RADIOGRAFÍA DEL DOLOR COMUNITARIO

El fin de la era más feliz del ser humano: lo que significan de verdad las muertes de 2016

¿Lágrimas de cocodrilo colectivas o sentido reconocimiento del fin de una época? Entender el luto como un síntoma nos ayuda a entender un poco mejor nuestro momento histórico

Foto: David Bowie, Carrie Fisher y Prince fallecieron en el año 2016. (Reuters)
David Bowie, Carrie Fisher y Prince fallecieron en el año 2016. (Reuters)

Se convirtió en un comentario recurrente más o menos hacia noviembre, cuando se anunció la muerte de Leonard Cohen apenas un par de días después de la victoria electoral de Donald Trump: 2016 ha sido un año despiadado para las celebridades. Un recuento rápido y, advertimos, muy selectivo (que cada cual escoja los suyos): David Bowie, Prince, George Michael, Abbas Kiarostami, Alan Rickman, Carrie Fisher y, por último, Debbie Reynolds.

A la 'BBC' le ha poseído el espíritu del carnicero –es decir, medir las muertes al peso– y ha llegado a publicar un artículo en el que intenta responder a la pregunta de si de verdad han muerto más “famosos” este año (la respuesta, por cierto, es afirmativa), pero probablemente se equivoque en su enfoque. La verdadera cuestión no es cuánto, sino quién y por qué nos ha afectado tanto. ¿Lloramos por una persona, por nosotros mismos, o por algo más?

Es un reproche habitual: la gente llora porque consume nostalgia, es sentimental, débil, irracional o ha sido absorbida por la cultura de consumo

Probablemente, un poco de todo. Tan habitual como la actitud de duelo es el desprecio a aquellos que lamentan la muerte de una celebridad en redes sociales (la argumentación la conocemos todos: hay muchas otras personas que sufren y por las que no sentimos lo más mínimo; aparecen fans de la noche a la mañana; es una maniobra para conseguir retuits; bla bla bla). Es la crítica al “dolor performativo”, como suele llamarse, un dolor que se realiza expresándose. En un tuit, Santiago Gerchunoff calificaba de “fiesta del amor a las propias experiencias culturales” a la tristeza (y excitación conmemorativa) causada por estas muertes. Es un reproche: la gente llora porque consume nostalgia, es sentimental, débil, irracional y sus sentimientos han sido absorbidos por la cultura de consumo.

Los fans dejaron flores, velas y otros recordatorios en la puerta de la casa de George Michael. (Reuters/Neil Hall)
Los fans dejaron flores, velas y otros recordatorios en la puerta de la casa de George Michael. (Reuters/Neil Hall)

Puede ser cierto, pero también lo es que, como señala Laurie Penny en 'New Statesman' dando en el clavo, este año ha sido un poco diferente. “Mientras la familia llora al hombre, el resto de nosotros llora una idea”, explica. “Nos lloramos a nosotros mismos cuando éramos más jóvenes, individualmente y como sociedad”. Es evidente: muchos de los decesos de este año –Bowie, Michael, Fisher– forman parte de la cultura popular global y de masas y, por extensión, de una experiencia compartida a través de canciones, películas y productos de 'merchandising'. Pero, más allá de eso, hay un matiz histórico y social. Como añade Penny, “estamos llorando una época que se ha acabado, y pensando en cómo podemos estar a la altura de sus ideales y enmendar sus errores”.

El malestar en la cultura

Esta larga lista de muertes ha coincidido con un año terrorífico en lo geopolítico, entre atentados terroristas, el auge de movimientos de ultraderecha y una creciente incertidumbre. Ya no sabemos nada con certeza. Bueno, tal vez sí algo: la cosa puede ir a peor, y probablemente lo hará. Por el contrario, la mayor parte de los finados vivieron y participaron activamente en la gran época de expansión del siglo XX, tanto cultural como económica. La era de desarrollo del Estado de bienestar, de la paz en Occidente y de los avances sociales –también del consumo y del ocio– que abarca, de manera laxa, entre los años cincuenta y los ochenta.

¿Cuántas adolescentes con problemas de depresión o bipolaridad se sintieron aliviadas al saber que a “la Princesa Leia” le pasaba lo mismo?

David Bowie redefinió los roles de género; Muhammad Ali dio visibilidad a la comunidad musulmana y luchó por los derechos de los afroamericanos; Carrie Fisher contribuyó a que la población entendiese mejor las enfermedades mentales y la adicción dejase de ser un tema tabú. ¿Cuántos jóvenes homosexuales se sintieron un poco mejor sabiendo que Bowie tenía éxito en un mundo homófobo? ¿Cuántas adolescentes con problemas de depresión o bipolaridad se sintieron aliviadas al saber que la Princesa Leia también tenía problemas como ellas? ¿O mujeres de todas las edades que asentían cuando Fisher se reía de las exigencias de belleza de la industria? ¿No nos ha ayudado la muerte de Prince a entender un poco mejor las adicciones a los tranquilizantes?

Eran modelos a seguir que cambiaron para siempre la idea que tenemos de los modelos a seguir. No tenían una moral intachable según el canon tradicional: algunos sufrieron adicciones, otros probablemente eran egoístas, injustos con las personas que les rodeaban o infieles a sus parejas y, si los hubiésemos conocido en persona, quizá no guardaríamos un buen recuerdo de ellos. También es posible que esos defectos personales sean sus virtudes simbólicas. Con sus defectos, enseñaron a generaciones a ser un poco más libres, a experimentar (aunque pudiesen equivocarse), a aprovechar las oportunidades que presentaba la vida. Como explica Penny, eran iconoclastas, “celebridades polémicas”. Individualistas heterodoxos antes del individualismo neoliberal.

John Glenn, antes de embarcarse en el Mercury Atlas 6 en 1962. (Nasa/Reuters)
John Glenn, antes de embarcarse en el Mercury Atlas 6 en 1962. (Nasa/Reuters)

No es casualidad que muchos de estos decesos tuviesen que ver, de hecho, con el espacio, la metáfora perfecta del idealismo de los años 60 que culminó con la llegada del hombre a la Luna. John Glenn, el primer astronauta de EEUU en orbitar el astro, también murió este año. David Bowie compuso 'Starman', 'Space Oddity' o 'Blackstar' y su obra estaba profundamente influida por la ciencia-ficción. Carrie Fisher protagonizó la 'space-opera' que convirtió la ficción científica en un espectáculo de masas. Eran símbolos de la época que miraba a las estrellas. Hay que entender esto tanto de forma literal como si fuese una metáfora: mirar a las estrellas quería decir que el futuro iba a ser mucho mejor que el presente.

La vida que nos espera: austeridad y conservadurismo

Bowie, Fisher, Cohen, Ali o, en nuestro país, El Hortelano, reflejaban la era de la consolidación del Estado de bienestar, en la que el crecimiento económico permitía soñar con un futuro de avances sociales y tecnológicos. El cielo era el límite, aunque algunos ardiesen como Ícaro al acercarse al sol. Por el contrario, vivimos en una era en la que “postverdad” es la palabra del año. Una época marcada por el miedo, la austeridad, la paranoia, el odio y el conservadurismo ideológico, en la que nuestro deseo para el año 2017 es quedarnos como estamos.

Cada muerte nos recuerda, una vez más, que en la historia del ser humano los buenos tiempos son la excepción, y no la norma

Una era en la que se nos ha enseñado a aceptar sueldos bajos y malas condiciones laborales porque “hace mucho frío ahí fuera”. En la que se nos anima a elegir una carrera “con salidas”. En la que se nos sugiere que el idealismo es una debilidad del carácter. En la que los nuevos gurús son inversores de bolsa. En la que la utilidad de las cosas se valora en función del rédito inmediato que se puede obtener de ellas. Como explicaba David Graeber, las visiones del futuro en las que los coches volarían han dado lugar a una realidad en la que priman el control y la cuantificación. Desde las “tecnologías poéticas”, como las llama, hasta las “tecnologías burocráticas”.

“Es más que una coincidencia que todas estas muertes estén ocurriendo en el momento histórico en el que la cultura que creó a estos individuos está siendo destruida”, señala Penny. La autora anima a los lectores a que lloren todo lo que quieran, o que hagan gifs y memes ñoños de sus ídolos caídos, porque además de ser humanos, son legítimos signos culturales de que una era se ha acabado. Una época “más libre en la que la gente rara, mariquita y pobre podía realizar manifestaciones artísticas que emocionasen al mundo. Una época de exceso, aventura y experimentación”.

El hombre del año. (Reuters)
El hombre del año. (Reuters)

Por supuesto, el luto por las celebridades es una manifestación cultural que apenas tiene parangón en la historia humana (aunque no está de más recordar que el funeral de Victor Hugo congregó a unas 40.000 personas en las calles de París), propio de la era global y de la cultura de masas. El dolor es siempre un síntoma. En este caso, del desamparo que nos causa que personas que nunca conocimos desaparezcan, “en el momento en el que más los necesitábamos”; y, con ellas, el que quizá haya sido el momento de mayor optimismo de la Historia Moderna. Cada muerte nos recuerda, una vez más, que en la historia del ser humano los buenos tiempos son la excepción, y no la norma.

Alma, Corazón, Vida

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