EXPERIENCIA DE UNA CORRESPONSAL

Entrar y salir de Mordor: cómo las fronteras de Venezuela se convirtieron en un infierno

Una burocracia para gobernarnos a todos. Una burocracia para encontrarnos. Una burocracia para atraernos a todos y atarnos a las tinieblas

Foto: Un avión en el aeropuerto de Simón Bolívar. (Reuters)
Un avión en el aeropuerto de Simón Bolívar. (Reuters)

En Venezuela a veces se viven situaciones que parecen sacadas de la ciencia ficción. Mi más reciente experiencia tiene que ver con el SAIME, el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería. Un buen día se venció mi pasaporte español, aquel donde está pegada 'my precious' (mi tesoro, en versión doblada al español)... Quiero decir, mi visa para estar en Venezuela. Conseguir “el recuento” –que la plasmen al nuevo pasaporte– está siendo una aventura que solo puede ser comparada con la odisea de Frodo para destruir el anillo en el Monte del Destino, en el lejano Mordor. Pero empecemos por el principio.

La comunidad de la visa

Todo comenzó en la Segunda Edad del Sol... Quiero decir, en abril. Me fui a una de las oficinas del Saime en Caracas que me habían comentado podía estar mejor, menos colapsada. Abren desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, pero llegar dentro de esas horas no te asegura que te atiendan. El sistema está tan colapsado, tan poco automatizado y es tan ineficiente que más vale que llegues temprano. Y con temprano no me refiero a las 8, sino a una hora en la que aún no están puestas las calles. Yo llegué a las 6.30 de la mañana y, aún así, en los alrededores de la oficina ya había una cola de más de 30 personas delante. Algunos estaban desde las cuatro.

La gente del Saime es como Gandalf: no llega tarde ni pronto, llega cuando se lo propone. No importa que tú estés haciendo fila de pie desde hace dos horas justamente en un espacio donde confluye un anestesiante aroma de pipí y caca de perro. Cuando por fin abren, nos dividen en una nueva cola entre venezolanos y extranjeros.

Foto, fotocopias de todas las hojas de mis dos pasaportes, planilla del trámite, pago de la tasa correspondiente, dos horas y media de cola y cinco dentro de la oficina. ¿Resultado? Un papel sellado que dice que he iniciado el trámite. Iniciado. La batalla por la Tierra Media, digo, mi recuento de visa, no ha hecho más que empezar.

Los dos Saimes

Me dijeron que regresara en un mes y medio para cerrar el trámite. Si yo fuera Frodo en esta aventura épica, Galadriel me habría dicho que “solo el Saime puede decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado”. Ilusa, volví exactamente en el plazo que me dieron. Pero, para añadir tensión a la trama, con un viaje en ciernes. Muy en ciernes: al día siguiente.

Llegué incluso antes que la vez anterior, a las 6. Y sí, ya había cola. Cuando abrieron y nos separaron entre venezolanos y extranjeros, vi que nuestra fila era infinitamente más larga. Una portuguesa me cuenta que es la única oficina que han dejado para trámites de extranjeros en toda Caracas. Veo dónde he quedado de la fila y calculo que podré entrar, pero de las últimas.

“Hoy no se les va a atender a ninguno. Váyanse a su casa. Acaban de cambiar al coordinador de la oficina y no tenemos quién firme nada"

Hasta que una “saimetera” rompe mi burbuja y la de todos los extranjeros allí presentes. “Hoy no se les va a atender a ninguno. Váyanse a su casa. Acaban de cambiar al coordinador de la oficina y no tenemos quién firme nada. No sabemos hasta cuándo”. Solo nos deja pasar para ver en una cartelera si nuestro trámite ya está listo o no.

Mi nombre no aparece en la bendita cartelera. A pesar de haber pasado el tiempo para que estuviera. Pero aunque estuviera, no hay quién firme. Viajo mañana y solo tengo un papel que dice que he empezado un trámite. Y aunque mi visa está al día, aunque la tengo en físico en el pasaporte vencido, aunque también tenga el nuevo pasaporte, aunque no dependa de mí que el trámite no esté, no puedo viajar si, tachán tachán, el mismo Saime que no me ha hecho el trámite no me autoriza a viajar. Sí: autorización para viajar. Para salir de un país que no es el mío. Todavía no estoy segura de que esto sea legal. Para enredarlo más, la autorización tiene que pedirse ocho días antes del viaje. Y, repito: no hay quién firme.

Reclamo todo esto. Me dicen que espere hasta las nueve (casi una hora) para ver si pueden hacer algo en mi caso. Son las 9.30 y aún sin respuesta. Pienso, cual 'hobbit' que respeta su segundo desayuno, que deber ser la hora del café, “al menos en los lugares decentes donde aún exista tal cosa”.

Son las 10.15. Hay una respuesta. Solo me van a atender a mí porque viajo mañana. Pero que me vaya, me dé un paseo y vuelva a la una.

Por si acaso (y menos mal que lo hice) imprimo el billete de avión, otra vez mi pasaporte, el resguardo de que había hecho el trámite y me dispongo a hacer una carta de motivos por los que debo viajar. Se podría haber resumido en una línea: “Porque me sale del alma”. Pero me decliné por unas líneas más explicativas y corteses.

Me dispongo a escribir una carta de motivos por los que debo viajar. Se podría haber resumido en una línea: “Porque me sale del alma”

A esas alturas de la mañana sentía cómo me iban flaqueando las fuerzas. Sentía que el Saime me estaba devorando, se alimentaba de mi vida y me ponía más y más irascible, como le ocurre a Frodo con el Anillo Único.

Una de la tarde. Llevo mis papeles, sangre de elfo, la Luz de Eärendil, un café en el cuerpo y nada más porque tengo el estómago encogido. Espero. Por fin, alguien recoge mi carpeta y me dice que sí se me va a dar el permiso. Una hora después, a las dos, me lo dan.

Aún no puedo cantar victoria. “Deberás ir a otro Saime. Al Saime Central. Allí te firmarán la autorización”. El Saime Central está lejos de donde yo estoy. Voy en mototaxi, así que tardaré menos si me apuro. “Corre, Sombragris. Muéstranos lo que es la premura”, le habría dicho al mototaxista, pero creo que me habría dejado en la calle por loca.

Pero, oh, sorpresa. El Saime Central ya estaba cerrado. Debido a los apagones, hay un reajuste de horario y a las dos de la tarde todo se cierra. “Tendrá que venir usted mañana”, me dicen. “Mi viaje es mañana”. El militar que me atiende en la puerta me mira, se encoje de hombros: “Si fuera usted, vendría pronto”.

Me siento en el suelo a llorar. “No todas las lágrimas son amargas”, diría Gandalf el Blanco. Pero éstas eran una mezcla de cansancio, tristeza y arrechera (cabreo). Como si el hálito negro de los Nazgul me hubiera invadido. Ahí entendí, una vez más, cómo la burocracia en este país nos consume, cómo cualquier gestión se convierte en una gesta, cómo resolver el día a día en Venezuela hace que solo podamos pensar en el minuto siguiente. Y anoto en mi mente: “Mandar al carrizo a la próxima persona que no sepa de Venezuela y que me pregunte alegremente por qué la gente no estalla”. Estallamos. Pero muchas veces en la silente queja de un llanto, acurrucado, en una esquina.

El retorno de Alicia

Miércoles. Mi avión sale a las 22.40, pero al ser un “vuelo caliente” lo cierran a las 19.30. Tengo que estar allí al menos tres horas antes. Y salir de Caracas temprano por si hay atasco, por si alguien estornuda, por si ponen una alcabala en algún lugar, porque quién sabe. Tengo que hacer maleta. Tengo que ir a una pauta para hacer una nota. Y antes... Antes tengo que ir al Saime. Son las 5 de la mañana y ya tengo ansiedad.

Una nueva cola, en la calle, bajo la lluvia, donde esperar a que la gente del Saime decida abrir. Abren. En fila, como niños de colegio, nos llevan a uno de los costados de la oficina, aún en la calle. Saquen documentos, qué vienen a hacer, cuándo viajan, tú no pasas, tú sí. Paso. Detector de metales. Otra funcionaria: que a dónde voy, que cuándo viajo, que suba unas escaleras. Subo. Otra cola, esta vez sentada. Otro funcionario: deme su pasaporte, su billete de avión, sus autorización, su alma. Se va el funcionario con mi pasaporte y entro en pánico. Conozco un caso, alguien muy cercano al que le perdieron el pasaporte en una oficina del Saime el día antes de un viaje. Respiro. "Todo va a estar bien”.

“¡Alicia Hernández!”. Doy un respingo. Corro a una oficina. Que escriba en un cuaderno, a mano, cuándo me voy, destino, cuándo llego. Firmo. “Aquí tiene su autorización”. Ingenua, le pregunto a la funcionaria si eso me servirá para más viajes. “Solo para este. Luego, cuando regrese, tendrá que buscar si su recuento está ya o iniciar de nuevo la solicitud de permiso”.

Me derrumbo un poco. Pero pienso que tengo suerte, voy a poder viajar. Suerte. Mi derecho de ejercer mi libertad de movimiento. Tengo suerte. Pienso en Luis Carlos Díaz, periodista y activista de Derechos Humanos en Venezuela.

Lo detuvieron hace unos meses de un modo más que fraudulento. Él, como yo, vive de expresarse y de viajar. Contra él no hay juicio, solo hubo una audiencia de presentación, pero no puede viajar si no pide permiso a un tribunal con reserva de vuelo e invitación que justifique ese viaje. Se lo han negado tres veces. La última ni siquiera le dieron respuesta.

Yo logré salir en avión, casi ya derrumbada del cansancio, como Frodo sobre las águilas. Él, me dice, se encuentra igual que “cuando los hombres resisten en el abismo de Helm. Necesitamos amigos para esto. Estamos resistiendo, estamos dando todo. Esperamos a que venga el amanecer”.

He salido, he respirado unos días, he vuelto. Pero ahora toca regresar al Saime y reclamar, otra vez, mi recuento. Y mientras reúno las ganas, recuerdo y parafraseo: “Una burocracia para gobernarnos a todos. Una burocracia para encontrarnos. Una burocracia para atraernos a todos y atarnos a las tinieblas”.

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