en la 'ciudad de los migrantes' en la frontera

Última parada: Tijuana

La caravana de hondureños se encuentra bloqueada en esta ciudad del norte de México, a escasos metros de territorio estadounidense. Para muchos, ahora viene la decisión final: ¿quedarse en México?

Foto: Un inmigrante de la caravana de centroamericanos se lava los dientes en un refugio temporal en Tijuana, el 28 de noviembre de 2018. (Reuters)
Un inmigrante de la caravana de centroamericanos se lava los dientes en un refugio temporal en Tijuana, el 28 de noviembre de 2018. (Reuters)

Huyen de la falta de trabajo y de la violencia, pero no escapan a los rumores sobre su origen, objetivos y comportamiento que se extienden a través de las redes y abonan la sospecha. Hacinados a las puertas de EEUU, sin más propiedades que la ropa que llevan puesta, dan las gracias a México y en particular a Tijuana, donde no contaban con quedarse. Cientos de los integrantes de la caravana de migrantes que partió hace dos meses de San Pedro Sula, en Honduras, ya se han vuelto, frustrados por la imposibilidad de pisar territorio estadounidense. Un territorio que queda al otro lado de la carretera, a pocos metros del campamento de la Unión Deportiva Benito Juárez, donde el suelo casi no existe, oculto por un mar improvisado de toldos. Debajo de uno de los plásticos, el llanto de un niño. Invisible, desconsolado.

Arriba, en lo que debieron ser unas modestas gradas para seguir los partidos de béisbol, meros tablones de madera, Norman García, hondureño de 41 años, mira hacia Estados Unidos. Tan lejos, tan cerca. "Estamos a pasos, pero imposible pasar ahora ahí tal y como está la cosa", sonríe resignado. Como casi todos los miembros de la caravana, García tiene sus propios motivos para querer llegar a Estados Unidos, aunque la mayoría coincide en una necesidad básica: la falta de trabajo. También en la completa ignorancia de las condiciones para la solicitud de asilo y el tiempo que implica. Cada relato, un matiz, un detalle, un drama y una angustia.

La razón de Lesbia Noemí, hondureña y madre de cuatro niños, es ayudar a su madre a poder pagarse una operación de los pies para que pueda volver a caminar. Ella es la número 1.483 de alrededor de 5.000 personas en la lista para la solicitud de asilo en Estados Unidos de la caravana. Los nombres los anotan en la garita de El Chaparral, puerta de entrada a Estados Unidos en suelo mexicano. La mala noticia es que el vecino del norte apenas gestiona unas decenas al día. La peor, que antes de las suyas había otras 2.000 solicitudes pendientes de proceso.

En la mejor de las previsiones, la primera persona de la caravana centroamericana en ser atendida tendrá que esperar dos meses. Siendo realistas, los motivos para la esperanza son mínimos (Estados Unidos apenas aprueba un 20% de solicitudes de asilo), máxime cuando el gobierno de Donald Trump pretende adelgazar las razones para un asilo. Para esta administración, huir de violencia de pandillas no califica.

El hondureño Norman García, quien todavía no ha solicitado asilo a EEUU y debate si quedarse en Tijuana. (C. Pérez Cruz)
El hondureño Norman García, quien todavía no ha solicitado asilo a EEUU y debate si quedarse en Tijuana. (C. Pérez Cruz)

Trabajo en abundancia

"Mataron a mi papá y al papá de ellos", suelta a bocajarro Lesbia. "Me sentía sola, triste, con miedo y me vine". No tenía nada, apenas "veinte lempiras" (menos de un euro). Y se marchó con sus hijos de tres, once, doce y quince años. Norman todavía no se ha apuntado en El Chaparral, está valorando buscar trabajo en México. Es la opción que ya han tomado 2.250 personas, según los datos que ofrece Luis Rodolfo Enríquez, director del Servicio Nacional de Empleo de Baja California, que hasta mediados de diciembre ha instalado una feria de empleo en el patio de una organización religiosa.

Hasta 60 empresas de Tijuana ofrecen empleo a los migrantes, especialmente del ámbito de la industria manufacturera, la construcción y la restauración. El proceso es lento, pero ya hay al menos 9 personas que han empezado a trabajar. A ellos está a punto de sumarse German Misael Palma, hondureño de 27 años, que tiene una entrevista para una plaza de instalador de antenas. En Honduras deja mujer e hijo. Se lamenta porque el pequeño "acaba de cumplir años y no le pude mandar nada para su pastel". Su tarjeta de permiso mexicana indica que está en el país por "razones humanitarias". Dice que el gobierno hondureño está atacando a su propia gente y denuncia ataques de los militares.

Los procedentes de Honduras son mayoría en esta caravana y en la fila para lograr una oportunidad de trabajo. Según Salvador Díaz, presidente de la Asociación de Industriales de la Mesa de Otay, las empresas que representa su asociación tienen entre 7.000 y 10.000 vacantes. Es una opción quizá más realista en este momento que la de cruzar la frontera hacia Estados Unidos, lo que ha llevado a que, después del incidente del pasado domingo, con el disparo de botes de gas lacrimógeno por parte de la policía fronteriza estadounidense, sean más los que se hayan acercado a la feria. La mayor parte se lo plantea como una solución temporal a la espera de intentar cruzar la frontera. 240 personas, dice Díaz, ya han solicitado asilo en México. La mayoría difícilmente pasará de ahí.

Las primeras lluvias del otoño llegaron el jueves a Tijuana para complicar todavía más una gestión compleja y dejar a la vista las costuras del inadecuado recinto de Benito Juárez, del que fueron parcialmente evacuadas decenas de familias a causa de las inundaciones. En las primeras horas, cientos de migrantes fueron trasladados a una nueva ubicación, un antiguo salón de baile cerrado hace años conocido como El Barretal. Sorprende la falta de preparación y la aparente improvisación, máxime cuando la caravana se puso hace dos meses en marcha. Las primeras horas en la nueva ubicación discurren sin luz ni agua, aunque con más espacios bajo techo. Y eso sí, a quince kilómetros del cruce fronterizo con Estados Unidos.

El alcalde de Tijuana, Juan Manuel Gastélum, en su despacho. (C. Pérez Cruz)
El alcalde de Tijuana, Juan Manuel Gastélum, en su despacho. (C. Pérez Cruz)

La caravana, ¿una conspiración?

En declaraciones a El Confidencial, el alcalde de Tijuana, Juan Manuel Gastélum, descarga a su ayuntamiento de responsablidades y culpa al gobierno federal de la falta de condiciones para dar cobijo a la caravana. Horas antes de la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador como presidente, Gastélum apuntaba a un supuesto acuerdo entre el Gobierno entrante y la administración Trump para que los migrantes permanezcan en la ciudad mientras se tramitan las solicitudes de asilo. "Correcto, está bien pero, ¿dónde los vas a poner?", le pregunta al nuevo gobierno, al que exige que se encargue de la construcción de una "estación migratoria".

El alcalde Gastélum, polémico y muy criticado por unas declaraciones en las que calificó de "vagos" y "mariguanos" a algunos de los migrantes, denuncia comportamientos incívicos de varios de ellos. Y aporta cifras: el Instituto Nacional de Migración "ha tenido que enviar a 108 personas a su lugar de origen". Es decir, las ha deportado. Entre los comportamientos penados, "fumar marihuana, crear desorden y hacer sus necesidades fisiológicas en la calle". ¿Se referirá Donald Trump a esto cuando los califica de "criminales"? (Por cierto, este periodista no ha visto árabes entre los llegados a Tijuana).

La utilización electoral de la caravana por Trump en la reciente campaña electoral de las legislativas, incluida la movilización del ejército, convirtió a este colectivo en diana de todos los dardos especulativos, a los que se apunta el alcalde Gastélum, para quien "alguien" la organizó. No dice quién ni con qué propósito. "Una movilización no es orgánica, hay un creador, un ideador, y cientos de seguidores para crear esta problemática". Además, advierte, "ya están reclutando una nueva [en Honduras] para el día 16 de enero".

Luis Manuel, que conduce un Uber, tiene claro quién es el creador: "Fue el propio Donald Trump quien la financió". Hay teorías para todos los gustos. También bulos sobre la violencia y displicencia de los migrantes que circulan y corrompen el discurso público en contraste con la humildad y la buena disposición de la mayoría, incluidos todos con los que habla este medio. "La foto son cinco dólares", responde Milton a nuestra petición de conversar. "Es una broma para periodistas", sonríe al despedirnos bajo un toldo de plástico.

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