La agencia mantiene la fecha de 2030

El plan (secreto) con el que la NASA quiere llegar a Marte

La agencia no publicita la hoja de ruta para llegar al planeta rojo pero, poco a poco, comienza a dar indicios de la idea que tiene entre ceja y ceja para lograrlo en unos veinte años
Foto: La NASA prepara de manera constante (y algo silenciosa) la infraestructura para viajar a Marte. (NASA)
La NASA prepara de manera constante (y algo silenciosa) la infraestructura para viajar a Marte. (NASA)

Todo comenzará con un rover. A diferencia del programa Apolo, que llegó a la Luna a finales de los sesenta y principios de los setenta, la exploración de Marte no se producirá en diferentes lugares del planeta rojo sino que estará centrada en un mismo espacio, llamado zona de exploración. Esa región, que tendrá unos 200 kilómetros de diámetro, deberá reunir argumentos de interés científico pero también recursos que permitan fabricar el combustible que devuelva a los astronautas a casa. Y será un rover, similar a los que ya han recorrido el planeta con anterioridad, el encargado de certificar con anterioridad que esa zona de exploración reúne los elementos necesarios para sostener a un grupo de astronautas.

Muy a grandes rasgos, esa es la estrategia que la NASA prevé llevar a cabo in situ una vez que logre que un grupo de astronautas aterricen en el planeta rojo en algún momento de la decada de 2030 —si se cumplen las previsiones—. Pero tanto la ida como la vuelta y la estancia están llenas de interrogantes que, poco a poco, se están desvelando aunque no sea la misma NASA la que se encargue de publicitarlas a bombo y platillo.

Un 'rover' será el encargado de inspeccionar si la futura zona de exploración tiene interés científico y recursos

El cacareado Journey to Mars (Viaje a Marte), el nombre que la agencia estadounidense utiliza para referirse a su próximo gran programa espacial, está lleno de vaguedades e incertidumbres. Charlie Bolden, administrador de la agencia, ha asegurado en más de una ocasión que el trabajo es incesable y que se revelarán los pasos a dar cuando llegue el momento. Y reitera, una y otra vez, que nunca hemos estado más cerca de completar ese viaje.

Tres grandes pasos para emular a Armstrong

Algunos documentos, incluso de la misma NASA, comienzan a dibujar ese futuro que supondrá el siguiente gran paso de la Humanidad desde la llegada del Apolo 11 a la Luna en julio de 1969. Este documento de la agencia, en inglés, dibuja un escenario con tres etapas. Esos tres grandes pasos hasta el planeta vecino se conocen desde hace algo más de un año —la NASA los llama dependencia terrestre, campo de pruebas e independencia de la Tierra— y dibujan lo que serán las operaciones que la industria espacial estadounidense ejecutará en los años venideros.

El momento actual se enmarca en el primer apartado, el de la dependencia terrestre. Algunas de las tecnologías ya se han probado, o se están probando —el experimento de Scott Kelly y Mikhail Kornienko de permanecer un año en órbita, la impresión de elementos en 3D que se utilizan en la Estación Espacial Internacional— aunque sólo son el primer paso de un campo de trabajo arduo y extenso.

En la segunda etapa, que comenzará en 2018 con la Exploration Mission 1 (EM-1) que mandará una Orion no tripulada hasta la Luna, se pondrán a prueba diferentes tecnologías necesarias para ese viaje. Desde el SLS, el cohete que pondrá en órbita todos los elementos para la epopeya, hasta el llamado hábitat para el espacio profundo que servirá a los astronautas de habitáculo y que ofrecerá cobijo durante las misiones de larga duración en una órbita cercana a la Luna.

Ese habitáculo ha recibido un empujón del Congreso de Estados Unidos que ha incluido en el presupuesto para la NASA de 2016 una partida dedicada específicamente al desarrollo de esta tecnología que debería dar los primeros frutos "en 2018". Boeing, Lockheed Martin, Bigelow y Orbital ATK están entre las firmas que trabajan en dicho prototipo aunque será Bigelow la encargada de acoplar un módulo inflable en los primeros compases de este 2016 en la Estación Espacial Internacional y demostrar hasta qué punto ha hecho avances en la materia.

El primer módulo inflable de Bigelow llegará a la Estación Espacial Internacional en 2016. (Bigelow)
El primer módulo inflable de Bigelow llegará a la Estación Espacial Internacional en 2016. (Bigelow)

El paso final, uno que no se verá hasta bien entrada la próxima década, está centrado en la presencia de humanos en el espacio durante largos periodos de tiempo así como en el desarrollo de tecnologías que permitan crear recursos en suelo marciano.

Orion y SLS, la primera pieza del Mecano

La nave Orion, cuyo primer vuelo tuvo lugar en diciembre de 2014, es la primera ficha de un efecto dominó cuyo resultado final no se espera hasta dentro de unos diecisiete años, según las previsiones más optimistas. La nueva nave, similar en forma a la Apolo, puede albergar hasta seis astronautas y estará propulsada por el SLS, el vehículo que promete dejar en pañales al Saturno V cuando las versiones de mayor tonelaje rujan por primera vez.

El primer vuelo del SLS está previsto para 2018. (NASA)
El primer vuelo del SLS está previsto para 2018. (NASA)

El viaje a Marte va a contar con una gran diferencia respecto a las misiones a la Luna, donde un solo lanzamiento ponía en órbita todos los elementos necesarios para llevar a un par de astronautas hasta el suelo lunar y los traía de vuelta.

Para viajar hasta el planeta vecino será obligatoria una planificación de lanzamientos para colocar y unir en el espacio todas las piezas necesarias para hacer el viaje. En ese Mecano espacial, los astronautas serán la pieza definitiva que pise el acelerador rumbo al espacio exterior.

Esta información de la web NASA Spaceflight dibujaba un posible escenario en el que se tendrán que lanzar al año entre dos y tres SLS con los diferentes elementos para el viaje en un proceso que duraría entre dos y tres años para cada expedición. Esos elementos incluyen el combustible y los propulsores para las llamadas inyecciones transmarcianas o transterrestres, que no son otra cosa que los impulsos necesarios para realizar el viaje desde la órbita de un planeta hasta la del vecino. Otras dos estructuras (combustible más motor) serán necesarias para la llegada a cada destino ya que se encargarán de insertar a los astronautas en la órbita de cada planeta. De no hacerlo, pasarían de largo por Marte o la Tierra para vagar a la deriva por el espacio.

Aterrizar y despegar, una maniobra muy cara

Uno de los aspectos que todavía provoca debates es la arquitectura que se trasladará al planeta rojo para la maniobra definitiva: el descenso a la superficie y el posterior regreso al espacio para emprender el viaje a casa. Un artículo aparecido en Aviaton Week en septiembre detallaba un concepto que la NASA tiene entre manos para el vehículo de ascenso, una tecnología que todavía se tiene que desarrollar.

Ese vehículo de ascenso, así como el módulo en el que vivirán y trabajarán los astronautas, estará en Marte antes de que estos lleguen. El segundo será reutilizable, ya que su uso se alargará en el tiempo con las diferentes expediciones que pueblen el planeta, mientras que el primero sólo tendrá una vida útil.

Imagen conceptual de un Vehículo de Ascenso Marciano (MAV) junto al vehículo que los astronautas utilizarán para explorar la superficie marciana. (NASA)
Imagen conceptual de un Vehículo de Ascenso Marciano (MAV) junto al vehículo que los astronautas utilizarán para explorar la superficie marciana. (NASA)

Es en este punto donde se levantan voces que disienten de la estrategia de la NASA. Un texto firmado por John Strickland, de la Space Frontier Foundation y publicado en The Space Review, critica esa estrategia ya que asegura que el vehículo propuesto por la NASA está lastrado por la idea de reducir peso (y costes), lo que supondrá un riesgo extra para la tripulación y limitará los materiales que se traigan de vuelta. Uno de los ejemplos más llamativos del Vehículo de Ascenso Marciano (MAV en sus siglas en inglés) es la ausencia de una cámara estanca que actúe de barrera entre el interior de la nave y la inhóspita atmósfera marciana.

Strickland propone un cambio de concepto radical: que la NASA se apoye en la industria privada para reutilizar cohetes —SpaceX acaba de aterrizar la primera etapa de un Falcon 9—, lo que abaratará costes y permitirá poner mucho más material en órbita a la vez que se ahorra y se reinvierte el presupuesto en mejores tecnologías. Ese exceso de material se traduciría en un MAV reutilizable que incluso permitiría el descenso de futuras expediciones.

El reto más importante que tiene la NASA de cara a la exploración marciana a corto plazo se juega este año y en plena Tierra. Será en las elecciones presidenciales de noviembre en las que se decidirá el próximo presidente de Estados Unidos. Un cambio en la política espacial podría retrasar el plan de la agencia aunque ya hay organizaciones —The Planetary Society es un ejemplo— que trabajan para garantizar que se pueda viajar a Marte con el presupuesto actual de la agencia. Hasta entonces, todo lo que el ser humano tiene en la superficie del planeta rojo es un rover: el Curiosity.

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