TOMÁNDOSE LA JUSTICIA POR SU MANO

“Mi venganza contra la desigualdad es robar en las tiendas”: breve elogio del mangoneo

Una periodista americana ha avivado un debate tabú al confesar que ha robado habitualmente pequeños productos del súper. ¿Estás de acuerdo con sus justificaciones?

Foto: La guerra ha comenzado. (iStock)
La guerra ha comenzado. (iStock)

¿Por qué roba la gente? En la mayor parte de casos, probablemente por necesidad. Es posible, no obstante, que se haga por placer, o intentando saciar un acuciante y obsesivo impulso de apropiarse de la identidad ajena. También puede ser que el hurto se realice como una manera de rebelión –es el caso del adolescente que experimenta a través de los robos– o de protesta articulada contra el sistema establecido. Hay muchas formas y motivos por los que hacerse con la propiedad privada ajena.

En el caso de la periodista y poeta Amanda Montei, autora de 'Dinner Poems' o 'Two Memoirs. An Autobiography', se junta todo un poco. La autora acaba de confesar en una columna en 'Salon' por qué se acostumbró a llevarse ocasionalmente un aguacate o unos pañales del supermercado sin que nadie la viese.

El aguacate era mi venganza contra el consumismo y la estructura del dinero en un mundo que convierte la salud en una jerarquía

¿Por qué lo hacía? En principio, puede parecer que por necesidad. Montei explica que el primer hurto fue el de un aguacate cuando su hija tenía apenas un año, 2,50 dólares de ahorro en su carro de la compra. Por aquel entonces acababan de mudarse a California, su marido y ella estaban en paro, mientras buscaban nuevos trabajos como profesores. Sus ahorros se estaban esfumando. La autora afirma que no podía consentir que su hija se alimentase mal: “Ella comía como si nos lo pudiésemos permitir. Mi marido y yo sacrificábamos nuestra propia comida”, confiesa. “A menudo le gritaba por comer de más; necesitábamos ese dinero extra para ella, y no había espacio para los caprichos”.

Un día, no obstante, alimentar bien a su hija comenzó a convertirse en un lujo que no podían permitirse, y el sentimiento de culpa hizo acto de presencia. “El aguacate era mi venganza contra el consumismo y la estructura del dinero en general en un mundo que convierte la salud en una jerarquía”, explica. “Era mi pequeña victoria ante la máquina del acceso a la salud”.

La Gordillo de Los Ángeles

A su manera individual, el acto de Montei no se encontraba tan difícil de la célebre odisea de Sánchez Gordillo por los supermercados andaluces durante el verano de 2012. Como él mismo explicaba a El Confidencial, había una mezcla de necesidad y reivindicación en sus actos. “Algunos se rasgaron las vestiduras, pero no se trataba de invadir supermercados: había un problema de hambre física en muchos sitios y barrios de ciudades y pueblos. Hicimos ese gesto simbólico”.

Si siempre comprábamos en el mismo sitio, ¿no estábamos tomándonos una recompensa a nuestra lealtad como clientes?

El comportamiento de Montei también tenía mucho de simbólico, ya que en realidad era poco el dinero que conseguía ahorrarse. Llegó a un pacto con su marido según el cual cada vez que comprasen en su establecimiento habitual se iban a llevar un aguacate. Aquí aparece la primera justificación: “Si siempre comprábamos en el mismo establecimiento, ¿no estábamos simplemente tomándonos una recompensa a nuestra lealtad como clientes?”. Sin embargo, los robos a veces iban un poco más allá, como el paquete de pañales de 40 dólares con el que la periodista se escurrió por la caja un día.

Uno de los argumentos que ofrece es la brutal asimetría entre cadenas de supermercados y clientes: al fin y al cabo, nunca notarán la diferencia. “Cuando pienso en la clase de dolor y ansiedad que comprar me causa a diario y el tiempo que desperdiciamos en decisiones económicas triviales e insignificantes, que solo han ido a más desde que fui madre, no puedo evitar compararlo con la facilidad con la que empresas tan grandes desprecian las pérdidas menores”, señala. En definitiva, se siente legitimada por el pequeño daño que hace, en relación con el gran beneficio que obtiene.

El club de los amigos de lo ajeno. (iStock)
El club de los amigos de lo ajeno. (iStock)

“Robar es también una manera de reescribir o escapar de esas leyes que crean un sentido de normalidad en la sociedad”, añade. No solo ella se beneficia, sino que también se venga de una sociedad que permite que “solo unos pocos niños tengan acceso a las comidas más saludables, que paga mal y desprecia el trabajo de ciertas personas, y que considera que la competición y la desigualdad económica vienen dados”. Quizá la pregunta pertinente sea, no obstante, preguntarse si no hay otros sectores de la sociedad mucho menos privilegiados que ellos (que, al fin y al cabo, gozaban de educación superior; la autora, en concreto, se estaba doctorando).

Es más, los robos se siguieron produciendo una vez su marido obtuvo trabajo, y mientras ella compaginaba un empleo a media jornada con la conclusión de su tesis doctoral, una decisión que considera que “no promete demasiado en términos de oportunidades laborales y seguridad”. En caso de que la pillasen, Montei sabía qué excusa ofrecería: su hija. “Me he ganado este derecho. Estuve pariendo durante 46 horas. No siento culpa. Es verdad”. Un razonamiento, cuando menos, discutible.

¿Es un crimen si siento que lo merezco tras una vida de problemas financieros y mi compromiso con la educación pública?

Al final de su columna, la autora se hace una última pregunta: “Si no me preocupan mis pequeñas adquisiciones gratuitas, si siento que las merezco de verdad a causa de mi vida de problemas financieros, que en sí misma es un resultado de mi compromiso con la educación como servicio público y la persecución de diferentes hilos de verdad a través de la escritura, ¿es un crimen?”, interroga al lector. “Si te dijese que son pequeños actos de amor hacia mi hija, ¿me dirías que está bien?”.

Al feminismo a través del hurto

Montei concluye preguntándose acerca de la naturaleza de sus hurtos, y si de verdad tiene algo que ver con la cleptomanía tal y como la definieron Sigmund Freud y su pupilo Wilhelm Stekel. A diferencia de un hurto normal, lo que define a este comportamiento es “la necesidad apabullante de apropiarte de algo que no es necesario para tu vida”. Como ocurre con gran parte del psicoanálisis, estaba relacionado de manera estrecha con las teorías sobre la histeria femenina.

Freud, feliz de ser fotografiado.
Freud, feliz de ser fotografiado.

La periodista recuerda que Stekel consideraba la cleptomanía como “una forma de satisfacción sexual para aquellas mujeres que de otra manera se sentirían reprimidas”. En sus obras aparecen diferentes figuras femeninas, como una mujer soltera de 26 años que roba lápices, una rica que se lleva toallas de una casa de baños u otra paciente que sintió la necesidad de hacerse con una bufanda justo después de que su marido quemase el vestido de su hija con un puro. “Desde una perspectiva psicoanalítica, las incursiones de estas mujeres en el robo son intentos de obtener satisfacción sexual”.

La autora propone reescribir la historia y recuerda que “la cleptomanía nos recuerda que a menudo damos más importancia a la propiedad que al bienestar mental y emocional de una mujer”. Como ocurre a menudo en el psicoanálisis, añade Montei, las mujeres son incomprendidas, y se considera que todo aquello relacionado con su excitación sexual está relacionado de manera íntima con la transgresión de la ley social. Frente a ello, la autora se imagina un paseo por el supermercado con las antiguas pacientes de Stekel, riéndose y obteniendo pequeños botines como una manera de sentirse más libres.

Alma, Corazón, Vida

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