El Confidencial y esa anomalía democrática de la que el señor Iglesias me habla
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El Confidencial y esa anomalía democrática de la que el señor Iglesias me habla

Entre portátiles y cafés de máquina, hacemos hueco al lector en la mesa de El Confidencial, invitándole a conocer nuestro trabajo y también nuestros dilemas

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Imagen: Learte.

Uno, que como buen castellano trata de guardarse tanto de los halagos como de la crítica, ha recibido con sincera gratitud la medalla al mérito civil entregada por el ministro Marlaska. No tanto por el galardón en sí como por el motivo del mismo: la profesionalidad y orientación al servicio público de El Confidencial, especialmente en estos meses de crisis sanitaria.

Me extrañó de inicio que se tuviera que reconocer con una medalla algo que debería ir de suyo, como es el papel de la prensa al servicio de los ciudadanos, pero tampoco quise restarnos méritos. Ahí radicaba el éxito de nuestro periódico: haber convertido lo extraordinario en ordinario, en una rutina, el día a día de nuestra labor periodística.

En El Confidencial, no debatimos si hay o no que hacerlo atendiendo a intereses ideológicos o económicos. Simplemente lo hacemos. Es lo que el lector quiere y espera de nosotros.

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Hace ahora casi 10 años, al poco de que José Antonio Sánchez me nombrara director del periódico, quedé en una especie de cita a ciegas en el Café Comercial con Mar Cabra, por entonces prometedora promesa del periodismo patrio. Ella tendría 28 años y había regresado de los Estados Unidos para impulsar el entonces desconocido 'data journalism', yo frisaba los 37 y acarreaba a mis espaldas la hercúlea tarea de demostrar a los viejos 'tycoons' de la prensa que, aunque no lo creyesen, había otra generación más joven, capaz de hacer un periodismo tan bueno o incluso mejor que el suyo. O por lo menos, distinto y quizás algo más higiénico.

Por eso de compartir una misma visión, Cabra me invitó a participar en los proyectos del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), del que ella formaba parte. Había sondeado a otros grandes grupos de comunicación, pero había chocado con la muralla de los intereses de sus accionistas. 'Offshore Leaks' fue el primero de nuestros proyectos conjuntos. Luego vendrían la lista Falciani y los papeles de Panamá, entre otros. Nos dieron el Premio Pulitzer 2017 por este último trabajo.

No hubo que pensarlo. No hubo un debate interno sobre las consecuencias de publicar proyectos de investigación como aquellos que implicaban a la estructura de poder. Con esa independencia de la que hacemos gala, rayana en una ingenuidad temeraria, como le gusta decir a Javier Caraballo, nos subimos al tren. ¿Es bueno para nuestros lectores? ¿Es bueno para afianzar los resortes democráticos de un país como España? Pues adelante.

¿Es bueno para nuestros lectores? ¿Es bueno para afianzar los resortes democráticos de un país como España? Pues adelante

Hemos lidiado con temas sensibles y presiones con la naturalidad de quien hace lo que tiene que hacer. Baste recordar la polémica salida a bolsa de Bankia; los asuntos concernientes a la Corona y, más concretamente, a don Juan Carlos; los contratos de Iberdrola con Villarejo, o la destitución del coronel Pérez de los Cobos por parte del ministro Marlaska, el mismo que ahora nos ha concedido la medalla al mérito civil, porque lo cortés no quita lo valiente y porque, por encima de lo coyuntural, está el 'fair play' democrático e institucional.

Pero nada comparable a los ataques 'ad hominem' recibidos por Unidas Podemos, formación que se encuentra en el Gobierno, y por el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, por publicar información concerniente a causas judiciales que les implican y con el objeto de acallar los medios que les son críticos.

El hecho de que el vicepresidente señale la prensa desde el hemiciclo como "brazos mediáticos del poder" y abogue por un control sobre la misma, como existe con los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, no solo es una anomalía democrática, como le gusta decir a Iglesias, sino que supone un grave riesgo para el país en este momento de excepcionalidad y gran polarización.

Que el vicepresidente tache a la prensa de "brazo mediático del poder" no solo es una anomalía democrática, sino que supone un grave riesgo

Las campañas de escarmiento de periodistas urdidas desde el poder han existido siempre, pero como recordaba Carlos Alsina en la entrega de premios de la APM, son legión los que ahora, "viéndonos con mascarilla, sueñan con taparnos a todos para siempre la boca".

Efectivamente, lo que debería ser ordinario, como el normal ejercicio de derechos fundamentales como la libertad de información, se ha convertido en algo extraordinario. El deterioro del Estado de derecho no solo resulta imparable, sino que viene espoleado por quienes tendrían que defenderlo.

Hoy más que nunca, los medios necesitan del apoyo de sus lectores para blindarse de las cada vez mayores injerencias políticas y económicas. Una prensa independiente, fuerte y responsable para la regeneración democrática del país. Si no publicamos, no existimos.

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