LOS EFECTOS COLATERALES DE LA MIGRACIÓN

Las joyas de la abuela, los peluches del niño: malvender tu vida para salir de Venezuela

Los venezolanos venden sus cosas en mercadillos y redes informales para financiar su salida del país. O para hacer más llevadero el día a día en Venezuela

Foto: Un venezolano vende los enseres de toda una vida en el mercadillo informal. (Alicia Hernández)
Un venezolano vende los enseres de toda una vida en el mercadillo informal. (Alicia Hernández)

Un piano, sillones estilo Luis XVI, cristalería de Bohemia, frigoríficos, peluches, lavabos, cocinas completas o un estudio de radio portátil profesional. Todo a buen precio, aunque de segunda mano. Los venezolanos venden sus cosas en mercadillos y redes informales, pero a diferencia de lo que ocurre en España, no buscan deshacerse de algo que no usan o de un regalo que no les gustó. Están vendiendo sus pertenencias para sobrevivir el día a día en Venezuela o financiar su salida del país.

Es domingo y en Prados del Este, una zona clase media-alta de Caracas, debajo de un puente de la autovía, hay una suerte de rastro. Los casi cien puestecillos son mesas improvisadas, coches con el maletero abierto mostrando su mercancía. En una reja que separa el recinto de la calle hay unas ropas ajadas. En ese mismo puesto, zapatos sin pareja (para que no los roben), desgastados. La estampa contrasta con otra a unos escasos metros: una pista de tenis y sus usuarios, impolutos, radiantes, como recién salidos de un anuncio de champú.

Este 'Corotazo' (de 'coroto', cachivaches) se organiza cada semana. La gente previamente paga una pequeña cuota para tener su espacio y desde las nueve a las tres de la tarde venden casi lo que sea. Nelson Álvarez lleva en esto seis semanas. No sólo acude acude a este mercadillo de Prados del Este, también a otros que se organizan en varias zonas de la ciudad.

Más de 4 millones de venezolanos han abandonado el país

Se enteró de este modo de venta por su mujer, que a su vez vio en redes sociales que se alquilaban puestos de venta en el puente. Su tenderete lo montan entre varios amigos. "Traemos las cosas de nuestros familiares que se han ido por la crisis económica que estamos viviendo. Nosotros las vendemos, les enviamos el dinero como se pueda y ellos nos dan un porcentaje", cuenta Nelson, rodeado de una batidora eléctrica, zaptados usados y peluches nuevos de un emprendimiento familiar que nunca se llevó a cabo.

En los últimos años, la salida de los venezolanos en busca de mejores condiciones de vida ha crecido a un ritmo vertiginoso. De alrededor de 695.000 a finales de 2015, actualmente esa cifra sobrepasa los cuatro millones, según datos de la ONU. Esto ha generado una caída de la población de un 5,5%.

Foto: Alicia Hernández
Foto: Alicia Hernández

Sus familiares se han ido a Estados Unidos. Algunos llevan seis meses, otros un año. "Ya están viendo que no van a volver y venden todo. Como es familia, vamos a sus casas, revisamos que se puede vender, buscamos a cuánto está en el mercado y se vende a un precio más económico. Si es algo que está de remate pues al menos se saca provecho de lo poco por lo que se venda".

Los precios de todo el bazar están en dólares. Aunque el dólar no es una moneda de curso legal en Venezuela, se ha convertido -especialmente desde los apagones de marzo- en algo común ver el manejo de divisa en cualquier estrato social del país. Pero si no se tiene efectivo "en verdes", se puede hacer transferencia por Zelle, Paypal o pagar al cambio del día en bolívares.

Los venezolanos venden todo para pagar su viaje fuera del país

Más veterana en esto de la venta de cosas de segunda mano es una señora ya de la tercera edad a la que llamaremos Marina. Prefiere el anonimato. Hace cuatro años empezó vendiendo sus pertenencias. Cosas que, dice, no le hacían falta. Luego vendió enseres de su sobrina, de su hermana, sus vecinos. “La mayoría de las cosas es de gente que se está yendo. Me dicen que la venta es para obtener algún dinero para mantenerse allá en el destino", cuenta mientras da detalle de todo lo que vende: tarteras, ropa, sábanas, paños de cocina, toallas.

Pero Marina no solo tiene a la venta lo que se ve en su puesto. “La gente va vaciando su casa y venden el juego de cuarto completo, la nevera, la cocina... Todo". En ese caso, lo publica en Mercadolibre, una especie de Ebay latinoamericano que nació precisamente durante la crisis de la hiperinflación argentina hace unos años y en la que los ciudadanos buscaban salida a sus pertenencias a precios que superaran la inflación. Hoy cumple la misma función en Venezuela.

Marina, que gana entre un 10% y 20% por cada venta, dice que ha habido cambio en el patrón de compra. “Al principio (hace cuatro años), se vendía mucho más. Ponía las cosas y se vendían en seguida. Ahora mismo la cosa está floja. Creo que la gente está más bien pensando en comprar comida o incluso, no compran porque dicen '¿y si me voy del país?'”.

Puesto con 'corotos' de segunda mano. (A.H.)
Puesto con 'corotos' de segunda mano. (A.H.)

Vender ollas para comprar queso

No solo las personas a punto de emigrar recurren a los servicios de Marina. Hay quienes se quedan, pero venden sus pertenencias para subsistir. "Hay gente que le sirve para comprar papa, queso, jamón... De algo sirve. La gente se está financiando. Hay un señora que necesita vender su juego de ollas para pagar el 'condominio' (la comunidad). Hay quienes han tenido sus cosas guardadas y deciden ahora venderlas para poder vivir. Sus hijos se han ido del país y se quedan solitos”, explica.

Venezuela está inmersa en una ola de subida desatada de los precios que ya alcanza niveles de hiperinflación. Según el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (CENDAS), son necesarios 63 salarios mínimos para cubrir la Canasta Alimentaria Familiar. Un salario mínimo mensual ronda los seis euros y no da para comprar cinco kilos de pollo.

El salario mínimo mensual ronda los 6 euros, y no da para comprar 5 kilos de pollo

A mitad de camino entre vender para subsistir y financiar su viaje está Augusto (nombre ficticio), de Puerto Ordaz. Él y su novia tienen ya sus billetes para salir de Venezuela a finales de julio, cada uno a un país distinto. Precisamente por la inminencia del viaje prefiere mantener el anonimato.

En su cuenta de Twitter, Augusto ha puesto una lista de libros para vender. Cuando hablamos con él viene precisamente de cerrar unas ventas. "Estos libros forman parte de nuestra esencia como personas. No queremos que queden guardados o agarrando polvo, sino que lleguen a otros que los aprecien y les sirvan en su crecimiento personal", cuenta.

Confiesa que una parte es para lo que pueda guardar cuando salga del país, pero que la mayoría de lo que obtiene se le va en el día a día. “Nos sirve para tener algo de capital para sobrevivir en el día a día y darnos uno que otro gusto antes de salir del país. También para las consultas médicas y los trámites de los documentos que nos hagan falta”.

María Daniela también está vendiendo todo lo que tiene. Sofá, frigorífico, juego de comedor, una consola de videojuegos, el sillín de una bicicleta. Lo anuncia en las historias de Whatsapp y de Instagram y luego cuadra con los interesados el precio.

Vive en Barquisimeto, una ciudad del interior del país. En su caso, cuenta que desde los megaapagones de marzo, la vida se ha hecho muy cuesta arriba. Aunque el servicio eléctrico esté prácticamente restablecido en Caracas, en el resto del país hay cortes eléctricos de horas. Se van ella, su pareja y su hija recién nacida. También sus padres, aunque a un país distinto.

“Donde vivo no llega el agua hace tres meses, se va la luz de seis a ocho horas diarias. ¿Cómo hago con mi bebé?", se lamenta mientras desaloja, poco a poco, su hogar con la esperanza de ganar un dinero para emprender una nueva vida lejos de casa.

Nota de la corresponsal - desde Caracas

Mi casa es una 'chivera' (suerte de desgüace). O un museo de la migración y la supervivencia, según se mire. Está dotada de multitud de pertenencias que antes tuvieron otro dueño. Las tazas y el juego de platos los compré en Mercadolibre a alguien que no los había usado y se iba del país. El tocadiscos lo compré en un rastrillo a alguien ya ido. Una máquina de escribir Underwood –bellísima, baratísima–, que perteneció a un escritor ya difunto. Su hermana estaba vendiendo este y otros enseres para salir adelante.

Mi casa es también, a través de algunos objetos, el repaso de los amigos que se han ido.

La tetera, las sábanas, las tazas y la alfombra de Cata. Los lápices y libretas de Luciana. El edredón de Eyanir. El póster de Led Zeppelin de Dani. Los vasos de cristal y el jarrón de cerámica granadina de Kiki. La plancha de Michelle. La última adquisición: la grabadora y el micrófono de Andy.

Sé que pronto viene el reparto de las cosas de una amiga muy querida y cercana a la que voy a extrañar más de lo que imagina. Sospecho de otro reparto, aunque sus responsables aún no nos han dicho oficialmente de su partida. Pero la salida de este país es algo tan delicado, tan pendiente de un hilo y millones de papeles, que una prefiere guardar prudencia y, en silencio, desearles que todo salga bien.

Seguramente, un día, nos tocará a nosotros. Y puede que me toque poner precio a mis casi nueve años de objetos con historia propia y ajena. O donar mi biblioteca, como hizo mi querida Adriana.

Quién sabe cuáles de mis objetos viajarán conmigo, cuáles se irán al almacén eterno que es mi habitación en Almería, cuáles no superen la criba estricta del peso máximo permitido por viajero y pasen a ocupar un espacio en el museo de la migración de otra persona.

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