El 'Robin Hood de Gerona': la historia del ladrón de ricos que acabó siendo indultado
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UN BANDOLERO AVANT LA LETTRE

El 'Robin Hood de Gerona': la historia del ladrón de ricos que acabó siendo indultado

Un día declaró que iba a atracar a un prestamista en Vic, pero en ese momento estaba aligerando una sustanciosa cantidad al obispo de la diócesis. Fue el principio del fin

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Roque Guinart, Perot lo Lladre, Pere Rocarguirnarda, tres nombres para un mismo mito.

"Veamos si te quedas con el rebaño o te unes a la jauría"

(Escuchado en 'House of Cards').

Si bien es cierto que el angelito era un pieza al que la justicia seguía de cerca los pasos, nunca atentó contra los pobres, sino al revés, los ayudaba en cuanto la ocasión lo permitía. Pero la situación era otra y tenía en jaque a cientos de perseguidores uniformados, ávidos de echarle el guante y que no reparaban en estas debilidades humanas.

Los bosques pre pirenaicos de Gerona, frondosos y misteriosos, eran su guarida; la de él y la de su partida. Una partida compuesta por una veintena de incondicionales que le adoraban, le veneraban y hacían piña sin reservas. Era un buen hombre, no era un político...

Una de las tácticas de Pere Rocaguirnarda -así se llamaba este elemento-, era la de dar "falsos positivos"; esto es, engañar a sus perseguidores con señuelos y simulacros de asaltos allá donde jamás ocurrirían y así despistar a las fuerzas de orden público de la época con sonadas engañiflas.

Mientras los funcionarios se esmeraban en arrancarse los pelos de la testa, el bandido había descargado las alforjas de las autoridades del pueblo de al lado

En una ocasión declaró que iba a atracar a un prestamista en Vic tal día y a tal hora. Contrató a una mesnada de incautos que a caballo, entraron por la puerta sur de la ciudad y que obviamente fueron detenidos. En ese momento estaba aligerando una sustanciosa cantidad al obispo de la diócesis al que dejó desnudo literalemente con el consiguiente cabreo del purpurado. Y así, una y otra. Las huestes del rey no daban abasto y su desprestigio aumentaba día a día .

No es que nuestro amigo Pere (en la Cataluña del Siglo de Oro llamado Perot lo Lladre), hubiera inventado el tornillo, pero su humanidad era muy creativa. En una ocasión en el Ampurdán, metió dentro de una casa en un aislado pueblo de montaña a una docena de espantapájaros a la luz de la lumbre. El efecto óptico daba a entender que los bandidos estaban allá de cháchara preparando una gorda, y sí, en efecto así era. Mientras los probos funcionarios se esmeraban en arrancarse los pelos de la testa por enésima vez, nuestro bandido practicaba en su particular laboratorio mental un tratado de gravedad inversa; había descargado las alforjas y calcetines de todas las autoridades del pueblo de al lado. Lo dicho, un perillán de tomo y lomo.

Pero lo que no podía la tropilla policial del rey, pudo la expeditiva vehemencia del clérigo ofendido al que había dejado en bolas.

Nuestro Robin Hood, contra la Iglesia

La excomunión de nuestro bien amado bandido llegó en 1610 por decreto del ofendido jerarca de Vic, que caló profundamente en este creyente convencido que iba con su rosario de semillas a todos los lados y con la asistencia imprescindible por si acaso de dos pistolas y dos arcabuces en la cincha y el cinturón. Potencia de fuego y artillería no le faltaban. La depresión que cogió fue de tal magnitud que pidió el indulto real a cambio de dejar de afanar a la gente de "bien".

Pero el indulto no llegaba y la opinión pública -la de la gente pobre, claro-, era muy proclive a ayudar a este zascandil, y eso mermaba la credibilidad cada día mas erosionada de los representantes de la ley; había que hacer algo a la voz de ya. No podía ser que un bandido estuviera enmendando a la justicia y resolviendo casos que por influencias o desidia quedaban apergaminados en los cajones de quienes debían de darles solución, pues el reseñado Pere también impartía justicia por su cuenta, y la verdad es que falta hacía pues estaba bastante anquilosada.

Pero la persecución arreció. El Consell de Aragó había enviado a la Corona un informe contundente sobre los estragos de este granuja en las comarcas sitas entre Barcelona y Gerona. El iracundo preboste de Vic también aportaba su granito de arena con una buena bolsa y las autoridades empezaron a financiar delatores. Algunos compañeros de Pere Rocarguinarda caerían y serían ejecutados expeditivamente. El cerco se estrechaba pero el apoyo de la gente llana era inmenso.

Pero era un bandolero romántico, un desheredado que tenía ese punto de humanidad con el que se puede ser indulgente.

En el siglo XVI, la llamada delincuencia menor era una plaga y las penas, severísimas

La vida campesina por entonces era -como hoy- durísima, y mucha gente se echaba al monte ante la idea de vivir menos, pero con un sentido ante el veredicto abrumador de una realidad terrible y sin consuelo.

En el siglo XVI, la llamada delincuencia menor era una plaga y las penas, severísimas. Se ponía a remar en galeras a la gente por menos de nada. Parecía que el destino le había arrimado indefectiblemente al caldalso tarde o temprano, pero para sorpresa del respetable, Pere Rocaguirnarda sería indultado finalmente a cambio de un trato. Sería exiliado con grado de capitán para servir en Nápoles. Como era un líder nato, el tema iría sobre ruedas.

Este peculiar bandido, honorable y bondadoso, encarnación de los caprichosos caminos de la miseria y el infortunio, sería ensalzado por Don Miguel de Cervantes y Saavedra, que en su segundo libro de El Quijote, acompañaría como Roque Guinart a la pareja más famosa de la literatura española y probablemente mundial, en su camino hacia Barcelona.

Roque Guinart, Perot lo Lladre, Pere Rocarguirnarda, tres nombres para un mismo mito; la historia es de suponer que también lo habrá indultado.

Señor con maletín

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