las purgas del dictador son "una anécdota"

El morbo de conocer a un genocida: el pueblo de Stalin hace caja con su memoria

En Gori la avenida principal es la Avenida Josef Stalin, el parque principal es el Parque Stalin y el establecimiento que más ‘laris’ factura (la moneda georgiana) es la tienda de su museo

Foto: Un hombre en la casa donde nació Josef Stalin. (Reuters)
Un hombre en la casa donde nació Josef Stalin. (Reuters)

“No es el objetivo principal del viaje, pero sentimos mucha curiosidad. Y ya que andamos por ahí…”. Hablan Tiziana y Jaime, una pareja de Madrid que este verano ha decidido visitar la exrepública soviética de Georgia. Pasarán en el país poco más de una semana. Entre planes de playa o de montaña se les ha colado uno más: visitar el museo levantado en honor a Josef Stalin en Gori, su ciudad natal.

“Nos interesa la URSS y no esperamos ver algo objetivo, sino un sitio que presenta a esta figura como un santo. Nos imaginamos toda clase de horteradas. Porque no creemos que sea un lugar para aprender historia, sino para entender el contexto sociocultural del Imperio soviético: ese culto que se profesa a los líderes en las ideologías totalitarias”, razonan.

Van bien encaminados. Casi siete décadas después de que muriera, Josef Stalin aún goza de un lustroso homenaje en esta población del centro de Georgia. Los 50.000 habitantes de Gori (a 70 kilómetros de Tiflis, la capital) transitan por las arterias principales, de racionalismo soviético, bajo la sombra de uno de los mayores genocidas de la historia. Y miles de turistas -como la pareja mencionada- se acercan por curiosidad o feligresía.

¿Qué se encuentran? Un perfil urbano de bloques sobrios. Un descafeinado rincón dedicado a los combatientes en la Segunda Guerra Mundial. Un polideportivo anclado en los sesenta. Y el citado memorial a este ilustre vecino. La avenida principal es la Avenida Josef Stalin, el parque principal es el Parque Stalin y el establecimiento que más ‘laris’ (la moneda georgiana) factura es la tienda de este museo.

Personas encienden velas junto a un retrato del dictador soviético Iósif Stalin en Gori. (EFE)
Personas encienden velas junto a un retrato del dictador soviético Iósif Stalin en Gori. (EFE)

Un niño para un Imperio

Fuera del edificio -donde antes sobrevivía la única estatua de Stalin tras caer la URSS hasta que la retiraron en 2010- y a modo de introducción, se puede observar una recreación de la casa donde vivió el dictador soviético. En ese hangar nació en 1878 y se crió como hijo único, después de que murieran aún siendo bebés otros dos hermanos. Los padres eran siervos y él empezó a sentir el furor bolchevique desde la cuna.

Dentro, una escalinata con su silueta da la bienvenida a grandes estancias dedicadas a su infancia en la aldea, su compromiso político o sus últimos días. Se pueden observar bustos, centenares de fotos o retratos, cartas con otros mandatarios internacionales, prendas de ropa e, incluso, los paquetes de tabaco que dejaba sin fumar. Se exalta el compromiso del hijo pródigo y su capacidad para dirigir el Imperio, cultivando esa imagen de héroe humilde.

Mucha elegía y poca crítica, en suma. Porque ya han pasado 66 años desde que murió y huelga creer en la probable inopia de cuando se erigió el museo, en 1957. A día de hoy se conocen de sobra las atrocidades que cometió al frente de la Unión Soviética.

Se sabe que en las tres décadas como Secretario General del Partido Comunista, de 1922 a 1952, Josef Stalin se enfrentó a los nazis, se deshizo de contrincantes políticos y envió a miles de ‘camaradas’ al ‘gulag’, los campos de trabajo forzoso de la URSS. Varias organizaciones cifran en más de seis millones de muertes durante su etapa en el poder, sumando hambrunas, ejecuciones o deportaciones. Y también fue quien ordenó la invasión de Georgia en 1921, condenando a miles personas al destierro o la muerte.

¿Las purgas? Tan solo una anécdota

Sin embargo, en este museo apenas hay señales de las purgas, del miedo, de la censura. Solo un pequeño pasillo en la planta baja recuerda alguna de estas ‘anécdotas’. Una ‘sala de los horrores’ con aspecto de celda alude, de soslayo, a los ‘gulag’: se distinguen fotos borrosas, poco más. Ni una lista con los caídos ni un acercamiento a la vida en estas prisiones.

El periplo suele acabar en el jardín lateral. Allí reposa el vagón de tren donde viajó en 1945 a la famosa conferencia de Yalta, en la península de Crimea. Su encuentro con Winston Churchill, primer ministro británico, y Franklin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos, se considera el inicio de la Guerra Fría. Una golosina para nostálgicos del tiempo en que la URSS se erigió como segunda potencia mundial.

“Es un gran personaje, muy interesante”, comenta Iván. A sus 40 años, este empleado con estudios de Derecho suma una larga temporada custodiando salas del museo. “Stalin fue muy famoso e influyente, pero su régimen era muy duro. No quiero imaginarme esa época” -resopla- “sabemos de él desde pequeños porque nos lo enseñan en la escuela”.

"Creo que es importante un sitio así. No es necesario, pero enseña cosas. En otro lugar no tendría sentido, pero en Gori está bien”, aprecian Micha y Ania, turistas polacos de 18 y 17 años que viajan con su familia. “Aunque genere controversia, creo que el mayor problema es que algunos guías aman a Stalin y no entran en lo malo”, reflexiona Nina Karosanidre, encargada de dirigir a grupos angloparlantes.

Cuenta esta empleada de 27 años que la mayor parte del público son georgianos, excursiones escolares incluidas, aunque últimamente ha crecido el número de rusos, israelíes y chinos. Según datos de la administración, en 2015 despacharon 53.094 entradas.

Militante comunista ruso con un retrato de  Stalin en Moscú. (Reuters)
Militante comunista ruso con un retrato de Stalin en Moscú. (Reuters)

Un terrorífico escritor de poesía

Marta González Munín y su marido también descubrieron allí alguna de las cualidades menos mediáticas del líder soviético. Por ejemplo: que canta bien o que escribía poesía. “Fui aposta, porque era el pueblo de Stalin. Y el museo me gustó. De todas formas, era febrero y hacía un frío de cojones, así que era mejor opción que hacer algo por la calle”, recuerda esta profesora de español de 39 años.

“Creo que tenía tanta información que era imposible pararse en todo. Y estaba un poco desordenado”, opina. “Más que un tributo a Stalin, me pareció un recorrido por los acontecimientos del siglo pasado. Tiene esa exaltación del líder que ya he visto en otros países exsoviéticos, como las tumbas de Lenin y Ho Chi Minh de Moscú o Hanoi”, apunta quien aprovechó un día libre en Tiflis para visitarlo.

“La gente mayor no se sentía muy orgullosa ni quería verse identificada con el sitio donde había nacido Stalin, pero los jóvenes sí"

Lo curioso, dice González Munín, es que en el bar donde comió escuchó diferentes comentarios. “La gente mayor no se sentía muy orgullosa ni quería verse identificada con el sitio donde había nacido Stalin, pero los jóvenes (o los de mi quinta, en torno a los 40) sí que empezaban a verle su valor y no estaban en contra de su legado”, explica.

Cada año, de hecho, se debate la pertinencia de mantener un museo en su honor y la prerrogativa de devolver la estatua al sitio original. Mientras tanto, Stalin sigue siendo el centro –metafórica y literalmente- de Gori. Y su morada se cuela entre los planes vacacionales, pudiendo volver a casa con un imán o una camiseta del dictador.

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