Felipe II, Bismarck y la Santa Inquisición: un repaso a la deriva histórica de España
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Felipe II, Bismarck y la Santa Inquisición: un repaso a la deriva histórica de España

Lo acontecido no es algo vertido vaciándose a través de un recipiente agujereado, no. Es historia con mayúsculas. ¿Creemos en España? Pues a practicar...

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Felipe II (Wikipedia)

"Si arriesgas puedes perder. Si no arriesgas, ya estás perdido."

Aforismo de Tartakower

Todo lo que fue cierto no nos convierte en un edificio demolido pues la historia siempre resucita para contar su verdad. Lo acontecido, no es algo vertido vaciándose a través de un recipiente agujereado no, es historia con mayúsculas, aunque ciertamente a todos nos alcanza la vejez y el agotamiento pero existe un fondo siempre presente, tal que es la esperanza, el famoso horizonte permanente de Eduardo Galeano como referencia, y ello, y no la desafección de la decadencia, es lo que nos obliga a reinventarnos. Volver sobre nuestros pasos y analizar los errores cometidos es un loable ejercicio de aprendizaje con un tóxico enemigo pisándonos los talones – el ego- ya que seguir hacia adelante por una cuestión de inercia dándonos golpes de pecho, solo sirve para precipitarnos hacia un abismo inexplorado y fagocitador que no tiene mucha compasión con los reincidentes. Debemos de ser conscientes de ello.

Hoy sabemos, que el esplendor de la Corona Española surgió del perfecto maridaje de un matrimonio bien avenido, de dos pesos pesados de la política, de dos líderes naturales, de una “join venture” entre una castellana y un aragonés, de una suerte de tándem con todas sus piezas bien engrasadas.

"Los españoles son inmortales por mucho que han intentado matarse"

Probablemente un ajuste de cuentas con la realidad no nos sirva más que para poner en evidencia lo obvio, pero el revisionismo tanto en la historia como en la vida cotidiana, es necesario para saber dónde nos equivocamos e ir por un sendero más seguro y practicable.

Y ahora, vamos al alpiste

España desde su fase más embrionaria tras el maridaje entre dos grandes imperios que no reinos - que también- , como nos han contado (Aragón y sus mercados y posesiones mediterráneas y Castilla con su proyección americana) no ha tenido otra crisis que la de su propia existencia o indigestión de riqueza mal gestionada. Siendo ya inmensamente ricos, la hermana de Felipe II, Juana de Austria, ya le había prevenido que a las primeras de cambio nos íbamos de bruces hacia una buena quiebra, como así fue cuando aquel rey- emperador asentó sus posaderas en el trono y le vino de sopetón el meteorito anunciada por su previsora hermanita.

Foto: Foto: iStock

Cuando la Guerra de la Independencia nos tocó la obra viva de nuestra nave patria (aquí en esta expresión no hay nada de chauvinismo ni coloretes de nacionalismo ofensivo), nos dimos cuenta de que las malas compañías no eran garantes de nuestra durabilidad en el mapa geoestratégico, los virreinatos autogestionarios comenzaron a declinar su verticalidad ante el especialista en agitar cunas- Inglaterra-, y nos metimos en varias guerras civiles perdiendo todo lo ganado con el esfuerzo de aquellos adelantados de una calidad formidable apoyados por un ejército cohesionado y de rotunda eficacia ante retos colosales.

Hoy sabemos gracias a un genial pensador alemán de profunda erudición, que lo que observamos no es verdad, sino una representación apoyada en un sesgo de confirmación nutrido por una voluntad edulcorada de emocionalidad y eso, sin contar la cada día más influyente acometida de los fakes mediatizando constantemente al respetable. España, el pueblo español, somos una potencia latente – como decía Bismarck en una frase más enriquecida y menos recortada pero aquí resumida y modificada “Los españoles son inmortales por mucho que han intentado matarse más de un centenar de veces“; y debe de ser que a causa de ese preciso diagnóstico del teutón, como avezados supervivientes que somos y que no nos apeamos de la burra, es que el deporte nacional se ha convertido en tocarnos las partes nobles sin mucho decoro y con un empeño inasequible al desaliento en este deporte nacional por excelencia.

"Éramos el 'coco' de Europa y el Duque de Alba, más malo que el demonio"

Cabe la posibilidad de que esta inmortalidad de la que hablaba un canciller prusiano sobre una nación como la nuestra, haya que mirarla por el retrovisor para entenderla.

Cuando nuestro predio está aparentemente tranquilo, nos suele dar un calentón y la montamos, pero cuando no estamos enzarzados en disputas de colegiales o de corrala y vienen los romanos, o los árabes o los franceses, paramos el partido y ¡zas! Todos juntos y en unión bajamos del monte a arrear unas buenas obleas al visitante. Cuando hemos acabado de gestionar el asunto, otra vez nos acordamos del agravio del vecino de al lado, y vuelta a empezar. Tela…Somos unos cracks -del despropósito, claro-.

En el trasunto de la confección de nuestra actual nación, el pasado es lo que se ha quedado y no lo que ya no está. Para ello, los arqueólogos de la memoria, los historiadores, devienen en detalladas descripciones, unas veces ciertas, la mayoría, otras las menos, especulativas, que no necesariamente tendenciosas y las menos, manipulaciónes interesadas.

España partía desde el siglo XVI ya con lastre psicológico importante tal que era la tremenda campaña de marketing diseñada por los ingleses y holandeses- estos últimos amigos y socios hoy en la aventura de la construcción europea-, con el recurrente tema de que nos gustaba hacer barbacoas con los herejes. Vamos, que éramos el “coco” de Europa y el Duque de Alba más malo que el demonio. Obviamente, la desesperación del cúmulo de derrotas derivadas de los enfrentamientos entre ambos países en detrimento de este binomio adversario, hizo mella entre las cortes europeas creando un “monstruo” de cartón piedra que se alimentaba de la sangre de los desgraciados que caían en sus fauces. Como es obvio, la pataleta de estos dos países al verse una y otra vez derrotados contra el ogro hispano, tomó el sesgo de la calumnia y la difamación, y a base de repetir este mantra, lo relativo se convirtió en absoluto. Miente, que algo queda.

Historiadores de la talla de Sverker Arnoldsson y Nigel Townson hablan sin pelos en la lengua (hándicap con el que tropiezan algunos grandes historiadores españoles para no meterse en una ciénaga en ciertos casos sopena de quedarse calvos) de que el tema de la Leyenda Negra es una de las alucinaciones colectivas más increíbles de la historia humana.

La Inquisición española no es algo de lo que podamos estar orgullosos ciertamente, pero menos lobos. La Leyenda Negra y los muertos en manos del Santo Oficio (que eufemismo) independientemente de que en si misma fue una tragedia para los afectados y para el libre decurso de un pensamiento más evolucionado y liberado de las ataduras del miedo, no alcanzó ni de lejos la represión – masacre en puridad-que en Inglaterra si, fue desproporcionada durante las persecuciones a los católicos por parte de Enrique VIII y su cándida criaturita, Isabel I; y estamos hablando de que durante casi un siglo de persecución contra los leales a la Iglesia de Roma ( en realidad cristianos adheridos a los valores predicados por aquel extraordinario profeta llamado Cristo) y no precisamente admiradores de uno de los entes más corrompidos de la historia ( no confundir las churras con las merinas), aquellas persecuciones que los sibilinos anglos practicaban cual cacería con propósitos literalmente genocidas por su claro contenido exterminador- y si no que se lo pregunten a los irlandeses, se llevaron a varios cientos de miles de desgraciados que cayeron bajo las zarpas de estos dos elementos de la naturaleza , especialistas en tabloides amarillistas y capciosos donde los haya.

Pues bien, entre otras perlas cuando se habla de la decadencia de España, se hace necesario recordar que en el siglo XVIII seguía siendo una potencia de primer nivel. Pero la cosa se tuerce y mucho con los efectos políticos y económicos inherentes a la laboriosa expulsión de los franceses donde los españoles tras la devastación del conflicto se encuentran prácticamente sin recursos y con las pérdidas de los virreinatos y la infiltración inglesa –cuando no inspiración- en los alzamientos locales contra la metrópoli.

De acuerdo con el ilustre historiador Fernando García de Cortázar, la historia de España cambió el mundo.

El impulso de la organización y el esfuerzo subyacente no pueden ir en detrimento de la enormidad de lo que se ha juzgado- con sus luces y sombras- en este contexto como así lo asevera la escritora e historiadora Elvira Roca Barea. Integrar en una unidad política de algo más de 20.000.000 de kilómetros cuadrados- lo que a mí me parece una hazaña espectacular independientemente de lo que nuestros críticos piensen-(y están en su derecho a hacerlo), de que éramos la suma de todos los calificativos más horrendos que alberga la RAE, no es óbice para que nos veamos obligados a integrar y agradecer en nuestra memoria colectiva, a los que nos dieron prestigio, grandeza, gloria y una herencia inolvidable. Y no solo eso, antes de Trafalgar, batalla que según Churruca y Alcalá Galiano podíamos haber ganado sin pelearla habida cuenta la tremenda bajada barométrica anunciada para el día siguiente, derrota que quizás marca el punto de inflexión de nuestro poderío, ya habían pasado casi 300 años desde que Cortés desembarcara en Veracruz para ejecutar una operación militar de precisión quirúrgica que los más reputados historiadores militares enseñan en las academias más prestigiosas del mundo ( Saint Cyr, West Point, Sandhurst, Frunze). Y si queremos, podemos incluir a los castellanos en esta ampliación temporal, pues llevaban arreando estopa en las costas inglesas otros dos siglos antes de que Colón hiciera magia. Los aragoneses por su lado, que tampoco eran mancos, repartían a mansalva con los Almogávares cartas de presentación a los turcos, bizantinos y todo lo que se meneaba allá por el este. Vamos, que la cosa no es baladí.

Luego vendría, los que fue probablemente la más grande hazaña tras el descubrimiento de América, la primera globalización que se produce entre el imperio español y la Dinastía Ming en el siglo XVI a través de Acapulco y Manila y por supuesto de Sevilla como eje sobre el que pivotaba el comercio mundial macro, no el del trapicheo.

No hay que olvidar que los imperios avanzan replicando sus estructuras y adaptándolas al medio; España exportó lo mejor de su ser y conocimientos, construcciones grandiosas en Cuzco, Cartagena de Indias, California, la hermosísima ciudad de San Agustín en Florida, universidades a tutiplén en toda la América bajo su influencia, mercados dinámicos, sistema judicial, el mestizaje más amplio jamás conocido, puertos y calzadas, catedrales colosales, etc.

Una vez estabilizada la conquista, el crecimiento fue exponencial. Bien es cierto que antes de 1550 el hecho bélico trajo desgracias sin cuento para los autóctonos por las derrotas infligidas a manos de los soldados de La Corona y sobre todo por la enorme desgracia de las epidemias.

Alguien dijo una vez que hay tres cosas que no regresan nunca

La palabra dicha, el tiempo transcurrido y las oportunidades. ¿Queremos ser los españoles un accidente a cámara lenta? Persia, Grecia, Roma, Alemania; se han caído y levantado muchas veces a lo largo de la historia. En este punto, se hace necesario recordar que existe un lugar mágico en la historia del Mago de Oz, donde hay una sugerente transformación de la personalidad a través de la visión de unos nuevos valores, no pasa nada si intentamos tocar esa puerta.

España ha sobrevivido a sus peores demonios; quiebras, hambrunas, durísimas guerras sostenidas en el tiempo, uniformados golpistas o pirañas metidas a políticos, especie endémica de la que estamos sobradamente surtidos.

Nuestro proverbial pasotismo solo nos conduce a un pasillo en el que al final hay una ventana muy negra. ¿Queremos ser una vieja gloria envejeciendo mirándose el ombligo o por el contario ponernos las pilas peleando todos juntos por un país con un lugar en el podio? ¿O preferimos ser un fracaso de taquilla? En otras situaciones ajenas a lo político lo hemos conseguido. Ya está bien de tocarnos recíprocamente el asuntillo…porque a la postre si acabásemos en una cama redonda todavía, pero ese no parece ser el pronóstico.

Hace unos años le preguntaron a la enorme humanista Ángela Merkel en una entrevista por qué invertía tanto dinero en educación y respondió, porque los ignorantes nos cuestan mucho dinero.

El respeto por las opiniones ajenas es nuestra principal asignatura pendiente para poder volver a alzar vuelo.

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