EEUU, "UNA ECONOMÍA DE LA ANSIEDAD"

Antidepresivos para todo en el país más medicado del mundo

El mercado de este tipo de fármacos no deja de crecer. 15,5 millones de estadounidenses llevan más de cinco años tomándolos, el doble que en 2010 y el triple que en el año 2000

Foto: Un cliente espera en el mostrador de una farmacia dentro de unos grandes almacenes en Pasadena. (Reuters)
Un cliente espera en el mostrador de una farmacia dentro de unos grandes almacenes en Pasadena. (Reuters)

El mercado de los fármacos antidepresivos en Estados Unidos ha tenido un excelente mes de marzo: el Gobierno acaba de aprobar el uso de dos medicamentos nuevos y más potentes, capaces de llegar a territorios inaccesibles para productos como el Prozac o el Lexapro. Uno de ellos, el Zulresso, es el primero que trata la depresión posparto, que afecta a una de cada siete madres estadounidenses. El otro es un espray nasal capaz de borrar la depresión casi de un plumazo, en apenas unas horas. Ambos se suman a un mercado rebosante: el país más medicado del mundo.

“El potencial para reducir rápidamente los síntomas de este importante trastorno es un hito apasionante en la salud mental de las mujeres”, declaró la doctora Samantha Meltzer Brody en la página oficial de Sage Therapeutics, la fabricante de Zulresso. Las causas de la depresión posparto siguen siendo confusas; los científicos sopesan los cambios hormonales drásticos, como la caída del estrógeno y la progesterona, y el esfuerzo de adaptación a una vida nueva, con otras rutinas y responsabilidades. Dado que los antidepresivos habituales pueden no ser buenos durante el periodo de lactancia, este se puede considerar el primer fármaco destinado específicamente a las mujeres que acaban de dar a luz. El tratamiento, sin embargo, es aparatoso y caro: requiere 60 horas de infusión intravenosa, y cuesta 34.000 dólares.

El otro medicamento aprobado es un espray nasal de esketamina, un pariente muy cercano de la ketamina, más conocida como “la droga de las fiestas”. Originalmente, un anestésico para caballos. Se llama Spravato y es al Prozac lo que un McLaren a un burro de carga. Un paciente de Prozac nota la mejoría a las dos o tres semanas de comenzar al tratamiento; luego, los síntomas de la depresión se desvanecen en un mes y medio. El Spravato, en cambio, puede liquidar los síntomas el primer día.

Los investigadores recomiendan este fármaco para depresiones severas, cuando el paciente ha seguido al menos dos tratamientos y estos no han funcionado. “Si alguien llega a la sala de urgencias y acaba de estar pensando en tirarse de un puente, y necesita ayuda, ahora mismo no hay nada que podamos hacer para quitarle el suicidio de la cabeza”, declaró el Dr. Mark George, profesor de psiquiatría en la Universidad de Carolina del Sur y uno de los responsables de estudiar este medicamento de Johnson & Johnson. “Así que la belleza de este compuesto, aunque sea un opiáceo, es que te puede quitar rápidamente el suicidio de la cabeza”.

Medicamentos en las estanterías de una farmacia en Portsmouth, Ohio, en junio de 2017. (Reuters)
Medicamentos en las estanterías de una farmacia en Portsmouth, Ohio, en junio de 2017. (Reuters)

Un mercado boyante

Más allá del beneficio práctico que representan para un enfermo, estos productos forman parte de un mercado boyante, que no hace más que crecer de forma exponencial. Entre 1999 y 2014, el consumo de antidepresivos en Estados Unidos aumentó un 65%, según datos del Centro de Control y Prevención de Enfermedades. El 11% de los estadounidenses toma medicamentos contra la depresión, frente al 6,5% de los españoles, por ejemplo, o el 1,3% de los surcoreanos. La proporción es mayor entre las personas de raza blanca y entre mujeres: el 16,5% de ellas reconoció haberse medicado en el mes anterior al sondeo. Es como si las técnicas de márketing y las ansiedades de la vida moderna se hubieran aliado para alimentar este sector.

“Los americanos están consumiendo medicamentos antidepresivos a un ritmo alarmante porque están sufriendo una crisis de conexión con sus vidas”, dice a este diario el Dr. Paul Hokemeyer, especializado en terapia familiar y contra las adicciones, e identifica varias crisis combinadas: “La mayoría de los americanos se sienten traicionados por el sistema político y por sus líderes. Ya no pueden esperar una vida mejor para sus hijos”, explica. “La tecnología los ha desconectado unos de otros (...). Al mismo tiempo, los intereses comerciales les dicen que la solución a sus problemas viene de una fuente externa, una píldora que arreglará su fisiología”.

El márketing farmacéutico se ha hecho más sofisticado, ha llegado a las redes sociales, y ya no queda situación embarazosa en la vida diaria que no se pueda arreglar con una píldora: ¿Miedo a hablar en público? Un beta bloqueador te ayudará. ¿Necesitas retrasar el orgasmo? Prueba Sertraline. Y las compañías que los venden, como escribe Frances Ryan, “no se parecen a GlaxoSmithKline o Pfizer”, sino que se autodenominan startups, se anuncian en Instagram, y apelan a un público joven y urbanita envolviendo sus campañas en valores como la diversidad o el feminismo. Todo en beneficio de una “economía de la ansiedad”.

“Los médicos están bajo una presión extraordinaria de sus pacientes, a quienes los intereses corporativos están lavando el cerebro”, continúa el Dr. Hokemeyer. “Hoy, las farmacéuticas publicitan medicamentos a los pacientes. Estos, convencidos de que los medicamentos son la solución, exigen a sus doctores que se los receten. Si lo doctores no aceptan sus exigencias, los pacientes pueden ir a internet y destruir la reputación del doctor con unos pocos golpes de tecla”.

La sede del Centro de Control y Prevención de Enfermedades en Atlanta. (Reuters)
La sede del Centro de Control y Prevención de Enfermedades en Atlanta. (Reuters)

Exámenes mal concebidos

El mercado está creciendo no sólo en el número de usuarios, sino también en la intensidad y duración del consumo de píldoras. En la actualidad, unos 15,5 millones de estadounidenses llevan más de cinco años tomando antidepresivos: el doble de personas que en 2010 y el triple que en el año 2000. Según un estudio de The New York Times, este tipo de fármacos se crearon originalmente para tratamientos a corto plazo. Las pruebas científicas, que duran una media de dos meses, se suelen centrar en los efectos de la droga, no en las dificultades del paciente para dejarla.

“A la mayoría de la gente se le recetan estos medicamentos en cuidados primarios, después de una breve visita y sin síntomas claros de depresión clínica”, declaró al Times el Dr. Allen Frances, profesor de psiquiatría en Duke University. “Por lo general hay una mejoría, a menudo por el paso del tiempo o el efecto placebo. Pero el paciente y el doctor no lo saben y le dan al antidepresivo un crédito que no merece”.

La palabra “epidemia” se ha asomado a los labios de algunos observadores que mencionan la generosidad del Gobierno al aprobar estos fármacos y de los médicos al recetarlos. Un proceso que recuerda al caso de los medicamentos opiáceos, que se popularizaron a finales de los años noventa gracias a una ambiciosa campaña de márketing por parte de las grandes farmacéuticas.

“Necesitamos distanciarnos de considerar tener dolor como un quinto síntoma”, dice el Dr. Hokemeyer. “Es demasiado subjetivo y fácilmente abusable. Tenemos que enseñar a nuestros pacientes a tolerar el dolor e incorporar intervenciones no farmacéuticas para gestionarlo y eliminarlo”.

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