PYONGYANG LE CONSIDERABA SU CANDIDATO FAVORITO

Moon Jae-in, el nuevo presidente surcoreano de izquierdas que quiere la paz con el norte

El vencedor de las elecciones de hoy es un abogado defensor de derechos humanos, veterano forzoso de las fuerzas especiales, represaliado político y partidario del diálogo con Pyongyang

Foto: Moon Jae-in durante su discurso de victoria al conocerse los resultados electorales. (Reuters)
Moon Jae-in durante su discurso de victoria al conocerse los resultados electorales. (Reuters)

Corea del Sur quería cambio en las elecciones anticipadas celebradas hoy: lo demuestra la abultada victoria conseguida por Moon Jae-in, el hasta ahora candidato opositor, y cuyo perfil no podría ser más alejado del de la destituida Park Geun Hye. La ya ex presidenta se enfrenta a una posible pena de cadena perpetua por corrupción, en una trama que implica a una mujer llamada Choi Soon-sil, “la rasputina surcoreana”, que había logrado el máximo acceso al poder y a enormes privilegios y recursos estatales influyendo en Park a través de una secta de corte chamánico.

La espectacular caída de Park ha beneficiado a un candidato que, de otro modo, tal vez no habría logrado superar la hostilidad de los sectores conservadores surcoreanos. Pero si hay algo que caracterice a Moon es esa imagen de honradez y respetabilidad. Hijo de unos campesinos refugiados de la guerra de Corea, su trayectoria es un ejemplo de compromiso político y activismo democrático, primero contra las dictaduras de Park Chung Hee -el padre de la presidenta destituida- y su sucesor, Chun Doo Hwan, y posteriormente a favor de los derechos de estudiantes y sindicalistas. Su programa, que mezcla políticas económicas de corte socialdemócrata y liberal y una postura pacifista en materia diplomática, ha seducido a los surcoreanos, que le han otorgado más del 40% de los votos.

Moon Jae-in, de 64 años, nació en la isla de Geoje, muy cerca de la localidad costera de Busan. La familia se vio forzada a huir por la guerra, y su padre tuvo que ganarse la vida como trabajador de un campo de prisioneros surcoreano mientras su madre vendía huevos en el puerto. Educado como católico, estudió Derecho en Seúl, pero su militancia política contra la dictadura le valió ser expulsado de la universidad y el ingreso forzoso en el ejército, en una unidad de las fuerzas especiales. Y vio su cuota de acción: en 1976 participó en una serie de operaciones militares en la Zona Desmilitarizada, en un momento de máxima tensión tras la muerte a hachazos de dos soldados estadounidenses por los norcoreanos, el llamado “incidente del asesinato del hacha”.

Moon salió del ejército en 1980 y retomó sus estudios de derecho. Su intención había sido convertirse en juez, pero su nombre había sido inscrito en las listas negras de izquierdistas del régimen, por lo que tuvo que convertirse en abogado privado. Regresó a Busan, donde abrió un bufete con su amigo Roh Moo Hyun, quien no tardaría en entrar en política.

Roh se convirtió en ministro, y posteriormente en presidente. Durante todo ese tiempo, Moon trabajó como asistente de su amigo. Sin embargo, su Gobierno fue sacudido por una serie de escándalos de corrupción, que acabaron con el suicidio de Roh en 2009. No obstante, Moon no se vio salpicado. Tras publicar un libro de memorias titulado “El destino”, que aumentó su popularidad, se presentó como candidato de oposición en las elecciones de 2012, donde perdió contra Park.

Moon Jae-in saluda a sus seguidores en la plaza Gwanghwamun de Seúl tras conocerse su victoria. (Reuters)
Moon Jae-in saluda a sus seguidores en la plaza Gwanghwamun de Seúl tras conocerse su victoria. (Reuters)

El sistema antimisiles, una batalla perdida

Pero a la segunda ha ido la vencida. Moon se ha impuesto a sus rivales con un programa centrado en la transparencia, la promoción del empleo y los estímulos económicos, pero también en un acercamiento a Corea del Norte. Sus posiciones al respecto son bien conocidas -hasta el punto de que Pyongyang le consideraba abiertamente su opción favorita-: oposición al sistema antimisiles THAAD, restablecimiento de conversaciones con el régimen de Kim Jong-un, y reapertura del complejo industrial de Kaesong, en el que trabajadores norcoreanos producían bienes para fábricas de Corea del Sur, cerrado el año pasado por la presión internacional.

El despliegue del sistema THAAD, de hecho, fue culminado a toda prisa el mes pasado precisamente por temor a la posición que podría tomar Moon en caso de llegar al poder. Sin embargo, este parece ser consciente de la dificultad de dar marcha atrás en lo que ya es una política de hechos consumados. “Por un tiempo parecía que una administración de Moon Jae-in podría intentar revertirlo. Más recientemente, Moon ha reconocido que mientras no apoya el despliegue del THAAD, esta reversión podría ser difícil en una fase tan avanzada, sugiriendo que, de ganar, preferiría mantener su capital político para luchas que tenga una posibilidad razonable de ganar”, afirma Christopher Green, analista del International Crisis Group para la península coreana.

Moon tiene una larga trayectoria como 'paloma' hacia Corea del Norte. Como asesor del ministro Roh, contribuyó a organizar la 2ª cumbre intercoreana en 2007, para la que el entonces presidente Kim Dae Jung viajó a Pyongyang como parte de la llamada 'Política del Brillo del Sol' ('Sunshine Policy') de apertura y reconciliación con el régimen norcoreano. No obstante, algunos analistas consideran que una repetición de dicha política -que terminó abruptamente al año siguiente, después de que un soldado norcoreano matase a un turista del sur- es imposible porque la situación ha cambiado desde entonces, y Moon lo sabe. “Ahora, Corea del Norte ha conducido cinco pruebas nucleares y decenas de tests de misiles, terminando con cualquier noción de que la Política del Brillo del Sol pueda ser retomada y constriñendo severamente lo que cualquier nueva administración surcoreana -de izquierda, centro o derecha- pueda o deba hacer en relación con Corea del Norte”, opina Green.

Como prueba adicional del pragmatismo de Moon está el hecho de que se haya abstenido públicamente de criticar a Donald Trump, asegurando que él opina lo mismo que el presidente estadounidense sobre el fracaso de la política de la Administración Obama hacia Pyongyang. La diferencia, obviamente, estriba en las soluciones: mientras el surcoreano promueve el diálogo, Trump ha dejado entender que puede estar abierto a represalias militares, pero los comentarios de Moon son una maniobra inteligente frente a un líder estadounidense que no parece haber decidido cuál es su postura respecto a su aliada Corea del Sur.

Una mujer surcoreana hace una fotografía de su acompañante junto a una figura de Donald Trump durante un evento organizado por la embajada de EEUU en Seúl el día de las elecciones estadounidenses. (Reuters)
Una mujer surcoreana hace una fotografía de su acompañante junto a una figura de Donald Trump durante un evento organizado por la embajada de EEUU en Seúl el día de las elecciones estadounidenses. (Reuters)

Los verdaderos desafíos: China y la economía

“Los EEUU siguen siendo la relación diplomática más importante de Corea del Sur, pero las preocupaciones subyacentes sobre la química entre Trump y el nuevo presidente han sido exacerbadas por las recientes demandas de compensaciones por parte de Trump por un sistema armamentístico que no tiene el pleno apoyo de los progresistas surcoreanos”, señala Scott Snyder, director del programa de política EEUU-Corea del Council on Foreign Relations estadounidense. “Aunque los fundamentos institucionales de la relación siguen siendo fuertes y disfrutan de amplio apoyo popular en ambos países, los errores en cualquiera de ambas partes podrían acabar rápidamente con las reservas existentes de buena voluntad”, cree Snyder.

Dado el actual clima de tensión, es comprensible que la elección de un Moon de ideas radicalmente opuestas a las del ejecutivo anterior respecto a Pyongyang haya despertado la expectación internacional. Sin embargo, en el propio país las preocupaciones son otras, principalmente la economía: según una encuesta, tan solo el 18% de los surcoreanos consideraba la seguridad nacional un asunto relevante en estas elecciones.

De modo que como presidente, Moon tiene varios desafíos más por delante: debe gestionar la relación con China, el principal socio comercial de Corea del Sur, que podría ser un aliado importante en el acercamiento a Pyongyang. No obstante, es también un serio competidor en la producción de manufacturas y en el sector de los astilleros, que amenaza con hundir parte de la industria surcoreana, y además ha lanzado un boicot económico contra el país debido al despliegue del sistema THAAD que no parece dispuesto a levantar a corto plazo. Del mismo modo, Moon no cree que la amenaza norcoreana y la necesidad de mantener un importante aparato de defensa justifique los amplios poderes de los servicios de inteligencia de Corea del Sur, por lo que reducir las competencias de los espías será otra de sus grandes y más arduas batallas durante el principio de su mandato.

Está por ver, además, si Pyongyang está dispuesta a cooperar. Como señala Victor Cha, director de asuntos asiáticos en la Administración Bush y asesor del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington, la realización de una prueba nuclear alrededor de los comicios para testar a los nuevos gobernantes es el comportamiento estándar norcoreano. “Hemos analizado los datos de varias décadas y hemos descubierto que Corea del Norte ha provocado militarmente [a Corea del Sur] de forma regular antes o después de las elecciones”, indica Cha. Un test nuclear, el sexto en la historia de Corea del Norte, pondría en aprietos en sus primeros días a un presidente que considera que, dado que la política de enfrentamiento de los últimos años no ha funcionado, es hora de probar otra cosa.

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