Violencia en la frontera de México

Sexo, drogas y asesinatos: Así es sobrevivir en la ciudad más violenta del mundo

Un policía, el hermano de un narco y un traficante de migrantes desentrañan cómo es la vida y la muerte en la ciudad mexicana de Tijuana

Foto: Policía mexicana en Tijuana. (Reuters)
Policía mexicana en Tijuana. (Reuters)

013. Tenemos un 50. Al parecer con 59b cerca del estadio. Ordene, jefe, al pendiente –se escucha por la radio. Un llamado de emergencia por un sospechoso con arma de fuego.

–Al habla, Valencia. 03. Recordemos las indicaciones y la recomendación de chalecos puestos, armas largas y toda intervención se reporta en tiempo y forma –responde el comandante Jaime Valencia.

El operativo termina con la detención de un joven de 21 años que portaba una pistola automática calibre 45, utilizada hasta 1985 por el Ejército estadounidense, de donde provienen gran parte de las armas ilegales en México. Sin embargo, Valencia se ha afanado en cambiar la frecuencia radial para que no sigamos el desenlace. Solo nos enteramos de la captura al día siguiente por la prensa.

“Aquí los policías estamos preparados para las balaceras. Ya nos acostumbramos”, asegura un agente que en otro lado se dedicaría a poner multas

Enfilamos hacia los barrios periféricos de Tijuana, donde 'aparecen los cadáveres'. Pese a esa aparente calma que se esfuerza en transmitirnos, el comandante nos pide subir las ventanillas. Vamos a pasar por un cañón, una vía que atraviesa dos colinas de barracas. Desde ahí a menudo los maleantes arrojan piedras a las patrullas. Termina el alumbrado. Apagamos las sirenas para no llamar la atención.

El agente pisa el acelerador en los tramos más oscuros. Valencia se acomoda su AK-47, mientras se acaricia el hilo de bigote y se ajusta las gafas. En esas laderas asesinaron a un candidato a presidente, otro a gobernador y al hijo de un alcalde. La vida y la muerte no entienden de personalidades en los suburbios de Tijuana.

Varios migrantes habitantes de calle en la ciudad de Tijuana (México). (EFE)
Varios migrantes habitantes de calle en la ciudad de Tijuana (México). (EFE)

"No se percibe un clima de inseguridad. Vemos personas caminando en las calles, hay comercio, gastronomía, tenemos turismo", rebate el jefe de la Policía Municipal de Tijuana, la ciudad más violenta del mundo, que cerró el pasado año con una tasa de 138.26 homicidios dolosos por cada 100.000 habitantes; 2.640 asesinatos, más de siete al día.

Desde los cerros un mar de luces dibuja la expansión desordenada de una urbe de nómadas, donde nadie pensaba en quedarse y terminaron siendo un millón de habitantes, más de dos tercios llegados de otras partes de México. "Tijuana es una ciudad de migración constante. El aumento de los homicidios es en parte por toda la deportación de delincuentes de Estados Unidos", considera el comandante.

La guerra del narcotráfico

El rastro urbano se desvanece justo donde empieza la valla fronteriza. Al otro lado, San Diego, Estados Unidos. O simplemente ‘el otro lado’, como se refieren los tijuanenses a su vecino del norte. La frontera (legal e ilegal) más transitada del mundo. Un muro metálico construido con planchas usadas a inicios de los noventa por el Ejército norteamericano en la Operación Tormenta del Desierto, en Irak, para que los tanques y aviones no se encallaran en la arena.

La guerra en Tijuana es en minúsculas, pero más brutal, pues ha dejado más muertes que aquella en el Golfo Pérsico. En sus 30 años de servicio, Valencia ha visto caer a muchos compañeros, especialmente entre 2008 y 2010 cuando tuvo lugar la intervención para desmantelar el crimen organizado y la policía cómplice en la ciudad. En el año más sangriento de aquella 'guerra contra el narco' se contabilizaron 643 asesinatos, una cuarta parte que en la actualidad.

Un agente de la Patrulla Fronteriza vigila junto a la valla en la frontera que separa a San Diego (EE.UU.) y Tijuana (México). (EFE)
Un agente de la Patrulla Fronteriza vigila junto a la valla en la frontera que separa a San Diego (EE.UU.) y Tijuana (México). (EFE)

"Aquí los policías estamos preparados para las balaceras. Ya nos acostumbramos", asegura tan ancho sobre las funciones de unos agentes locales que en casi todo Occidente se dedicarían a poner multas. Sin embargo, parte de esa Policía Municipal está coludida con 'la mafia', término que prefiere emplear Valencia para eludir la palabra 'narcotráfico'. Como si uno fuese a morir por apenas pronunciarla.

Un exoficial nos contó, entre otras, que en una ocasión uno de sus compañeros recién entrado al cuerpo quiso "limpiar" (combatir la delincuencia) algunas zonas de la ciudad. A las pocas semanas pidió refuerzos por radio porque estaban disparando contra su vivienda. El comandante del momento dio la orden de que ninguna patrulla atendiese el llamado. "Yo nunca me he tenido que esconder. Salgo a correr solo a cualquier hora, no me ha pasado nada", rebate Valencia, pese a que suele patrullar junto a tres escoltas.

Ciudad sin ley

La ronda nocturna incluye transitar la calle Coahuila, en el centro, cuya acera se llena de trabajadoras sexuales de todas las edades y tallas. Frente a ellas deambulan enjambres de gringos y lugareños en busca del mejor 'table dance'. Siempre gana el Hong Kong, uno de los prostíbulos más refinados donde los extranjeros se excitan metiendo billetes de un dólar en el tanga de una bailarina. Tan solo los seguratas y los 'dealers' de las esquinas levantan la vista para observar los dos vehículos policiales. El gentío ni se inmuta.

A plena luz del día el panorama es prácticamente idéntico, pero sobre todo decadente. En las puertas de los burdeles mujeres mayores en minifalda aguantan el achicharrante sol mañanero, ofreciendo sus cuerpos a 10 dólares. En el Parque Agua Caliente varios grupos de mariachis, bastante estropeados, se rifan a los clientes trasnochados.

Sus guitarrones suelen entonar melodías sobre pistas de aterrizaje clandestinas o amores con mulas. La droga no es ningún secreto en estas calles. Cualquier taxista te vende cocaína, te lleva al 'table' de moda o te indica cómo comprar un arma. Son el primer eslabón de todos los negocios en una ciudad sin ley, la Tailandia latinoamericana, el Disneyland para adultos donde los yanquis encuentran todo tipo de excesos 'low cost'.

Tijuana suma los mayores índices del país en explotación sexual infantil y enfermedades venéreas. "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos", fue una de las frases más reconocidas del presidente mexicano Porfirio Díaz a finales del siglo XIX para referirse a la tensa relación con la potencia del norte. Una desgracia que en las ciudades fronterizas se multiplica. Tijuana también detenta la mayor concentración de farmacias del mundo, donde los estadounidenses hacen acopio de medicamentos sin receta.

En una de las terrazas de la avenida Revolución, la zona de fiesta, se me ocurrió preguntar si se podía fumar ahí. "Puedes fumar dentro, afuera y hasta marihuana, chamaco", me respondió el mesero extrañado. Qué pregunta estúpida en un lugar conocido por los Donkey Shows, espectáculos en los que un burro penetra a una mujer. Mito o realidad del pasado, algunos foráneos se divierten tomándose fotos junto a un burro pintado de cebra, tan folklórico como bizarro.

Mientras que en las tres calles céntricas los gringos gozan de esas excentricidades, en las colinas se libra una feroz batalla entre cárteles para dominar el abanico de negocios. Ese fin de semana hallaron un cadáver acribillado en una vivienda; un cuerpo baleado y amarrado con alambres dentro de un maletero; un hombre envuelto en mantas en mitad de la calle, y un joven atado de manos y asesinado a batazos junto a un narcomensaje: "Esto les va a pasar a todos los chapulines y ratas que se quieran meter a la (zona Miguel) Alemán". Desde la segunda detención de 'El Chapo' Guzmán, a comienzos de 2016, se inició una cruenta disputa en numerosos puntos de México para controlar el tráfico de drogas.

El narco te encuentra

Las fronteras de ese narco en Tijuana son más borrosas de lo que Hollywood narra o los periodistas etiquetamos para encajar la historia. La mayoría de traficantes son víctimas y victimarios. Miguel Ángel Pulido se puso a traficar para mantener a sus tres hijos y luego se enganchó al dinero fácil. Regentaba varias tienditas (puntos de venta de droga) cuando su patrón supuestamente lo asesinó el pasado año. Su hermano, quien cuenta los hechos, tuvo que abandonar la ciudad junto a su familia durante tres meses hasta que recibió una llamada anónima para asegurarle que el problema no era con él y darle permiso de regresar a su casa.

En Tijuana no hace falta buscar al narco, el narco llega. Por eso nadie habla de narcotráfico, sino de 'estar en el negocio'. Un negocio que ha permeado en casi toda la sociedad. A menudo las bandas acuden a la salida de los colegios de secundaria para reclutar a adolescentes de 15 o 17 años que quieran ganarse un dinero: 18.000 dólares por un bulto de 20 kilos de cocaína por túneles; 4.500 dólares por cruzar a Estados Unidos un coche con droga; 500 dólares por cruzar a pie por el paso oficial un kilo de droga pegado al cuerpo con celofán.

El menú es tan amplio como el deseo de los muchachos de emular a los narcos que suelen conquistar a sus novias en los antros. Esto lo cuenta mi chofer, que a los 16 años transportaba jóvenes que daban palizas para ajustar cuentas. "Nadie sale del narco. O solo sales en una caja", culmina.

No hay lealtades

En la mayoría de casos se desconoce el motivo del asesinato, que a veces se reduce a rencillas entre miembros de una misma banda. El hijo de Gustavo –nombre inventado– desapareció el 18 de setiembre de 2017. "Fue a ver a unos colegas y al salir perdieron la pista. Al parecer lo traicionó su mejor amigo por envidia, porque él subió más, ganaba más dinero", cuenta su padre. Se refiere a que empezó como mensajero, luego ayudaba a cargar los coches de droga y antes de su muerte ya controlaba a un equipo de siete personas que pasaban los alijos a Estados Unidos.

Gustavo nos cita en el locutorio de su hermano, en uno de esos 'barrios de la muerte' de chabolas de llantas y palés. Sabe que su hijo está en el fondo del Pacífico, el océano que se otea desde esa cima, porque lo mataron en una de las zonas costeras. "A los que agarran en Playas de Rosarito los arrojan al agua, y a los que eliminan en la ciudad los entierran en ranchos", detalla. Desde entonces ha dedicado su vida a vengar la muerte de su hijo de 27 años.

Soldados del Ejército mexicano resguardan la zona donde se incineran más de 134 toneladas de marihuana. (EFE)
Soldados del Ejército mexicano resguardan la zona donde se incineran más de 134 toneladas de marihuana. (EFE)

Una batalla en la que ha asesinado a cuatro jóvenes y han tratado de secuestrarlo tres veces. La última, logró llegar a su casa donde le tirotearon y tuvo que saltar de un tercer piso. Tiene cinco costillas rotas, traumatismos en la cabeza y el brazo derecho flojeando. El capó de su camioneta todavía está agujereado por un impacto de bala.

El otro negocio: tráfico de migrantes

Además, Gustavo es coyote. "No somos traficantes. Nos dedicamos a unir familias que el gobierno americano está separando, destruyendo –se defiende–. No llega cualquier gente, solo personas recomendadas. Los tenemos tres días en una casa donde tienen un proceso de entrenamiento para que aprendan los datos del documento prestado para cruzar. Al pasar se les deja en Los Ángeles, en un lugar neutro donde nadie tenga favoritismo, un supermercado o un suami (Swap Meet, mercadillo en inglés). Allí se hace el pago y se devuelven los documentos".

Es el tipo de cruce más caro. Cobran entre 9.000 y 12.000 dólares por persona, por pasar a pie el puente peatonal oficial como mexicanos. "Es un juego del azar, pueden agarrarte o no, pero nosotros lo hacemos de lo mejor. Hay otros (coyotes) que entregan documentos muy mal falsificados y les obligan a brincarse (cruzar) bajo la amenaza de darles una golpiza", compara.

Gana alrededor de 30.000 dólares pasando a tres migrantes al mes. "No tratamos de hacer negocio fuerte, no nos arriesgamos con personas desconocidas. Es un trabajo para unir familias". No obstante, a su vez, culpa a esa llegada de migrantes de ser la causa del aumento de violencia por meterse a sicarios para ahorrar y poder cruzar al otro lado. Es decir, para pagar a coyotes como él.

"Tijuana es noble. Te recibe como vengas. Si vienes a robar y a matar, así terminarás. Si vienes a trabajar, te dará una oportunidad", asegura Gustavo con esa altanería tan propia del norte. En esta frontera el sol se pone por México y la sombra de la valla cae del lado estadounidense. "Debería ser al revés", bromea Gustavo.

En el vértice más al noroeste del país, junto al muro metálico que se mete treinta metros mar adentro, lo último que uno encuentra son unas letras coloridas: TIJUANA. Debajo, el lema de la ciudad: 'Aquí empieza la patria'. Pero en estos confines lo único que comienza es el infierno.

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