tiene un trazado previsto de 1.200 kilómetros

¿El mayor beneficiario de una paz en Corea? Un gasoducto de 10.000 millones de dólares

Hasta hace poco, la idea del Gasoducto Transcoreano parecía una locura. Ya no: los líderes de Moscú y Seúl confían en convencer a Pyongyang de que el proyecto beneficia a todos

Foto: Un hombre camina sobre un gasoducto de Gazprom en construcción en Vladivostok, en 2012. (Reuters)
Un hombre camina sobre un gasoducto de Gazprom en construcción en Vladivostok, en 2012. (Reuters)

Durante muchos años ha sido visto como un proyecto descabellado. Pero de repente, en un clima general de distensión, ya no es una idea tan loca: un gasoducto que cruce la península coreana y permita transportar gas desde Rusia hasta Corea del Sur, abaratando sensiblemente los costes energéticos de este último país.

Así lo ven, desde luego, los presidentes de ambas naciones, que el pasado junio se reunieron para discutir posibles opciones de cooperación económica trilateral junto a Corea del Norte. Sobre la mesa está un potencial acuerdo de libre comercio y el establecimiento de infraestructuras que conecten los tres países. Y el proyecto estrella: la recuperación del llamado Gasoducto Transcoreano, una idea que lleva sobre la mesa desde que Vladímir Putin visitó Pyongyang en 2001, pero que había sido considerada demasiado arriesgada. Hasta ahora.

La cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un en Singapur, y el acercamiento en paralelo entre Seúl y Pyongyang, han alterado radicalmente el panorama. "Si la situación de seguridad en la península coreana mejora, podremos revisar el asunto del gasoducto entre las dos Coreas y Rusia", declaró a finales de marzo el ministro de Exteriores surcoreano, Kang Kyung-wha, durante un foro regional de cooperación energética, según la agencia Yonhap. "Es más, si el Norte participa en conversaciones sobre la cooperación en energía en el nordeste de Asia, serviría como un catalizador que ayude a reducir las tensiones geopolíticas en la región", añadió.

El Gasoducto Transcoreano es uno de los puntos fuertes de la llamada Nueva Política hacia el Norte del presidente Moon Jae-in, un gran plan de infraestructuras e iniciativas de cooperación económica con el propósito de fomentar la estabilidad en la península. “A medida que nos movemos en la dirección de la paz, la probabilidad de que se construya el gasoducto se ha incrementado”, afirma Park Sang-chul, profesor de política energética en la Universidad Politécnica de Corea del Sur, en un artículo de Reuters sobre este asunto.

El proyecto, esbozado en 2011 por los presidentes de la firma energética rusa Gazprom, Alexey Miller, y la surcoreana Kogas, Choo Kansoo, prevé el establecimiento de una conducción de 700 kilómetros desde Vladivostok hasta Pyongyang, y de ahí otros 500 kilómetros hasta Seúl, con la intención de suministrar 7,5 millones de toneladas de gas ruso a lo largo de 30 años. No obstante, el fallecimiento de Kim Jong-il y la renovada carrera nuclear de Pyongyang impulsada por su hijo y sucesor, con el consiguiente aislamiento internacional, dieron al traste con estos planes. Seúl consideró que ceder la llave de su seguridad energética a Corea del Norte era demasiado imprudente.

El presidente ruso Vladímir Putin y el surcoreano Moon Jae-in durante la visita de éste al Kremlin, el 22 de junio de 2018. (EFE)
El presidente ruso Vladímir Putin y el surcoreano Moon Jae-in durante la visita de éste al Kremlin, el 22 de junio de 2018. (EFE)

Una abultada factura energética

"Las ideas detrás del gasoducto parecen muy difíciles de implementar, especialmente dado el complejo contexto político-militar que continúa en la península coreana, y los riesgos políticos obvios", dijo Gazprom en un comunicado corporativo en octubre de 2012. "Sin embargo, si hay voluntad política y un compromiso mutuo, este proyecto podría tener lugar, reforzando no sólo la energía, sino también la seguridad militar y política en esta región más bien turbulenta", concluyó. Y tal vez, consideran los líderes, ese momento ha llegado.

Corea del Sur es uno de los países más dependientes del mundo desde un punto de vista energético: importa más del 80% de la energía que consume, cifra que se eleva hasta el 99% en el caso del gas natural. Hasta diciembre de 2017, fecha en que fue superada por China, ha sido la segunda importadora del mundo de gas natural licuado (LNG, por sus siglas en inglés), tan sólo por detrás de Japón. En 2017, estas importaciones le costaron a Corea del Sur alrededor de 12.000 millones de dólares, y se prevé que este año, con los precios de los hidrocarburos de nuevo al alza, la cifra sea aún más abultada.

Seúl, además, trabaja para reducir su dependencia del carbón y la energía nuclear, lo que apunta a un consumo todavía mayor. El 90% de esta energía procede de un Oriente Medio cada vez más inestable, por lo que es lógico que el país quiera diversificar sus proveedores garantizándose el suministro desde Rusia. Basándose en estimaciones a partir de infraestructuras semejantes en Europa y Norteamérica, el Gasoducto Transcoreano podría costar entre 5.000 y 10.000 millones de dólares. No obstante, eso permitiría reducir significativamente la factura energética surcoreana.

El proyecto también acarrea importantes ventajas para Pyongyang. Corea del Norte también puede beneficiarse percibiendo tarifas de tránsito o recibiendo infraestructura de gas”, señala Kim Kyong-sool, investigador del Instituto de Economía Energética de Corea del Sur, un think tank de financiación estatal. El beneficio podría ser de entre 100 y 150 millones de dólares anuales. Según Reuters, los promotores del proyecto plantean la construcción de una planta eléctrica alimentada por gas para hacerlo aún más atractivo para el Norte, sometido constantemente a apagones y cortes eléctricos.

Kim Jong-un asiste a una reunión con profesores e investigadores de la Universidad de Tecnología Kim Chaek de Pyongyang, el 29 de septiembre de 2018. (Reuters)
Kim Jong-un asiste a una reunión con profesores e investigadores de la Universidad de Tecnología Kim Chaek de Pyongyang, el 29 de septiembre de 2018. (Reuters)

Todos salen ganando

La idea también resulta atractiva para Rusia, por razones obvias. “Con Europa experimentando una caída de los precios del gas, las preferencias políticas hacia una diversificación en el suministro, y las cuestiones sobre la fiabilidad del tránsito, Rusia está dispuesta a pivotar sus negocios hacia pastos más verdes en el nordeste de Asia. De hecho, como parte de su Estratégica Energética 2013, Moscú desea diversificar hasta un 25% de sus ventas de gas natural a Asia”, escribe Jane Chung, analista del Consejo Atlántico y fundadora de International Market Analysis, en la revista Forbes. “Como incentivo añadido, la penetración rusa de los mercados energéticos asiáticos podría generar influencia geopolítica adicional a costa de sus competidores occidentales (Canadá, Australia, EEUU), que están intentando poner el pie en este mercado en expansión”, señala.

“Los intereses particulares sin duda están ahí, pero Pyongyang, y hasta cierto punto Moscú -que ha usado la energía como arma en el pasado- no son famosos por su fiabilidad como socios comerciales”, indica Chung, que sin embargo cree que “tiene el potencial de ser una situación en la que todos los implicados ganan”.

Las dificultades, sin embargo, siguen siendo ingentes. Entre ellas, además de la citada seguridad, destaca la cuestión de las sanciones internacionales, que prohíben la creación de entidades conjuntas con empresas norcoreanas y las transacciones con Corea del Norte, aunque esto no parece ser un problema insalvable para Rusia, sometida también a sanciones por su parte.

Y está por ver la reacción de Washington si Moscú expande sus exportaciones de gas natural licuado por Extremo Oriente, lo que incrementaría la competición entre ambos en este sector. Gracias al 'fracking', EEUU ha visto dispararse sus reservas de LNG y está llevando a cabo una agresiva política de expansión de mercados, que le ha llevado, por ejemplo, a oponerse al proyecto Nord Stream II en Europa. En este caso, sin embargo, el contexto es muy diferente: la implicación personal del presidente Donald Trump en la gestión de la crisis norcoreana, que le está llevando a perseguir un 'final feliz' a toda costa, puede ser un factor clave. Está por ver si el deseo de llevar a buen puerto la negociación con Corea del Norte acaba por imponerse a las consideraciones económicas.

Algunos especialistas, de hecho, creen que Corea del Sur no reducirá significativamente sus importaciones de gas desde EEUU incluso si el Gasoducto Transcoreano se convierte en una realidad, sino que los principales perjudicados serán los países del Golfo, donde Seúl tiene un amplio margen para recortar sin que afecte a otras fuentes de suministro. Seúl, de hecho, podría ofrecerle garantías a Washington en este sentido para aseguarse su cooperación. Se da, por tanto, una extraordinaria alineación de los astros para que este proyecto pueda finalmente ver la luz. Aunque, como todo lo que tiene que ver con Corea del Norte, nunca se sabe.

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