FRONTERAS CERRADAS Y VUELOS ESCASOS

Instrucciones para construir una isla: Venezuela cerrada por tierra, mar y aire

Tres décadas después de que el Concorde aterrizara en Venezuela, el país se está convirtiendo en una isla por la anulación de vuelos, el cierre de fronteras y la escasez de pasaportes

Foto: Tropas venezolanas. (EFE)
Tropas venezolanas. (EFE)

Hay islas hechas por la mano humana. Islas que no son accidentes geográficos, sino geopolíticos. Un concepto de isla como algo apartado, de donde no es fácil entrar o salir. Como Venezuela. Con las fronteras casi cerradas y escasez de vuelos internacionales, ya no basta tener dinero para comprar un billete de salida, también necesitas pasar por una carrera de obstáculos para obtener un pasaporte. Incluso con documentos y pasaje en la mano, los venezolanos muchas veces no tienen donde ir.

Entrar y salir por aire a cualquier parte es bastante tedioso. El aeropuerto interacional de Maiquetía, que llegó a alcanzar los 40 vuelos semanales a Miami durante los años febriles de la bonanza petrolera, es ahora una instalación fantasma, muchas veces sin aire acondicionado ni agua corriente. Solo hay ocho aerolíneas extranjeras que operan en el país y cuatro nacionales, la mitad que hace cinco años.

Hace unas semanas, la estadounidense American Airlines anunció la suspensión temporal de sus vuelos hacia y desde Venezuela. Una medida que poco después se hizo definitiva, después de que la Casa Blanca prohibiera los vuelos comerciales y de carga directos entre Caracas y cualquier parte de su territorio.

La solución para aquellos que quisieran viajar a Estados Unidos pasaba hace tan solo unos días por comprar un trayecto con escala. Algo más caro, sin duda, pero al menos era un modo de sortear las restricciones. Ahora, el presidente Donald Trump riza más el rizo y tampoco se admitirán los vuelos con escala. Así que para llegar allí, el viajero necesita primero viajar a un tercer país, pasar su sistema migratorio y luego comprar un vuelo al pais norteramericano, subiendo los precios y trámites.

La mayoría de las compañías aéreas extranjeras dejaron Venezuela después de no poder cobrar la deuda de cientos de millones que el Estado les debía. Las que se quedaron, aumentaron significativamente sus precios.

Iberia y Air Europa siguen, por ahora

Para España sigue habiendo vuelos directos con Iberia y Air Europa, pero si antes había vuelos prácticamente todos los días, ahora se han reducido a menos de la mitad. Las tripulaciones ni siquiera duermen en Caracas por los riesgos de seguridad y el servicio en el aeropuerto ahora lo llevan terceros. Esto se traduce varias horas de cola adicionales para hacer el 'check in'. Y en precios cada día más caros.

En momentos clave, ambas compañías han suspendido sus vuelos hacia Venezuela, lo que hace presuponer que dejarían de volar ante cualquier eventual crisis futura. Ocurrió a finales de julio de 2017, cuando Nicolás Maduro organizó unas votaciones para elegir a la Asamblea Nacional Constituyente, y el 30 de abril y 1 de mayo pasados, cuando Juan Guaidó intentó un golpe de Estado.

Así que la mayoría de los vuelos deben hacerse con escala o aventurarse con una aerolínea venezolana. Por ejemplo, para ir a Argentina directo se puede hacer con Estelar, con capital venezolano, avión turco y azafatas portuguesas. Otra nacional, Avior, no puede hacer vuelos a la Unión Europea al estar incluida en la lista negra por incumplir las normas de seguridad aérea.

Pero el avión es una opción que solo un puñado de privilegiados pueden permitirse en la economía con peor desempeño del planeta. O aquellos que hayan puesto mucho empeño, ahorro propio, venta de bienes y ayuda de familiares en el exterior. Para los demás, salir de Venezuela requiere cruzar las fronteras terrestres. Y aquí empieza otra odisea.

Frontera intermitente

Cada vez hay menos autobuses que viajan a la frontera. La caída de la producción nacional y las limitaciones para importar unidades y repuestos hace que las unidades estén cada vez más viejas y repararlas sea muy costoso o, directamente, imposible. Baja el número de asientos y suben los precios.

Una vez que llegues puedes encontrarte las fronteras están cerradas. Nicolás Maduro anunció el cierre de la frontera con Colombia el 22 de febrero, un día antes de que la oposición quisiera meter en el país cargamentos de ayuda proveniente, entre otros países, de Estados Unidos. Y aunque ahora está temporalmente reabierta, la situación es tan inestable que la más mínima crisis o roce diplomático puede sellar los 2.219 kilómetros de divisoria.

Esta situación complica la vida no solo a los que se quieren ir, sino a aquellos venezolanos de estados fronterizos como Táchira, donde miles de familias cruzan cada día al lado colombiano a ganarse la vida. Cuando las vías oficiales están cerradas o congestionadas, los habitantes cruzan por lo que se conoce como “trochas”, caminos improvisados por el monte en los que normalmente hay que pagar “vacuna” a alguna organización criminal para pasar.

“La gente desesperada por cruzar encuentra la forma de hacerlo, y desafortunadamente a menudo es presa de redes de traficantes, contrabandistas o grupos armados”, dijo el portavoz de ACNUR Andrej Mahecic al criticar los cierres de frontera. A pesar de las dificultades, al Agencia de la ONU calcula que hay alrededor de 5.000 salidas diarias de Venezuela hacia el exterior.

Maduro también llegó a cerrar los 2.200 kilómetros de frontera con Brasil y las lindes marítimas y aéreas con las islas de Aruba, Bonaire y Curaçao. Recientemente permitió la reapertura con Brasil y Aruba.

Personas cruzando la frontera colombo-venezolana, bloqueada parcialmente. (Reuters)
Personas cruzando la frontera colombo-venezolana, bloqueada parcialmente. (Reuters)

Frontera burocrática

Pero ya sea por tierra, mar o aire, el aumento del flujo migratorio de los venezolanos al exterior también está haciendo más compleja la frontera burocrática. Cada día, hay más requisitos incluso para conseguir visados. Para visitar Canadá, por ejemplo, pueden llegar a preguntar detalles sobre tus familiares, sus lugares de residencia o un registro de los estados de cuenta. En Perú, acaban de anunciar que los venezolanos que lleguen al país –y no lo hagan como turistas– deberán tener pasaporte y visa humanitaria.

En el caso de la visa estadounidense, el cierre de la embajada ha complicado aún más las cosas. Quienes quieran acceder a ella deberán hacer los trámites en Bogotá, algo que ya pone un potente filtro económico que solo deja pasar personas que pueden permitirse un vuelo y varios días de estancia en Colombia. Y si antes eran más generosos con los permisos, ahora están restringiendo el tiempo de vigencia. Gente que antes obtenía su visado por cinco o diez años ahora se considerará afortunado si le dan un año de validez.

Es más, solo el hecho de tener pasaporte vigente es un hito en el país. Conseguir el documento o la prórroga se ha convertido en un problema desde hace unos tres años. Desde la entidad responsable de los pasaportes -el SAIME, Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería- explicaron que no había material para poder imprimir las nuevas unidades. Así que las solicitudes se han ido apilando tanto en Venezuela como en los consulados en el exterior y tan solo se atienden casos justificados “de fuerza mayor”.

Para atajar el problema, el Gobierno decidió estampar prorrogar de dos años o más en los pasaportes vencidos. Pero no todos los países aceptan esta solución improvisada.

Frontera económica

El otro gran obstáculo son los precios en un entorno hiperinflacionario. Un pasaporte cuesta el equivalente a cuatro salarios mínimos y la prórroga, el equivalente a dos.

Aunque, como en todo en una Venezuela sumida en la corrupción, siempre se pueden atajar los trámites más engorrosos mediante los “caminos verdes” –los supuestamente menos menos transitados y menos regulares–. Hace dos años. El Confidencial publicó la historia de una mujer que pagó 300 dólares por su pasaporte. Hoy esa cifra se eleva y el costo del trámite bajo cuerda puede pagarse en 1.000 y hasta 2.000 dólares, una cantidad que pocos venezolanos se pueden permitir pagar.

En la Venezuela saudita de los 70', se podía volar desde Caracas a París en seis horas a bordo del Concorde de Air France. Venezuela estaba junto a Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y México en la selecta lista de destinos servidos por el avión supersónico más famoso del mundo. Tres décadas después, un cóctail de burocracia imposible, sanciones externas y medidas restrictivas hacen que Venezuela cada día se asemeja más a una mastodóntica isla de 916.445 kilómetros cuadrados.

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