La fórmula púrpura: el secreto del tinte de los emperadores romanos
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La fórmula púrpura: el secreto del tinte de los emperadores romanos

La británica Virginia Postrel publica 'El tejido de la civilización' (Siruela), donde desvela algunos de los grandes misterios de la historia de los textiles

Foto: Rex Harrison, en 'Cleopatra' (1963), con la túnica púrpura que vestían los señores del Imperio romano.
Rex Harrison, en 'Cleopatra' (1963), con la túnica púrpura que vestían los señores del Imperio romano.

La púrpura que teñía la túnica de Rex Harrison en su papel de Julio César en 'Cleopatra' no fue originalmente tan viva, tan de tecnicolor como nos la mostraba aquel filme. Plinio el viejo la describió más bien como "del color de la sangre coagulada: oscura cuando se observa de frente, con reflejos brillantes cuando se la mira desde un ángulo". Por cierto, también apestaba, debido al proceso de fabricación del tinte, tan complejo e intrigante que aún hoy no hemos acabado de descifrar por completo. Se sumerge en él la escritora y periodista británica Virginia Postrel en un libro deslumbrante que llega estos días a las librerías españolas: 'El tejido de la civilización: cómo los textiles dieron forma al mundo' (Siruela, 2021).

"Una leyenda fenicia relata el origen de la tintura púrpura de los tirios. Un día, se dice, el dios Melkart, patrono de Tiro, estaba paseando por la playa con su amante y con su perro. El perro sacó un caracol marino del agua y comenzó a comérselo. Al mordisquearlo, la boca del perro se volvió púrpura. La transformación inspiró a Melkart la idea de utilizar caracoles para teñir una túnica que regalar a su amada y conferir así a Tiro los secretos del tinte que enriquecería a la ciudad".

placeholder 'El tejido de la civilización'. (Siruela)
'El tejido de la civilización'. (Siruela)

Tal es la leyenda que Postrel recoge en su libro sobre el origen de los preciados —y preciosos— púrpuras que teñirían en la Antigüedad las túnicas reales persas, las vestiduras sacerdotales de los hebreos y las togas de la Roma imperial. Unos tintes cuyo principio no era vegetal, sino compuesto de los cuerpos machacados de criaturas marinas en un procedimiento terriblemente laborioso sobre el que se levantó una poderosa industria y comercio internacional, pero del que aún desconocemos aspectos esenciales. 'El tejido de la civilización' se ocupa de ellos y también de la historia total de los tejidos que han acompañado a nuestra civilización desde el origen. Una irresistible aventura del conocimiento.

Cañadillas, lapas y cornalinas

Los encontramos por todo el Mediterráneo: montículos de conchas desechadas, cañadillas, lapas y cornalinas, las tres especies de caracoles marinos de las que los antiguos extraían sus tinturas moradas en tonalidades graduadas que iban del rojo violeta al azul violáceo. ¿Cómo lo hacían? ¿Diferían los resultados mezclando especies distintas en proporciones diversas? Lo cierto es que tenemos una fuente excepcional al respecto: la 'Historial natural' de Plinio el Viejo. Pero, lamentablemente, las detalladas explicaciones de este sabio polímata que murió a la sombra del Vesubio nos hurtan una información esencial.

"Por ejemplo dentro de las mismas especies", explica Postrel, "Plinio distingue entre caracoles que se alimentan de algas, de cieno putrefacto y de lodo, así como entre una variedad que se recogía en los cañaverales y otra que recibía su nombre de un guijarro. Para los antiguos tintoreros se trataba de categorías provistas de sentido, que ofrecían pistas para las tonalidades que esperaban extraer de cada una de ellas. Hoy son un puro misterio".

Hacían faltan montañas de caracoles para teñir una sola prenda

Y respecto al proceso de fabricación en sí, las indicaciones de Plinio son tan concisas como estrafalarias. Y repugnantes. Cuando el molusco muere, el 'indócil' incoloro que contiene se mezcla con el oxígeno del aire y produce un fluido coloreado que no dura mucho porque los antiguos cosechadores recogían y mantenían a los caracoles vivos en tanques intentando evitar que se devorasen entre sí como era su afición. Hacían faltan montañas de caracoles para teñir una sola prenda. Cuando tenían suficientes, abrían las durísimas conchas, machacaban las glándulas que guardaban el pigmento para liberarlo, las introducían en cubas de agua caliente con sal y las dejaban macerar en dos tandas hasta que el pigmento estaba listo. Tal vez no parezca tan complicado, pero cuando la arqueóloga Deborah Ruscillo intentó imitarlo en 2001 acabó desistiendo a causa del olor nauseabundo y de las nubes de moscas y tábanos que atrajo.

¿Qué motivos tenían los romanos para hacer todo aquello? El lujo y el estatus social, responde Postrel. "Pocos podían permitirse una púrpura tiria, de modo que su uso indicaba que el propietario era alguien especial. En el siglo VI, el estadista romano Casiodoro definió el color como 'de una negrura ensangrentada que distingue a su portador de los demás'. Esa atípica coloración destacaba en la multitud. Hasta la notoria peste de la púrpura otorgaba prestigio, porque demostraba que esa tonalidad era la auténtica, no una imitación concebida a partir de tintes vegetales más baratos".

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