ASÍ FUNCIONAN LAS PRESTACIONES CONDICIONALES

“Si enseñas el escote, te quitamos el paro”: qué hacen en Holanda con los desempleados

En 2015 se implantó un sistema de prestaciones en el cual podían multarte si no ibas vestido correctamente. Una nueva investigación ha sacado a la luz su lado oscuro

Foto: Nada de enseñar piel, advierten algunas funcionarias. (iStock)
Nada de enseñar piel, advierten algunas funcionarias. (iStock)

Este programa es como tener un trabajo. No tienes por qué llevar traje, pero tampoco puedes venir con un chándal. Tenemos cazatalentos dando vueltas por aquí. Son gente que pueden ficharte y que nos dicen: 'No pienso hablar con nadie que tenga mala pinta'”.

Así describe uno de los funcionarios públicos de los Países Bajos cómo funciona el nuevo sistema de prestaciones que lleva en funcionamiento desde 2015. Conocido como 'Participatiwet' o Acta de Participación, garantiza un ingreso mínimo a todos aquellos que no dispongan de medios suficientes para mantenerse por sí mismos. Está sujeto, claro, a ciertos requisitos. Algunos obvios (tener más de 18 años, vivir en Países Bajos, no disponer de un patrimonio que exceda determinada cantidad…) y otros no tanto: según el programa, “si recibes ingresos por asistencia social, debes hacer todo lo posible para encontrar trabajo”. Para ello, cuentas con la ayuda de uno de estos funcionarios.

No tenían muy claro cómo había que vestir, pero sí lo que no era admisible: ni chanclas, ni ir enseñando el escote si eras una mujer, ni “oler a pobre”

Dentro de “hacer todo lo posible” se encuentra “tener buena pinta”, un asunto espinoso que ha sido investigado por la socióloga de la Universidad de Ámsterdam Marguerite van der Berg junto a Josien Arts en su último trabajo. “La nueva legislación en los Países Bajos ha llevado las prestaciones condicionadas a un nuevo nivel”, explica. “Ahora, las oficinas locales pueden sancionar a los receptores que 'impidan su empleabilidad' a causa de su apariencia”. La pregunta del millón para la investigadora es qué es lo que los seleccionadores de personal consideran exactamente “inapropiado”, puesto que no hay un criterio objetivo que decida qué se considera así y qué no. Así que se puso manos a la obra, preguntó a 18 funcionarios cuál era su criterio y acudió a unas cuantas oficinas a ver qué ocurría.

La respuesta fue clara: no tenían muy claro cuál era la apariencia de una persona empleable, pero desde luego, sabían qué apariencia no podía tener de ninguna forma una que no lo fuese, algo que podía resumirse en el Triángulo de las Bermudas (valga la redundancia) chanclas-escotes-oler mal. En otras palabras, lo “presentable” tiene mucho más que ver con la raza o el género de lo que los seleccionadores estarían dispuesto a admitir. Si el objetivo de este programa holandés es cuidar de la apariencia de los parados para que encuentren trabajo, y de lo contrario castigarlos, es muy probable que los castigos se repartan de forma desigual. Por si acaso, lleva una camisa. Y, a poder ser, no seas mujer. Ni hombre. ¿Es imposible ganar?

No, no y no

Empecemos por las chanclas. Particularmente, las de determinada marca, azules y blancas. “Ya sabes, cosas en plan tíos que vienen en chanclas de deporte Adidas”, lamenta uno de los entrevistadores que, como le hace notar la autora, lleva e. “Es que depende de la clase de chanclas. Yo ahora llevo sandalias, y supongo que algunos de mis compañeros no me darían el visto bueno, pero hay unas chanclas que son más como sandalias y visten más”. Después de las disculpas, vuelve a la carga: “Pero chanclas Adidas no. Son para la piscina, para casa o para la playa. Es obvio que hay un límite”. Una paradoja que desvela que lo que para unos es aceptable, para otros tal vez no.

Lo estás haciendo mal: nada de chanclas Adidas. (iStock)
Lo estás haciendo mal: nada de chanclas Adidas. (iStock)

El 'look' playero puede causar que a los hombres les quiten la prestación, pero las oficinas de empleo holandesas son como una iglesia, y las mujeres pueden perder su derecho a paro si enseñan demasiado. “A veces ves fotos en un currículum donde enseñan demasiado escote”, lamenta otra entrevistadora (mujer). “Cuando me reúno con ellas, intento que lo entiendan: ¿no ves la diferencia cuando pongo la mano sobre tu escote en la foto y cuando la quito? Así aprenden a causar buena impresión. Quizá no debería ser así, pero bueno, intento que las mujeres sean conscientes de que si vistes muy provocativamente, los hombres mirarán hacia otro sitio”. Un prejuicio propio proyectado en el género contrario.

El último bastión es el olor. Concretamente, tener pinta de oler mal, aunque un análisis olfativo objetivo no diese un resultado positivo. Es el “olor a la pobreza”, término utilizado por uno de estos seleccionadores, que caracteriza por lo general a “gente que vive sola y está soltera”. Suele tratarse de hombres de mediana edad, ya que como añade uno de los funcionarios, “las mujeres cuidan más de sí mismas, pero los solteros de mediana edad no tienen nadie que los cuide”. Mientras que las mujeres son juzgadas de forma moralista por enseñar de más, a los hombres se les patologiza.

El tío se presentó con un traje de tres piezas para quitar amianto. Así que pensaron '¿pero este de qué va?', y lo largaron

Un bonus que muestra cómo funciona la mente de estos seleccionadores: lo importante es tanto ir lo suficientemente bien vestido como no pasarse. “Sancioné a alguien el año pasado porque quería trabajar quitando amianto”, narra otro examinador. “Vale, bien. Un colega mío se encargaba de la selección y le había dicho a él y a otros que llevasen ropa decente pero cómoda. El tío se presentó con un traje de tres piezas. Así que pensaron '¿pero este de qué va?', y lo largaron”. Cuando la entrevistadora le pide más explicaciones, responde que “tienes que tener buena apariencia, pero no es un trabajo de oficina”. ¿Y si simplemente quería dar lo mejor de sí mismo? El seleccionador se sale por la tangente –“bueno, ahora no recuerdo por qué le sancioné de verdad”–, lo que muestra el gran peligro de estos procesos: su aleatoridad, la ausencia de un criterio claro entre lo que es “presentable” y lo que no, más allá de los prejuicios de los funcionarios.

El futuro que nos espera

Es común que los parados holandeses que reciben una prestación sean invitados a participar en talleres donde se les enseña a vestirse bien, impartidos por una organización local llamada Vestidos para el Éxito. La máxima es comportarse mientras buscan trabajo como lo harían si ya estuviesen en su puesto. Nada de gorras, abrigos en espacios cerrados, ropa de deporte, cascos para escuchar música o auriculares. La actitud es un tanto paternalista: en una ocasión, uno de los responsables del programa mandó a casa a uno de los parados para que se cambiase. No fuese a ser que se presente una empresa buscando gente, algo que ocurre con relativa frecuencia.

Nada de auriculares. (iStock)
Nada de auriculares. (iStock)

Hasta hace relativamente poco, la mayoría de las prestaciones de desempleo eran incondicionales o, al menos, resultaban bastante laxas a la hora de juzgar el comportamiento de los parados. Siempre y cuando no se incumpliesen reglas básicas (recibir ingresos por un trabajo no declarado, por ejemplo), era raro que se le despojase de su prestación. En el caso que nos ocupa, no solo se exige la búsqueda activa de empleo –algo cada vez más común–, sino también, qué comportamiento debe tener e incluso cuál debe ser su apariencia. Como si el 'habitus' del que habló Bourdieu pudiese ser impuesto de forma externa, de forma que el parado se comportase tal y como no solo las empresas, sino también los funcionarios públicos, quisieran.

Este nuevo enfoque en los sistemas de prestaciones tiene varias implicaciones. Por una parte, que en los mercados de trabajo postfordistas tanto los trabajadores como los parados deben realizar “una labor estética diaria”, que deben comportarse como si ya estuviesen trabajando. En definitiva, recuerdan los autores, “se espera que los receptores de esta paga proporcionen una muestra estética de sus ganas de trabajar y de su adaptabilidad”. Estas implican aspectos de la vida privada de los candidatos. Uno no puede aparentar ser un parado, sino un trabajador, solo que sin empleo. “El objetivo no es solo 'tener buena pinta' para los potenciales empleadores, sino también, como uno de los funcionarios decía, para ponerte en 'modo de trabajo'”, explican los autores. En estos programas de activación del empleo, se les adoctrina a los que buscan trabajo “para que movilicen aspectos de sí mismos que suelen ser considerados como privados: sus deseos, su naturaleza bondadosa o su personalidad dispuesta a tomar riesgos”.

Reuniones, voluntariado obligatorio, entrenamiento de trabajo… el desempleado raramente 'hace nada' cuando no tiene empleo

El ser humano se convierte en un trabajador permanente en la era del posfordismo. “Para la mayoría, el ejercicio, la ropa y el maquillaje son parte de su trabajo continuo para conseguir trabajo”, recuerdan Van den Berg y Arts. “Ese trabajo continuo también se exige a los que reciben prestaciones como parte de su forma de representar flexibilidad, empleabilidad y su deseo por un trabajo pagado”. Hay dos diferencias sustanciales a lo que ocurrió durante la era del fordismo: en primer lugar, el auge del sector servicios, donde la relación entre trabajador y cliente es directa y, por lo tanto, exige estar “presentable”; por otro, que las trayectorias laborales son mucho más precarias y discontinuas, lo que obliga constantemente al trabajador a mantener una apariencia de empleabilidad.

El desempleo, por lo tanto, se ha convertido en un trabajo más. “Reuniones, voluntariado obligatorio, entrenamiento de trabajo… el desempleado raramente 'hace nada' cuando no tiene empleo”, recuerdan los autores. De ahí que los Estados se vean de repente legitimados para evaluar si sus ciudadanos están haciendo (o no) lo suficiente para encontrar empleo, a través de unos requisitos (subjetivos) cuyo incumplimiento puede provocar que pierdan su medio de subsistencia. O, dicho de forma más llana, es probable que lo más importante para dejar de ser un parado sea no aparentar ser un parado. La adaptación pública del lema 'fake it till you make it' de la autoayuda que nos anima a comportarnos como ricos o personas felices si queremos ser ricos o felices.

Alma, Corazón, Vida

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