La mano derecha de Macron: "Europa no debería optar a ser un 'continente museo"
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entrevista a Clément Beaune

La mano derecha de Macron: "Europa no debería optar a ser un 'continente museo"

El ministro de Asuntos Europeos desvela cuál es su idea de Europa y muestra las líneas clave de cómo la Unión Europea debería recuperar el poder que dejó en manos de Estados Unidos

Foto: Clément Beaune. (Reuters)
Clément Beaune. (Reuters)

PREGUNTA. ¿Por qué se involucró en temas europeos y cómo ese interés se trasladó a la política?

RESPUESTA. Pese a que siempre he estado interesado en los temas europeos, el miedo de la hiperespecialización y de la desconexión de los temas generales europeos siempre me ha alejado de trabajar dentro de las instituciones europeas. No me interesé en los temas europeos como activista, sino a través de la política y la historia. Sobre todo a partir de la primera. Mis primeros recuerdos políticos están relacionados con los grandes terremotos sociales en Europa del Este: la caída del Muro de Berlín y, sobre todo, la revolución rumana. Estos eventos, que ocurrieron durante el periodo de 1989 a 1991, me hicieron ver Europa como un camino de apertura, reconciliación y esperanza. Europa, de la que apenas sabía nada, surgió ante mí como un gran proyecto político. Por eso diría que me interesé tras todo lo que ocurrió desde la caída de la Unión Soviética hasta las revoluciones bálticas, así como a través de figuras inspiradoras como Kohl, Delors y Miterrand.

Después, mi sentimiento sobre Europa se sofisticó gracias a mis estudios en historia moderna, mi aprendizaje del alemán y mi gusto por la literatura. Todos tenemos un sentimiento europeo, nadie se siente atraído por la idea de Europa tras realizar un curso sobre el euro o estudiar el triángulo institucional. De hecho, cuando desarrollas un interés de este tipo, significa que la semilla ya está plantada, bien sea a través de una ciudadanía doble, una historia personal, un viaje, un recuerdo, un libro o, quizás, una obra de arte. Creo que siempre hay una base sentimental que provoca esta respuesta hacia Europa.

En mi caso, George Steiner fue quien realmente me enseñó lo que era Europa a través de la cultura. Su acercamiento a esta idea no era ni político ni institucional, sino histórico, cultural y académico. En este sentido, su libro ‘Una cierta idea de Europa’ creo que es la mejor representación de lo que es Europa hoy. Habla de los cafés, de nuestra relación con la historia, de la relación entre las leyes y los paisajes. Esta fue la casilla de salida de mi compromiso hacia Europa.

Foto: Foto de archivo del presidente francés, Emmanuel Macron. (EFE)

P. ¿Nos puede contar un poco sobre su historial académico en el Colegio de Europa?

R. Tras una trayectoria académica bastante tradicional, descubrí de forma accidental el Colegio de Europa. Es una institución que surgió tras la Segunda Guerra Mundial y el Congreso de la Haya. Se fundó antes incluso que las instituciones europeas, lo que muestra la primerísima esencia de lo que significa Europa. Al principio, el rol del Colegio de Europa no consistía en enseñar el trabajo de las instituciones europeas —las cuales o no existían o todavía estaban en un proceso embrionario— sino desarrollar y promover la coexistencia de una cultura común entre los europeos. De eso trata Europa.

Por otro lado, lo que no fue muy normal es que yo iba al Colegio de Europa sabiendo que no quería trabajar para las instituciones europeas. Este microcosmos, hacia el cual no sentía ni atracción ni repulsión, no era para mí, porque yo quería seguir un camino distinto y trabajar mano a mano con Europa de una forma distinta.

P. ¿Es por eso por lo que en sus propias decisiones hay un sentido de profundo entendimiento de Europa como una entidad política?

R. Así lo creo y lo deseo, porque estoy convencido de que sería el fin de Europa si solo la viéramos como una entidad económica. Desde su creación y hasta las últimas crisis, Europa ha sido descrita como una entidad “que sale de la nada”. Como si se ignoraran los siglos y siglos de cultura europea. Algunos aseguran de forma equivocada que, detrás de la idea principal de Europa, hay un proyecto tecnocrático. Creo que eso ofendería a los fundadores. Solemos olvidar que las instituciones nacieron tras una genialidad y estaríamos equivocados si pensáramos que Monnet, Schuman o Gasperi estaban desconectados de sus realidades políticas.

En la actualidad, es esta realidad política la que debe volver a ser enfatizada en Europa. Actuamos como si el mero hecho de hablar de Europa en los medios fuera un acto partidista. Creo que es necesario que eliminemos esta idea y volvamos a trasladar la política partidista dentro de la confrontación ideológica sobre el contenido de las políticas europeas.

"La crisis actual ha tenido un impacto positivo porque ha traído debate y confrontación a una entidad que se percibía como técnica"

En este sentido, creo que la crisis actual —y quizá el legado de las anteriores (eurozona, migración, Brexit)— ha tenido un impacto positivo porque ha traído debate y confrontación a una entidad que se percibía como técnica y alejada de sus propios ciudadanos. Los choques entre los líderes a través de los medios en primavera fueron muy sanos, porque ninguna democracia puede funcionar sin debate.

En muchas ocasiones, Europa se reduce a la polarización entre los que la aman y están dispuestos a aceptar cualquier cosa de ella y los que niegan su propia existencia, desean que desaparezca y la convierten en un chivo expiatorio. Este entendimiento binario no es sano, porque Europa es, sobre todo, un proyecto político. Puede que lo odiemos o lo amemos. Puede que queramos reformarlo. Pero hay un amplio abanico de opiniones sobre Europa y eso siempre es positivo.

P. La presidenta actual está tratando de promover la idea de una 'Europa geopolítica'. ¿Por qué este enfoque ha llegado tan tarde? ¿Cuáles son los problemas a los que se enfrenta Europa que lo hacen tan necesario?

R. El hecho de que este enfoque se haya retrasado tanto es porque el propio proyecto europeo se construyó contra esta idea. Originalmente, Europa buscaba reconciliar a los países que habían tenido una relación poco sana con el poder. Esta tendencia se podía ver tanto fuera de sus fronteras, a través de las aventuras coloniales, como dentro de ellas, a través del meticuloso cultivo de la dominación tecnológica, industrial, comercial, científica y política. Esta sed de poder nos había conducido a un suicidio colectivo. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba bajo tutelaje de EEUU, aunque fuera benevolente. Al revés de lo que ocurrió tras el resultado de la Gran Guerra, el Viejo Continente empezó a construir un marco político de cooperación en el cual la reconciliación francoalemana era la clave. Fue la primera vacuna contra el ansia de poder. Hasta el final de la Guerra Fría, Europa había sido privada de todos los instrumentos de poder. Después, atravesó un periodo de transición postsoviética en el cual ya no existía ningún enemigo, tan solo seguía bajo el mismo tutelaje —aunque menos evidente y menos benevolente— de EEUU, que cada vez estaba más interesado en el resto del mundo y menos en Europa.

Foto:  Tres banderas de la Unión Europea ondean frente al edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea en Bruselas (Bélgica). (EFE)

Lo que Francia y otros países europeos están tratando de construir es un nuevo proyecto que pueda manejar ese poder tanto en la teoría como en la práctica. Este es el reto de los próximos 50 años: proyectar Europa hacia el exterior sin estropear su reconciliación interna, combinando el retorno del poder y preservando, al mismo tiempo, la cooperación sobre la que ha sido construida en los últimos 70 años.

Este es un cambio extraordinario en la mentalidad europea, porque nunca antes Europa había experimentado al mismo tiempo ser global, pacífica y poderosa. De hecho, no tengo muy claro que ninguna gran potencia no imperial haya tomado este rol antes.

P. En los últimos años, Europa ha vivido una relación francoalemana con distintas caras. ¿Qué significa para usted la relación francoalemana? ¿De verdad existe? ¿No es más una 'relación especial' con asimetrías, como la que existe a veces entre EEUU y Reino Unido?

R. La relación francoalemana ha evolucionado de forma considerable en los últimos 70 años. Actualmente, hay una relación muy fuerte y convergente entre nuestros dos países, aunque nunca ha habido una intención de que fuera completamente equivalente o simétrica. Francia y Alemania son, desde luego, dos países que se han odiado durante los últimos 150 años. Es un error pensar que la asociación francoalemana no funciona porque existan diferencias. Diría que no funciona cuando no podemos encontrar ningún terreno en común para apartar nuestras diferencias. No hay nada peor que celebrar una relación francoalemana pasando por alto u ocultando diferencias que sí existen. Alemania y Francia no tienen la misma relación con el poder, tampoco con otra potencia extranjera como Turquía, Rusia o Estados Unidos. Ni siquiera con el ejército, las élites, las grandes empresas o la economía. Pero la fortaleza de nuestra colaboración reside, precisamente, en acercarse el uno al otro y encontrar un compromiso entre dos polos distintos. Es una relación muy bella, sostenida a través del trabajo duro, de los símbolos, de las interacciones diarias entre nuestros gobiernos, ministros y líderes.

Nuestra relación no significa que nos tengamos que 'rendir' o 'diluir', sino que tenemos que buscar un compromiso permanente

De Gaulle y Adenauer estaban convencidos de la necesidad de esta cooperación precisamente por todas estas diferencias. Nuestros países tienen una relación distinta hacia el proyecto europeo y hacia la propia idea del 'poder'. Por lo tanto, nuestra relación no significa que nos tengamos que 'rendir' o 'diluir', sino que tenemos que buscar un compromiso permanente. En general, la vía europea no consiste en borrar nuestras diferencias, sino en alcanzar un acuerdo que satisfaga a todos. El epítome de la relación francoalemana es este, y se ha visto en la crisis que vivimos ahora mismo. Creo que la pareja Merkel-Macron emana fuerza. Han entendido tres cosas: la asociación francoalemana es irremplazable, es necesario exponer nuestros desacuerdos para tratar de superarlos y, además, tenemos que invitar al resto de nuestros socios a que nos sigan. No estamos hablando de una Unión Europea obsoleta con 27 miembros. A menudo, la tragedia de los presidentes franceses consiste en perder uno o dos años en encontrar el camino intelectual que les lleva a darse cuenta de que la relación francoalemana no solo es muy útil, sino que es irremplazable. Y Angela Merkel y Emmanuel Macron nunca han perdido el tiempo buscando alternativas a esta relación.

P. El fondo de recuperación es la prueba de esta gran relación dentro de Europa. ¿Cree que este ímpetu podría perdurar sin caer en la dicotomía de la 'relación de confrontación' o de subordinación? Porque, pese a que la relación francoalemana pueda ser esencial para que Europa siga avanzando, a veces parece que es una sucesión de tensiones y reconciliaciones. La colaboración política no excluye la existencia de enfrentamientos entre ambos países. ¿Cómo ve el futuro de la relación francoalemana?

R. El plan de recuperación, que empezó desde el desacuerdo, ha allanado el terreno para renovar la confianza entre Francia y Alemania. En el momento álgido de esta crisis, el desacuerdo era muy grande: era imposible esconderlo debajo de la alfombra. Francia contactó con Italia, España, Bélgica y otros para decirles: “Necesitamos solidaridad, necesitamos mutualizar nuestras deudas”. Alemania estaba en contra de esta medida, por lo que lideramos una negociación que nos permitió alcanzar un compromiso francoalemán para, a su vez, lograr un compromiso europeo.

placeholder Emmanuel Macron, junto a Clément Beaune, en el Elíseo. (EFE)
Emmanuel Macron, junto a Clément Beaune, en el Elíseo. (EFE)

Por lo tanto, no deberíamos preocuparnos por el resultado de las elecciones alemanas. Los ciclos políticos son cortos, pero eso no afecta a los proyectos a largo plazo. Tanto en el ámbito económico como en el de política exterior, debemos instaurar varios proyectos de cooperación independientemente de quién esté en el Gobierno. De hecho, antes del plan de recuperación, lanzamos un programa de cooperación de defensa industrial, el Future Air Combat System (FCAS) y el Main Ground Combat System (MGCS). No fue fácil y habrá más dificultades, pese a que estamos atravesando un periodo muy dulce. Por delante, tenemos varios meses para transformar en realidad todos estos proyectos, de forma que sean irreversibles y, además, redefinir el futuro de nuestras relaciones con nuestros dos principales socios. Estoy pensando en Estados Unidos y Reino Unido. Pese a que hay cosas en las que no estamos de acuerdo con estos países, no vivimos en mundos diferentes. Detrás de esta relación, hay 70 años de trasfondo político, histórico y psicológico. En Francia, solemos tener esta relación exclusiva y autónoma hacia el poder. A veces, exageramos nuestras fortalezas, es parte de nuestro mito nacional. Tenemos que encontrar un terreno común para seguir avanzando en estos temas.

No debemos esperar que los estadounidenses gestionen nuestra seguridad o nos digan cómo tenemos que luchar contra el terrorismo en África. Esta pelea por la influencia en el Mediterráneo oriental tampoco es un problema estadounidense. Solucionaremos estos retos de forma conjunta, como europeos. Del mismo modo, nos enfrentaremos como europeos a las amenazas de los ciberataques que vengan de nuestros vecinos. No creo que haya un gran cambio de rumbo cuando haya nuevo Gobierno en Berlín. Creo que la propia Merkel ha anclado Alemania en un sentimiento europeo muy fuerte que seguirá existiendo cuando ella se vaya.

P. En su opinión, ¿cómo cree que se debería desarrollar la relación transatlántica? ¿Dentro de la OTAN o fuera, a través de un nuevo foro?

R. No creo que exista una simple respuesta, pero sí es cierto que tenemos que crear un foro común. Puede empezar con algunos pasos institucionales, como una cumbre transatlántica anual entre la UE y EEUU. Eso no existe. No hay ninguna cumbre que tenga esa resonancia política, tal y como podemos tener con China u otros socios. Hasta ahora, no hemos visualizado la relación como iguales con EEUU, pensando que era mejor hacerlo a través de la OTAN. También será necesario conseguir lo que no logramos acordar con la Administración Trump: una agenda común sobre China y sobre comercio, dos temas interrelacionados. Pese a que el método fue más destructivo que constructivo, el deseo de Trump de reformar la Organización Mundial del Comercio apuntaba en la buena dirección. Es necesario redefinir las reglas de comercio internacional. Quizá nos hemos obsesionado con reducir las barreras arancelarias sin fijarnos lo suficiente en tener un marco común en propiedad intelectual o en transferencia tecnológica, por ejemplo. De alguna manera, nos hemos dado cuenta de que China y otros pocos países se han estado beneficiando de este sistema.

Este es solo un ejemplo de lo que debe ser reconstruido junto a EEUU, pero no hay un camino para llevarlo a cabo. Tenemos que ser imaginativos para establecer un diálogo transatlántico que nos permita mantener esta relación más allá de las puntuales reuniones diplomáticas. En el tema del cambio climático, por ejemplo, tenemos que encontrar la manera de atar EEUU al Acuerdo de París a largo plazo. No tengo una respuesta concreta a estos temas, pero sin duda es la relación que más tenemos que reinventar. Europa, y en concreto la asociación francoalemana, se debe centrar en ello.

Tenemos el mismo reto con el Brexit, porque el Reino Unido abandona un club en el que se discute todos los días. Por eso, debemos crear nuevos foros de intercambio. Será uno de los retos principales de la presidencia francesa del Consejo de la UE en 2022.

P. En su ‘paper’ en IFRI, mencionaba varios proyectos que podrían crear o alimentar un sentimiento común de pertenencia. Sin embargo, parece que la política cultural europea, hasta la fecha, se ha desarrollado como una idea de diversidad (a través del Erasmus, de los programas de intercambio, etc.), pero siempre ha sido muy complicado crear un 'yo europeo' y nunca se ha logrado del todo. ¿Cómo prevé que Europa pueda resolver este problema en el futuro?

R. Esto es muy cierto. Por varias razones, que pueden ser contradictorias y al mismo tiempo acumulativas, nunca ha existido una ambición cultural europea. Hasta la fecha, se ha hecho a un nivel anecdótico —no lo digo como crítica— a través de pequeños proyectos que encajaban a gran escala. Siempre se cita el programa Erasmus. Es un proyecto fabuloso, pero solo involucra al 5% de los estudiantes europeos.

Ha habido iniciativas anecdóticas por un lado, y, por otro, cierta ansiedad de que al incitar a los intercambios y a la movilidad estábamos provocando un gran y tenebroso 'melting pot', una especie de supercultura que provocara la desaparición de las identidades locales y nacionales. En otras palabras, hemos acabado con una 'cultura light' que incluye varios puntos en común que son, sin embargo, más occidentales y globales que específicamente europeos. Sobre este tema, la izquierda y la derecha radical, los superinternacionalistas y los supernacionalistas, se han puesto de acuerdo para rechazar la idea de la cultura europea.

placeholder Un hombre, con la bandera de la Unión Europea, en Berlín. (EFE)
Un hombre, con la bandera de la Unión Europea, en Berlín. (EFE)

Personalmente, prefiero hablar de una identidad europea común. Hasta la fecha, la identidad se ha relacionado con el Estado, por lo que algunos te dirán que, al hablar de una identidad europea común, estás defendiendo un punto de vista federalista, probablemente deseoso de un superestado (con una misma cultura, un único Estado y una economía para todos). La noción de un superestado es particularmente aterradora para Francia, donde la identidad nacional y el Estado están muy interrelacionados. Sin embargo, yo estoy convencido de que cualquier comunidad política duradera necesita una identidad común.

Además, esta identidad europea ya es real en muchos sentidos. Lo puedes ver en el gran número de genios culturales o líderes políticos europeos que, pese a que son muy distintos entre sí, comparten bastantes características. Se menciona el caso del programa Erasmus, pero la interacción de las artes europeas no se limita a él solo. Un pintor belga inspirado por pinturas italianas impulsó el Renacimiento francés. Bien sea a través de la guerra o de la cooperación, Europa siempre ha sido, como bien expresaba Steiner, un ‘melting pot’ de encuentros. La cultura europea precede la creación del ECSC [Comunidad Europea del Carbón y del Acero]. Decir que existe una identidad europea no es nada más que registrar un hecho. No significa que quieras acabar con las sutiles diferencias de las nacionalidades. Al contrario, Europa siempre ha sido una articulación de diferentes escalas, de la más pequeña a la más grande. El Renacimiento italiano, que se extendió por toda Europa, no nació de una Italia unificada —que todavía no existía— sino de un puñado de ciudades cuya influencia afectaba a todo el continente.

Paradójicamente, fue la creación de las instituciones europeas la que borró la idea de una cultura común. Y el conjunto institucional europeo nunca podrá ser el lazo de unión que necesitamos. Como dijo una vez Jacques Delors, “nadie se puede enamorar de un mercado”, al igual que nadie puede enamorarse de la Comisión Europea o de un tribunal constitucional. Una cultura común es la consecuencia de un sentimiento compartido. Por eso la cita que se atribuye a Jean Monnet —"Si tuviera que hacerlo todo de nuevo, empezaría con la cultura"— es apócrifa. Como si un padre fundador pudiera inventar la cultura europea. George Steiner cimenta esta idea de la cultura europea cuando escribe sobre la 'cultura del café', una costumbre que es la base de los enfrentamientos entre los amantes, las tramas políticas y los encuentros entre amigos. Tenemos elementos culturales comunes en Europa que debemos aceptar en vez de pensar en diluirlos, imponerlos o negarlos. Poner caras en los billetes, desarrollar el Erasmus o crear películas entre varios países no son anécdotas, pero tampoco ideas construidas por supertecnócratas. Son el reconocimiento de un legado que debería ser obvio para cualquier líder europeo.

P. Es un problema ver a gente que habla del legado de Europa como un “legado del pasado”. Muy pocos hablan de la cultura europea pensando en el futuro. ¿Cómo podemos asegurarnos de que esta idea no se asienta en todo el continente?

R. No creo en esta oposición entre el pasado y el futuro. Europa no es una fantasía tecnocrática. Europa fue creada con un marco democrático y liberal, con una infraestructura cultural preexistente, que no nos ata al pasado, pese a que nuestra relación con el pasado sea clave para entender la identidad europea. Hay una diferencia evidente con los estadounidenses, que están obsesionados con el mañana. Los europeos, por otro lado, viven obsesionados por el ayer. Es necesario vivir con cierta relación con el pasado. Por ejemplo, Macedonia y Bulgaria no se pueden poner de acuerdo en el origen de la comunidad macedonia. Estamos obsesionados con la historia, pero esto no debería implicar que rechazáramos el futuro. Europa siempre ha tenido una mezcla de orgullo y angustia hacia el pasado. No hay ninguna razón por la cual Europa debería ser un 'continente museo'. Disfrutar de Stendhal o contemplar un Canaletto no debería provocar que no fuéramos capaces de tener la mejor industria espacial o desarrollar la mejor infraestructura del 5G. Si nuestra relación con el pasado nos previene de mirar al futuro, nuestro éxito se verá muy perjudicado.

*Esta entrevista fue publicada en Le Grand Continent, del Groupe d’Études Géopolitiques, una nueva plataforma dedicada al debate estratégico, político e intelectual en Europa. Puedes leer la versión completa aquí en francés y aquí en inglés.

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