de 180 a 800 casos anuales

La 'desoccidentalización' forzosa de los hijos de inmigrantes en Holanda

Los padres abandonan a sus hijos en sus países de origen para evitar que pierdan sus tradiciones. Hasta 800 menores desaparecen cada año. Solo unos pocos son encontrados por una institución

Foto: Estudiantes de la Escuela Steve Jobs durante una clase en Sneek, Países Bajos. (Reuters)
Estudiantes de la Escuela Steve Jobs durante una clase en Sneek, Países Bajos. (Reuters)

El verano está a la vuelta de la esquita y muchos residentes en el extranjero están ya haciendo planes para viajar a ver a la familia y pasar unos días lejos de la rutina laboral. Pero esta época del año enciende todas las alarmas del Gobierno de Holanda. Muchos padres aprovechan ese viaje para rebelarse contra la educación occidental y deciden abandonar a sus hijos en su país de origen, especialmente en Marruecos, Turquía, Etiopía, Kenia, Somalia, e incluso Bangladesh, India o Pakistán. En el caso de las niñas, muchas se enfrentan a un matrimonio forzado, se quedan sin pasaporte y sin contacto telefónico con el exterior.

Esta es la última denuncia del organismo nacional en Holanda contra los matrimonios forzados y el abandono (LKHA, en sus siglas en neerlandés), que alerta sobre una práctica que afecta a cientos de niños holandeses cada año. Asegura que estos menores son obligados a quedarse en el país de origen de sus padres como gesto de “desoccidentalización”, es decir, para evitar que beban alcohol, se vistan de otra manera, o adopten una cultura y unas prácticas alejadas de las tradiciones.

“Es una forma de abuso infantil. Los niños están avergonzados o no quieren creer que sus padres son capaces de algo así. En temporada de vacaciones, la cantidad aumenta mucho. Hay veces que hay algún malentendido pero en general, este no es el caso”, explica Diny Flierman, portavoz de lKHA, quien advierte de que en la mitad de los casos, está siendo posible recuperar al menor pero en una situación psicológica dura, con niños traumatizados y que necesitan de ayuda especial. La organización ha iniciado este jueves una campaña en las escuelas para concienciar a los profesores y pedirles que estén atentos a posibles víctimas de sus propios padres durante el periodo previo a las vacaciones escolares de verano. Una de las señales más importantes es el temor de los pequeños a viajar al extranjero, según la campaña. “Cuando hay sospechas, es importante no consultar con los padres. Los niños pueden estar entonces en riesgo si la familia sabe que un posible abandono ha llegado a oídos del profesor”, dice.

El número de denuncias –realizadas por familiares cercanos o profesores- de menores holandeses o extranjeros abandonados en su país de origen ha aumentado terriblemente en los últimos años, según LKHA. Este organismo ha establecido una línea directa en 2015 para recibir las denuncias relacionadas con esta práctica. “En los primeros cinco meses de este año, ya hemos recibido más denuncias que otros años, cuando las vacaciones de verano ni siquiera han empezado”, afirmó Diny Flierman, portavoz de la organización.

En lo que va de año, la línea de teléfono de esta organización ha recibido ya reportes sobre la desaparición de 16 niños en el extranjero, una cifra alarmante, en comparación con el total de 30 menores denunciados a esta misma línea el año pasado, 26 en 2015 y 23 en 2015. Sin embargo, las cifras oficiales publicadas por el Ministerio de Asuntos Exteriores la semana pasada elevan a al menos 45 casos durante el año pasado de niños que aparecen como “sustracción de menores o abandono en el extranjero”. Estas cifras son probablemente solo la punta del iceberg, ya que los datos podrían ser incluso mucho más altos, si se tuviesen en cuenta los casos no denunciados. LKHA afirma que van de 180 hasta 800 casos anuales.

"Creen que es amor"

Esta organización es el punto de contacto de Exteriores en caso de que un menor en el extranjero necesite rescate. Su equipo se encarga de verificar la denuncia, comprobar que efectivamente el niño o la niña se encuentra fuera del país y se hace cargo de los preparativos para su regreso a Holanda. “Cuando están en el extranjero, estan constantemente en un modo de supervivencia, pero al sentarse en el avión, sienten seguridad, respiran con alivio y se les quita toda la adrenalina”, explica Tobias, que trabaja en el departamento que recupera a estos niños desde el exterior. Lo importante de esta campaña es que los profesores “puedan aprender a ver y reconocer” el peligro que enfrentan sus alumnos, aunque no solo ellos, sino también los vecinos o los orientadores deben estar alerta.

Su compañera, Anne, también está en contacto diario con niños en problemas en el extranjero. En declaraciones a la radio NPO, Anne contó la historia de un niño que quedó “atrapado en un país africano”, del que prefiere no mencionar el nombre. El pequeño fue enviado por su madre con “falsas pretensiones” para reunirse con su padre, al que no había visto en muchos meses, y allí fue recogido por unos extraños que nada tenían que ver con su progenitor. Le retiraron el pasaporte y el teléfono, y quedó totalmente desconectado de Holanda. Un tiempo después, logró ponerse en contacto con los Países Bajos gracias al móvil de un amigo del colegio y las autoridades holandesas contactaron con las locales del país de origen para investigar la situación del menor. Ante la alarma, un equipo de LKHA viajó allí para comprobar la seguridad del pequeño. “Cuando nos vio, lo primero que nos dijo aliviado fue: ¡Qué bien que pueda hablar neerlandés de nuevo”, recuerda Tobías.

Una vez localizado el menor, se planifica el viaje de vuelta. En este caso el niño, que estaba muy traumatizado, quedó en manos de Protección de Menores del país en cuestión y dormía en un hotel. “Había visto a varias personas en situación inhumana. Tenía que pegarse con otros niños y él mismo había sufrido maltrato”, comenta Anne. Cruzar la frontera no es una tarea fácil, ya que se trata de un menor de edad y necesita los documentos y autorización de viaje por parte de sus padres, que en la mayoría de los casos no están dispuestos a permitir su vuelta. Sin embargo, en ese caso tenían “suficientes contactos” en la aduana como para volver a Holanda. Explicaron que se trata de una situación de emergencia, detallaron el caso y recibieron toda la ayuda.

El chico está de nuevo en la escuela holandesa y recuperando la normalidad, pero lejos de su padres. Tras una investigación, resultó que la madre lo había enviado a su país de origen por “impotencia” porque el niño estaba “demasiado occidentalizado” y ella temía que el joven acabara yendo por “el camino equivocado”. Ane explica que los padres lo hacen creyendo que es “amor” pero es “increíblemente dañino” para su hijo. Los padres se dan cuenta de que su hija, en edad adolescente, “es demasiado liberal, habla con los chicos de forma normal y usa ropa occidental" y eso les alarma.

En el caso de los niños, el abandono se produce “debido al consumo de alcohol o a su orientación” sexual, una tema que los padres no están dispuestos a aceptar en la mayoría de los casos. Para frenar esto, los progenitores intervienen alejándolos de Occidente con la esperanza de que recuperen lo que a sus ojos es "el camino del bien".

Más aferrados a su fe por el racismo

La Oficina de Planificación Social y Cultural publicó el viernes un informe en el que afirma que, en general, para los holandeses seguidores del islam la religión se ha convertido en una cuestión mucho más importante que hace una década. Esto se explica como una especie de reacción al aumento del racismo hacia ellos, como un sentimiento de excusión y por culpa de las tensiones cada vez más obvias entre musulmanes y no musulmanes. El estudio concluye que la sociedad holandesa mantiene una “actitud represiva” hacia la fe y la identidad musulmanas. La exclusión y la falta de aceptación del “otro” por el simple hecho de ser musulmán, una cuestión cada vez más candente Europa, hace atractiva y necesaria la “pertenencia a una comunidad”.

Esta situación de rechazo promueve el interés “por profundizar en el conocimiento sobre el islam”, dice el informe sobre la experiencia religiosa de los musulmanes en los Países Bajos. La investigación se basa en datos de 2015 y se centra en los holandeses con orígenes en Turquía y Marruecos, los dos grupos islámicos más grandes en Holanda. El 86% de los turcos y el 94% de los marroquíes se califican a sí mismos como “musulmanes”, mientras que los no creyentes ascienden a un 10% y un 5% respectivamente. Los más religiosos, que afirman que el islam es una parte muy importante de su vida, han aumentado sus visitas a la mezquita, las mujeres cambian cada vez más su forma de vestir y recurren al uso del velo en la cabeza como símbolo de identidad. Tan solo un 8% de los musulmanes en Holanda son estrictamente ortodoxos y pocos se califican como “salafistas”.

Este informe diferencia entre cinco tipos de musulmanes y cada uno de ellos entiendo su fe de una manera diferente. En el grupo “Laico”, se califican como musulmanes, pero no son practicantes, no rezan, generalmente solo comen alimentos halal y una minoría ayuna durante el sagrado mes del Ramadán. En el grupo “Cultural” están aquellos que no acuden a los lugares de culto y apenas rezan, pero sí conceden una gran importancia a su fe, se sienten ofendidos cuando se hace un comentario negativo sobre el islam y solo comen halal. En el “Selectivo” están los que dan su propia interpretación a la fe, no rezan las cinco veces al día pero si van regularmente a la mezquita, y consideran el Ramadán un mes muy importante. También hay un grupo que el estudio califica como “Privado” y en él están los que experimentan su religión y cumplen la mayoría de las reglas religiosas en un espacio personal y no público. Por último está el “Estricto”, establecido para calificar a aquellos que viven el día a día con la religión como norma, acuden a rezar a la mezquita y considera que los demás musulmanes deberían hacer lo mismo.

En su mayoría, votan en las diferentes elecciones, participan en la vida púbica y no rechazan el Estado constitucional democrático y las instituciones asociadas, subraya el informe. Esto no quita que muchos sientan que no son aceptados en este país, donde han nacido y crecido, y con mucha frecuencia desean volver a sus países de origen o el de sus padres, donde se sienten más aceptados. Alrededor de las tres cuartas partes de los musulmanes dicen que las personas con sus antecedentes son discriminadas con frecuencia. Científicamente, los inmigrantes más conservadores que viven en una sociedad predominantemente laica durante muchos años, acaban aferrándose menos a su religión, sin embargo, este no parece el caso de Holanda, pues el entorno donde residen no es laico. Viven en su propia red social y apenas entran en contacto con otras ideas, tanto por miedo al rechazo como por el rechazo en sí de los holandeses no musulmanes. "Los prejuicios negativos sobre el Islam y los musulmanes que existe desde el entorno social holandés estimulan los lazos dentro del grupo de origen y el fortalecimiento de la identidad musulmana”, concluye el informe. Es decir, aquellos que perciben la sociedad en la que viven como hostil, se aferran más a su fe como signo de identidad y pertenencia a una comunidad donde sí son aceptados.

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