para una colección de tres volúmenes sobre lo que llamó Hommes d’Etat. El opúsculo enviado a París, aunque gustó, fue mutilado por exceso de páginas, lo que contribuyó a que el texto original con toda su extensión no se publicara hasta un cuarto de siglo después. Para entonces, Altamira ya era una figura eminente y había teorizado sobre la importancia de la ecuanimidad a la hora de analizar los periodos históricos.

Su 'Felipe II, hombre de Estado' bebe de esa distancia que da el tiempo, lo que le permitió construir un texto corto, preciso y sin ambages

A Altamira, sin embargo, como han recordado algunos de sus biógrafos, no le interesaba la historia únicamente desde el punto de vista de la investigación, sino por su valor social, educativo y metodológico, preocupación pedagógica incitada por el magisterio de Giner de los Ríos ampliamente puesta en práctica en el Museo Pedagógico desde su creación en 1882.

La supervivencia del catolicismo

La ecuanimidad es un término poco utilizado en estos tiempos, y casi en desuso en términos políticos, pero es un concepto capital en la obra de Altamira, quien en su retrato de Felipe II recuerda que el hombre más poderoso de su tiempo, sobre el que recayó hasta la supervivencia del catolicismo tras la asonada de Lutero, era hijo de primos hermanos, nieto de una loca y hermano carnal de dos epilépticos, lo que sin duda puede explicar una de sus características: su incapacidad para tomar decisiones rápidas, lo que le valió la imagen de un rey dubitativo y hasta débil, pese a haber sido educado personalmente por su padre, Carlos I, a la manera de 'El príncipe' de Maquiavelo. Es decir, forjado para sobrevivir en el arte de la política que él malgastó con su fracasado plan de invadir, aunque fuera temporalmente, Inglaterra o sus primeros escarceos que acabaron, años después, con la expulsión de los moriscos.

Fue su padre, precisamente, quien le inculcó el principio de desconfianza respecto de todos los que le rodeaban, y esto es lo que le llevó, como sostiene Altamira, a sospechar de todos. Aquí, sin embargo, estaría el origen de la diplomacia a través de los espías, práctica que pronto se convertiría en una regla de conducta universal.

Fue su padre quien le inculcó el principio de desconfianza respecto de todos los que le rodeaban y esto le llevó a sospechar de todos

El joven Felipe, sin embargo, no le hizo ningún caso a su padre en la cuestión esencial de su mandato, que no fue otra cosa que una dura lucha por mantener la unidad en un inmenso territorio que era un Estado, pero nunca una nación, y cuyo cordón umbilical era, precisamente, la Iglesia, más que cualquier otro símbolo.

Felipe, al contrario que Carlos, nunca quiso aprender los idiomas hablados por sus súbditos, algo que lo fue alejando de ellos. En particular, el alemán o el flamenco, que a la postre fue lo que le llevó por el camino de la amargura durante su largo mandato. Ni siquiera estudió en profundidad lo que pasaba fuera de sus fronteras, lo que contribuyó a construir la leyenda negra que algunos hoy, de forma completamente anacrónica, intenta negar en aras de un resurgimiento fuera de tiempo del nacionalismo español. Lo suyo era el latín, que a la larga se convertiría en una metáfora de su propio mandato. El latín representaba el valor de la Iglesia católica y eso, en definitiva, era una imposición en un mundo que se abría hacia la modernidad y en el que acechaban nuevos imperios.

placeholder Felipe II, por Antonio Moro.
Felipe II, por Antonio Moro.

Muy al contrario, y frente al progreso tecnológico que ya se adivinaba, Felipe II abrazó las ideas del providencialismo católico que tantos quebraderos de cabeza le provocó. Felipe, como dice el historiador, no solo era un ferviente católico, y, por lo tanto, providencialista, sino que estaba también convencido de que su deber primordial como rey era ejecutar la ley de Dios en lo que corresponde a la potestad civil. Como consecuencia de ello, su política solo tuvo un objetivo: destruir el protestantismo y la vuelta de Europa al seno de la Iglesia romana. Al fin y al cabo, y dado que era el rey más poderoso de su tiempo, eso es lo que explica que siempre tuviera la sensación de que el futuro del mundo descansaba sobre sus hombros. Demasiado peso para un hombre solo y hasta taciturno, habitualmente rodeado de rufianes y arribistas.

Un párrafo muy conocido del libro de Altamira resume de forma contundente esa soledad pletórica llevada sobre sus espaldas, como si se tratara de un encargo divino. El 9 de agosto de 1566, después de haber consentido, en respuesta a su hermana Margarita, gobernadora de los estados de Flandes, que se perdonase a los confederados rebeldes y que la Inquisición cesara de actuar en esas tierras flamencas, escribe las siguientes palabras: “Antes que permitir ningún desvarío en materia de religión, o tocante al servicio de Dios, prefiero perder todos mis dominios y cien vidas, si las tuviese, porque no quiero ser nunca rey de herejes”. Ahí comenzaron las desavenencias del rey y de sus súbditos. Ahí comenzó a desmoronarse la figura del rey de todos que su padre sí supo comprender. Ahí comenzó a desmoronarse el imperio.

Rafael Altamira. 'Ensayo sobre Felipe II, hombre de Estado'. Editorial Gadir, 2022.

Hablar de figuras olvidadas en España es casi una muletilla. Y no porque este país tenga una clara tendencia a la desmemoria. Al contrario. La historia —y sus protagonistas— se ha convertido desde hace tiempo en un arma arrojadiza que se disputan tirios y troyanos, como si se pudiera cambiar el mundo a toro pasado.

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