La austeridad interior: valores útiles e inútiles de la clase media empobrecida

La proporción de personas que se encuentran por debajo del nivel de la pobreza en España ha pasado del 18% en 1996 al 21,8% en 2011, siendo comunidades autónomas

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    La proporción de personas que se encuentran por debajo del nivel de la pobreza en España ha pasado del 18% en 1996 al 21,8% en 2011, siendo comunidades autónomas como Canarias (33,8%), Extremadura (31,9%), Castilla-La Mancha y Andalucía (31,7%) las que presentan tasas más preocupantes.  Asimismo, el ingreso medio por hogar ha descendido desde los 26500 euros de 2008 hasta los 24609 de 2011. En un contexto de inflación moderada, este descenso supone una sustancial pérdida del 7% de poder adquisitivo, señalan José Félix Tezanos, Eva Sotomayor, Rosario Sánchez Morales y Verónica Díaz, autores de En los bordes de la pobreza. Las familias vulnerables en tiempos de crisis (Ed. Biblioteca Nueva), un estudio realizado a partir de una muestra de familias españolas cuyos ingresos están situados entre el 60 y el 80% de la mediana de ingresos nacionales por hogar (empleándose la escala de la OCDE para el cálculo del nivel de vida de los hogares). En definitiva, son familias situadas en los tramos inmediatamente superiores al nivel de pobreza, establecido en el 60% de la mediana.

    Las entrevistas para el estudio se realizaron en junio de 2011, con una segunda tanda que se llevó a cabo en diciembre del mismo año, es decir, cuando la crisis ya estaba en su pleno apogeo pero todavía no había llegado lo peor. El impacto económico y laboral de la recesión ha provocado un evidente descenso en el nivel de vida de estas familias, que hasta entonces tenían los gastos esenciales cubiertos, se iban de vacaciones al menos una vez al año y tenían la sensación continuada de que el futuro les iba a ser propicio.

    Las medidas de ahorro han sido cada vez más restrictivasDesde que la crisis estalló, han vivido un claro retroceso en sus recursos que han tratado de combatir mediante diversas estrategias de ajuste, que van desde la reducción de gastos en ocio hasta los recortes en gastos fijos como  luz, gas, agua y comida. También descendió radicalmente el consumo en calzado y ropa (dejando de adquirir primeras marchas, sustituyéndolas por prendas más baratas) y disminuyó el gasto en alimentación.

    En la segunda tanda de entrevistas, que se llevó a cabo sólo seis meses después, los cambios eran muy significativos, ya que, ante la complicada situación, habían debido tomar medidas aún más restrictivas, como eran no utilizar la calefacción (o encenderla sólo en una habitación) o comprar menos comida. En algunas familias se han tomado medidas adicionales como utilizar lo menos posible el automóvil (y más el transporte público) suspender el seguro del coche varios meses al año o ponerlo directamente en venta, comprar tabaco más barato o dejar de fumar, gastar únicamente en lo más básico, no viajar, utilizar el teléfono lo menos posible o dejar de comprar ropa y calzado.

    La vergüenza y el orgullo

    Lo paradójico es que esa preocupación por el descenso en las condiciones de vida, que en un primer instante hace que se multipliquen los esfuerzos por encontrar empleo (o por tener un segundo trabajo) y que aumente la confianza en la formación como vía de salida, seis meses después ya no estaba operativa. El desánimo había aumentado, y con él había aparecido una creciente negación de lo que les está ocurriendo.

    La creencia de la clase media de que recibir ayuda es un deshonor está todavía vigente Muchas de esas familias, señala el estudio, no habían tomado conciencia plena de su desclasamiento, del nuevo lugar que ocupan y de lo que ahora les es preciso para salir adelante. Por el contrario, solía producirse un fenómeno peculiar, como era el intento de distanciarse, especialmente en el plano simbólico, de los sectores más precarios de la sociedad. Entre las consecuencias de esa actitud está el rechazo de diferentes ayudas sociales que podrían corresponderles por sus ingresos,  pero que identifican como destinadas a gente que está por debajo de ellos, como asegura el estudio. Hay un sentimiento de vergüenza circulante que les lleva a entender que las ayudas no les corresponden, sino que son para gente más necesitada.

    Y este es un fenómeno común en la historia reciente. Durante la Gran Depresión, mucha gente se negaba a solicitar ayuda, por desesperada que fuese su situación, simplemente por vergüenza o por sentido del orgullo. Esa creencia propia de la clase media de que tiene que valerse por sí misma y que recibir ayuda es un deshonor, está todavía vigente hoy en la mente de esa clase media que está cayendo por la pendiente de la escala social. Desprenderse de los valores de toda la vida es muy difícil., pero en algunos casos quizá sea necesario…

    Alma, Corazón, Vida
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