LA FAMILIA SACKLER

Los filántropos que envenenaron Estados Unidos

¿Quién está detrás de la crisis de los opiáceos? Así es Purdue Pharma, la compañía que dijo que el dolor no tenía sentido y comercializó el OxyContin, un fármaco dos veces más potente que la morfina

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La familia Sackler ha gozado siempre de un aura benigna y cultivada. Su nombre preside un ala entera del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York (la más famosa, la del templo egipcio), un ala del British Museum y una parte del Louvre de París. El Guggenheim tiene un centro de educación artística que se llama, precisamente, Sackler, y ¿quién patrocina el Centro de Arte Feminista del Museo de Brooklyn? Exacto.

Los Sackler también han pagado, y bautizado, edificios de Columbia, Harvard, Oxford y Cambridge, y son los mecenas del centro de investigación contra el cáncer de la Universidad de Yale. Incluso tienen un lema de familia edificante y límpido: el último consejo que el mayor del clan, Arthur Sackler, dio a sus hijos: “Dejad el mundo siendo un lugar mejor de como lo encontrásteis”.

Los hermanos Sackler compraron Purdue Pharma en 1952, y les fue bien. Crearon y vendieron montones de tranquilizantes, entre ellos el Valium. Pero su medicamento estrella no vio la luz hasta 1996. El OxyContin, un fármaco opiáceo dos veces más potente que la morfina, salió al mercado acompañado de una ambiciosa campaña de márketing.

Purdue Pharma organizó congresos de medicina por todo Estados Unidos; más de 5.000 médicos, enfermeros y farmacéuticos fueron adiestrados en las ventajas de esta maravillosa panacea: el OxyContin acabaría de una vez por todas con el dolor, sufrir no tenía sentido, y una píldora bastaría para borrar cualquier molestia durante 12 horas. La investigación que Purdue trasladó a los doctores decía que el Oxycontin, además, no era adictivo; se produjeron anuncios de televisión y se creó un sistema de bonificaciones para incentivar a los vendedores.

El sufrimiento, un absurdo

La campaña fue un éxito, y las ventas del OxyContin se triplicaron entre 1996 y 1997. Pero solo era el principio. En 1999 Richard Sackler se convirtió en el presidente de Purdue, redobló la campaña y reclutó a cientos de vendedores con órdenes de asegurar a los médicos que el riesgo de adicción del fármaco era inferior al 1%. “¡Dedicad el 70% de vuestro tiempo a vender OxyContin!”, decía una circular interna de Purdue. Según la acusación en curso del estado de Massachussets, Sackler prometió a sus empleados que “el lanzamiento de las tabletas de OxyContin irá seguido por una tormenta de recetas que enterrarán a la competencia”.

OxyContin. (Reuters)
OxyContin. (Reuters)

Para 2001, el medicamento ya superaba los 1.000 millones de dólares de negocio al año y representaba el 30% de las ventas de opiáceos en Estados Unidos. Otras compañías, como Johnson & Johnson, Insys, Mylan o Depomed, se subieron al carro, pero fue Purdue la pionera y la más agresiva. Entre todas, con sus becas, congresos, programas de formación y anuncios en canales y revistas, consiguieron transformar el paradigma médico: el sufrimiento era absurdo. Los opiáceos, que en principio se recetaban para casos de cáncer o post-operatorios, eran la solución universal.

¿Y qué opinaban los médicos? La mayoría no tenía queja. Los informes de Purdue aseguraban que el OxyContin era eficaz, que no enganchaba, y la consulta se les llenó de pacientes que siempre venían a por más. Una vez acabado el tratamiento, sin embargo, los médicos se empezaron a dar cuenta de que resultaba difícil desenganchar a los pacientes. Pero, dado que en EEUU la sanidad es un negocio y los enfermos son clientes, muchos siguieron recetando. “Si vas al médico y dices: doctor, me duele algo, recéteme unas pastillas, y él dice que no. ¿Qué harías? Irías a buscar otro médico”, dijo a este diario David Patterson, profesor de salud pública de la Universidad de Washington (2). “Su negocio es tener a los pacientes contentos”.

Los casos de adicción eran cada vez más evidentes, muchos de ellos terminaban en sobredosis letales, y las autoridades empezaron a hacer preguntas. Richard Sackler decidió que la mejor defensa era culpar de la adicción a los propios pacientes, no a los médicos ni al OxyContin. “Tenemos que incidir en los que abusan [del OxyContin] de todas las maneras posibles”, escribió en un correo electrónico. “Son los culpables y son el problema. Son criminales irresponsables”.

Trastorno y adicciones

A mediados de la década era obvio que el OxyContin resultaba mucho más adictivo y letal de lo que había dicho Purdue. Según el Instituto Nacional contra el Abuso de Drogas, entre el 8 y el 12% de quienes toman opiáceos acaban desarrollando un trastorno, y el 80% de los consumidores de heroína (la alternativa barata a la que recurren los pacientes que se quedan sin receta, sobre todo los jóvenes) se engancharon a través de los fármacos. Purdue fue denunciada y obligada a reconocer que, en efecto, había mentido respecto a las propiedades del producto; se lo había vendido no sólo a los doctores, sino a todo el escalafón médico, a cambio, muchas veces, de regalías económicas y profesionales. La empresa fue condenada en 2007 a pagar 600 millones de dólares al estado y a las familias querelladas.

Herida por la sospecha, Purdue contrató a la consultora McKinsey para que le ayudase a contrarrestar el mensaje de las familias afectadas y a expandir el negocio. Los consultores sugirieron ir más allá, y publicitar los opiáceos como fármacos “que reducen el estrés y hacen a los pacientes más optimistas y menos aislados”, según la demanda interpuesta por el estado de Massachussets. Es decir, el dolor físico no era suficiente. Había que recetar OxyContin, también, para las emociones, para sentirse optimista y feliz y acompañado.

Por consejo de McKinsey, Purdue se volvió más agresiva en su política comercial: subió la presión a las cadenas farmacéuticas que vendían sus productos y decidió centrarse no en formar nuevos médicos, sino en persuadir a los que ya recetaban cantidades abundantes de OxyContin. Un estudio de la consultora demostró que, si los representantes de ventas de Purdue visitaban muchas veces a un doctor, este acababa recetando el doble de opiáceos a sus pacientes.

Intervención del equipo médico ante una sobredosis en Boston. (Reuters)
Intervención del equipo médico ante una sobredosis en Boston. (Reuters)

La multa de 2007 fue pagada, y el negocio siguió adelante con más fuerza que nunca. Las fabricantes de opiáceos dispararon la distribución y el gasto publicitario. Según una investigación de Associated Press y el Centro de Integridad Pública, las farmacéuticas invirtieron 880 millones de dólares entre 2006 y 2015 en presión política y donaciones para colocar sus productos en todo el país.

Una cantidad ocho veces superior a la del poderoso 'lobby' de las armas y 200 veces mayor a la de sus adversarios: aquellas organizaciones que luchan para limitar el consumo de pastillas. Una vez más, funcionó. A día de hoy los Sackler tienen más dinero que los Rockefeller o los Mellon: unos 13.000 millones de dólares, según la revista Forbes.

La verdadera generación perdida

A medida que aumentaron las ventas y las cuentas bancarias, también lo hicieron las muertes. Las sobredosis de sustancias opiáceas acabaron con la vida de más de 8.000 personas en 1999. Ochos años después, en 2007, la cifra llegó a 18.515 muertes. El número de fallecimientos por sobredosis rebasó los 47.000 en 2017 (17.029 de ellos eran pacientes que estaban siguiendo, en ese momento, una receta).

A día de hoy algunas regiones de EEUU, sobre todo rurales y del interior, han sido diezmadas. En pueblos de Virginia Occidental se habla de la “generación perdida” y en ocasiones los depósitos de cadáveres, como en el caso de Dayton, en Ohio, no tienen espacio suficiente para almacenar a los muertos que les llegan por sobredosis. La epidemia de los opiáceos ya se ha convertido en la primera causa de muerte evitable en Estados Unidos, por encima de las caídas y los accidentes de tráfico.

El número de litigios ronda el millar; un volumen colosal para cualquier empresa, especialmente una que sigue siendo estrictamente privada

El daño ya está hecho, sigue haciéndose, y a toro pasado empiezan a sonar “mea culpas”. La agencia gubernamental que da luz verde al uso de medicamentos en Estados Unidos ha reconocido algunos errores. “No hay estudios sobre la seguridad o la eficacia de los opiáceos en el uso a largo plazo”, declaró en la CBS el Dr. David Kessler, jefe de esta agencia, la FDA, cuando se aprobó el OxyContin. “El tipo de prueba rigurosa en la cual la agencia tendría que haberse apoyado no está ahí”.

El mundo contra Purdue Pharma

El coste humano, social y económico (78.000 millones de dólares anuales, según cálculos del Gobierno) de la crisis de los opiáceos ha generado una ola de demandas contra Purdue Pharma. Van a por ella estados, condados, ciudades, víctimas y familiares de las víctimas que la acusan de haber estafado, durante años, a médicos y pacientes. El número de litigios ronda el millar en el momento de escribir estas líneas; un volumen colosal para cualquier empresa, especialmente una que sigue siendo estrictamente privada, en manos de los Sackler. La familia, legalmente asediada, estudia declarar la bancarrota de Purdue Pharma; una manera técnica de matar a la compañía y esquivar el aluvión de demandas.

Las decentes palabras de Arthur Sackler, fallecido antes de que saliera el OxyContin (y cuya rama de la familia se ha desmarcado de la crisis), quizás sirvan para honrar a los museos y las universidades más elitistas del mundo. Pero bajo las salas bien iluminadas, las letras de oro y los frontispicios de mármol, se escuchará un rumor creciente: el de las cientos de miles de víctimas que ahora piden justicia.

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