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Lo mejor que el Imperio romano hizo por nosotros fue… caer

Su derrumbe abrió un periodo de policentrismo que, a largo plazo, abrió la puerta a la modernidad, según el nuevo libro del historiador Walter Scheidel

Foto: Saqueo de Roma en el año 455 d. C. por Karl Briullov.
Saqueo de Roma en el año 455 d. C. por Karl Briullov.

La humanidad ha tenido dos golpes de suerte que han definido su existencia por encima de cualquier otro acontecimiento. Uno fue hace 65 millones de años, cuando un asteroide nos hizo el favor de borrar a los dinosaurios de la faz de la tierra. El segundo, mucho más reciente, fue la caída del Imperio romano. Puede sonar raro. Es un momento recordado normalmente con un punto de nostalgia por la gloria perdida. Al fin y al cabo, Roma ha hecho mucho por la civilización occidental, como bien saben los Monty Pyton.

Para Walter Scheidel, profesor de la Universidad de Standford, la pregunta "¿Qué ha hecho Roma por nosotros?" tiene una respuesta clara y directa: caer.

'Escape from Roma'.
'Escape from Roma'.

Esa es la tesis que defiende en 'Escape from Rome: The Failure of the Empire and the Road to Prosperity' (The Princeton Economic History of the Western World), un libro divertido y provocador para la comunidad, porque el autor hace uso de herramientas no demasiado populares entre los historiadores, como los "contrafactuales", y entra en terrenos peligrosos en los que se le puede acusar de "determinismo geográfico", que es un insulto bastante fuerte entre historiadores. La obra queda dividida en dos partes: la primera dedicada a preguntarse por qué tras la caída de Roma en Europa no reapareció ningún imperio comparable al romano mientras sí que se reconstruyeron imperios en otras regiones como Oriente Medio o Asia; y una segunda parte dedicada a cómo esa ausencia de una reconstrucción imperial permitió que Europa entrara de lleno en la modernidad.

Un nuevo imperio

¿Por qué nunca surgió un nuevo imperio romano? ¿Se estuvo cerca en algún momento? Está claro que la idea de la herencia de Roma está casi siempre detrás de cualquier proceso de construcción imperial en Europa. Si hoy usted decidiera empezar el camino hacia la construcción de un imperio europeo lo más probable es que piense en Roma. Un consejo: no lo intente. Es algo que le darían también Justiniano, Carlomagno, los Austrias españoles o Napoleón. Todos lo intentaron, todos fracasaron. Scheidel los analiza a todos, y ni siquiera con cambios sustanciales en la historia, eliminando por ejemplo a Lutero del camino de Carlos V, el resultado hubiera sido distinto.

Y eso se puede explicar por bastantes razones. La principal es que Europa, por cuestiones geográficas, no es el mejor lugar para ser un emprendedor imperial, así que una vez cae Roma es difícil que vuelva a levantarse algo comparable. Entran en juego toda una serie de condiciones, como culturales, institucionales o lingüísticas, que se mezclan con algo que ya venía ocurriendo desde antes: la fragmentación del poder.

Europa, por cuestiones geográficas, no es el mejor lugar para ser un emprendedor imperial

Uno de los principales motivos que complican que Roma se vuelva a alzar son los impuestos, o más bien la ausencia de ellos tras el desmantelamiento del sistema de recaudación imperial. El ejército solía estar en mano de señores locales que podían fácilmente rebelarse contra el poder central o interponerse en el proceso de construcción de una gran entidad política. Sin impuestos con los que pagar más hombres, ¿cómo consolidar tu poder? ¿Cómo aplastar la resistencia interna?

A lo largo del libro se compara Europa de manera continua con otras regiones, y especialmente con el caso de China, que es claramente el ejemplo de construcción imperial. Y es especialmente interesante cuando se comparan las condiciones geográficas. De nuevo aquí los europeos tienen que dar las gracias a algo que ocurrió hace un buen rato: en el final del Cretácico las placas tectónicas de África y Eurasia chocaron, generando la Orogenia Alpina, lo que resultó en el nacimiento no solo de los Alpes, sino también de los Cárpatos.

La experiencia china muestra que la amenaza de los guerreros de las estepas fue uno de los principales motores de la construcción imperial

¿Qué tiene que ver esto con la construcción imperial? Pues que sin los Cárpatos nunca habría existido Transilvania, lo que se traduciría en que una bonita estepa, ideal para el pasto de caballos, llegaría a las puertas de lo que hoy es Viena. En otras palabras: en el siglo XIII sería una autopista de lujo para las invasiones mongolas. Los herederos de Gengis Kan llegarían mucho más lejos de lo que lo hicieron cuando invadieron el este de Europa. Y la experiencia china nos muestra que la amenaza de los guerreros de las estepas fue uno de los principales motores de la construcción imperial. No es casualidad que la mayoría de los procesos de imperiogénesis del gigante asiático comenzaran en el norte.

Sin ese golpe de suerte, nunca mejor dicho, entre las placas de África y Eurasia, el continente habría estado mucho más expuesto a invasiones y, como forma de defensa, es probable que hubiera surgido alguna entidad política grande con capacidad de protagonizar un proceso de construcción imperial. Por suerte para todos, eso no ocurrió.

Hacia la modernidad

¿Por qué por suerte? ¿Acaso no fue un drama la caída del glorioso imperio romano? Pues no. La caída de Roma abrió el paso a lo que Scheidel denomina como un proceso de 'policentrismo'. División en entidades políticas más pequeñas y caóticas. A partir del año 1000 la desaparición de las instituciones imperiales, que sobrevivieron más o menos medio milenio tras la caída del imperio, dio paso al progreso económico, al aumento exponencial del comercio y la innovación. No son pocas las razones para defender que, con un nuevo imperio romano o algo comparable, eso no habría ocurrido.

¿Cómo podemos saberlo? De nuevo es interesante la comparación con China, especialmente en lo relacionado con el comercio, que fue uno de los principales motores de la economía europea. Los comerciantes chinos estaban atados a los deseos de la corte imperial, que daba bandazos entre una estrategia u otra dependiendo de a qué sector escuchara el emperador. Es innegable que si hablamos de comercio europeo hay que hablar del descubrimiento de América. Hay razones para pensar que un gran imperio europeo habría tardado más en llegar a las costas americanas, incluso contando con mayores recursos y mejores naves para navegar el Atlántico. Vayamos al ejemplo chino.

Hay razones para pensar que un gran imperio europeo habría tardado más en llegar a las costas americanas

China podría haber descubierto América. Tenía enormes naves y miles de hombres a su disposición. Podría haberlo hecho, pero no lo hizo. ¿Por qué? Sencillo: era un imperio. Los intereses de un imperio dependen de quién manda en la corte, y tan pronto cambia el emperador, cambian las prioridades. China hizo grandes expediciones marítimas que acabaron tan pronto como el emperador se cansó de ellas, algo que ocurrió bastante rápido.

Sin embargo en el Viejo Continente, gracias al 'policentrismo' y lo que el autor califica como 'fragmentación competitiva' sí que se daban las condiciones. En Europa si un explorador no lograba que un país le apoyara en un proyecto podía lograr que otra corona lo hiciera. A veces el patrocinio real solamente llegaba por miedo a que otro país pudiera llegar a sacar ventaja. Si un explorador iba a la corte imperial en China y recibía un sonoro portazo, ¿dónde podía acudir? Además el poder central era muy celoso con aquellos que intentaban seguir sus aventuras al margen de la corte. No había opciones, no había alternativa.

La caída de Roma y la competencia entre Estados abrió el camino hacia la modernidad

Ese ejemplo ilustra la manera en la que la caída de Roma abrió el camino hacia la modernidad: la competencia entre Estados, la lucha continua por avanzar y por dominar, sin tener nunca la capacidad de hacerlo del todo, fue clave. En general, las palabras centrales son competencia y alternativa. Si para una comunidad de comerciantes las cosas se ponían feas en España siempre podían ir a los puertos de otros países. Lo mismo pasó con las ideas: si te perseguían en un país siempre podías huir a otro. "El flujo de nuevas ideas no podía ser tan restringidas como podrían ser en una entidad política grande unificada", explica Scheidel en una entrevista reciente en el podcast de historia 'Tides of History'.

La conclusión del libro es clara: si un imperio hubiera llegado a reconstruirse sobre las cenizas de Roma, Europa no habría liderado el camino hacia la modernidad, o al menos ese progreso habría tardado mucho más tiempo en llegar.

¿Y ahora?

La lectura haría las delicias de un 'brexiter' de manual: acostumbrado a acusar a la Unión Europea de ser una especie de imperio en ciernes, le deleitará la defensa que Scheidel hace de los Estados nación y de la fragmentación de Europa como la fórmula que convirtió en éxito el camino hacia la modernidad. Lamentablemente Scheidel no se introduce en el mundo actual en el que China sigue siendo un imperio y los grandes bloques parecen mandar.

Quizás estas preguntas darían para otro libro, pero: ¿de verdad la Unión Europea se asemeja en algo a un proceso de imperiogénesis? Y si es así, e independientemente de que el resultado de ese experimento fuese positivo o negativo, ¿siguen en pie las condiciones que hicieron prácticamente imposible una restauración imperial en Europa? Incluso, a la vista de China, ¿siguen dándose las condiciones por las cuales los imperios obstruyen el progreso? Quizás esta última no sea la pregunta más adecuada, sino que quizás sea más correcto preguntarse si todavía sigue existiendo el mundo del que escribe Scheidel.

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