quién es quién en el conflicto libio

'Supermilicias', petróleo y choque de potencias: ¿qué está pasando en Libia?

Es improbable que la conferencia de Palermo de estos días sirva para resolver un conflicto tan intrincado como el de este país al sur del Mediterráneo, cuya importancia para Europa es crucial

Foto: Milicianos libios alineados con el Gobierno de Trípoli durante la lucha contra el ISIS en Sirte, en diciembre de 2016. (Reuters)
Milicianos libios alineados con el Gobierno de Trípoli durante la lucha contra el ISIS en Sirte, en diciembre de 2016. (Reuters)

Las expectativas eran muy altas: el nuevo Gobierno de Italia había anunciado la celebración en Palermo, este 12 y 13 de noviembre, de una conferencia sobre el futuro de Libia a la que asistirían los principales líderes libios y representantes de los países implicados en el conflicto. Pero en el último minuto uno de los personajes clave, el mariscal Jalifa Haftar -que gobierna de forma efectiva la región de Cirenaica, que comprende el este del país- anunció que no participaría, optando en su lugar por mantener encuentros bilaterales con diversos jefes de estado pero no con sus rivales. La reunión de Palermo queda herida de muerte, y es improbable que sirva para algo más que para pronunciar algunas bellas palabras y vagos compromisos futuros.

Pero si algo subraya este episodio es la complejidad del escenario libio y la dificultad de encontrar soluciones para el caos que azota el país desde el derrocamiento de Muamar Al Gaddafi en 2011. La diversidad de actores y potencias implicadas y el caleidoscopio de alianzas cambiantes hacen que sea realmente difícil orientarse en el laberinto libio. El Confidencial ha preparado esta breve guía introductoria para los lectores interesados en lo que sucede al otro lado del Mediterráneo, que es de una importancia crucial para el sur de Europa.

Un país con (al menos) dos Gobiernos

El panorama libio es complicado, pero ha llegado a serlo mucho más. En estos momentos, Libia cuenta con dos poderes ejecutivos, uno con base en Trípoli y otro en la ciudad oriental de Tobruk, como resultado del turbulento historial electoral del país. Los primeros comicios tras la caída de Gaddafi, en 2012, otorgaron la mayoría parlamentaria a una alianza entre los Hermanos Musulmanes y otras facciones islamistas. Las siguientes elecciones, en 2014, dieron lugar a un Parlamento totalmente diferente, pero los grupos islamistas se negaron a entregar el poder.

En este caos empezó a cobrar relevancia la figura del general Haftar, que tras haber servido en el ejército de Gaddafi se había convertido en un disidente y había establecido el ala militar de la oposición en el exilio, el autodenominado Ejército Nacional Libio, que desempeñó un papel importante en la rebelión contra el dictador en 2011. Haftar capitalizó la indignación popular contra los islamistas en el este del país y lanzó la llamada Operación Dignidad, una ofensiva militar destinada a expulsarles del poder. Como respuesta, los islamistas y las milicias que los apoyaban -con el respaldo de Qatar y Turquía, que les enviaron fondos y armamento- crearon la coalición Amanecer Libio, que hizo frente a las fuerzas de Haftar. El nuevo Parlamento se vio obligado a reestablecerse en Tobruk, con lo que la autoridad en el país quedaba formalmente dividida en dos.

Las negociaciones de la ONU lograron que a finales de 2015 se estableciese en Trípoli el llamado Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), liderado por el primer ministro libio Fayaz Al Sarraj, que aglutinó a varias facciones enfrentadas y que a día de hoy goza del reconocimiento de casi toda la comunidad internacional. El Gobierno de Tobruk, que ejerce sobre todo como el brazo político de las fuerzas de Haftar, cuenta con el apoyo de Egipto, los Emiratos Árabes Unidos y Rusia. Hoy, los esfuerzos diplomáticos occidentales van encaminados a lograr algún tipo de pacto entre ambas facciones que permita establecer un verdadero ejecutivo de unidad nacional.

El general Jalifa Haftar tras encontrarse con el ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov en Moscú, en noviembre de 2016. (Reuters)
El general Jalifa Haftar tras encontrarse con el ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov en Moscú, en noviembre de 2016. (Reuters)

El problema de las 'supermilicias'

Además de los dos grandes actores políticos, en el país operan numerosas milicias con capacidad para actuar por su cuenta. Algunas, como las de Misrata, Trípoli y Zintan, han aceptado en su mayoría someterse recientemente a la autoridad del Gobierno de Acuerdo Nacional, ejerciendo de forma efectiva como fuerzas armadas oficiales del ejecutivo de Trípoli. La progresiva fusión de muchas de ellas ha llevado a la creación de lo que algunos expertos denominan 'supermilicias', auténticos ejércitos privados que se financian mediante toda una serie de negocios ilícitos, y que se han beneficiado de la necesidad de la ONU de contar con actores armados que pudiesen garantizar la seguridad en la capital y otras áreas.

Otros grupos armados, como las milicias de la etnia Tubu, en el sur del país, se alinearon en un primer momento con Haftar, si bien han cambiado de bando cuando el Gobierno de Tobruk empezó a apoyar a sus enemigos tribales en la ciudad de Sabha. En el oeste existen además milicias de etnia tuareg, algunas de las cuales apoyaron a Gaddafi durante la guerra de 2011, y que han evitado aliarse abiertamente con ninguna de las grandes facciones actuales. Muchos líderes tuareg cooperan con Al Qaeda en el Magreb Islámico controlando las rutas del contrabando en el Sáhara y el norte del Sahel.

Personal de seguridad examina el lugar de un ataque suicida contra la comisión electoral en Trípoli, el 2 de mayo de 2018. (Reuters)
Personal de seguridad examina el lugar de un ataque suicida contra la comisión electoral en Trípoli, el 2 de mayo de 2018. (Reuters)

La inquietante presencia yihadista

Los grupos yihadistas han sido una constante en el conflicto libio desde el principio. Aunque AQMI tiene presencia en el oeste, está más implicado en los teatros de Argelia y el Sahel que en la guerra civil libia. Sin embargo, otra facción vinculada a Al Qaeda, la llamada Ansar Al Sharía en Libia, sí ha jugado un papel importante desde el primer momento, participando, por ejemplo, en el asalto al consulado estadounidense en Bengasi en 2012. Ansar Al Sharía logró hacerse con el control de importantes áreas territoriales en las ciudades de Derna y Bengasi, de donde fueron expulsados por las sucesivas ofensivas de las fuerzas de Haftar. Los supervivientes se han agrupado en una coalición llamada Fuerzas de Defensa de Bengasi, y siguen activos en algunas zonas del centro del país.

El Estado Islámico aprovechó el caos de la guerra civil en 2014 para establecerse en amplias zonas de la costa y convertir la localidad de Sirte en la tercera capital del Califato. No obstante, la acción combinada de las demás facciones armadas del país, así como la intervención aérea de la coalición internacional contra el ISIS, ha acabado por expulsarles de casi todos sus bastiones. Sin embargo, el grupo sigue activo y continúa lanzando ataques, como el doble atentado suicida contra la sede de la Alta Comisión Electoral Nacional en Trípoli en mayo de 2018, en el que murieron 14 personas.

Un partidario de Jalifa Haftar durante una manifestación para exigirle que tome el poder, en Bengasi, en diciembre de 2017. (Reuters)
Un partidario de Jalifa Haftar durante una manifestación para exigirle que tome el poder, en Bengasi, en diciembre de 2017. (Reuters)

Las grandes potencias mueven ficha

Si hay un país con un interés directo en lo que sucede en Libia, ese es sin duda Egipto, que ha optado por apoyar abiertamente a Haftar. El Gobierno de Abdel Fatah Al Sisi comparte con el mariscal la hostilidad hacia los islamistas, y, según Mattia Toaldo, especialista en Libia del European Council on Foreign Relations, para El Cairo “tener Cirenaica bajo el control de un líder amistoso hacia Egipto -por ejemplo Haftar- crearía una zona tapón con el ISIS y una barrera territorial contra cualquier oposición al régimen egipcio”. Para ello, asegurar la autonomía del este de Libia es fundamental.

En este empeño cuenta con el respaldo de Rusia y Emiratos Árabes Unidos, que han considerado que apoyar a Haftar es la mejor de sus bazas disponibles. Frente a ellos, Turquía y Qatar -y, en menor medida, Sudán- optaron en su momento por apoyar a la coalición Amanecer Libio, pero la creciente irrelevancia de las milicias islamistas parece haberl dejado fuera de juego a Ankara y Doha, por lo que han trasladado su respaldo al Gobierno de Trípoli, junto con gran parte de la comunidad internacional.

La gran excepción es Francia, quien, pese a haber saludado nominalmente la formación del Gobierno de Acuerdo Nacional, también ha enviado comandos en apoyo de Haftar, de quien París ha ejercido como valedor político. Y, para ilustrar lo intrincado del tablero libio, las fuerzas de Haftar han recibido además apoyo británico, estadounidense y jordano en sus operaciones contra el Estado Islámico, según la publicación Middle East Eye.

El primer ministro libio Fayaz Al Sarraj y el general rebelde Jalifa Haftar se encuentran en París a petición de Emmanuel Macron, en julio de 2017. (Reuters)
El primer ministro libio Fayaz Al Sarraj y el general rebelde Jalifa Haftar se encuentran en París a petición de Emmanuel Macron, en julio de 2017. (Reuters)

¿Cómo afecta esto al petróleo?

Libia, el noveno país con las mayores reservas petrolíferas del mundo, se ha visto sometido a diversos altibajos en la producción y exportación de crudo desde la caída de Gaddafi, incluyendo un bloqueo de los pozos más importantes en 2013 y 2014. Sin embargo, la relativa estabilización del país ha beneficiado progresivamente al sector, que en abril alcanzó los 1,05 millones de barriles al día, lejos de los 3 millones diarios que exportaba en los años 70 pero aún así una cifra considerable.

Pese a ello, el escenario está lejos de ser idílico: los pozos más lucrativos, en el llamado “creciente petrolero” que va desde Es Sidre hasta Zuetina, y que produce más de la mitad del crudo del país, están en manos de Haftar, pero la exportación se produce a través de Trípoli. A finales de junio, Haftar decretó que ya no permitiría que la Corporación Petrolera Nacional, operada desde la capital, gestionara las ventas, y trató de apuntalar una institución similar en el este del país, no reconocida internacionalmente. Sin embargo, EEUU y otras potencias decretaron la medida ilegal y prohibieron la compra de petróleo exportado desde Libia oriental. Las exportaciones petrolíferas libias cayeron a la mitad, lo que obligó a Haftar a dar marcha atrás a principios de julio. La cooperación resultante es vista por muchos observadores como un signo esperanzador de cara a una futura administración conjunta.

Fuerzas leales a Haftar patrullan la terminal petrolera de Zueitina, al oeste de Bengasi, en septiembre de 2016. (Reuters)
Fuerzas leales a Haftar patrullan la terminal petrolera de Zueitina, al oeste de Bengasi, en septiembre de 2016. (Reuters)

¿Y ahora qué?

En gran medida, la conferencia de Palermo es un intento italiano de arrebatarle el protagonismo a una Francia que se ha autoproclamado maestra de ceremonias en Libia. En mayo, el presidente francés Emmanuel Macron invitó a cuatro de los principales líderes libios, incluyendo a Haftar y Sarraj a París para tratar de forzar una negociación y la celebración de unas elecciones, previstas para el 10 de diciembre de este año. La rivalidad italofrancesa en esta cuestión ha situado a estos dos países en bandos enfrentados en Libia.

“Los intereses económicos de Italia yacen en Trípoli y en el oeste del país, controlado por el GAN, mientras que Francia está preocupada con aportar algo semejante al orden al anárquico sur de Libia”, escriben Federica Saini Fasanotti, analista de la Institución Brookings, y Ben Fishman, del Instituto Washington para la Política de Oriente Próximo, en la revista Foreign Affairs. “Una combinación de contrabandistas, redes criminales y terroristas amenazan la tradicional esfera de influencia de París en la región del Sahel, donde tiene desplegados actualmente 4.500 soldados. Esto supuestamente ha llevado a Francia a favorecer a Haftar, en la creencia de que está mejor posicionado para restablecer la seguridad y erradicar a los yihadistas de Libia”, indican.

Pero mientras París sigue presionando a favor de la celebración de elecciones este diciembre, en la creencia de que beneficiarían a Haftar, la mayoría de los observadores lo considera inviable. Algunos expertos advierten de la necesidad de que se redacte antes un texto constitucional que defina el marco electoral. “Sin una constitución, los líderes recién electos tendrán poderes pobremente constreñidos y límites a sus mandatos pobremente definidos, y lo que está en juego en las elecciones será por lo tanto mucho más elevado”, señala un informe del Instituto Estadounidense de Paz (USIP) publicado en agosto de este año.

En ese sentido, el enviado especial de la ONU para Libia, Ghassan Salamé, presentó el pasado viernes un nuevo plan para el país, que incluye la celebración de una gran Conferencia Nacional a principios de 2019 que permita fijar un calendario electoral y la redacción de una constitución. Salamé se apoya en las encuestas que indican que el 80% de los libios quieren elecciones, y espera que las urnas sirvan para sacar del tablero a elementos en ambos bandos que se resisten a cualquier cambio en el statu quo. Pero frente a los deseos de los mediadores está la voluntad de las partes enfrentadas, y eso, como siempre, sigue siendo una incógnita.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios