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A China le sale el tiro por la culata: las maniobras en Taiwán aceleran el sueño militar de Tokio
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La isla que busca recuperar su ejército

A China le sale el tiro por la culata: las maniobras en Taiwán aceleran el sueño militar de Tokio

Con la agresividad china alrededor de la Formosa, se produce un contexto idóneo para que Japón culmine con un proceso ya iniciado por Abe: convertir la isla en una potencia militar

Foto: Un soldado japonés arría la bandera con la llegada del atardecer. (Reuters/Issei Kato)
Un soldado japonés arría la bandera con la llegada del atardecer. (Reuters/Issei Kato)
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Los cuatro días de amplios ejercicios militares de China en torno a Taiwán tras la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, eran una señal al mundo. A la isla y a Washington sobre todo, pero a menos de 100 kilómetros de donde el Ejército chino flexionaba músculo en unas maniobras con fuego real pensadas para imitar una hipotética invasión de Taiwán, en Tokio, también tomaban nota. El lanzamiento de varios misiles balísticos que aterrizaron cerca de Okinawa solo dejó más clara la advertencia de que Japón corre riesgo de verse arrastrado a cualquier conflicto en la región.

Si lo que Pekín pretendía era acelerar la radical transformación del país del sol naciente hacia su sueño militar, lo ha conseguido.

Foto: Maniobras militares en Japón. (Reuters/Issei Kato)

El mes pasado, el Partido Liberal Democrático (PLD) ganaba de manera contundente durante las elecciones a la cámara alta de la Dieta Nacional —máximo órgano de poder del Estado japonés— apenas dos días después del impactante asesinato del ex primer ministro y expresidente del PLD Shinzo Abe, mientras hacía campaña a pie de calle. Este triunfo allana el camino para que su deseado objetivo de modificar el artículo noveno de la Constitución japonesa, que prohíbe expresamente la creación de un ejército convencional, pueda hacerse realidad. El actual primer ministro, Fumio Kishida, quien fue en su momento rival de Abe dentro del partido y ahora su sucesor, tiene todas las papeletas para conseguir en su mandato lo que el malogrado exdirigente nunca pudo.

Los crecientes lazos económicos, militares y diplomáticos que ha desarrollado China desde hace unos años en Asia, África y el Pacífico —y que se está intensificando desde el inicio de la pandemia— generan inquietud tanto en Tokio como en Washington, su principal aliado regional. La visita del presidente de EEUU con motivo de la cumbre del Foro de Diálogo de Seguridad Cuadrilateral —conocido como Quad— del mes de mayo, no solo sirvió para la presentación del nuevo marco económico del Indo-Pacífico, sino que permitió que Joe Biden diera su visto bueno a Kishida para que reforzara “drásticamente” su capacidad de defensa y aumentara sustancialmente su gasto militar.

Foto: nacion-pacifista-potencia-militar-japon-hiroshima

Tanto nipones como estadounidenses consideran vital la contención militar de China para poder mantener la visión defendida por Japón de “un Indo-Pacífico libre y abierto”. Y para conseguir esto, Biden está impulsando el Quad, una especie de OTAN asiática para contrarrestar la influencia del gigante asiático en la que, además de Japón, participan India y Australia.

Con este telón de fondo, el PLD, principal partido de Japón, ha conseguido mantener e incluso aumentar su control sobre las políticas nacionales junto a sus fieles socios budistas conservadores del partido Komeito. En una encuesta del diario 'Asahi Shimbun' el pasado 19 de julio, por primera vez los japoneses apoyaron mayoritariamente la reforma del artículo noveno de la Constitución, con un 51% de la población a favor, frente a un 33% en contra. Un cambio radical con respecto al sondeo precedente, que en marzo de 2018 daba totalmente la vuelta a los resultados: el 51% de los nipones se oponía al cambio constitucional, mientras que los partidarios solo eran el 33%.

placeholder Miembros de las fuerzas de autodefensa de Japón, durante un ejercicio militar. (EFE/Tomohiro Ohsumi)
Miembros de las fuerzas de autodefensa de Japón, durante un ejercicio militar. (EFE/Tomohiro Ohsumi)

Con Abe al frente, el Gobierno japonés dio un giro nacionalista sin complejos e hizo numerosos e importantes avances para incrementar el poder militar de Japón. En 2015 aprobó una reforma militar que ampliaba la capacidad del país para utilizar su ejército en el extranjero y "defender a sus aliados". No estuvo exenta de polémica, pues fue recibida con enormes protestas dentro de la sociedad japonesa. Además, también bajo el mandato de Abe, se permitió a Estados Unidos operar bases militares en su territorio, lo que acarreó un gran coste para las comunidades locales y generó constantes tensiones tanto a nivel institucional como entre la población local y el personal militar y civil de las bases.

A partir del próximo septiembre, el PLD podrá reiniciar su campaña por la revisión constitucional frente a las instituciones y la sociedad civil. A pesar de que no cuenta con una mayoría cualificada por sí mismo en la Dieta, otros partidos afines como el Komeito podrían dar el empujón definitivo para enmendar la Carta Magna, pues la mayoría de dos tercios de la coalición le permitiría avanzar en la modificación de la Constitución. Y Kishida ya se ha postulado a favor de esta.

Foto: Isla de Kunashiri, una de las islas Kuriles. (Reuters)

A diferencia del difunto primer ministro, Kishida no ha sido un tradicional defensor del cambio constitucional. Pero, ahora que ostenta el poder, muchos especulan que su equidistancia ante la reforma del texto legal fue solo una tapadera política contra Abe, quien lideró la facción más grande del partido gobernante hasta su muerte. Y, desde que se convirtió en primer ministro, su retórica ha fluctuado hacia la modificación de la Carta Magna.

Es precisamente esta falta de devoción por la cuestión lo que convierte a Kishida en la persona que puede conseguir lo que Abe no logró, ya que una parte de la opinión pública japonesa siempre se mostró escéptica sobre las tendencias nacionalistas, incluso revisionistas, de su predecesor. Pero Kishida no tiene esta etiqueta, lo que, a ojos de muchos analistas, convierte al actual primer ministro en el dirigente perfecto para liderar este cambio constitucional que el partido ansía desde hace décadas y después de ganar tres elecciones seguidas: las del partido, las de la cámara baja de la Dieta y las de la cámara alta.

Foto: El primer ministro japonés, Fumio Kishida, durante una rueda de prensa en la reunión del Quad. (EFE/Kiyoshi Ota)

No obstante, Kishida tiene otros problemas más urgentes sobre la mesa que debe afrontar en el periodo estival, como son el aumento de la inflación, la debilidad del yen, la reciente séptima ola de covid, que parece no tener final, la reparación de las relaciones con Corea del Sur y, por supuesto, toda la investigación sobre la seguridad por el asesinato de Shinzo Abe.

Aunque existan estos problemas más inmediatos, la puesta en marcha de los mecanismos de cambio constitucional puede ser una de las bazas con que juegue Kishida de cara al próximo curso político. El pacto de apoyo mutuo entre Rusia y China, la guerra en Ucrania y la inestabilidad en el Indo-Pacífico son elementos que están siendo minuciosamente analizados por el Gobierno nipón, que no solo teme un desembarco chino en las islas Senkaku —unos territorios en el extremo suroccidental de Japón controlados por Tokio, pero reclamados por Pekín—, sino que también vigila con preocupación la reclamación rusa de parte de la norteña isla de Hokkaido.

Foto: El buque chino Liaoning en unas maniobras en el Pacífico. (Reuters)

En Tokio respiran con relativa calma sabiendo que permanecen bajo el paraguas de la protección del Tratado de Seguridad Japón-Estados Unidos y en una relación privilegiada con el actual mandatario estadounidense, que considera esta alianza como una alta prioridad. De todos modos, los temores japoneses —provengan de Pekín, Moscú o Pyongyang— son reales y tanto estadounidenses como los propios nipones son conscientes de que el país debería ser capaz de responder por sí mismo a cualquier amenaza.

Los cuatro días de amplios ejercicios militares de China en torno a Taiwán tras la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, eran una señal al mundo. A la isla y a Washington sobre todo, pero a menos de 100 kilómetros de donde el Ejército chino flexionaba músculo en unas maniobras con fuego real pensadas para imitar una hipotética invasión de Taiwán, en Tokio, también tomaban nota. El lanzamiento de varios misiles balísticos que aterrizaron cerca de Okinawa solo dejó más clara la advertencia de que Japón corre riesgo de verse arrastrado a cualquier conflicto en la región.

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