Diario de un 'rider' nocturno en Madrid: mis dos meses trabajando para Glovo y UberEats
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EN PRIMERA PERSONA

Diario de un 'rider' nocturno en Madrid: mis dos meses trabajando para Glovo y UberEats

El autor de este reportaje se enroló como 'rider' a partir de un grupo de WhatsApp donde se subcontratan cuentas, una puerta al empleo en Madrid para nuevos inmigrantes sin papeles

Foto: La llamada 'ley rider' entró en vigor el pasado 12 de agosto. ( EFE/Juan Carlos Hidalgo)
La llamada 'ley rider' entró en vigor el pasado 12 de agosto. ( EFE/Juan Carlos Hidalgo)

El catálogo de trabajos en negro no es muy amplio en Madrid. Buena parte de los emigrantes recién llegados empiezan o terminan siendo 'riders'. Me había resistido a entrar en ese mundo por sus absorbentes horarios, pero no me quedó otra. Trabajar en la construcción ya era tedioso. En lo último que hice, como ayudante de pintura, acumulaba tanto polvo encima que pasaba hasta una hora en el baño para ser persona nuevamente.

Así, el domingo 5 de septiembre comencé a trabajar con una cuenta de Uber. La dueña era una chica venezolana que me ofrecía todo su salario más las propinas. Ella solo quería que le mantuviera el contrato indefinido. No lo pensé dos veces, tendría dos días de descanso a la semana y una norma bastante asequible que cumplir.

Foto: Imagen de un repartidor de Glovo. (EFE)

La cuenta pertenecía a la empresa de logística y mensajería Closer, una de las tantas que crearon flotas de 'riders' contratados con Uber. El Real Decreto-ley 9/2021, más conocido como 'ley rider' y que entró en vigor en agosto, condicionó el reajuste de la relación entre los repartidores y las compañías que explotan sus servicios. La evasión de impuestos y la falta de transparencia provocaron el nacimiento de esta ley. El mundo 'rider' en España debía empezar a cambiar y yo sería parte de ese cambio.

Sin embargo, nadie debe trabajar a nombre de otra persona. Uber ha intentado evitarlo, por eso la aplicación del gigante transportista exige cada cierto tiempo una fotografía del titular de la cuenta antes de conectarse. Al principio, iba todas las mañanas a casa de esta chica, en La Latina, pero luego descubrimos un truco para sortear el control. Ella se echaba la foto, pero no llegaba a conectarse. Simultáneamente, yo le daba al botón varias veces hasta que iniciara sesión. Esa brecha de seguridad permitía que suplantara su identidad y me convirtiera en empleado de Uber.

Uber pedía una foto del titular de la cuenta, pero encontramos la forma de sortearlo

Trabajé durante un mes dando pedales en una bicicleta que compré en Wallapop. Fui a entregar pedidos a residencias de embajadores del barrio de Salamanca, a personas drogadas, a otros que me recibían en ropa interior, llevé medicamentos a ancianos, hice la compra a clientes con movilidad reducida, vi cómo los restaurantes desechaban la comida mientras los indigentes se agrupaban en su puerta, me enamoré de la logística de los McDonald's tanto como aborrecí sus productos, fui multado por la policía cerca del Bernabéu, estuve a punto de ser atropellado cuatro veces, fui atosigado por taxis, autobuses y motoristas con prisa, me caí de la bici en tres ocasiones y me dañé la mano en una.

Perdí la noción del tiempo. Empecé a dormir de día y a trabajar de noche. Los fines de semana, cuando repartía hasta las siete de la mañana, veía cerrar y abrir el metro de Madrid. Apenas estaba con mi pareja, teníamos los horarios cruzados. Los días de descanso los pasaba durmiendo y en cierto punto me cuestioné hasta dónde llegaría mi ductilidad. ¿Hasta dónde podría dar pedales a esa velocidad?

placeholder Las empresas de reparto a domicilio se han tenido que adaptar a la 'ley rider', pero aún hay recovecos. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
Las empresas de reparto a domicilio se han tenido que adaptar a la 'ley rider', pero aún hay recovecos. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)

Cuando trabajaba en la construcción y estaba en ambientes muy hostiles o hacía cosas que superaban o tensaban mis capacidades físicas, solía pensar en mi verdadera profesión: el periodismo. Repasaba los cinco años en la universidad, el sacrificio de mis padres, los planes pospuestos… De 'rider', ya no suelo hacerlo tan a menudo. Me sigo sintiendo periodista y lucharé hasta poder ejercer de ello, pero las avenidas castizas son demasiado ajetreadas. Uno no puede andar por las nubes montado en bicicleta, le puede ir la vida en ello.

A partir de la una de la mañana, la temperatura suele bajar abruptamente. Por desgracia, debo renunciar a llevar abrigo porque al pedalear me caliento y tendría que quitarme ropa constantemente. Los nudillos de las manos se me empezaron a cuartear hace poco. Los colegas se reían mientras uno me dijo con voz burlonamente experimentada: "Ponte guantes 'cubita', el frío no cree en tus manos de periodista".

La cuenta de Uber estuvo activa hasta el 6 de octubre, cuando aparentemente fue cerrada. Ese mismo día era la fecha que la chica puso como tope para pagarme. Pasó el día 7, el 8, el 9 y hasta hoy no he recibido mi dinero. Me debe 1.035 euros. Nunca ha dejado de escribirme, pero ahora mismo dice que está en Venezuela. Puedo denunciarla y probar que trabajé para ella, pero en su empresa no pueden hacer nada por mí, ellos pagaron a quien debían. En la Dirección General de Trabajo de la Comunidad de Madrid me llamaron 'falso autónomo', que era uno de tantos y que los procesos de reclamación tardaban meses.

"Actualmente sigo de 'rider', pero ahora con Glovo. Le alquilé la cuenta a un peruano"

Mi esperanza de cobrar es cada día más tenue, inversamente proporcional a mi necesidad de cobrar. Tuve que endeudarme para cubrir los gastos básicos y la precariedad llegó para quedarse en cuanta acción desarrollo.

Actualmente sigo de 'rider', pero ahora con Glovo. Le alquilé la cuenta a un peruano. Tengo que pagarle el 25% de todo el dinero que genere, incluso de las propinas. Para cobrar 50 euros diarios, a veces tengo que trabajar hasta 10 horas. Hace pocos días, Óscar Pierre, consejero delegado y cofundador de Glovo, dijo que los ingresos de la empresa se dedican a su expansión global. Llegó a comparar su estatus con los inicios de Amazon en los noventa. Si nosotros, que somos el último —pero a la vez el más importante— eslabón de los planes de Pierre, pudiéramos soñar como él, Glovo sin duda flotaría más alto.

La bicoca de Halloween

Este fin de semana fue movidito para los 'riders' en Madrid. Cuando llueve, se reduce el número de personas que asisten a los restaurantes y se disparan los pedidos a domicilio. Halloween y el festival de luces que iluminó el centro de la ciudad durante varios días supusieron unas jornadas en las que casi no paramos de trabajar.

Al haber tanta demanda, todos subimos nuestras ganancias. Es una opción que trae la 'app' de repartidores de Glovo para elevar el pago de nuestro trabajo de una a 1,3 veces. La empresa también subió sus tarifas de base y el pedido que usualmente se pagaba a dos euros llegaba a generar hasta 4,5 bajo estas condiciones especiales.

En Decathlon, desde el primer chubasco se agotaron las piezas impermeables más asequibles. Como no tenía pantalón, de la cintura hacia abajo siempre estaba mojado. Mis colegas me miraban raro y yo retaba a mi cuerpo al pasar varias horas bajo esas condiciones. Cuando entregaba los pedidos, los clientes se quedaban perplejos. Alguno, en la calle Fuencarral, incluso llegó a ofrecerme toallas, otros me daban propina, los menos no daban ni las gracias y hubo quien preguntó asombrado si llovía.

placeholder La 'ley rider' provocó la salida de España de Deliveroo. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
La 'ley rider' provocó la salida de España de Deliveroo. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)

Antes de que cayera la primera gota, decidí buscar una opción más cómoda en el mundo 'rider'. Uber se pintaba como lo mejor y encontré el contacto del socio de una de las flotas, la mal llamada Justo a Tiempo. Al principio pensé que se trataba de un 'rider' normal, pero cuando Fernando me recibió en su casa de Cuatro Caminos se presentó como miembro de la junta directiva. Podía alquilarme la cuenta de una mujer que vivía con él y tenía dos niños pequeños.

La señorita y el directivo de Justo a Tiempo me cobrarían 400 euros de los 1.100 que garantiza la nómina si se cumple la norma mensual de 416 pedidos. Es decir, ganaría 700 euros al mes por trabajar mínimo ocho horas diarias durante 26 días, porque solo daban un día de descanso a la semana. Como ya tenía una amarga experiencia, le pregunté qué garantías tendría de cobrar y respondió que su palabra de "jefe responsable". Mientras hablábamos, estaba sentado frente a un portátil que miraba con frecuencia. Según él, monitoreaba los resultados de la compañía en tiempo real y todo se hacía con transparencia.

No en vano Justo a Tiempo es una de las pocas flotas de Uber que todavía buscan repartidores. Hace poco, los ya empleados solicitaron una reunión por el tema de las propinas. Resulta que la empresa solo paga el 60% de ellas, el 40 restante es retenido por la junta a la que pertenecía Fernando.

Foto: Repartidores de Glovo, Uber Eats y Deliveroo esperan en Barcelona. (Reuters)

Para cualquiera que trabaje de cara al público y suela recibir propinas, estas se convierten en un complemento para llevar los gastos diarios, estimulan la actitud laboral y sirven para medir el desempeño. Ojalá Fernando y sus socios tuvieran esto en cuenta y ojalá la 'ley rider' pudiera actuar sobre todos estos Fernandos.

Otra opción para mí era Just Eat, la empresa líder en el mercado 'delivery' español. Mediante un grupo de WhatsApp donde suelen compartirse desde bicicletas en venta hasta fotos de accidentes de tráfico, contacté a un colombiano que estaba dispuesto a alquilarme su cuenta, también por contrato. Me cobraría el 10% del salario y me quedarían 900 euros como mínimo. Cuando todo parecía encaminarse con la 'app' naranja, el colombiano me dijo que no quería buscarse problemas legales, que habían echado y denunciado a varios colegas suyos por alquilar las cuentas.

Para cuando empezó la lluvia el viernes en Madrid, tuve que volver a Glovo. El boca a boca en las puertas de los restaurantes más asistidos por 'riders' al final dio frutos. Encontré a un venezolano que solo me exigiría el 21% de los ingresos. Eso sí, debía hacerle 1.000 euros como mínimo a la quincena. Además, me daba su bicicleta eléctrica por solo 200 pavos. Esa noche en el Ramen Kagura de la calle San Marcos creí conocer a un misionero. Era la cuarta vez que cambiaba de cuenta en menos de un mes.

placeholder Un 'rider' de Glovo en Barcelona. (Reuters/Albert Gea)
Un 'rider' de Glovo en Barcelona. (Reuters/Albert Gea)

Normalmente, a partir de las tres de la mañana los taxistas, las prostitutas y los 'riders' somos los únicos sobrios en la calle. Los que usualmente se comportan como zombis este fin de semana estaban disfrazados como ellos mientras la lluvia configuraba un paisaje urbano sacado del 'Thriller' de Michael Jackson.

En la calle Goya me brindaron marihuana al entregar un McDonald’s en una fiesta de 'fantasmas', a la 1:45 de la mañana del domingo logré alquilar mi mochila de Glovo para un disfraz. Fue en el número 7 de la calle Felipe IV. Un colega cubano entregó un pedido y el cliente le hizo la oferta. Le pagaba lo que quisiera si le dejaba la mochila para ir disfrazado de repartidor a una velada de Halloween. Mi amigo pensó en mí y no lo dudé un segundo. Llovía insistentemente y mi cuerpo empezaba a quejarse.

Se trataba de un peruano amable, de rasgos caucásicos, que me pagó 50 euros y 20 a mi amigo. Introdujo juguetes y productos sexuales en mi mochila de Glovo. El primer taxi que pidió rechazó llevarlo.

*Alfredo Herrera es un periodista cubano que llegó a España hace unos meses.

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