'Cuatro horas en el Capitolio': documental salvaje que muestra a la turba por dentro
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'Cuatro horas en el Capitolio': documental salvaje que muestra a la turba por dentro

Se cumple un año de la invasión del epicentro del poder estadounidense por parte de miles de seguidores de Donald Trump

Foto: Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Grabarse a uno mismo facilita la existencia, la subraya y expande. Quiere decirse que Netflix o HBO pueden hacer con tus grabaciones personales una serie o una película, de modo que quedes para la posteridad, más o menos favorecido según qué cosas te grabaras haciendo. Lo normal es que Netflix o HBO solo se fijen en ti si haces cosas malas. Mucha gente se grabó asaltando el Capitolio en Washington, por ejemplo, y gracias a eso son salvajes inmortales, intrahistoria 4K, porque con sus correrías de pasillo se ha armado un documental histórico. La pieza se llama, con más intención de lo que parece, 'Cuatro horas en el Capitolio' (HBO).

Está muy bien, en plan porno POV. POV significa 'point of view', y el punto de vista aquí es el de casi cualquiera que anduviera el 6 de enero de 2021 por la sede de la representación popular en Estados Unidos, pues todos tenían móvil y ganas de grabarse, o llevaban una cámara (la policía) que grababa sola, para luego, por si hay juicio.

La intimidad del pillaje es una de las aportaciones de este documental hecho con los retales de decenas de iPhones y cámaras de vigilancia. Hasta que no ha llegado la cámara de vídeo en los móviles y todo el mundo tiene uno, no hemos sido capaces de pensar la Historia como un asunto íntimo, de cosas pequeñas, de héroes y villanos minúsculos, de planos tontos sobre una pared detrás de la cual se fragua el acontecimiento.

O sea, los cientos de personas que entraron a saco en el Capitolio iban grabándose, y vemos por dentro la turba, la muchedumbre enfurecida. Apreciamos lo mal que visten, la América profunda de gorras de visera dadas la vuelta y pantalones que obligatoriamente no deben hacer juego con el suéter o el 'hoodie' nunca. Gente fea, muy bebida, sin maquillar. Cortes de pelo de siete dólares.

'Cuatro horas en el Capitolio' podía haberse titulado 'Los matones de Trump', 'Fascistas del 6 de enero' o, qué sé yo, 'Trump es muy malo'. Titulando 'Cuatro horas en el Capitolio' los creadores hacen algo decente: considerarte lo suficientemente civilizado y formado como para poder ver por ti mismo qué pasó durante esas cuatro horas en el Capitolio sin dirigir en exceso tu mirada ni troquelar plano a plano tu opinión, que es lo que habría hecho, por supuesto, Jordi Évole.

Foto: Participantes en el asalto al Congreso estadounidense de hace un año. (EFE/Lo Scalzo) Opinión

Es ahí donde pasan cosas. Pasa que la gente indudablemente de derechas y bastante chiflada y con no poca inclinación por las ideas conspirativas que se junta en los disturbios contra la designación presidencial de Biden resulta en muchos momentos indistinguible del pueblo, de eso llamado pueblo que es mayoría y que está jodido. Unos te caen mejor que otros, pero, como masa, no llegan a caerte tan mal: son “la gente”, como decían con resignación al final de la película 'Las uvas de la ira'.

El documental, que es incluso divertido de ver en algunos tramos, acaba cartografiando las tres clases sociales que existen ahora mismo en cualquier sociedad. A saber: el pueblo, la policía y los políticos. No hay más. Los ricos no forman parte de la sociedad.

Los creadores hacen algo decente: considerarte lo suficientemente civilizado como para poder ver por ti mismo qué pasó en esas cuatro horas

El pueblo en el filme tiene su gran momento cuando logra entrar en el Capitolio. ¿Qué hace antes de nada el pueblo? ¿Quemar cuadros, matar, arrasar despachos? No, amigos, el pueblo lo que hace lo primerito de todo es quedarse maravillado con lo 'bonito' que es el Capitolio por dentro. Nunca habían visto cosa igual, nada parecido en Ohio, Nebraska o el puñetero estado desde el que se hayan desplazado en autobús. Esa epifanía es fantástica. Dense cuenta de que esta gente afrontó un autobús desde Nebraska, un metro en Washington, una barrera policial, otra barrera policial, las puertas cerradas del Capitolio y varios guardias de seguridad apuntándoles a la cabeza para al final simplemente acabar apreciando la arquitectura. He ahí una fábula muy precisa de lo que es el pueblo.

Los políticos, por su parte, dan bastante risa mientras su mundo de alfombras tupidas y chóferes callados parece derrumbarse porque cuatro chalados deambulan atónitos por los pasillos del Capitolio. Fue horrible, en algunos casos, tener que tirarse al suelo con todo y los jerséis de 856 dólares y las joyas y las entradas para Ed Sheeran, que se arrugaron fatalmente. Lo más chistoso de esta parte es cuando todo termina y el vicepresidente Pence, reunidos ya los senadores después de haber sufrido inconcebiblemente protegidos por hombres armados hasta los dientes y haberse refugiado en búnkeres a prueba de bombas atómicas (no digamos de tipos venidos en autobús), dio un mazazo como presidente del Senado y dijo: “A trabajar”. Ahí me reí.

Foto: Asalto al Capitolio. (Reuters/Leah Millis)

Y finalmente está la policía, única víctima colateral de aquella descomunal gamberrada. Es escalofriante el relato de su resistencia, el enfrentamiento, muy 'Juego de tronos', de un puñado de policías contra literalmente miles de manifestantes pro-Trump (50 contra 15.000, se calcula), que tratan de acceder al Capitolio por un estrecho pasaje denominado 'el túnel'. Dada la estrechez del tránsito, la policía puede contener a la masa, pero a costa de un esfuerzo físico y mental extremo. Son imágenes que recuerdan a otras vistas por televisión en España, transmitidas desde la plaza de Urquinaona en Barcelona, sin ir más lejos.

Porque la policía, pensamos al fin con Pasolini, obviamente no es una excisión de la clase política, sino una leva popular, un desgarro del pueblo, gente con pistola que obedece, en principio, por el bien del propio pueblo, aunque a veces tenga que enfrentarse a él. La policía no defiende a los poderosos, como se dice simplonamente, y es posible que, dada la cercanía, los aborrezca más que nadie, en realidad; la policía defiende el símbolo y la ficción de que todo funciona en un país.

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