presentación del libro el próximo lunes

El día en que Maduro conoció a un gurú indio que le explicó cómo gobernar Venezuela

El nuevo libro del periodista venezolano David Placer es la historia de un presidente que fue a tocar las puertas del cielo pero terminó atrapado en el peor de los infiernos

Foto: Nicolás Maduro en su visita al gurú indio Sai Baba. (Cedida)
Nicolás Maduro en su visita al gurú indio Sai Baba. (Cedida)

Ocho años antes de alcanzar la presidencia, Nicolás Maduro fue a conocer a un hombre que decía ser Dios. Maduro, de la mano de su mujer, la supersticiosa Cilia Flores, quería tocar las puertas del cielo, pero terminó construyendo en Venezuela el peor de los infiernos. El devoto del gurú indio Sai Baba se rodeó de ministros sectarios y fanáticos que tejieron una red de espionaje invisible e inviolable, construyeron las más terroríficas mazmorras y dirigen una red de exterminio para aniquilar a opositores y a chavistas disidentes con total impunidad.

'El dictador y sus demonios: la secta de Nicolás Maduro que secuestró a Venezuela', el nuevo libro del periodista y escritor venezolano David Placer, es la historia de un presidente que fue a tocar las puertas del cielo pero terminó atrapado en el peor de los infiernos. El Confidencial ofrece un extracto en exclusiva.

El Dios de Nicolás Maduro

Portada del libro
Portada del libro

El día en que Nicolás Maduro fue a conocer a Dios en persona, todo el pueblo se quedó a oscuras. Se detuvieron los ventiladores de los techos y se apagaron las bombillas de las lámparas de cristales entrecruzados del mandir donde el creador de todo el universo, envuelto en su túnica naranja, concedía a los devotos el privilegio de asistir a citas privadas para arrodillarse ante a él y besar sus pies. Por los cables de la luz, que quedaron sin corriente, los monos bajaban para robar comida a los grupos de devotos que dormían en los edificios descoloridos. Maduro y la oscuridad aparecieron juntos, casi sincronizados, en el recinto en el que miles de devotos buscan la luz, la paz y el sentido de sus vidas.

Trece años después, afrontaría otro apagón, esta vez como presidente. En plena rueda de prensa con los medios internacionales, justo cuando defendía los logros económicos de su gobierno, el Palacio Presidencial de Miraflores quedaría en la penumbra. Se apagarían las cámaras de televisión y se iría el sonido. Todo se reduciría a un cuadro completamente negro y paralizado, como la metáfora de un país que comenzaría a hundirse en la oscuridad desde su ascenso al poder.

Maduro no había recorrido 15.000 kilómetros para conocer a cualquier dios, sino a uno muy especial con el que compartía una fecha cabalística: el 23 de noviembre. Ambos habían nacido ese día y el futuro presidente estaba convencido de que no se trataba de una coincidencia, de una simple casualidad, sino de una señal del destino. El 23 de noviembre era el cumpleaños del gurú que se había proclamado el último dios con vida, el hombre que crearía uno de los mayores movimientos religiosos del siglo XX. Y, con suerte, Maduro también dirigiría las riendas de un país entero que, con el pasar de los años, dominaría como a una secta.

Para organizar el viaje de altos jerarcas del chavismo a la morada de Sai Baba, el gobierno venezolano movilizó al entonces embajador en la India, Walter Márquez, que simpatizó con el chavismo y quien admite haber sido amigo de la pareja presidencial durante los primeros años del gobierno de Hugo Chávez.

Cilia Flores abraza a Nicolás Maduro en una foto difundida por el gobierno venezolano. (EFE)
Cilia Flores abraza a Nicolás Maduro en una foto difundida por el gobierno venezolano. (EFE)

"Maduro fue a hacer turismo religioso junto a su mujer, Cilia Flores, a Puttaparthi porque querían conocer a Sai Baba en persona. No sé si es espiritual, porque nunca hablé con él de esos temas, pero con Cilia Flores sí. Nos saludábamos con las manos juntas, con una ligera inclinación de cabeza, y pronunciábamos un 'namasté' o 'namaskar'. Yo creo que ella fue una de las primeras que le habló a Maduro de Sai Baba. Estoy seguro de que él ni sabía quién era Sai Baba antes de conocer a Cilia", explica Walter Márquez en una conversación telefónica desde su casa en el estado Táchira, fronterizo con Colombia.

El saqueo

José Carlos Gómez fue el fotógrafo oficial de Hugo Chávez en las campañas presidenciales de 2006 y 2012 y de Nicolás Maduro en 2013. Viajó en el avión presidencial, recorrió el país en las caravanas oficiales y formó parte del primer círculo de trabajo de la maquinaria chavista a la que ahora se refiere como "el monstruo".

La primera vez que acudió a cobrar su primer sueldo semanal, se dirigió a la persona de enlace con la agencia de publicidad que lo había contratado: "Chuchito Sanoja", conocido en el medio por ser uno de los grandes creadores de jingles publicitarios en las campañas políticas para los partidos tradicionales en la Venezuela democrática, Acción Democrática o Copei, y más recientemente, del chavismo. Cuando fue a cobrar su dinero, el fotógrafo se sorprendió con la respuesta del empleador: "Entra en el carro ese y agarra una caja. Ahí está el pago".

Cuando fue a cobrar su dinero, el fotógrafo se sorprendió con la respuesta del empleador: "Entra en el carro ese y agarra una caja. Ahí está el pago"

La caja era de electrodomésticos Oster. Pero dentro no había ni licuadoras ni instrumentos de cocina sino dinero en efectivo, billetes recién salidos del Banco Central de Venezuela.

"No había recibos ni facturas, ni podía haberlas. Nunca hay rastro del dinero que se maneja en campañas electorales. A partir de ese momento, comencé a cobrar en sobres, en efectivo. Era un trabajo bien pagado, pero nunca me imaginé el dinero que cobraban las agencias nacionales e internacionales refacturando y usando nuestro trabajo", explica el fotógrafo.

La tumba

Al tercer día de haber llegado a "la Tumba", Gerardo Carrero entendió que solo tenía dos opciones: la supervivencia o la autodestrucción. Y optó por la segunda.

A ocho metros bajo tierra y en un habitáculo de seis metros cuadrados, la soledad era su única compañía. El aire acondicionado, encendido siempre a su máxima potencia, le había quemado la piel. Parecía que hubiese estado expuesto al sol durante varios días. Se sentía abrasado. Le costaba dormir porque la manta era demasiado pequeña y fina para aquellas noches gélidas.

En la Tumba no había ninguna señal de vida. Ni un ruido, ni un movimiento. Pasó días enteros repitiendo su única ruta posible: dos pasos entre la cama, la pared y la reja. Con el transcurso de las horas, en el silencio más absoluto, comenzó a notar cómo los sentidos se agudizaban. Era capaz de escuchar el andar de los viajeros en los pasillos del subterráneo y también la vibración de las vías que discurrían varios metros más arriba.

Si el infierno existe, debe ser un lugar lúgubre en medio de las tinieblas, donde la luz no tiene cabida. Pero en el infierno de los torturados por el régimen de Nicolás Maduro nunca hay oscuridad. La Tumba, en los sótanos de la sede de la inteligencia militar en Caracas, no tiene ninguna ventana, sin embargo, es un lugar claro, lleno de la luz artificial de los neones que durante los primeros días de su arresto no se apagaban nunca. Después de varias horas, el recluso perdía la noción del tiempo. No sabía si era de día o de noche. Si llevaba horas o toda una vida en aquella celda.

La tortura con vallenato

En las salas de torturas de El Helicoide, el mayor centro de presos políticos de Venezuela, después de los duros interrogatorios con corriente, los custodios de la inteligencia militar se relajan con las canciones de Diomedes Díaz. Uno de los salones donde los presos políticos son electrocutados lleva el nombre de "oficialía". En el piso de abajo, cada vez que escuchan los gritos y los corrientazos, el resto de los presos desea escuchar alguna canción del cantante colombiano. Eso significa que la tortura a sus compañeros ha terminado. Al menos durante esa jornada.

La música empalagosa suena siempre a despecho, a un guayabo que parece interminable. Suele hablar del amor perdido, de la dicha que nunca volverá. "Es difícil recordar momentos felices. El cariño que sembró el corazón". Las letras y la música de Diomedes Díaz pueden encajar en el molde vacío de un amor perdido, de los buenos momentos que nunca volverán o de un país próspero que nadó en la riqueza y cuya descomposición se refleja en cada cárcel del país.

Y desde los teléfonos móviles de los funcionarios, enfocados en su rutina de humillar y torturar para extraer confesiones, la nostalgia hecha música se convierte en el himno de un país hundido en sus miserias.

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